Airoh
Gerardo de Amn
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Hace cuatro años en Esphurta…
El sol comienza a despuntar sobre los tejados de arcilla y piedra de Esphurta, tiñendo la ciudad de tonos dorados y rojizos. Las calles, aún húmedas por el rocío de la madrugada, se llenan poco a poco de movimiento. Los vendedores ambulantes levantan sus puestos en la plaza mayor, desplegando telas coloridas, especias exóticas y piezas de artesanía que brillan bajo la luz de la mañana.
Los pescadores llegan desde el río a los muelles, descargando cestas llenas de peces plateados, mientras los comerciantes regatean enérgicamente el precio del producto fresco. El aroma a pan recién horneado y guisos especiados comienza a llenar el aire, y los primeros clientes acuden a las tabernas para un desayuno modesto: pan de cebada con queso y un cuenco de gachas calientes.
En la ciudadela, la guardia amniana inicia el cambio de turno. Los soldados, uniformados con sus jubones marrones y las insignias doradas del ducado, realizan rondas por la muralla y vigilan el mercado, siempre atentos a cualquier alboroto o altercado.
Las callejuelas estrechas se convierten en un hervidero de actividad cuando las tiendas de paños, especias y objetos mágicos abren sus puertas. A pesar de la Bula Arcana que prohíbe la magia activa en la ciudad, los arcanistas pueden vender objetos mágicos bajo una vigilancia estricta. La tienda de Varun el Tejedor de Encantamientos es famosa por sus amuletos de protección y varitas sencillas, aunque rara vez realiza demostraciones mágicas en público.
Kassandra, de la que por aquel entonces tenía 14 años, acostumbraba a levantarse temprano para visitar la tienda de Varun el Tejedor con frecuencia. La curiosidad de la joven por lo arcano la impulsaba a ir a primera hora de la mañana. El bueno de Varun, un semielfo ya anciano esbozaba una sonrisa genuina para recibirla, pues sabía que le tocaba contarle algo de las maravillas de la magia que tanto la atraían, a pesar de que sus padres le tenían prohibido ser aprendiza del mestizo.
Sobre Varun cae una mancha injusta que le hace ser fuente de todo tipo de malas prácticas arcanas, a pesar de las numerosas investigaciones de los Magos Encapuchados sobre él, siempre salía indemne pues no tenían prueba alguna de algún mal uso de la magia. A decir verdad, nada tiene que ver la persona que fue en su juventud a como lo era en aquellos años bien entrados en edad avanzada. No obstante, contra todo pronóstico su tienda seguía siendo próspera a pesar de su modesta posición social.
Aquella mañana Kassandra entraba en la tienda con su refrescante juventud y curiosidad de la que el anciano le dejó con la boca abierta, pues un regalo le fue entregado a la joven.
“Ah, mi buena amiga Kassandra aquí estás de nuevo, ¿qué esperas aprender hoy? ” El Tejedor sonrió con un gesto relajado en su rostro, como si ya tuviera más que preparado algo inesperado, de debajo del mostrador sacó un libro, pero no era un libro ordinario con galimatías arcanas cualquiera, era un antiguo arcanábulo.
“No tengo demasiado tiempo joven, los Magos Encapuchados vendrán en un momento a otro para acusarme de cualquier historieta mal contada por la competencia para fastidiarme. Así que te contaré un secreto además te entregaré mi arcanábulo cuando fui un aprendiz, pues pronto podrás viajar y saborear las mieles de la Urdimbre que tanto anhelas. Te lo contaré en mi laboratorio” Ambos se dirigieron a lo que fue un laboratorio de alquimia que ahora se encuentra casi vacía y desmantelada.
“Verás amiga mía, te contaré la historia de un antepasado tuyo, le conocí en persona ¿sabes? De hecho entablamos buena amistad aunque fue breve por circunstancias de la vida aventurera; por viejo mis ojos han visto demasiadas cosas… cosas que no me hubiera gustado vivir y otras las celebro con júbilo. Te hablaré de Maegyr apodado Espada de Mystra en su momento y no… no era un paladín ni un sacerdote ni monje al servicio de la Dama de los Misterios, era un estratega militar que también tenía nociones arcanas, de hecho fue mi aprendiz” Varun hizo una pausa viendo como el rostro de Kassandra se iluminaba por su fascinación de su narrativa. No necesitaba palabras de aprobación el anciano sabía que tenía toda su atención y prosiguió en su verso.
“Tus padres me prohibieron adoptarte como aprendiz pero nada me impide explicarte cierta parte de la historia de tu familia que te ha sido vetada saber. Tu curiosidad no es un capricho sino una atracción natural que portáis, aunque tu familia sea de carácter humilde, no lo fue en el pasado y no merece caer en el olvido. No teníais títulos nobiliarios ni érais gobernantes, érais más que eso innovadores de la Urdimbre.”
“Como iba diciendo Maegyr comenzó siendo soldado en la armada de Amn, pero cuando le adopté como mi aprendiz fue expulsado y pasé a ser más vigilado por los Encapuchados, pero eso no le derrumbó, supo reinventarse y se volcó de lleno en mis investigaciones académicas, así que fuimos a Calimshan, lugar donde la magia rezuma en cada grano de arena de sus desiertos, en cada flor, en cada esquina… pero lo más importante de todo, era muy liberador pues allí el gobierno no estaba obsesionado con prohibir la magia, aunque debíamos tener cuidado de no molestar a ningún Pashá.”
“Maegyr aprendía cada lección que le impartía, sus campos de estudios preferidos era la Convocación y la Abjuración, además se interesó en un campo no tenía mucha formación en aquel entonces, era el saber de los Planos y pronto comenzó a relacionarse con otros magos calishitas y éstos abusaron de su inexperiencia en aquellos círculos herméticos de eruditos y pronto se vio que le debía muchos favores a magos oportunistas; se mofaban de él apodándole como Maegyr el Encadenado, para recordarle constantemente su morosidad arcana”.
“Maegyr quiso abarcar más de lo que pudo y su posición era bastante delicada, pero era un hombre de valores en el sentido del honor y el compromiso, algo que sus deudores supieron sacar provecho un tiempo. Él me dijo de ir a unas antiguas ruinas en el desierto de Calim, donde antiguamente los Djinns tenían su imperio gobernado con esclavitud y puño de hierro…” Se escuchó como llamaban a la puerta de la tienda una voz firme y contundente que decía su nombre. A lo que el anciano miró de reojo la puerta de su tienda y sonrió mirando a Kassandra después.
“...pero seguiremos el próximo día, cuando no tenga a la opresión llamando a mi puerta. Puedes salir de aquí si desplazas aquella caja y tocas unas runas que se desvelarán cuando te acerques… Hasta pronto amiga mía…”
Kassandra fue a dónde el anciano le indicó, con su arcanábulo que abrazaba con fuerza en su regazo, tocó unas runas de color celeste y fue teletransportada a las afueras de la ciudad con un secreto familiar que se revelaba en la prosa de Varun y un viejo libro arcano de un anciano perseguido por la Bula Arcana.


