TheSusoGUN
Adorador del Gordo
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Hace tiempo que empecé a mostrar gran interés en la herbología, el arte de las plantas, y a elaborar pociones, ya que estas me otorgan grandes beneficios, durante un tiempo determinado claro. Siempre buscando más recetas e ingredientes, siempre intentando perfeccionar dicho arte…
No sé ya cuánto tiempo llevo aquí, en este frío y oscuro lugar, puede que unas cuantas semanas. Todavía recuerdo el fatídico día en que esta tortura comenzó. Me encontraba en el bosque de los Dientecillos, tomando unas muestras de setas nocturnas, esas condenadas tan raras de ver… También recuerdo como, de la nada, apareció una trasga no-muerta. Parecía una arcana, seguramente nigromante. Si en ese momento vi demasiado justa la posibilidad de victoria, cuando escuché un ruido tras de mi y vi otro trasgo arcano, mis escasas esperanzas de salir de aquella inesperada situación mermaron hasta desaparecer. Sin posibilidad alguna de escapar, y con una clara derrota por delante, solamente vi posible la vía diplomática, pero, ¿acaso era posible negociar con las bestias? Hice todo lo posible, pero me llevaron prisionero; no por ser de Amn, no por ser banita, sino por ser zhentarim.
Así pues, me condujeron a la ciudad de Murann, antigua ciudad del reino de Amn (ahora no es más que una pocilga, repleta de todo tipo de bestias y algunos humanos forajidos no más racionales que los seres que viven en este lugar). Me privaron tanto de mis ropajes y armadura como de todas mis pertenencias para, acto seguido, encerrarme en esta oscura y húmeda celda desde la que escribo. Me hicieron preguntas, demasiadas preguntas. Por suerte, yo no poseía las respuestas que buscaban. Querían saber todo sobre la casa comercial. Yo siempre me limito a hacer mi trabajo y no hago preguntas, una gran fortuna en aquel horrible momento. Incluso, tras mostrar cierta desconfianza hacia mis palabras, sondearon mi mente en busca de respuestas y en contra de mi voluntad. No les resultó útil.
En un comienzo resultaba incluso entretenido charlar con la trasga Chara. Buscó hacerme dudar de mi fe y de cada paso que había dado en mi vida, mas no con mucho éxito. Tras el arduo interrogatorio, Murann quiso mandar un mensaje a los zhentarim, y yo sufriría las consecuencias por ello. Todo error tiene su castigo, y por el momento mi historia parece estar marcada por mis extremidades. Mi error con el sol negro me trajo mi metálica diestra; este error con las bestias, la pérdida de mi brazo izquierdo. Cruelmente, uno de los tantos siervos no muertos de la nigromante cercenó mi brazo de un solo tajo. Siempre intento mantenerme fuerte y firme, pero en ese momento sólo pude caer de rodillas y gritar de dolor. Maldecí a todo Murann, juré que pagarían por lo que habían hecho, que la destrucción se acercaba y pronto su reino no sería más que cenizas.
Tras unos pocos días regresó Chara. La decepción era visible en su rostro. Habían pedido un rescate, oro a cambio de mi vida. Ineptas bestias. Los Zhentarim jamás negociarían con sus enemigos. Las hostilidades llegarán a Murann, la destrucción de la mano negra desolará estas tierras, sus actos serán castigados. La trasga me informó del rechazo de las negociaciones, lo que supondría mi inmediata ejecución. Por suerte, una segunda opción se mostró ante mí: servir a Murann, el reino de las bestias, y extender la voluntad del tirano entre orcos, trasgos, gigantes y demás criaturas. ¿Acaso esas bestias serían capaces de comprender la gloria de mi señor? Sólo les mueve la sangre, la destrucción y puede que el oro.
Debo elegir, morir ejecutado o servir en el reino de Murann. Ambas opciones igual de apetecibles, a decir verdad. Cuando amanezca he que tomar una decisión. Es posible que estas sean mis últimas palabras, y puede que nadie lea esta carta nunca. Solamente me queda por decir: Gloria al Tirano.
Kan Siverks.
No sé ya cuánto tiempo llevo aquí, en este frío y oscuro lugar, puede que unas cuantas semanas. Todavía recuerdo el fatídico día en que esta tortura comenzó. Me encontraba en el bosque de los Dientecillos, tomando unas muestras de setas nocturnas, esas condenadas tan raras de ver… También recuerdo como, de la nada, apareció una trasga no-muerta. Parecía una arcana, seguramente nigromante. Si en ese momento vi demasiado justa la posibilidad de victoria, cuando escuché un ruido tras de mi y vi otro trasgo arcano, mis escasas esperanzas de salir de aquella inesperada situación mermaron hasta desaparecer. Sin posibilidad alguna de escapar, y con una clara derrota por delante, solamente vi posible la vía diplomática, pero, ¿acaso era posible negociar con las bestias? Hice todo lo posible, pero me llevaron prisionero; no por ser de Amn, no por ser banita, sino por ser zhentarim.
Así pues, me condujeron a la ciudad de Murann, antigua ciudad del reino de Amn (ahora no es más que una pocilga, repleta de todo tipo de bestias y algunos humanos forajidos no más racionales que los seres que viven en este lugar). Me privaron tanto de mis ropajes y armadura como de todas mis pertenencias para, acto seguido, encerrarme en esta oscura y húmeda celda desde la que escribo. Me hicieron preguntas, demasiadas preguntas. Por suerte, yo no poseía las respuestas que buscaban. Querían saber todo sobre la casa comercial. Yo siempre me limito a hacer mi trabajo y no hago preguntas, una gran fortuna en aquel horrible momento. Incluso, tras mostrar cierta desconfianza hacia mis palabras, sondearon mi mente en busca de respuestas y en contra de mi voluntad. No les resultó útil.
En un comienzo resultaba incluso entretenido charlar con la trasga Chara. Buscó hacerme dudar de mi fe y de cada paso que había dado en mi vida, mas no con mucho éxito. Tras el arduo interrogatorio, Murann quiso mandar un mensaje a los zhentarim, y yo sufriría las consecuencias por ello. Todo error tiene su castigo, y por el momento mi historia parece estar marcada por mis extremidades. Mi error con el sol negro me trajo mi metálica diestra; este error con las bestias, la pérdida de mi brazo izquierdo. Cruelmente, uno de los tantos siervos no muertos de la nigromante cercenó mi brazo de un solo tajo. Siempre intento mantenerme fuerte y firme, pero en ese momento sólo pude caer de rodillas y gritar de dolor. Maldecí a todo Murann, juré que pagarían por lo que habían hecho, que la destrucción se acercaba y pronto su reino no sería más que cenizas.
Tras unos pocos días regresó Chara. La decepción era visible en su rostro. Habían pedido un rescate, oro a cambio de mi vida. Ineptas bestias. Los Zhentarim jamás negociarían con sus enemigos. Las hostilidades llegarán a Murann, la destrucción de la mano negra desolará estas tierras, sus actos serán castigados. La trasga me informó del rechazo de las negociaciones, lo que supondría mi inmediata ejecución. Por suerte, una segunda opción se mostró ante mí: servir a Murann, el reino de las bestias, y extender la voluntad del tirano entre orcos, trasgos, gigantes y demás criaturas. ¿Acaso esas bestias serían capaces de comprender la gloria de mi señor? Sólo les mueve la sangre, la destrucción y puede que el oro.
Debo elegir, morir ejecutado o servir en el reino de Murann. Ambas opciones igual de apetecibles, a decir verdad. Cuando amanezca he que tomar una decisión. Es posible que estas sean mis últimas palabras, y puede que nadie lea esta carta nunca. Solamente me queda por decir: Gloria al Tirano.
Kan Siverks.