Desde los muelles de Muranndin comenzó a extenderse el rumor de una humana de cabello azul, vestida como marinera, sentada durante horas en silencio, observando el ir y venir de navíos y gente. A su lado, dos hombres de ropajes dorados aguardaban: guardia silente, pero acompañantes cuando era necesario.
Entre sus manos reposaba un laúd. A sus pies, notas dispersas que cambiaban una y otra vez. El rasgueo de las cuerdas, el golpe suave de la palma contra la madera, y su voz repitiendo versos hasta darles forma. Hasta que encajaron. Hasta que el mensaje estuvo completo.
Cantó sin preocuparse por quién se detenía a escuchar. Un canto lento, creciente, inquietante. Hablaba de oro, de las grietas, de fuerzas antiguas despertando bajo la avaricia de todos los pueblos. ¿Era un aviso? ¿Un presagio? Ni ella misma parecía saberlo con certeza.
Al alba, la melodía ya había sido puesta por escrito:
la canción completa. Los pliegos aparecieron repartidos por los muelles, sin distinción entre ciudadano o extranjero.
Una marca.
Un mensaje.
Una forma de advertir…
a aquellos dispuestos a escuchar.