Madao-san
Karonte está escribiendo...
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EL BOSQUE QUE NO ERA UN HOGAR
Al sur de los Bosques de las Capas, donde los árboles crecen tan juntos que el sol llega al suelo filtrado y enfermizo, existe un territorio que los mapas humanos no nombran. Los kobolds de la Escama Verdosa lo llamaban simplemente El Dominio, y llevaban generaciones sirviéndolo.
Sirviéndola a ella también.
Vashekrix. Una dragona verde de mediana edad que llevaba siglos perfeccionando el arte de la manipulación. No gobernaba con fuego ni con terror directo, eso era cosa de primas bárbaras. Vashekrix gobernaba con deuda, con favor, con la insinuación constante de que todo lo que sus siervos kobolds tenían se lo debían a ella. Y gobernaba, sobre todo, con la imagen. Sus kobolds llevaban su color escamas verde oscuro, casi negras en los lomos, con ese brillo venenoso que recordaba constantemente de quién eran propiedad. Un clan que la reflejaba. Un clan que la prolongaba.
Por eso, cuando nació Kroliki, fueron los futuros shamanes del clan los primeros en verlo.
Cuando se rompió el cascarón, los shamanes mas jovenes que velaban por la buena incubación se quedaron en total silencio. No era un silencio de asombro. Era el silencio de los que acaban de ver algo que no saben cómo explicar y ya están pensando en las consecuencias.
Amarillo arena y tonos cobrizos en lomo y hombros, cómo si una vela estuviera encendida bajo sus escamas. Unos enormes ojos dorados que miraban sin parpadear con una expresión que en una cría recién salida del huevo no debería existir todavía.
Los presentes se miraron entre ellos confusos y cuando los murmullos cesaron, fueron corriendo a buscar a Sskrix.
El Shamán llegó, observó a la criatura en silencio durante un buen rato, sin decir nada, con los ojos abiertos cómo platos e intranquilo, caminaba deprisa de un lado para otro. Se paró en seco y con un gesto y un gruñido mandó a los presentes volver a sus quehaceres quedándose solo con el pequeño Kobold amarillento y sus confusos pensamientos.
No había alternativa. Ocultarle algo así a la dragona era un error caro que se pagaba de la peor forma, y Sskrix llevaba demasiados años vivo como para cometer errores por ese precio. Se presentó ante la dragona y eligió cada palabra del relato con la precisión en la que un kobold elige dónde pone el pie en terreno desconocido. Lo suficientemente adecuadas para que Vashekrix no pudiera pensar que le ocultaba nada, haciéndolo sonar cómo un asunto menor, periférico, una curiosidad sutil, una anomalía en el color, un accidente, una cría rara entre los cientos de esa camada… pero no una señal.
La dragona fulminó con la mirada a Sskrix, que temblaba como una gelatina.. y tras un tenso silencio, espetó:
-Que viva…
Y no dijo nada más mientras aguzaba la mirada cómo dudando de su decisión y sabiendo que algo no andaba bien.
Sskrix se humilló varias veces y salió sin dar la espalda, por si acaso.
Sólo en el túnel de vuelta su expresión cambió reflejando lo que nunca diría delante de Vashekrix.
La dragona ya lo había visto. El color de piel, los ojos. Y había decidido mantenerlo cerca en lugar de eliminarlo. Parecía querer entender que era ese recién nacido antes de decidir que hacer con él. Justo lo que Sskrix esperaba y necesitaba.
SSKRIX
Lo que el Shamán no dijo ni a la dragona ni a nadie es lo que vio en aquellos ojos dorados.
Sskrix llevaba muchos años interpretando señales. era la utilidad por la que Vashekrix no lo había devorado aún al igual que a otros shamanes a los que perdió el interés.
Lo que el viejo shaman kobold había visto en esos ojos era algo que no encajaba con el lenguaje e Vashekrix ni el color verde venenoso de ella y de sus pequeños esbirros.
Eran los colores de Hlal, La Dragona Libre. La Cuentacuentos. La que no necesita territorio. Sskrix no era devoto de esta, un shaman bajo el dominio de Vashekrix no podía permitirse devociones alternativas, pero conocía bastantes fábulas sobre ella como para saber que sus “marcados” no eran criaturas tranquilas ni convenientes.
Pensó que podría venirle bien, llevaba años al servicio de la dragona y sabía que tarde o temprano acabarían devorados tanto él, cómo al resto del clan.
No por maldad irreflexiva. Por pura lógica dracónida. Cuando el clan ya no fuera útil, cuando ese lugar del bosque ya no necesitara de guardias kobold y , sobre todo, cuando le viniera en gana… Vashetrix les devoraría con la misma frialdad con la que había devorado a shamanes anteriores por errores tontos.
-Al menos tú le traerás desgracias.
Le dijo al recién nacido cuando nadie le podía escuchar.
Si Hlal lo había marcado, aquel Kobold de piel amarillenta, tendría grandes posibilidades de convertirse en un problema para Vashekrix. Una piedra en el camino de quien ha de vivir caminando.
Sskrix encontró una buena razón para asegurarse de que Kroliki sobreviviera lo suficiente para que se convirtiera en un problema. No fue un gesto de bondad hacia Kroliki, fue sembrar las semillas para un futuro lejos del dominio.
LA CRIA QUE NO ENCAJABA
Crecer siendo el único kobold amarillento en un clan de escamas verdes tiene consecuencias. Se le evitaba con crueldad, los adultos y ancianos lo trataban con recelo y desprecio, no fue un comienzo fácil.
Sskrix lo observaba siempre de lejos. Nunca delante de otros, evitando comprometerse.
El tiempo pasó y Kroliki empezó a hacerse preguntas, demasiadas preguntas del tipo equivocado con esa voz chirriante y medio burlona que no se callaba cuando debía.
Tras varias meteduras de pata, fue el mismo Sskrix el que le enseñó a guardar silencio, a moverse sin que su presencia fuera advertida, a pasar desapercibido.
-Tu silencio es lo único que es y será eternamente tuyo.
Le dijo una vez tras armar un buen escándalo intentando robar comida.
-Nadie te lo quitara por muy valioso que sea, si lo practicas bien.
Kroliki no lo entendió entonces, pero lo guardó cómo una lección que practicar todo el tiempo hasta dominarla.
El problema es que Hlal también le había dado otra cosa junto con los ojos dorados, y esa no tendría forma de controlarse del todo.
El sentido del humor.
LA NEGOCIACIÓN
Kroliki tenía cuatro años cuando Vashekrix convocó a sus emisarios y a un mercader humano en la Sala de las Raíces, una cámara enorme excavada bajo el árbol más viejo del bosque, donde la dragona recibía visitas con toda la teatralidad que consideraba merecida.
Kroliki no debía estar allí.
Precisamente por eso estaba allí.
Se había colado por una grieta lateral que conocía desde hacía tiempo, una pequeña hendidura en la tierra entre dos raíces enormes donde cabía exactamente él y nada más. Desde ahí podía ver sin ser visto, escuchar sin ser escuchado. Lo había hecho otras veces, movido por esa curiosidad que Sskrix nunca nombraba directamente pero que tampoco había sofocado del todo quizás intencionadamente.
El mercader era un humano gordo y sudoroso llamado Aldric Pressben, con más anillos que dedos y una sonrisa falsa que le llegaba a los ojos. Vashekrix lo observaba desde las sombras con esa calma reptiliana que ella usaba como arma.
La conversación era seria. Rutas élficas. Información sobre patrullas del bosque. Oro. Esclavos de clanes rivales. El intercambio frío y tranquilo de cosas que tenían precio aunque no debieran tenerlo. Kroliki escuchaba con los ojos muy abiertos, absolutamente inmóvil, absolutamente silencioso, absolutamente concentrado en no perderse ningún detalle.
Para la ocasión,el pequeño Kobold, había tomado la precaución de aprovisionarse. Cuatro hongos robados de las cocinas del clan, algo duros y con un olor que en condiciones normales habría sido una advertencia. Desaparecieron uno a uno mientras Pressben y Vashekrix negociaban el destino de clanes enteros. Kroliki masticaba despacio, absolutamente concentrado, tomando nota mental de cada palabra.
El cuarto hongo fue un error.
Su estómago, que llevaba un buen rato alegre (pues no había comido en todo el día), decidió que aquel era un momento excelente para expresarse.
El estruendoso sonido de la flatulencia fue considerable.
En el silencio solemne de la Sala de las Raíces, entre las separadas frases plagadas de silencios incomodos de la aterradora conversación entre una dragona verde y un mercader amniano negociando el destino de varios clanes, incluido el suyo, la ventosidad de Kroliki resonó como un sagrado trueno mayúsculo. Una violenta reverberación que las raíces del techo amplificaron de forma que solo podía describirse como... injustamente atronadora.
El mercader Pressben se atragantó sorprendido.
Vashekrix giró la cabeza despacio hacia la grieta.
Kroliki ya no estaba.
Tan sólo el eco de una chirriante risa incontrolable.
El Kobold llevaba ya dos segundos corriendo por los túneles laterales con una velocidad que habría sorprendido a alguien que no supiera que el miedo te hace más rápido. Se tapaba la boca, tratando de apaciguar la risa. Salió por una madriguera de emergencia a cuatrocientos pasos de la Sala, se lanzó bajo unas raíces, y se quedó absolutamente inmóvil mientras escuchaba a lo lejos la voz de Vashekrix … baja, controlada, infinitamente más peligrosa que si hubiera gritado. Ordenando a sus esbirros que revisaran los túneles.
No lo encontraron.
Kroliki sabía, tumbado bajo aquellas raíces con el corazón golpeándole el pecho como un tambor pequeño y frenético, que algo había cambiado. Que había escuchado cosas que no debía escuchar. Que Vashekrix haría exactamente lo que Sskrix nunca había dicho en voz alta pero siempre había insinuado con cada lección, con cada silencio cuidadoso, con cada interrupción conveniente.
Y que su estómago era un enemigo de proporciones épicas.
//CONTINUARÁ!!!
Al sur de los Bosques de las Capas, donde los árboles crecen tan juntos que el sol llega al suelo filtrado y enfermizo, existe un territorio que los mapas humanos no nombran. Los kobolds de la Escama Verdosa lo llamaban simplemente El Dominio, y llevaban generaciones sirviéndolo.
Sirviéndola a ella también.
Vashekrix. Una dragona verde de mediana edad que llevaba siglos perfeccionando el arte de la manipulación. No gobernaba con fuego ni con terror directo, eso era cosa de primas bárbaras. Vashekrix gobernaba con deuda, con favor, con la insinuación constante de que todo lo que sus siervos kobolds tenían se lo debían a ella. Y gobernaba, sobre todo, con la imagen. Sus kobolds llevaban su color escamas verde oscuro, casi negras en los lomos, con ese brillo venenoso que recordaba constantemente de quién eran propiedad. Un clan que la reflejaba. Un clan que la prolongaba.
Por eso, cuando nació Kroliki, fueron los futuros shamanes del clan los primeros en verlo.
Cuando se rompió el cascarón, los shamanes mas jovenes que velaban por la buena incubación se quedaron en total silencio. No era un silencio de asombro. Era el silencio de los que acaban de ver algo que no saben cómo explicar y ya están pensando en las consecuencias.
Amarillo arena y tonos cobrizos en lomo y hombros, cómo si una vela estuviera encendida bajo sus escamas. Unos enormes ojos dorados que miraban sin parpadear con una expresión que en una cría recién salida del huevo no debería existir todavía.
Los presentes se miraron entre ellos confusos y cuando los murmullos cesaron, fueron corriendo a buscar a Sskrix.
El Shamán llegó, observó a la criatura en silencio durante un buen rato, sin decir nada, con los ojos abiertos cómo platos e intranquilo, caminaba deprisa de un lado para otro. Se paró en seco y con un gesto y un gruñido mandó a los presentes volver a sus quehaceres quedándose solo con el pequeño Kobold amarillento y sus confusos pensamientos.
No había alternativa. Ocultarle algo así a la dragona era un error caro que se pagaba de la peor forma, y Sskrix llevaba demasiados años vivo como para cometer errores por ese precio. Se presentó ante la dragona y eligió cada palabra del relato con la precisión en la que un kobold elige dónde pone el pie en terreno desconocido. Lo suficientemente adecuadas para que Vashekrix no pudiera pensar que le ocultaba nada, haciéndolo sonar cómo un asunto menor, periférico, una curiosidad sutil, una anomalía en el color, un accidente, una cría rara entre los cientos de esa camada… pero no una señal.
La dragona fulminó con la mirada a Sskrix, que temblaba como una gelatina.. y tras un tenso silencio, espetó:
-Que viva…
Y no dijo nada más mientras aguzaba la mirada cómo dudando de su decisión y sabiendo que algo no andaba bien.
Sskrix se humilló varias veces y salió sin dar la espalda, por si acaso.
Sólo en el túnel de vuelta su expresión cambió reflejando lo que nunca diría delante de Vashekrix.
La dragona ya lo había visto. El color de piel, los ojos. Y había decidido mantenerlo cerca en lugar de eliminarlo. Parecía querer entender que era ese recién nacido antes de decidir que hacer con él. Justo lo que Sskrix esperaba y necesitaba.
SSKRIX
Lo que el Shamán no dijo ni a la dragona ni a nadie es lo que vio en aquellos ojos dorados.
Sskrix llevaba muchos años interpretando señales. era la utilidad por la que Vashekrix no lo había devorado aún al igual que a otros shamanes a los que perdió el interés.
Lo que el viejo shaman kobold había visto en esos ojos era algo que no encajaba con el lenguaje e Vashekrix ni el color verde venenoso de ella y de sus pequeños esbirros.
Eran los colores de Hlal, La Dragona Libre. La Cuentacuentos. La que no necesita territorio. Sskrix no era devoto de esta, un shaman bajo el dominio de Vashekrix no podía permitirse devociones alternativas, pero conocía bastantes fábulas sobre ella como para saber que sus “marcados” no eran criaturas tranquilas ni convenientes.
Pensó que podría venirle bien, llevaba años al servicio de la dragona y sabía que tarde o temprano acabarían devorados tanto él, cómo al resto del clan.
No por maldad irreflexiva. Por pura lógica dracónida. Cuando el clan ya no fuera útil, cuando ese lugar del bosque ya no necesitara de guardias kobold y , sobre todo, cuando le viniera en gana… Vashetrix les devoraría con la misma frialdad con la que había devorado a shamanes anteriores por errores tontos.
-Al menos tú le traerás desgracias.
Le dijo al recién nacido cuando nadie le podía escuchar.
Si Hlal lo había marcado, aquel Kobold de piel amarillenta, tendría grandes posibilidades de convertirse en un problema para Vashekrix. Una piedra en el camino de quien ha de vivir caminando.
Sskrix encontró una buena razón para asegurarse de que Kroliki sobreviviera lo suficiente para que se convirtiera en un problema. No fue un gesto de bondad hacia Kroliki, fue sembrar las semillas para un futuro lejos del dominio.
LA CRIA QUE NO ENCAJABA
Crecer siendo el único kobold amarillento en un clan de escamas verdes tiene consecuencias. Se le evitaba con crueldad, los adultos y ancianos lo trataban con recelo y desprecio, no fue un comienzo fácil.
Sskrix lo observaba siempre de lejos. Nunca delante de otros, evitando comprometerse.
El tiempo pasó y Kroliki empezó a hacerse preguntas, demasiadas preguntas del tipo equivocado con esa voz chirriante y medio burlona que no se callaba cuando debía.
Tras varias meteduras de pata, fue el mismo Sskrix el que le enseñó a guardar silencio, a moverse sin que su presencia fuera advertida, a pasar desapercibido.
-Tu silencio es lo único que es y será eternamente tuyo.
Le dijo una vez tras armar un buen escándalo intentando robar comida.
-Nadie te lo quitara por muy valioso que sea, si lo practicas bien.
Kroliki no lo entendió entonces, pero lo guardó cómo una lección que practicar todo el tiempo hasta dominarla.
El problema es que Hlal también le había dado otra cosa junto con los ojos dorados, y esa no tendría forma de controlarse del todo.
El sentido del humor.
LA NEGOCIACIÓN
Kroliki tenía cuatro años cuando Vashekrix convocó a sus emisarios y a un mercader humano en la Sala de las Raíces, una cámara enorme excavada bajo el árbol más viejo del bosque, donde la dragona recibía visitas con toda la teatralidad que consideraba merecida.
Kroliki no debía estar allí.
Precisamente por eso estaba allí.
Se había colado por una grieta lateral que conocía desde hacía tiempo, una pequeña hendidura en la tierra entre dos raíces enormes donde cabía exactamente él y nada más. Desde ahí podía ver sin ser visto, escuchar sin ser escuchado. Lo había hecho otras veces, movido por esa curiosidad que Sskrix nunca nombraba directamente pero que tampoco había sofocado del todo quizás intencionadamente.
El mercader era un humano gordo y sudoroso llamado Aldric Pressben, con más anillos que dedos y una sonrisa falsa que le llegaba a los ojos. Vashekrix lo observaba desde las sombras con esa calma reptiliana que ella usaba como arma.
La conversación era seria. Rutas élficas. Información sobre patrullas del bosque. Oro. Esclavos de clanes rivales. El intercambio frío y tranquilo de cosas que tenían precio aunque no debieran tenerlo. Kroliki escuchaba con los ojos muy abiertos, absolutamente inmóvil, absolutamente silencioso, absolutamente concentrado en no perderse ningún detalle.
Para la ocasión,el pequeño Kobold, había tomado la precaución de aprovisionarse. Cuatro hongos robados de las cocinas del clan, algo duros y con un olor que en condiciones normales habría sido una advertencia. Desaparecieron uno a uno mientras Pressben y Vashekrix negociaban el destino de clanes enteros. Kroliki masticaba despacio, absolutamente concentrado, tomando nota mental de cada palabra.
El cuarto hongo fue un error.
Su estómago, que llevaba un buen rato alegre (pues no había comido en todo el día), decidió que aquel era un momento excelente para expresarse.
El estruendoso sonido de la flatulencia fue considerable.
En el silencio solemne de la Sala de las Raíces, entre las separadas frases plagadas de silencios incomodos de la aterradora conversación entre una dragona verde y un mercader amniano negociando el destino de varios clanes, incluido el suyo, la ventosidad de Kroliki resonó como un sagrado trueno mayúsculo. Una violenta reverberación que las raíces del techo amplificaron de forma que solo podía describirse como... injustamente atronadora.
El mercader Pressben se atragantó sorprendido.
Vashekrix giró la cabeza despacio hacia la grieta.
Kroliki ya no estaba.
Tan sólo el eco de una chirriante risa incontrolable.
El Kobold llevaba ya dos segundos corriendo por los túneles laterales con una velocidad que habría sorprendido a alguien que no supiera que el miedo te hace más rápido. Se tapaba la boca, tratando de apaciguar la risa. Salió por una madriguera de emergencia a cuatrocientos pasos de la Sala, se lanzó bajo unas raíces, y se quedó absolutamente inmóvil mientras escuchaba a lo lejos la voz de Vashekrix … baja, controlada, infinitamente más peligrosa que si hubiera gritado. Ordenando a sus esbirros que revisaran los túneles.
No lo encontraron.
Kroliki sabía, tumbado bajo aquellas raíces con el corazón golpeándole el pecho como un tambor pequeño y frenético, que algo había cambiado. Que había escuchado cosas que no debía escuchar. Que Vashekrix haría exactamente lo que Sskrix nunca había dicho en voz alta pero siempre había insinuado con cada lección, con cada silencio cuidadoso, con cada interrupción conveniente.
Y que su estómago era un enemigo de proporciones épicas.
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