El duelo de entrenamiento que lo había enfrentado a Seraphyra, su compañera de armas y de fe, en el Patio de Armas del Castillo, bajo la atenta mirada del Caballero Centinela Valerio Velandros, acababa de concluir.
Desde su regreso de Puerta de Baldur, muchas cosas habían cambiado. Aún aguardaba el día en que obtendría las espuelas de caballero, aunque ese asunto, en realidad, le preocupaba poco. Había en su corazón inquietudes mayores: el caos, la maldad y la corrupción que se extendían sin control. Ni siquiera las guerras precedentes habían conseguido sembrar la semilla de la cordura. Quedaban lejos los tiempos en que la maldad encarnada se ocultaba al amparo de las sombras; ahora caminaba libremente bajo la luz del sol, celebrada incluso por aquellos que antaño habrían empuñado la espada contra ella. Los corruptos y los crueles eran elevados como héroes, la muerte se festejaba o se silenciaba convenientemente, y ni siquiera la iglesia de Waukeen era capaz de contener el ataque contra el comercio justo que desangraba a la nación amniana y a su gente.
La desvergüenza se había vuelto costumbre. No era raro ver a los embozados brindar por su impunidad en los llanos de Athkatla, otrora centro neurálgico del comercio y punto de encuentro entre aventureros y mercenarios. La corrupción, pensaba Corwyn, es una enfermedad parasitaria que acaba devorándolo todo, extendiéndose como un cáncer que carcome los cimientos de la virtud. Donde la maldad prospera y se hace fuerte, la fe se apaga, la esperanza deja de ser cálida, los valores se disuelven y la desazón genera nuevos siervos de esa misma oscuridad. Y así, quienes pierden la ilusión, también pierden el futuro.
Aquella corrupción galopante no solo afectaba a la metrópoli, sino que había alcanzado incluso las colonias y las tierras de Amn en Maztica, lugar donde Corwyn había nacido y crecido; allí se había hecho hombre, allí había sentido el llamado de Helm, y allí había jurado que algún día viajaría a la madre patria para recuperar , si sus fuerzas se lo permitían, la paz y la fortaleza que en otros siglos sustentaron a los servidores de la justicia.
Como miembro de la Orden del Guantelete, como hombre de fe, Corwyn meditaba largamente sobre cómo enfrentar o al menos mitigar aquel mal. Sabía que el dogma de Helm le ofrecía las herramientas y la guía para emprender semejante cruzada.
Sabía cómo debía comenzar el camino. Y así, con paso firme, se encaminó junto a sus hermanos de armas hacia los salones del Castillo de la Orden, donde su destino aguardaba.
La decadencia imperaba allí por donde pasaba el helmita. Finalmente, había cumplido la palabra que le dio a su padre, allá, al otro lado del mar, en las lejanas y virtuosas tierras de Maztica, y se había consagrado como caballero. Y como tal, ahora pisaba el suelo amniano, la madre patria a la que todo le debía: sus sueños y sus anhelos.
Su vínculo con Helm era su vida, pues la gracia del dios Vigilante le había sido otorgada, y sus dones recorrían su cuerpo y viajaban a través de su piel como instrumento de su voluntad. Así pretendía traer su visión a la Orden del Guantelete, y a sus hermanos: confrontación y vigilancia, coherencia y justicia, trabajo y silencio. El virtuosismo de las viejas leyendas y los héroes no tenía por qué ser parte de una canción cantada en una posada olvidada; tales cosas podían, y debían, formar parte de la realidad cotidiana en Amn. No obstante, no sería fácil.
Había conocido recientemente a varios ladrones cofrades: un tal Migajas y otro, una sombra jactanciosa, Olvido. Paseaban con chulería por todas partes, mostrando abiertamente su broche del estilete y el antifaz, desdoblando la realidad y lo correcto en aras de una historia manipulada y mal contada, en la que ellos se erigían en una suerte de héroes de Amn, como si sus vidas no fuesen pecado, corrupción y avaricia. Lo hacían ante la mirada impávida de todos: se había normalizado lo soez y lo vil como algo que no tenía solución ni remedio, como parte de una realidad que no debía ser mencionada ni tocada. Y allí, pensaba Corwyn, en ese falso ideal corrupto, se habían hecho fuertes. Pero no seguiría siendo así; no, al menos, mientras a Corwyn le quedase un hálito de fuerza y Helm lo sostuviera.
Las mesas redondas se habían sucedido, y los hermanos de armas mencionaban con entereza palabras similares a las alocuciones del idealista helmita. Lord Valerio, Dick y Baldrak estaban más que dispuestos a tomar las riendas del futuro, y los hermanos Talkir, Seraphyne y Atticus no se quedarían atrás. La Orden del Guantelete, sin duda, era el lugar indicado en Athkatla desde donde comenzar a construir un cambio: la palanca capaz de resquebrajar aún más las roturas de los cueros ya descosidos en que se había tornado Amn. Podrían comenzar a forjar una cota de mallas bajo ellos, una cota de mallas hecha de principios, donde el fin nunca justificara los medios, donde la voluntad se mantuviese impertérrita ante el mal y fuese un faro de esperanza para todos. Un ejemplo, en definitiva, en el cual cualquiera pudiera reflejarse y ver que, ante la corrupción, la vileza y las medias verdades, una vida honesta, sencilla y honrada no solo era posible, sino también deseable.
Y con ese pensamiento esperanzador, Corwyn terminó de ajustarse la armadura y salió al exterior del castillo, esbozando una sonrisa sincera en su rostro