El silencio de la noche podía tornarse incluso incómodo. Era una velada especialmente apagada, donde ni la brisa hacía danzar las hojas de los árboles, sobre los cuales descansaba la espaciosa ciudadela élfica en perfecta armonía. Un estado de quietud imperturbable que se extendía a través del paso del tiempo.
Aunque todo aquel que permaneciera en la Corte Élfica durante La Retirada era consciente que la paz ya no reinaba en el bosque, donde el Pueblo que elegía quedarse sólo resistía día a día, sin garantía del siguiente.
Solo la luz de una luna plena se filtraba a través de la ventana de la habitación. Era una estancia pequeña, pero cómoda. Acondicionada con un simple escritorio caoba, pocas decoraciones talladas en miniatura, una silla acolchada a un lado de un amplio ventanal y una cama que nunca era usada. Al menos no para conciliar el sueño.
Una única figura se movía por la estancia, de cabellos rubios tomados en una coleta alta y un vestido corto de un color que hacía perfecto juego con la foresta del exterior. Físicamente parecía capaz de iniciar una cruzada por su cuenta, pero su mente divagaba entre centenares de pensamientos, incapaz de centrarse en una sola idea por más de un pestañeo.
Necesitaba descansar, como solo los suyos podían hacer. Se deslizó grácilmente por la habitación y tomó asiento en la zona acolchada, enfocando su atención en las vistas que la amplia ventana ofrecía para sí; aquellos exteriores en la foresta que sus ojos recorrían pero sin realmente apreciarlos, con la mirada esmeralda vacía. Poco a poco, como si de un ritual se tratase, sus párpados cayeron hasta cerrarse al completo. No necesitaba hacerlo, pero después de tantos años conviviendo con viajeros de otras razas, había adoptado la costumbre de cerrar los ojos por ellos. Desde afuera, su figura y la expresión de su rostro denotaban una infinita paz y vulnerabilidad. Era el único instante donde se permitía genuinamente bajar la guardia.
Y en cuestión de instantes, acostumbrada a jugar con los Hilos del Pasado, su mente se vio envuelta en sensaciones, colores, aromas y, principalmente, recuerdos. Cada uno tan propio a la vez que ajeno como el anterior.
Viajó, sin levantarse de la silla, a través de una nebulosa de ideas, donde cada recuerdo era un hilo con un color y una melodía propias. Esa noche eligió seguir el más fino de todos. Un hilo casi traslúcido ligeramente iridiscente, el cual emitía una tonada que era difícil de replicar o aislar en sus recuerdos, pese a lo familiar que le resultaba. Estaba segura que esa melodía siempre había sido su compañera, desde que descubrió cómo moldear la urdimbre a través del sonido.
…Siempre consideré que una melodía resonaba en mi interior desde que tengo uso de razón. Nunca fui capaz de replicarla, pues por más esfuerzo realizado en aislarla o descubrir su procedencia, solo conseguía dejar de oírla. Entendía el lenguaje de la música mejor que nadie, pero esta canción escapaba a mi comprensión, como si intentara aprisionar el viento entre mis dedos.
Es por eso que cuando la ví por primera vez, mi guardia se alzó. Noté la melodía replicarse de fondo en mi cabeza mientras su imponente y cautivadora presencia se plantaba frente a mí y Dhaunae. Nae… No, ahora no.
Se batió en una lucha interna por dormir ese recuerdo. No quería acceder a él. No aún. Dejó que los hilos de la historia en alta mar la rodearan y alejaran de ciertos recuerdos dolorosos. Así, volvió a verse en aquella fortaleza construida en medio del bosque, creada entre elfos y otras razas. Su pequeña Myth Drannor.
Aquella mujer pirata nos abordó como una auténtica ola. Su piel oscura y sus ojos azules deslumbraban, y su sonrisa tenía el poder de someter a cualquiera a sus deseos. Kara Silverwind, incluso su nombre resonaba con autoridad. Y cuando sus labios pronunciaban una palabra, era como una melodía dulce que nunca deseabas que terminara. Pero detrás de su encanto, solo encontramos angustia, la angustia que se desata cuando alguien a quien amas es arrebatado de ti, y la impotencia de no poder hacer nada para cambiarlo. Quizás por eso no pude negarme a su petición, a pesar de las sospechas que comenzaban a tejerse en torno a la misteriosa dama de los mares. Conocía demasiado bien esa sensación como para permitir que Brander, su amado, quedara perdido para siempre. Temía, sí, pero el miedo siempre me acompañaba. Había aprendido a silenciarlo, a dejar que mi voz prevaleciera, para no convertirme en un obstáculo en mi propio camino.
La tarea parecía… simple. Sobre todo si es comparada con aquellas labores que he desempeñado en las Tierras de la Intriga. Un hombre secuestrado por piratas en un fortín dispuesto en una isla; nuestro deber, rescatarlo y devolverlo al lado de Kara. No es que la mujer de sal fuese débil, pero al parecer su presencia solo alertaría a los piratas, poniendo en riesgo a Brander.
Recuerdo el grupo que me acompañó y las razones detrás de cada uno. Wynne, por sus mútilples habilidades y perfil de mercenaria. Oh, cuánto me arrepiento de haberle otorgado tanta confianza. Aitana, por la fuerza de su corazón y determinación. Dhaunae, por… Todo. Su sola presencia me hacía sentir más confiada, quizá en parte por su admiración que me infundía de valor. Y Emil, con quien había compartido muchas danzas previas, era un compañero entrañable.
Nos infiltramos sin problemas, pero la melodía volvió a interrumpir mis pensamientos, enredándose como un enigma sin solución. ¿Nadie más podía oírla? La frustración de no poder expresarla en voz alta me embargó. ¿Me estaba volviendo loca? A menudo me lo cuestionaba.
Los momentos posteriores se desvanecen en un torbellino confuso. Una danza de colores, sonidos, el aroma y el sabor metálico de la sangre durante los combates en la fortaleza. La adrenalina nos impulsaba a abrirnos paso entre los piratas, mientras el miedo se infiltraba en medio de todas las demás sensaciones, amenazando con abrumarme. Todo se volvía difuso, hasta un instante en particular.
Esa máquina, capaz de someter a los dragones. El estallido cuando el Sabio de los Bosques la hizo arder, manipulando la urdimbre. La aparición de Kara y una batalla aún más feroz que la anterior. Recuerdo cómo mi mirada se desviaba hacia ella; danzaba en medio del caos, su voz era como la de una verdadera dragona, imposible de ignorar.
No fue hasta el final del combate que todo cobró sentido. Exhaustos, heridos, mis valientes compañeros yacían en la arena, tratando de recobrar el aliento. Pero yo me sentía más viva que nunca. La canción resonaba claramente en mi mente, me envolvía, vibraba en lo más profundo de mi ser, liberando una extraña y maravillosa dicha. Seguí la tonada junto a Kara, pues era ella quien la emitía.
Era la sangre llamando a la sangre. Y ante mis ojos, vi su verdadera forma. Inmensa, con alas recogidas en su imponente figura, escamas de un azul tenue y un porte majestuoso. Karasendrieth, una verdadera Dragona de la Canción, entonó su melodía solo para mí. Nuestros destinos estaban entrelazados desde antes de nacer.
La elfa vagó nuevamente por los Hilos del Pasado, buscando enredarse con uno en particular, más avanzado en el tiempo. Sus recuerdos volvieron a ser difusos hasta llevarla a una cueva oscura, con solo la figura de la mujer de mar, su propia dragona, de pie frente a sí.
Es difícil evocar la exactitud de sus palabras, pero no cada sensación. Recuerdo la calidez de su mano sobre la mía cuando depositó en mi palma su anillo. Era de una artesanía perfecta y ocultaba una historia más profunda aún. En el camafeo podía ver su figura dibujada. A veces la de mi madre. A veces, la de Lyanna. Fuese quien fuese, la pieza de joyería me infundía de una resolución inigualable. Recuerdo el orgullo y la admiración mutua que compartíamos, una armonía perfecta y efímera.
Eso era lo que había estado buscando. Lo que ya no podía encontrar en Cormanthor. Había regresado a mi hogar para encontrarme a mí misma. En esos recuerdos, hallé la pieza que faltaba.
La melodía volvió a resonar en mi mente una vez más. La canción del silencio que fluía por mis venas...
Y entonces todo se tornó claro de nuevo. Aquella melodía se tornaría en una canción, un himno. No necesitaba ser pronunciado en voz alta, sólo necesitaba existir en su interior, como un constante recordatorio de su identidad y su eterno camino.
El bosque volvió a materializarse frente a sí, liberándola de su trance que, por más breve que haya parecido, la envolvió por horas. Pero en su mirada brillaba una determinación especial; lo sabía. Aquello que pretendía ser un lugar de paso más, pero se había vuelto un nuevo hogar, estaba llamándola. Su himno interior resonaba lejano, esperando que volviese a estar cerca de él y de su nueva gente.
Era hora de regresar.