Skotos
Copia defectuosa de Kronobot
- Registrado
- 4/7/07
- Mensajes
- 2,316
Athkatla siempre fue cara. Carísima, incluso para los ricos.
Para los pobres era simplemente cruel.
A Gwenaëlle le dolían los pies desde el segundo día desde su regreso, y eso que sus botas, según dijo la zapatera con la que lidió en Imnescar, “eran de buena hechura, señora, piel de vaca amniana, no de esas cosas de becerro que venden en el Norte”. Claro que, eso fue hace un año. Ahora, la suela derecha se había desprendido por completo, y al caminar hacía un sonido extraño, como si chapotease en barro. Chof, chof. Lo había intentado remediar con diversos conjuros, pero el material ya no podía más. Pedía que se pusiese fin a su desdichada existencia.
Ya no le quedaba mucho dinero. Afortunadamente - muy afortunadamente - había tenido la previsión (o más bien se dieron las circunstancias idóneas de cierta apatía monetaria con la comodidad) de guardar un fondo de emergencia en el banco de Amn. Esto era, actualmente, todo su patrimonio. Ya no podría contar ni con la ayuda de su madre (adiós a las regalías de su estatus al rechazar el compromiso con Lord Dorian), ni le servía de mucho consuelo la paga del templo; era más bien simbólica y cubría sus necesidades en especie.
El amor a Selûne se mide en actos y rezos, no en dánteres, le dijo una vez Sariel.
Muy poético. Muy cierto.
Muy poco útil a la hora de pagar la matrícula de la Arcanum Schola.
A veces sentía genuinas ganas de estrangularla.
Pero por Nuestra Señora de Plata, no.
Sería pía y paciente.
Selûne proveería.
Había dejado sus estudios a medias. No le quedaban muchas materias por cursar. Pero era necesario afrontar los múltiples costes de una institución, que sin el arguinaldo familiar, se le antojaba de pronto absurdamente cara.
Llevaba cinco días buscando trabajo. Entraba en tiendas de libros, copisterías, talleres mágicos, y en un par de ocasiones incluso llamó tímidamente a las puertas de dos oficinas notariales.
El primero le cerró la puerta de bruces, sin dedicarle nada más que una mirada altanera.
El segundo le ofreció trabajo de escriba… si aceptaba afeitarse la cabeza y vestir una túnica gris. Le habló sobre algo llamado "Salvación", y cómo debería trabajar 12 horas diarias para 'hallar la comunión con el cosmos'.
Era una secta.
Mejor no, pensó mientras huyó escaleras abajo. Ya tuvo suficiente con un intento de matrimonio concertado.
¿Era esto lo que se sentía al ser pobre? ¿Que de pronto fueses invisible? La adrenalina surgida con el viaje de vuelta desde Argluna empezaba a desdibujarse. Y con la realidad de una vida modesta a la que se ha visto forzada por actos propios, el peso de su decisión empezó a generarle una cierta ansiedad.
Decidió dormir durante aquellos días en el Salón de la Luna. Eran días complicados; no tenían una habitación lista para Gwenaëlle al no haber avisado, así que tuvieron que asignarla a un cuarto comunal. El viento nocturno silbaba en las rendijas de las ventanas como una flauta desafinada. A su alrededor, otros diáconos hablaban de lo que ocurría en Athkatla; sobre dragones que seguramente estarían pensando cómo merendarlos.
Ella pensaba en sus cuentas pendientes y en cómo le dolían los pies.
Empezó a llover en la mañana del sexto día. En general, el clima aquellos días era extraño. Era ese tipo de lluvia fina, persistente, que no te empapa rápidamente pero que poco a poco te humilla si tratas de ignorarla. Y aquel día no trajo paraguas. Se sentó bajo la entrada de un edificio noble junto a la Calle del Candil, sacó un mendrugo de pan de anteayer y lo mascó con dignidad eclesiástica. En frente, una anciana vendía plumas de ave con la promesa de que aumentaban la elocuencia.
Y entonces lo vio.
Un tablón de anuncios, empapado, cochambroso, pegado al costado de una panadería cerrada. Allí, entre el cartel de un espectáculo de lucha de osos amaestrados y un aviso de extravío de un hurón, había un anuncio algo viejo:
Para los pobres era simplemente cruel.
A Gwenaëlle le dolían los pies desde el segundo día desde su regreso, y eso que sus botas, según dijo la zapatera con la que lidió en Imnescar, “eran de buena hechura, señora, piel de vaca amniana, no de esas cosas de becerro que venden en el Norte”. Claro que, eso fue hace un año. Ahora, la suela derecha se había desprendido por completo, y al caminar hacía un sonido extraño, como si chapotease en barro. Chof, chof. Lo había intentado remediar con diversos conjuros, pero el material ya no podía más. Pedía que se pusiese fin a su desdichada existencia.
Ya no le quedaba mucho dinero. Afortunadamente - muy afortunadamente - había tenido la previsión (o más bien se dieron las circunstancias idóneas de cierta apatía monetaria con la comodidad) de guardar un fondo de emergencia en el banco de Amn. Esto era, actualmente, todo su patrimonio. Ya no podría contar ni con la ayuda de su madre (adiós a las regalías de su estatus al rechazar el compromiso con Lord Dorian), ni le servía de mucho consuelo la paga del templo; era más bien simbólica y cubría sus necesidades en especie.
El amor a Selûne se mide en actos y rezos, no en dánteres, le dijo una vez Sariel.
Muy poético. Muy cierto.
Muy poco útil a la hora de pagar la matrícula de la Arcanum Schola.
A veces sentía genuinas ganas de estrangularla.
Pero por Nuestra Señora de Plata, no.
Sería pía y paciente.
Selûne proveería.
Había dejado sus estudios a medias. No le quedaban muchas materias por cursar. Pero era necesario afrontar los múltiples costes de una institución, que sin el arguinaldo familiar, se le antojaba de pronto absurdamente cara.
Llevaba cinco días buscando trabajo. Entraba en tiendas de libros, copisterías, talleres mágicos, y en un par de ocasiones incluso llamó tímidamente a las puertas de dos oficinas notariales.
El primero le cerró la puerta de bruces, sin dedicarle nada más que una mirada altanera.
El segundo le ofreció trabajo de escriba… si aceptaba afeitarse la cabeza y vestir una túnica gris. Le habló sobre algo llamado "Salvación", y cómo debería trabajar 12 horas diarias para 'hallar la comunión con el cosmos'.
Era una secta.
Mejor no, pensó mientras huyó escaleras abajo. Ya tuvo suficiente con un intento de matrimonio concertado.
¿Era esto lo que se sentía al ser pobre? ¿Que de pronto fueses invisible? La adrenalina surgida con el viaje de vuelta desde Argluna empezaba a desdibujarse. Y con la realidad de una vida modesta a la que se ha visto forzada por actos propios, el peso de su decisión empezó a generarle una cierta ansiedad.
Decidió dormir durante aquellos días en el Salón de la Luna. Eran días complicados; no tenían una habitación lista para Gwenaëlle al no haber avisado, así que tuvieron que asignarla a un cuarto comunal. El viento nocturno silbaba en las rendijas de las ventanas como una flauta desafinada. A su alrededor, otros diáconos hablaban de lo que ocurría en Athkatla; sobre dragones que seguramente estarían pensando cómo merendarlos.
Ella pensaba en sus cuentas pendientes y en cómo le dolían los pies.
Empezó a llover en la mañana del sexto día. En general, el clima aquellos días era extraño. Era ese tipo de lluvia fina, persistente, que no te empapa rápidamente pero que poco a poco te humilla si tratas de ignorarla. Y aquel día no trajo paraguas. Se sentó bajo la entrada de un edificio noble junto a la Calle del Candil, sacó un mendrugo de pan de anteayer y lo mascó con dignidad eclesiástica. En frente, una anciana vendía plumas de ave con la promesa de que aumentaban la elocuencia.
Y entonces lo vio.
Un tablón de anuncios, empapado, cochambroso, pegado al costado de una panadería cerrada. Allí, entre el cartel de un espectáculo de lucha de osos amaestrados y un aviso de extravío de un hurón, había un anuncio algo viejo:
¡SE BUSCAN REDACTORES!
Buena ortografía. Capacidad de análisis. Colaboración con la Voz de Amn.
Se valoran conocimientos en religión, política actual.
Honorarios según columna publicada.
Se quedó quieta. Parpadeó. Quizás... ¿sería una opción? Nunca pensó que a la gente le pudiese interesar su punto de vista, pero... era una alternativa bastante más digna a tener que dar vueltas sin sentido por la Ciudad de la Moneda.
Se puso en pie y se acomodó el sombrero azulado, empapado con la lluvia. Y acto seguido, se encaminó hacia el Distrito de los Templos. No tenía experiencia periodística. Ni contactos en Athkatla. Pero sí tenía cosas que decir. Muchas cosas.
Y quizás, sólo quizás, algún que otro lector podría hallar interés en sus reflexiones.
Offtopic :
Pingeo a Don @DM Kapillo, conforme comentado ingame. 