Rokhen
Gerardo de Amn
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-La Furia Norteña-
El sol despuntaba sobre la Ciudad de la Moneda. Los artesanos preparaban sus talleres para comenzar la jornada a la vez que los tenderos organizaban el genero de sus puestos y tiendas, dispuestos a enfrentar el día con una amplia, a la vez que avara, sonrisa para todo el que se interesase por sus mercancía. Los guardias que habían mantenido la frágil paz de la ciudad Amniana se retiraban a sus casas o barracones, dejando que aquellos más descansados tomasen el relevo para proteger a los inocentes, y no tan inocentes, ciudadanos del lugar.
En lo más profundo del territorio Amniano, la llegada de un nuevo amanecer significaba todo lo contrario para aquellos que rehúyen del bien y la luz del día. Para estos depredadores, el alba era el momento de retirarse a sus propios ataúdes para descansar, sintiendose protegidos de aquellos bienaventurados que buscasen acabar con su existencia. Entre todos estos seres, una enorme figura se encontraba sentada cerca de la chimenea, con la mirada fija en el bailar de las llamas y el crepitar de la madera.
Con un cuerno entre sus manos, solo el repetitivo y tenue movimiento agitaba suavemente el dorado liquido que contenía. Su postura únicamente varió cuando un pequeño murciélago se poso sobre la chimenea de aquel salón, mirándole fijamente en un silencio absoluto.
-Hmpf... ¿Vienes a hacerme compañía? -su rostro se deformo en una mueca de molestia e ira que rápidamente se apago, dejando paso a una sonrisa burlona- Mírame... De feroz guerrero del norte, a un retoño que debe sobrevivir de nuevo para volverse más poderoso.
Aquel pequeño animal solo giró la cabeza por las palabras del engendro, colgándose bocabajo a un lado de esta, sin perder atención del iluskano.
-Deja que te cuente una historia, pequeño animalillo... O lo que seas... -alzó con una mano el cuerno para beberse el contenido de este de un solo trago, dejando escapar un gruñido más digno de un animal al terminar su bebida- La historia de lo que me empujó a aceptar este don, esta vida... Y como mi propia rabia me ayudo a sobrevivir a una puñalada por mi espalda.
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