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La Fiebre del Oro

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Kronos

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Cuentan marineros y piratas de las Tierras de la Intriga que, al amanecer, las costas del sur de Amn destellan, como si lloviera oro desde el fondo de las olas. Algunos aseguran haber visto pepitas del tamaño de una uña rodando por los acantilados; otros, entre los caparazones de enormes crustáceos. Y los últimos juran haber visto a grupos de pescadores de las pequeñas aldeas costeras cambiado sus redes por cribas improvisadas.

Pero lo más sorprendente viene después: según cuentan no es oro natural, sino un tesoro arrancado de forma fortuita de antiguas galerías de la Infraoscuridad. Al parecer, las últimas prospecciones desde la costa han roto techos enteros de viejas minas, y los túneles, al colapsar, han desbordado grandes cantidades de oro al mar. Como sangre de una herida profunda.

Algunos aseguran que no solo el oro ha sido liberado de las profundidades. Y que criaturas más oscuras han arrastrado a más de un incauto.

Mientras tanto, en Athkatla, los comerciantes afirman que Familias y Casas Comerciales de toda la ciudad pujan en secreto por mapas, permisos de excavación y mercenarios. En las Islas Nelanther, varios capitanes piratas buscan marineros con grandes promesas de fortuna. Y en Murann...bueno, se murmura que las bestias del Imperio ya han olido el oro, y que no piensan dejar que Amn se quede con todo.
«Si el mar brilla...corre. O mejor, cava»

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DM Nazgul

Dungeon Master
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Los rumores en Amn, rápidos como la pólvora, comenzaron con crujidos entre el Distrito de la Gema de Athkatla y la Abadía de Agujas de Oro... ese pequeño recorrido apodado 'La Costa Norte' con acceso a calas de arena blanca y aparente tranquilidad.
Dicen que el mismo acantilado empezó a venirse abajo en un derrumbe que levantó una nube de polvo del tamaño del Palacio de Seis.
Lo siguiente fueron los reflejos de destellos dorados bañados entre el polvo por el Astro Mayor, el Sol de Lathander. Y cuando la Fiebre del Oro ha comenzado, nada puede detener el paso de los incontables y codiciosos súbditos de este valioso metal: ciudadanos de ambas ciudades, botes de marineros que llegaban desde ambos puertos, incluso algunos de piratas y mercenarios bien armados con menos paciencia para la 'horda de empujones' que competía por el avance en los estrechos pasos de los acantilados.

Los rumores dicen también, que durante las horas que todo el caos duró... cientos de personas con picos y herramientas se adentraron y solo la cuarta parte fueron vistos de nuevo: algunos como un cuerpo vacío cuya alma ya se había unido a los Juicios de Kelémvor.

Caballeros de la Orden del Guantelete, Soldados de las Fuerzas Armadas, Áureos del Waukinar y más tarde Caballeros de la Luna formaron un muro de contención en la Costa Norte evitando la entrada de nadie más, y ayudando a sacar cadáveres...

Los rumores que empiezan a correr entre la plebe los señalan como egoístas y codiciosos, abusando de su fuerza y autoridad para quedarse con toda la riqueza que el Mar de las Espadas escupía.

Se vieron muchos cuerpos inertes, algunos pisoteados por la marabunta de muchedumbre enarbolada -o cegada- por el oro. Tantos otros con heridas de armas de filo que cualquier amniano podría haber llevado consigo, pero los menos afortunados fueron rescatados troceados, sin extremidades, con marcas de mordiscos o tan solo medio cuerpo. Muchos quedaron sepultados por el derrumbamiento posterior de este terreno, y tan solo unos pocos bendecidos por Tymora habían encontrado el valioso material que pudiese cambiarles la vida con la oportunidad de la fortuna.

«Quien no arriesga, no gana»
 

DM Kapillo

Sombrero perdido de Astrid
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Los temblores comenzaron como un murmullo profundo, casi imperceptible, pero con el paso de los días se volvieron más frecuentes y violentos. A veces eran sacudidas breves; otras, rugidos sordos que recorrían la Costa Sur y la Costa Norte como si la tierra misma protestara. En ciertas ocasiones, los terremotos abrían pequeñas fisuras en el suelo reseco de los páramos cerca del Rio Alandor, grietas antinaturales de las que emergían criaturas que rara vez se aventuraban a la superficie.

Eran aberraciones repulsivas: sanguijuelas de gran tamaño, con cuerpos quitinosos, mitad insecto y mitad cuervo. Se arrastraban fuera de las profundidades para drenar la vida de animales desprevenidos… o de cualquiera que tuviera la desgracia de cruzarse en su camino. Allí donde pasaban, dejaban cadáveres marchitos y preguntas sin respuesta.

Cerca de una de estas zonas afectadas, un equipo de aventureros quedó sepultado tras el colapso de una cueva provocado por uno de los temblores. Sin embargo, no estaban solos en la lucha. Un grupo de héroes locales acudió al lugar: entre ellos destacaban miembros del clero de Selûne, la embajadora del Enclave de Tethyr; y varios representantes del Enclave Esmeralda, atentos a la corrupción que brotaba desde las entrañas del mundo.

Juntos lograron acabar con aquellas pequeñas monstruosidades que surgían de la tierra fracturada. Fue entonces cuando el agudo olfato de una lythari captó algo más entre los escombros: el rastro inconfundible de una vida aún aferrándose a la existencia. Excavaron con urgencia y cuidado, y bajo las rocas encontraron a alguien atrapado, malherido pero con vida aunque inconsciente.

Esa persona fue trasladada al hospicio, donde ahora descansa bajo la atenta supervisión del Padre Dick Cars. Allí permanece en reposo, entre oraciones, ungüentos y la tenue esperanza de que, al despertar, pueda arrojar algo de luz sobre los horrores que se agitan bajo la superficie…






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Mientras tanto, en el Imperio...


Cada amanecer traía consigo un espectáculo tan deslumbrante como peligroso. Las playas y los acantilados de la Costa Norte aparecían cubiertos de vetas arrancadas de la roca madre, pepitas de oro pulido que el oleaje depositaba como ofrenda en la orilla. Un regalo tentador…

Piratas, saqueadores y oportunistas acudían en oleadas constantes, atraídos por la fiebre dorada. Día tras día, los ejércitos imperiales se veían obligados a repelerlos, reclamando aquel oro como propiedad legítima del Imperio, aunque incluso entre sus filas comenzaba a germinar la codicia. La fiebre del oro no distinguía estandartes.

El clan Durraugh no tardó en actuar. Movilizaron a sus huryns, golems de guerra y pesada maquinaria de extracción, decididos a localizar nuevas vetas antes de que otros lo hicieran. Abrieron minas en la roca viva, perforando las entrañas de la tierra… solo para descubrir algo inquietante: las vetas ya estaban agotadas allá donde abrieron nuevas minas. Exprimidas hasta el último fragmento, como si alguien o algo se hubiese adelantado a ellos en la oscuridad.


La sorpresa dio paso al horror.
De las entrañas de la tierra, sacudidas por los mismos temblores que recorrían las costas, emergieron nuevas criaturas. No eran simples bestias, sino entidades nacidas de la profundidad, obligando a los huryns del clan Durraugh a retroceder. Las minas que ellos mismos habían abierto fueron acordonadas a toda prisa, selladas no para proteger lo que había dentro… sino para contenerlo.

Ante la gravedad de la situación, el Destructor Sondakur acudió y junto a él marcharon miembros del Consorcio Rundeen, mercenarios de toda calaña, campeones oscuros y representantes del Cónclave Negro. Unidos por la ambición o por el deber, se adentraron en las galerías con una sola pregunta en mente:
¿quién o qué estaba robando el oro antes incluso de que llegara a la superficie?

La respuesta nunca llegó completa.

Se dice que, en lo más profundo, despertó una gran monstruosidad. Algo antiguo, colosal, cuya sola presencia hizo temblar la roca y quebró la voluntad de los más curtidos. El avance se detuvo abruptamente. Hubo gritos, derrumbes… y silencios definitivos. No todos regresaron, y los que lo hicieron volvieron con más preguntas que respuestas.


Y aun así, los temblores continúan.
Y cada mañana, el mar vuelve a traer oro a la costa. El brillo regresa. La codicia se reaviva.
Y con ella, la fiebre del oro…
mientras, bajo la tierra, algo sigue moviéndose.
 

DM Kapillo

Sombrero perdido de Astrid
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La guerra por el Oro y la tierra que despierta


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En la Frontera...
Dicen que todo comenzó cuando el oro apareció en la costa, brillante y abundante, como una promesa demasiado generosa para ser honesta. Nadie recuerda quién fue el primero en reclamarlo, pero sí quiénes llegaron después: ejércitos, buscafortunas, profetas y ladrones. Desde entonces, la frontera entre Kalathyr y las huestes de Vorpax el Destripador de la Fortaleza del Cuerno Tronante aumentaron mucho más sus tensiones; dejando de existir como límite pasando a ser un terreno disputado palmo a palmo, regado con sangre.

Los caminos se llenaron de trincheras, los caminos de banderas ajenas y los campos de cadáveres sin nombre. El oro fluía hacia el norte y el oeste, mientras en las aldeas quedaban las viudas contando monedas que no alcanzaban para enterrar a los suyos. Los supervivientes de ambos bandos hablaban de honor y victoria; los muertos no hablaban de nada.


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En los humedales de Zehorast...
Donde la tierra nunca termina de secarse y el aire huele a podredumbre, surgieron voces nuevas o igual no tan nuevas que no se habían pronunciado hasta ahora. Un culto sin templos ni altares proclama que la tierra no es muda. Aseguran que el Inamovible siempre ha estado ahí, soportándolo todo, y que ahora se mueve por primera vez en eras.

Los temblores, dicen que es su forma de protestar por la codicia del hombre. Quienes cavan demasiado hondo o toman más de lo debido desaparecen sin dejar rastro. Campamentos enteros se hunden en una sola noche, y al amanecer solo quedan restos enterrados, como si alguien hubiera decidido quién merecía ser encontrado… y quién no.

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Bajo la superficie...
Donde la luz es un recuerdo y la supervivencia es la única ley, se libra otra guerra, más silenciosa y más mortífera. Las fuerzas imperiales y aliados del Imperio del Murkul han iniciado incursiones sistemáticas en la infraoscuridad, reclamando túneles, cavernas y antiguos enclaves de prospección. Allí, los svirneflin, maestros de la minería profunda, resisten con trampas, derrumbes provocados y una astucia forjada durante generaciones bajo la roca.
Para ellos, el oro de las antípodas es suyo por derecho propio y no permitirán que nadie se lo arrebate.

A día de hoy, la guerra se libra en tres niveles: sobre la tierra, dentro de ella y bajo ella. Unos rezan al oro como si fuera una bendición divina; otros lo maldicen como una señal del fin. La mayoría simplemente lo persigue, soñando con tener una vida nueva y comprar una vida segura y lujosa en el Distrito de la gema.

Offtopic :

Van a pasar cosas, ya están pasando cosas. podéis proponer las guiadas que queráis y mover el rol que creáis oportuno pero no por ello vais a obtener respuestas. Faerun es grande y no siempre hay un DM observando, mientras que on rol, no siempre se obtienen las respuestas que uno busca.

Las investigaciones podrán surgir a partir de alguna escena o ambientación y que vuestros pjs consideren importante investigar algo en concreto. No se aceptan autoguiadas con 30 personas y 55 capturas en busca de respuestas pero eso no quita que no podáis hacerlas o proponerlas quizá haya sorpresas en vuestra incursión; son escenas casuales, con ambientaciones que a veces estarán hiladas y otras no, tal como se ha venido haciendo hasta ahora.
Me agobia fechar, quizá sea miedo al compromiso y yo ya estoy casado.
 
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