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«Ki'Drannor» — La canción del Silencio

Kaira

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«Para alguien acostumbrada a usar su voz, el silencio se vuelve la forma más sincera de comunicarse»​

Recordar es traer al presente lo auténtico del pasado, lo que nos forjó como Pueblo y también como individuos.

Recordar es recuperar la esencia de lo que somos, el sentido original de nuestra existencia, el principio, para poder dirigirnos con coherencia hacia el fin.


Si no hay recuerdos nada tiene sentido.
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Kaira

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El silencio de la noche podía tornarse incluso incómodo. Era una velada especialmente apagada, donde ni la brisa hacía danzar las hojas de los árboles, sobre los cuales descansaba la espaciosa ciudadela élfica en perfecta armonía. Un estado de quietud imperturbable que se extendía a través del paso del tiempo. ​
Aunque todo aquel que permaneciera en la Corte Élfica durante La Retirada era consciente que la paz ya no reinaba en el bosque, donde el Pueblo que elegía quedarse sólo resistía día a día, sin garantía del siguiente.

Solo la luz de una luna plena se filtraba a través de la ventana de la habitación. Era una estancia pequeña, pero cómoda. Acondicionada con un simple escritorio caoba, pocas decoraciones talladas en miniatura, una silla acolchada a un lado de un amplio ventanal y una cama que nunca era usada. Al menos no para conciliar el sueño.
Una única figura se movía por la estancia, de cabellos rubios tomados en una coleta alta y un vestido corto de un color que hacía perfecto juego con la foresta del exterior. Físicamente parecía capaz de iniciar una cruzada por su cuenta, pero su mente divagaba entre centenares de pensamientos, incapaz de centrarse en una sola idea por más de un pestañeo.

Necesitaba descansar, como solo los suyos podían hacer. Se deslizó grácilmente por la habitación y tomó asiento en la zona acolchada, enfocando su atención en las vistas que la amplia ventana ofrecía para sí; aquellos exteriores en la foresta que sus ojos recorrían pero sin realmente apreciarlos, con la mirada esmeralda vacía. Poco a poco, como si de un ritual se tratase, sus párpados cayeron hasta cerrarse al completo. No necesitaba hacerlo, pero después de tantos años conviviendo con viajeros de otras razas, había adoptado la costumbre de cerrar los ojos por ellos. Desde afuera, su figura y la expresión de su rostro denotaban una infinita paz y vulnerabilidad. Era el único instante donde se permitía genuinamente bajar la guardia.

Y en cuestión de instantes, acostumbrada a jugar con los Hilos del Pasado, su mente se vio envuelta en sensaciones, colores, aromas y, principalmente, recuerdos. Cada uno tan propio a la vez que ajeno como el anterior.

Viajó, sin levantarse de la silla, a través de una nebulosa de ideas, donde cada recuerdo era un hilo con un color y una melodía propias. Esa noche eligió seguir el más fino de todos. Un hilo casi traslúcido ligeramente iridiscente, el cual emitía una tonada que era difícil de replicar o aislar en sus recuerdos, pese a lo familiar que le resultaba. Estaba segura que esa melodía siempre había sido su compañera, desde que descubrió cómo moldear la urdimbre a través del sonido.​

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…Siempre consideré que una melodía resonaba en mi interior desde que tengo uso de razón. Nunca fui capaz de replicarla, pues por más esfuerzo realizado en aislarla o descubrir su procedencia, solo conseguía dejar de oírla. Entendía el lenguaje de la música mejor que nadie, pero esta canción escapaba a mi comprensión, como si intentara aprisionar el viento entre mis dedos.

Es por eso que cuando la ví por primera vez, mi guardia se alzó. Noté la melodía replicarse de fondo en mi cabeza mientras su imponente y cautivadora presencia se plantaba frente a mí y Dhaunae. Nae… No, ahora no.

Se batió en una lucha interna por dormir ese recuerdo. No quería acceder a él. No aún. Dejó que los hilos de la historia en alta mar la rodearan y alejaran de ciertos recuerdos dolorosos. Así, volvió a verse en aquella fortaleza construida en medio del bosque, creada entre elfos y otras razas. Su pequeña Myth Drannor.

Aquella mujer pirata nos abordó como una auténtica ola. Su piel oscura y sus ojos azules deslumbraban, y su sonrisa tenía el poder de someter a cualquiera a sus deseos. Kara Silverwind, incluso su nombre resonaba con autoridad. Y cuando sus labios pronunciaban una palabra, era como una melodía dulce que nunca deseabas que terminara. Pero detrás de su encanto, solo encontramos angustia, la angustia que se desata cuando alguien a quien amas es arrebatado de ti, y la impotencia de no poder hacer nada para cambiarlo. Quizás por eso no pude negarme a su petición, a pesar de las sospechas que comenzaban a tejerse en torno a la misteriosa dama de los mares. Conocía demasiado bien esa sensación como para permitir que Brander, su amado, quedara perdido para siempre. Temía, sí, pero el miedo siempre me acompañaba. Había aprendido a silenciarlo, a dejar que mi voz prevaleciera, para no convertirme en un obstáculo en mi propio camino.

La tarea parecía… simple. Sobre todo si es comparada con aquellas labores que he desempeñado en las Tierras de la Intriga. Un hombre secuestrado por piratas en un fortín dispuesto en una isla; nuestro deber, rescatarlo y devolverlo al lado de Kara. No es que la mujer de sal fuese débil, pero al parecer su presencia solo alertaría a los piratas, poniendo en riesgo a Brander.

Recuerdo el grupo que me acompañó y las razones detrás de cada uno. Wynne, por sus mútilples habilidades y perfil de mercenaria. Oh, cuánto me arrepiento de haberle otorgado tanta confianza. Aitana, por la fuerza de su corazón y determinación. Dhaunae, por… Todo. Su sola presencia me hacía sentir más confiada, quizá en parte por su admiración que me infundía de valor. Y Emil, con quien había compartido muchas danzas previas, era un compañero entrañable.

Nos infiltramos sin problemas, pero la melodía volvió a interrumpir mis pensamientos, enredándose como un enigma sin solución. ¿Nadie más podía oírla? La frustración de no poder expresarla en voz alta me embargó. ¿Me estaba volviendo loca? A menudo me lo cuestionaba.

Los momentos posteriores se desvanecen en un torbellino confuso. Una danza de colores, sonidos, el aroma y el sabor metálico de la sangre durante los combates en la fortaleza. La adrenalina nos impulsaba a abrirnos paso entre los piratas, mientras el miedo se infiltraba en medio de todas las demás sensaciones, amenazando con abrumarme. Todo se volvía difuso, hasta un instante en particular.

Esa máquina, capaz de someter a los dragones. El estallido cuando el Sabio de los Bosques la hizo arder, manipulando la urdimbre. La aparición de Kara y una batalla aún más feroz que la anterior. Recuerdo cómo mi mirada se desviaba hacia ella; danzaba en medio del caos, su voz era como la de una verdadera dragona, imposible de ignorar.

No fue hasta el final del combate que todo cobró sentido. Exhaustos, heridos, mis valientes compañeros yacían en la arena, tratando de recobrar el aliento. Pero yo me sentía más viva que nunca. La canción resonaba claramente en mi mente, me envolvía, vibraba en lo más profundo de mi ser, liberando una extraña y maravillosa dicha. Seguí la tonada junto a Kara, pues era ella quien la emitía.

Era la sangre llamando a la sangre. Y ante mis ojos, vi su verdadera forma. Inmensa, con alas recogidas en su imponente figura, escamas de un azul tenue y un porte majestuoso. Karasendrieth, una verdadera Dragona de la Canción, entonó su melodía solo para mí. Nuestros destinos estaban entrelazados desde antes de nacer.


La elfa vagó nuevamente por los Hilos del Pasado, buscando enredarse con uno en particular, más avanzado en el tiempo. Sus recuerdos volvieron a ser difusos hasta llevarla a una cueva oscura, con solo la figura de la mujer de mar, su propia dragona, de pie frente a sí.
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Es difícil evocar la exactitud de sus palabras, pero no cada sensación. Recuerdo la calidez de su mano sobre la mía cuando depositó en mi palma su anillo. Era de una artesanía perfecta y ocultaba una historia más profunda aún. En el camafeo podía ver su figura dibujada. A veces la de mi madre. A veces, la de Lyanna. Fuese quien fuese, la pieza de joyería me infundía de una resolución inigualable. Recuerdo el orgullo y la admiración mutua que compartíamos, una armonía perfecta y efímera.

Eso era lo que había estado buscando. Lo que ya no podía encontrar en Cormanthor. Había regresado a mi hogar para encontrarme a mí misma. En esos recuerdos, hallé la pieza que faltaba.


La melodía volvió a resonar en mi mente una vez más. La canción del silencio que fluía por mis venas...

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Y entonces todo se tornó claro de nuevo. Aquella melodía se tornaría en una canción, un himno. No necesitaba ser pronunciado en voz alta, sólo necesitaba existir en su interior, como un constante recordatorio de su identidad y su eterno camino.

El bosque volvió a materializarse frente a sí, liberándola de su trance que, por más breve que haya parecido, la envolvió por horas. Pero en su mirada brillaba una determinación especial; lo sabía. Aquello que pretendía ser un lugar de paso más, pero se había vuelto un nuevo hogar, estaba llamándola. Su himno interior resonaba lejano, esperando que volviese a estar cerca de él y de su nueva gente.

Era hora de regresar.​



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Kaira

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La sensación de la hierba fría, ramas gruesas y piedras duras en los pies descalzos tornaban la caminata mucho menos placentera.
Era incómodo y desagradable, como debía ser ese ritual. Hace mucho no lo llevaba a cabo, pero tras la última conversación con aquella Custodia de la Poza, Portavoz de la Nube Luminosa y, más importante, amiga, había removido algo en la trovadora que no le permitía encontrar paz a su agitación interior. Por un instante, había removido algunas capas para darse cuenta que la sensación seguía ahí, latente. Al separarse, la mente de la elfa vagó en los recuerdos, tratando de dar con la última vez que se había permitido volver al pasado, revivir lo ocurrido y, simplemente, sentir.

Y no es que la Dragona de la Canción sufriera en silencio cada día. Sus preocupaciones diarias, momentos distendidos con sus amistades, aventuras y, por supuesto, la calidez que su compañero de vida —su destino— le brindaba continuamente, habían enterrado ciertos recuerdos por otros más agradables de rememorar y vivir.

Pero lo cierto es que a veces extrañaba tiempos pretéritos. Lo fácil que evocaban su risa aquellos que podía llamar, sin duda alguna, amigos del Acero Argénteo, entre charlas superfluas. La dicha que le invadía cada vez que sus palabras ofrecían una guía real a otros, como Guardiana de los Secretos. La envidia infantil que despertaba en ella la inocencia Acala, como un lienzo que recién comenzaba a presentar colores pintándola. La forma en que su voz se compenetraba con el Heredero de Tethir, Gavilán. Y, por sobre todo, la extrañaba a ella.

Rememoró las palabras que había brindado a Sylwen aquella noche. Tocando débilmente el manto de fragilidad, exponiendo que solo en una ocasión, se había permitido dar paso a la ingenuidad e inocencia, pero el desenlace había sido… fatal. Y volvió a lamentarse por cada decisión tomada que llevó a ese fin.

Su paso siguió por el bosque, manteniendo las botas colgando de la mochila, descalza. En cierta manera, expuesta. En cada paso, intentaba sostener cierto ritmo al andar, como una danza. Como la danza que alguna vez le había mostrado ella, sin prenda alguna más que una espada de plata, bajo su atenta mirada y la de aquel Condenado por los Demonios, portador de sonrisas, Marzer.

Solo la luna sobre el manto nocturno era su compañera, su testigo. La que guardaba aquel secreto junto con la Dragona. Su mirada esmeralda siguió recorriendo la base de los árboles cercanos, guiándose por las marcas superficiales hechas por una versión anterior a aquella. Una precavida, sin duda. Conocedora de la poca orientación de la trovadora. ¿Qué decir? Entre sus múltiples talentos, debía encontrarse algún defecto. Al menos eso seguía esgrimiendo como escudo ante la opción de admitir su inutilidad al momento de orientarse.

A cierto punto, reconoció los alrededores. Estaba cerca. Unos metros la separaban de su destino.
Al lejano sonido de la cascada que ya había quedado atrás, al ulular de las aves nocturnas, al grillar de los insectos, a la brisa nocturna meciendo las hojas con delicadeza, se unió el rasgar de las cuerdas de un laúd. Era un laúd desgastado, portador de historias y, también, de fracasos. Consciente de que aquel había sido el más grande, comenzó a resonar según la melodía que la trovadora danzaba al andar. Y de manera suave, como un ronroneo, la cautivadora y melódica voz de la Dragona de la Canción se unió a la sinfonía de sonidos, fundiéndose con cada nota, en la lengua del Pueblo.

Empezó con el dúo de hermanos. Cerró los ojos mientras andaba, conocedora ya del camino, ignorando el dolor de los pies descalzos y centrándose en la letra que había escrito la misma noche que regresó de la Cruzada Dorada. Había otra herida, que aún cicatrizada, en ocasiones escocía.


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En las entrañas del mundo, dos hermanos Robustos se alzaron,

con corazones firmes, la libertad y la roca como destino,
sus vidas ofrecieron por su pueblo, en un gesto divino,
como un auténtico enano, su honor en los presentes quedó grabado.

Eran muros vivientes, infundidos con fuerza y fervor,
en la batalla, y fuera de ellas, su nombre debe ser recordado,
sus espíritus perduran en la eternidad, pues su sacrificio ha quedado,

como un legado eterno del verdadero valor y honor.

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Presionó la unión de sus pestañas, negando la posibilidad de quebrarse. Mucho había trabajado por no asociar sus recuerdos al dolor. Ellos eran paz. Eran la verdadera imagen de lo que la roca debía ser y que extrañaba volver a apreciar; firme, leal, honesto. No había maldad ni acritud en ellos. Eran el escudo y el grito de guerra que incluso estos tiempos requerían en el Pueblo Robusto. Imágenes de sus cuerpos inertes la abordaron, entre sudor, sangre y lágrimas. Negó, bloqueándolas. Guardándolas en un baúl que no podía abrirse. No en los primeros versos. Reunió toda la fuerza para continuar. Tanto la melodía, como su andar.

El bosque se tornaba más espeso y oscuro, llevándola a trastabillar en su ruta. Buena señal, estaba cerca. Siempre tropezaba al estar a punto.
La invadió el recuerdo de cabellos rubios, olor a cerveza y la imagen del acero, Juramento. Por primera vez en el camino, el amago de una sonrisa danzó brevemente en sus labios, como acto reflejo. Y es que incluso en sus recuerdos, la dicha era su mejor arma. Aquel campeón de la Dama de la Fortuna… quien incluso en su último momento, ofreció a los que quedaron atrás lo más sincero de sí; una sonrisa.


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Como risa perpetua y un corazón vibrante,
aquel humano compartía su alegría como un faro,
con la simpatía de la diosa de la fortuna y humor claro,
alejaba las preocupaciones en su andar constante.

En la Batalla Dorada, su valor resultó destacado,
protegiendo a sus amigos con Juramento, sin temor alguno,
su risa resonaba incluso en batalla, como un cálido abrazo,
en su sacrificio, alzándose un héroe como ninguno.



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Visualizó entonces, finalmente, el punto de encuentro. Su secreto. Y es que con nadie había compartido que, tras haber cremado aquel cuerpo de piel oscura y ojos violeta, su palabra de esparcir las cenizas al viento había sido parcialmente cumplida. No es que mintiera, aquella vez. Los restos de la drow volaron libres tras la ceremonia así como la Doncella Oscura hubiera querido de su servidora, a excepción de un puñado. Y es que la trovadora consideraba que una parte de ella, debía permanecer en el bosque que siempre ansió y luchó por proteger.

Se detuvo frente al roble negro. Tras los seis inviernos pasados, no era mucho lo que había podido crecer. Superaba a duras penas los tres metros. Y pese a que le superaba en altura, tenía aún una inmensidad de camino por delante. En parte, no podía ser más acertado; tal y como ella.

Aquel árbol era el pobre homenaje que había logrado realizar para su amiga. Era el refugio que ambas habían soñado con crear para quienes no tenían lugar alguno, como ella. Una promesa que enterró allí, junto con la inocencia y una bellota.

Se dejó caer en tal sitio, apoyando su espalda contra el roble en crecimiento y sentándose sobre la hierba. Su voz reanudó la canción. Poco a poco, perdió toda la firmeza que había logrado ganar en su andar. Su voz se quebró y ella también.


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De piel oscura y cabellos de plata brillante,

una bailarina danzaba con un amor constante.
La palabra de su Doncella, en sus labios florecía,
ofrecía su mano, sin esperar nada en la travesía.

Su danza era mágica, su espíritu brillante,
y aunque su sendero terminó, su luz permanece,
en los corazones de quienes su gracia enriquece,

su legado de bondad, eternamente radiante.


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Junto con el rasgar lento de las cuerdas, la melodía se fue apagando y sus palabras encontraron el punto de cierre a la canción.

Y así, con el silencio de su voz, pero un torrente de recuerdos llenándole en la soledad, con la luna como testigo, lloró. Nuevamente, dejó que las lágrimas fluyeran sin contención, desbordando la vorágine de sentimientos acumulados por más que una sola caminata. Se lo debía a ellos. A ella.

Por esa noche, dejaría que los muros cayeran.

Y cual fénix, al día siguiente renacería de las cenizas.

Por ellos. Por ella.



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