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La Estrella del Caos

AreeluVorlesh

Minsorrano sin caminos
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Prólogo - La otra cara de la moneda.

M
e dejé caer en el camastro inferior de la litera con pesadez, cerrando los ojos. Cuando volví a abrirlos para escrutar en la penumbra del dormitorio comunitario de la Corona de Cobre, la visión no fue lo que se dice prometedora: mujeres también, pero sobre todo hombres de todos los tamaños, colores y olores (énfasis en esto último) tirados por las camas y el suelo, bañados en sudor, sangre, alcohol y, algunos, en su propio vómito.
No me consideraba una mujer delicada ni dada a grandes lujos, pero aquella situación era insostenible. Acababa de llegar como quien dice, pero ya sabía que tenía que salir de allí lo antes posible; no había abandonado Aguasprofundas para acabar en una alcantarilla peor y más cara. Por suerte...

Harn... -musité, cruzando las manos sobre las cicatrices de mi vientre y entreteniendo los dedos en juguetear con el pendiente del ombligo. Ante la ausencia de respuesta, insistí-. 'mano...

Llamé, afilando un poco la mirada cuando lo único que se escuchó fue un sonoro ronquido.

¡Harnalasse! -Rugí, golpeando violentamente uno de los maderos que sostenían el colchón del camastro superior con la suela de la bota (y haciendo oídos sordos de las quejas de nuestros compañeros de habitación).

Escuché un perezoso quejido que venía desde arriba, seguido de un crujido chirriante al moverse sobre la litera que a duras penas se mantenía en pie, como si sostener el peso del mestizo que dormía en ella le estuviera costando algo más que la vida. Observé el rostro de mi hermano cabeza abajo cuando se asomó para mirarme.

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Llevo días sin verte. ¿Qué horas son de llegar, ah? -Inquirió. Rodé la mirada en un gesto de fastidio, estirando la zurda para bajarle la cinta del pelo hasta cubrirle los ojos.
Uno de los dos tiene que trabajar para mantenernos y, a todas luces, ese no eres tú.
¿Y tú sí?
De hecho, sí; no solo nos he sacado trabajo si no que, además, nos he encontrado un grupo.
No serán los raritos de los Páramos...
Bueno, algún rarito hay, aunque ignoro su procedencia.

Se descolgó del lecho superior con la agilidad de un mono, dejándose caer a los pies de mi cama para sentarse con las piernas cruzadas, mirándome con atención.

Cuéntame.
Verás...

Me humedecí los labios con la punta de la lengua, aprovechando el movimiento para recolocar el piercing que adornaba el inferior, dispuesta a narrar mi aventura.

I - Siendo mejores.

Era el día de nuestra llegada a la Ciudad de la Moneda. Acababa de bajar de la carreta que nos había llevado hasta allí y, de alguna manera, ya había perdido de vista a mi mellizo.
Sabedora de que aparecería por su cuenta tarde o temprano, me dispuse a explorar.
No había avanzado mucho cuando me detuvo la deprimente música de un violín.

¿No te sabes nada más alegre? -Pregunté, mirando al bardo que tenía ante mí.
Hum... -Con facilidad, la melodía cambió a un ritmo mucho más alegre y pasional, fácil de seguir incluso para alguien con un oído como el mío, no tan refinado para esas artes- La llamo... Oda a Tymora.
No está mal, mucho mejor...
Me alegra que os guste, aunque solo soy un bardo fracasado. Es mi primera actuación aquí, en la última rompí mi instrumento y me tiraron tomates.
Joder, qué mala suerte... ¿Y aún así le dedicas la oda a Tymora? Eso sí que es devoción. ¿Y además de Fracasado, respondes a algún otro nombre?
Me llamo Rham, trovador, encantado.
Rham... -Repetí, asintiendo ligeramente- Yo soy Shaedre, mercenaria. ¿Y el hombre silencioso tiene nombre? -Inquirí, virando entonces mi atención a un hombre alto que se había que detenido tras el bardo, vestido completamente de negro. Observé cómo se llevaba entonces una mano al pecho, inclinándose.
Alexander Di Rose... Y ella -dijo, señalando la ornamentada ballesta que portaba consigo- Es Isabella. Mi armadura no me hace precisamente sigiloso, y no pretendo serlo, tampoco. Entre más evidente e indiscreto pueda ser, mejor; los bandidos creen que cuanto más lejos estén de mí, más seguridad encontrarán pero, por el contrario... Cuanto más lejos estén, más peligro corren -inclinó un poco más la cabeza, que cubría con una oscura capucha-. Mercenario.
Ah... Eso hace, al menos, dos de nosotros.

En lo que hablábamos se nos unieron al menos dos personas más: Temet, un druida cambiaformas, por lo que pude ir descubriendo con el paso de las horas y Lisana, una pequeña gentil que se relaciona con cultistas o algo así, no lo sé; solo sé que querían sacrificar al mercenario a una Deidad Oscura, o eso repetía el otro sin parar.

La conversación subsiguiente fue un caos absoluto, pero pude sacar en claro que Alexander el Mercenario buscaba a otras personas afines a su profesión, para lo que contrató los servicios de Rham el Fracasado, mientras que Temet el Cabrón no paraba de hacer bromas de uno, otro y el que pasara entre medias.
Ah, y también estaba Ramón, la montura del Mercenario, cuyas habilidades eran numerosas y fascinantes, aunque la que más predominaba era la de juzgar con la mirada... De forma incansable.

Poco a poco la congregación se fue dispersando y en compañía solo quedamos el Mercenario, Ramón, el Cabrón y yo.
Escuchamos rumores sobre un lobo maldito, o alguna cosa semejante, al que había que dar caza porque estaba causando estragos en la zona, así que con la promesa de una recompensa nos dirigimos en esa dirección.
Nos abrimos paso entre su manada y nos adentramos en la cueva.

Odio las esquinas -comentó Alexander cuando, tras doblar una, un grupo de insepultos se nos echó encima por sorpresa.
Odio a los no-muertos -gruñí en respuesta, disparando con más ilusión que maña un arco corto que había arrancado de los dedos fríos de un pobre bastardo.
Yo no odio nada -añadió el Druida, cuando la batalla hubo terminado-. El odio es malo. Nada como una buena noche de pasión para calmarlo.
El odio y la pasión no tienen por qué estar reñidos; de hecho, muchas veces las noches de odio son las que tienen más pasión.
Me gusta tu estilo... -Sentí la mirada de Alexander en mí, aunque no podía verla. Poco después, se unió la del druida.
A mí me gusta su cuerpo... Digo, su estilo, sí... -desvié una mirada gélida en su dirección.
Te aconsejo que vigiles tus palabras, Druida.

Tras separar la cabeza del Devorador de su cuerpo para entregarla como prenda de un trabajo bien hecho, deshicimos el camino de vuelta al campamento.
En el trayecto, descubrí que el Mercenario era tuerto, o al menos llevaba un ojo cubierto por un parche. Por lo visto, aunque no seré yo quien de los detalles, tenía que ver con algo referente a su niñez.
Dije directamente lo que pensaba, o tal vez hablé sin pensar, no lo tengo claro.

Joder, menudo desgraciado... -Su risa resonó durante un par de segundos en una carcajada limpia.
¿Y tú? ¿Qué hay de tus aretes?
¿Qué pasa con ellos? -Le miré, mientras me frotaba una de las orejas con la mano, haciendo resonar los innumerables piercings que la adornaban.
Me veo tentado a pedirte uno de regalo, a fin de cuentas tienes demasiados.
No hago regalos, lo siento.
Con gusto aceptaré la prueba para ganármelo, en ese caso.

Anotó algo en un libro en el que no había parado de apuntar cosas en toda la noche. Fruncí ligeramente el ceño, reprimiendo el impulso de asomarme; si estaba escribiendo sobre mí, quería saberlo.

Hicimos un par de encargos más por la zona y, tras eso, nos dispusimos a repartir el botín. En ello estábamos cuando se nos unió una cuarta figura, que nos contó como un amigo suyo, paladín, había retado a un duelo a un clan de Murann.
La mirada del cuarto hombre no paraba de oscilar entre Alexander y yo con un brillo curioso, como si de alguna manera nos estuviera midiendo en sus momentos de silencio. Finalmente habló.

Además de aduladores profesionales... ¿A qué os dedicáis?
A sobrevivir aprovechando oportunidades.
Yo soy un mercenario.
Y yo protejo el bosque.
¿Y no habéis pensado en unir fuerzas?
Ya lo estamos haciendo.
Me refiero a algo más oficial... Yo también soy mercenario -dijo, finalmente-. Creo que crear una compañía nos ayudaría a todos, he visto demasiados peligros que no podría solucionar yo solo. Al menos, no perdemos nada por probar.
Me gustaría... ¿Tú qué dices? -Me miró, como buscando mi aprobación- Podríamos reunirnos... Beber, comer, celebrar juntos...
A mí lo que me interesa es la paga. Si está bien, me apunto; pero viajo con mi mellizo, así que también estará interesado -miré de nuevo al desconocido-. ¿Cuál es tu nombre?
Urth -su diestra se movió hacia el pecho de forma sosegada, con elegancia-. ¿Y tu nombre era...?
Shaedre.

Repitió mi nombre en voz alta, como si eso le ayudara a memorizarlo. Tras esto hablamos un poco más sobre el tema, que cada vez pintaba mejor para un grupo de buscavidas sin mucho pasado y menos futuro.

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Decidimos ponernos a prueba como grupo aceptando un encargo de un reclutador alojado en el piso inferior de la Luz del Álandor, donde casi tuve que romperle los dientes al druida baboso cuando se negó a captar las indirectas.
Este nos llevó hasta Brinn-Ley y otras islas cuyo nombre ni recuerdo ni sabía pronunciar. Nos fue más bien que mal, cabe destacar; sin bajas y con ganancias aceptables, sobre todo para ser nuestra primera vez.

De regreso a la ciudad de la moneda, tras pasar en alta mar alrededor de una dekhana de una isla a otra y tiñendo de dorado nuestros bolsillos y cuerpos, volvimos a encontrarnos con la pequeña gentil, Lisana, que venía de la mano de un enorme guerrero que respondía al nombre de Boris.

Y como grupo... ¿A qué se dedican?
Somos mercenarios -explicó Urth, habiendo dado su visto bueno a la Compañía con ese comentario.
Vaya... Hay muchos grupos de mercenarios en Amn... El Faisán, La Gáldrim, los Zhent... ¿Cómo piensan destacarse y superar las cuotas?

Mi voz sonó al unísono con la de Urth, de forma totalmente inconsciente, respondiendo de forma idéntica, el rostro del uno ladeado y mis labios curvando una sonrisa.

Siendo mejores.
 

AreeluVorlesh

Minsorrano sin caminos
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I - Dos locos, un "liche", un bandido y un kóbold entran a una cueva...

C
omo tantas otras veces en las últimas dekhanas, me encontraba entrenando con Legión. Eran dos tipos rarísimos, ese par... Pero habían ido creciendo en mí como un hongo: sabes que son molestos pero aceptas que una vez llegan a tu vida, los vas a tener yendo y viniendo constantemente; así que aprendes a aceptarlos.

En esta ocasión nos encontrábamos en las profundidades de una cueva cercana a los Páramos; estaba plagada de esos hijos de puta no-muertos encorvados, o eso habíamos escuchado decir al guardia moreno y sus compañeros en una ocasión, así que era una ocasión perfecta para practicar: si no tenían puntos débiles, tendría que esforzarme el doble.

Siempre lo hacíamos de la misma manera: Yo me quedaba un poco atrás y él atraía a la horda. Entonces, cuando ya tenían su atención centrada en él, aparecía a sus espaldas.
Cabe destacar que Legión, pese a su aspecto, es un bastardo resistente... Así que acabábamos de despachar a un grupo considerable cuando vi que su máscara viraba la atención más allá de mí. No me hizo falta girarme para entender el porqué, pues esta actuaba a modo de espejo y pude ver el reflejo de un esqueleto deambulando a nuestro alrededor, prácticamente acechándonos. Me giré en esa dirección.

Eso no parece un tumulario -anunció Legión.
¿Sí? ¿En qué lo has notado? -Pregunté, con un deje de ironía en la voz.
En los huesos, principalmente. Es un esqueleto -Su respuesta sonó con tanta convicción que tuve que contener media sonrisa.
Bueno, ¿y qué hac...? -La voz hueca y monótona del esqueleto se interpuso entre nuestros susurros.
¿Qué estáis haciendo en mis cuevas, mortales?
¿Tus cue...?
Estas cuevas no son tuyas -dijo Legión-, pertenecen a la liche.
Conocéis a la liche -la frase se quedó a medio camino entre una pregunta y una afirmación.
Claro -mentimos al unísono.
¿Cómo se llama?
(Ah, mierda...) Lich...ess... de... Lichenland...
Bueno, yo la he visto por aquí.
¿Y por qué no me habías dicho que...? -Bajé la voz, empezando a inquirir en tono recriminatorio, pero...

Detuvimos la conversación a la vez que dejamos de mirarnos para girar lentamente las cabezas hacia el esqueleto, con la misma lentitud, de hecho, que él alzaba el montón de huesos que conformaban su mano derecha hacia nosotros.
Como obedeciendo una orden, varios tumularios acudieron a su llamada, cargando directamente contra nosotros. Joder. Di un paso atrás discretamente, dejando que Legión les recibiera antes de unirme al combate.

Sí... Serviréis -su voz volvió a resonar en el mismo instante en que el último cadáver volvió a tocar el suelo.
Eso ha sido grosero.
¿Serviremos?
¿Hm? Ah... ¿Eh? ¿Serviremos? -Le miré.

El esqueleto, ataviado con una dramática túnica negra y un enorme y brillante medallón reposando sobre la caja torácica, comenzó a mover la zurda en esta ocasión, en cuyo huesudo índice reposaba un aparotoso anillo que me pregunté cómo era capaz de sostener.

Como nuevas mascotas.

Legión y yo nos apresuramos a responder a la vez, viendo por dónde iba la conversación.

A mí eso solo me va con las mujeres. Y mi compañera es un poco perra, pero no creo que hasta ese punto...
Podría ser un fetiche que me interese, pero me temo que mi preferencia para practicarlo suelen ser hombres un poco más... Vivos.
¿Cómo?
¿Qué?

Cruzamos miradas de nuevo. Hubo un momento de triple silencio que se elevó en el aire. Entretanto, Legión sacó un pequeño libro de notas y apuntó algo rápidamente. Fruncí el ceño, fijándome en dónde lo guardaba... O lo intenté, al menos, porque entonces percibí por el rabillo del ojo como el esqueleto terminaba de alzar la zurda, aunque le había llevado su tiempo.​

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Joder, otra vez no... ¡Así no es como se negocia en estas tierras! -Rugí en su dirección, pero preparándome para repetir el proceso.

Esta vez fue un grupo diferente de insepultos, como les dicen los meapilas. ¿Qué tipo? Lo sabrá su Dios, porque yo desde luego no. Solo sé que olían a culo de cabra y parecían cargar más enfermedades que las rameras de los barrios. Y ya os digo que he visto alguna que...
Jadeé ligeramente por el cansancio, una vez terminado el segundo combate.

A ver, negociemos. Si lo que quieres son mascotas, podemos traerte otras que no seamos nosotros.
¿Me traeríais nuevas mascotas, vosotros?
¡Claro! O sea, no es la pasión de mi vida, pero si es entre nosotros o ellos, podemos hacerlo. ¿Verdad? -Miré a Legión.
¿Qué? -Me miró- ¡Ah, mascotas! Sí, claro. ¡Traeremos mascotas!
Entonces, queréis negociar. Bien. ¿Quién de vosotros va a quedarse para que el otro se pueda marchar, en ese caso? A por mis mascotas.
Eso no es exactamente a lo que me refería...
Será uno o los dos. Vosotros decidís.

Me gusta tentar a la suerte como a la que más, pero hasta yo me di cuenta de que no íbamos a salir de aquella así como así. Bajé un momento el rostro, valorando mis opciones. A pesar de todos los problemas que me habían causado con El Cuervo, Legión y Forma eran, probablemente, los únicos amigos de verdad que tenía en estas tierras... Y estaba demasiado loco para sobrevivir por su cuenta. Yo tenía más opciones.

...además, si vamos los dos, podemos traer más mascotas y...
Me quedaré yo -Le interrumpí, pronunciándome con firmeza.
...no. Me quedo yo -Al escucharme, su discurso cambió, girando la máscara hacia mí.
Está decidido. Me quedo yo y tú te vas.
Que no.
Que sí. Para empezar, seguramente ni siquiera llegaría viva a la salida de la cueva. Y eso si la encontrara -dije, mintiendo sobre mis verdaderos motivos; aunque había bastante de verdad en esas palabras, de todos modos-. Y tú tienes más don de gentes, a mí todos me odian.
Eso no es verdad, nadie se fiaría de...
Decidíos ya o no saldréis ninguno -Legión hizo el amago de hablar, por la respiración ahogada que se perdió bajo su máscara, pero adelanté mis pasos hacia el esqueleto, colocándome a su lado.
Seré yo.
Hija de... ¿Y qué tengo que traer? ¿Un gnoll? ¿DOS?
Espacio vital, por favor... -El esqueleto, que afirmaba ser un liche, se apartó de mí cuando me coloqué a su lado.
Pero si estás muerto... -Dijo Legión, mientras el "liche" alzaba esta vez ambas manos a un tiempo. Me perdí el gesto porque estaba llevándome la cara bajo la axila, comprobando si es que olía e intentando comprender por qué hasta los muertos me rehuían, joder.
Esta es mi mascota actual, pero me encuentro bastante aburrido de ella. Necesito algo nuevo.

La magia que brotaba de la criatura fue recogiendo los huesos del suelo, haciéndolos levitar en el aire hasta darles forma; la de un dragón hecho de los mismos, concretamente, gargantuesco e imponente que se acercaba a nosotros con pasos lentos, pesados y amenazadores.

...huh.
...ah. Yo correría.
Tienes una hora para traerme algo convincente. Si no, me quedaré con ella -dijo, haciendo un ademán en mi dirección.
Una hora. ¡Una hora!

Vi a mi compañero salir corriendo en dirección a los túneles hasta perderse de vista. El esqueleto se giró hacia mí, acercándose esta vez.

Ah, ahora no quieres espacio vital, ¿eh? -Intenté mantenerme firme, pero por si las moscas fui dando pasos atrás, al mismo ritmo que él los daba hacia delante.
¿No sueñas con una vida mejor?
A ver, sí... Porque una vida peor, también te digo... Está complicao'. Pero si me muero, joder, eso ni siquiera es vida -expliqué. Me miró con sus cuencas vacías pero por algún motivo, lo hacía con tanta intensidad que me imaginé dos cejas inexistentes subiendo y bajando.
Estoy muy solo en esta cueva...
...yyyyya... ¿Y qué pasa con la liche? Haríais buena pareja.
Se acaba el tiempo.
¿Ya?
Has puesto mucha fe en tu amigo. ¿Tanto confías en que volverá?

Cogí aire bajo la máscara, sopesando la respuesta. Miré al dragón de huesos durante un buen rato, haciendo cálculos avanzados en mi cabeza para tratar de discernir si realmente estaría TAN loco como para regresar.

...a ver, puede que tampoco seamos TAN amigos, pero es el único que...
¡YA ESTOY AQUÍ!
¿Ves? Te dije que volvería -le dije al esqueleto, y luego miré a Legión y los dos bultos que cargaba-. Le dije que volverías, estaba segura -mentí, una vez más. ¿Y qué?

En cuanto el hombre apareció, los huesos del dragón perdieron su magia y volvieron a desmoronarse contra el suelo.
El liche se examinó atentamente las mascotas que le había traído Legión. Le vi mirar con fijeza de un lado al otro y, antes de alzar la calavera hacia mi compañero, se pasó la mano derecha por toda la parte frontal, deslizándola lentamente. Me recordó a mí con Harnalasse, no importa cuándo lo leas.

Pero... ¿Esto qué es?
Un kóbold.
¿Eso es lo que vale tu amiga para ti? ¿Un kóbold? -Preguntó con incredulidad- Y encima muerto.
Bueno, pues como tú... Es importante tener cosas en común.
¡Un kóbold arcano! No veas como me ha puesto con sus bolas... Y una bandida. A mí me parece un buen trato, es prácticamente una humana y media a cambio de una sola.

El liche volvió a repetir el mismo gesto con la mano sobre su rostro, aunque parecía mucho más cabreado esta vez.

Os quedaréis los dos...
¡Ese no era el trato! -Protesté.

Escuché como el crujido que hacen las rodillas de tu abuela cuando se agacha a coger el cucharón de madera del suelo; bueno imagino, nunca conocí a mi abuela. Miré, buscando el origen del sonido y discerní el brazo esquelético alzándose hacia mí.
Y por ahí no pasaba, no señor; no había hecho veintiún años de trabajos de mierda para llegar hasta Amn solo para acabar siendo la Sra. Huesos de Tralalá.
Di un salto al frente, zafándome del intento de agarre y colocándome junto a Legión.

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¿¡Y qué querías que te trajera en una hora?! ¡He cumplido mi parte, suelta a mi amiga!
...pero si está a tu lado. Se me ha escapado.
...sí, literalmente estoy aquí.
¿...Huh? Ah, pues... Perfecto.
Pero no podréis escapar de esto.

Se lanzó a nosotros con una lentitud... Pasmosa. Ni siquiera conjuró. Literalmente se lanzó a nosotros, a pegarnos puñetazos. Pero como dolían los que daba, el condenado. Por un momento, mientras nos vi luchando contra un esqueleto hijo de puta con ínfulas de liche, me pregunté en qué momento mi vida se había torcido tanto como para acabar rodeada siempre de locos. Incluso de locos muertos.

En lo que peleábamos, escuché voces y pasos atrás. Al ver que estábamos en, comillas, "problemas", se acercaron para ayudar. Reconocí a un miembro de la guardia, el moreno, uno de los pocos que me caía bien. Total, le había visto forzar la cerradura de una casa abandonada con el uniforme puesto. Gloria a Amn.
Hizo lo que pudo, pero claro, Legión y yo somos demasiado hábiles y expertos como para dejar brillar a los demás.

No hacía falta, pero... Gracias.
Es mi deber ayudar si veo a alguien en peligro.
Ya... ¿Pero tu compañero qué hace? Eh, llevo aquí secuestrada más de una hora, las cosas brillantes donde pueda verlas.

Le vi acercarse a observar el cuerpo del esqueleto perturbado. Seguro que quería robarnos los tesoros, con todo lo que habíamos pasado para conseguirlos. Le hice un gesto a Legión, que asintió, y nos apresuramos a quitarle hasta el tuétano de los huesos.

Deja que recojan sus cosas tranquilos... Informaremos de esto, señorita, no se preocupe, gracias por la advertencia.
Gracias por la ayuda, sí... Pero solo a ti, al ladronzuelo que te acompaña no.
Vuelve a llamarme ladrón y te abro la cabeza.
Mira, te voy a decir una cosa...

Me puse en pie, girándome lentamente hacia él. Podría parecer que lo hice para darme aires de interesante, o para mostrarme intimidante, pero la verdad es que literalmente llevaba tanto botín encima que no podía moverme más deprisa.

No me peleo porque llevo muchos tesoros encima, pero... Que te perdone tu Dios, yo no lo voy a hacer.
Bien dicho, amor.
Que no me llames amor...

Gruñí, mientras nos encaminábamos, por fin, a la salida de esas malditas cuevas.​
 
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