Vys
Minsorrano sin caminos
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No soy de los que se quedan mucho tiempo en el mismo sitio. Ya os lo dije al llegar. Y Purskul me ha tratado bien estas semanas. Más de lo que esperaba, la verdad. Alguno ya lo habréis notado: ya toca seguir.
Pero antes de irme os contaré lo que ocurrió la noche del ataque. Al menos lo que recuerdo, porque todo ocurrió deprisa. Muy deprisa, para mí.
No era una buena noche para cazar, pero tampoco para dormir. Estaba subido a la escalera del molino, donde se ve bien el camino largo, el que viene desde Murann. Había poco viento. Mientras miraba, alguien subió sin hacer ruido. Pensé que era otro vecino, pero no. Era una soldado. Se quedó a mi lado sin decir nada, como si tuviera que estar allí. Me miró una vez. Yo a ella varias. Maldita mi vieja estampa si no era bonita. No sabría describirla mejor.
Después llegó una segunda. Se pusieron a hablar y supe que venían problemas. Dijeron que me quedara con ellas. Que mi conocimiento del lugar podría ser útil. Está bien, por Amn, les dije.
No tardaron en llegar más. Demasiados para no pensar que algo grande iba a ocurrir en Purskul. Algo terrible y seguramente sangriento. Alguien trajo un aviso, un avistamiento cercano. No sabía de quiénes hablaban, pero las dos soldados tenían el rostro tenso. No hubo tiempo de estrategias. Los soldados de Amn se movieron rápido. Los vi formar cuando todavía no había enemigo frente a nosotros. Quédate cerca de esas dos, me dije, si quieres ver salir el próximo sol.
Entonces aparecieron. Primero los grandes. Osgos. Llegaban confiados, como si las laderas fueran suyas. La primera oleada fue directa. Gritos, golpes secos y el olor a sangre espesa en el aire de la noche. Yo disparé mi arco y traté de ayudar al flanco de aquellos valientes que defendían nuestro pueblo.
Cuando creíamos que había terminado, llegaron los pequeños. Trasgos, pero no solos. Venían montados en wargos, rompiendo las filas. Pero los soldados aguantaron mejor de lo que esperaba.
La tercera fue peor. Un líder. Llegó con calma. Caminando. Eso siempre es mala señal. Alguien dijo que era conocido por toda Murann por el salvajismo de sus crímenes. Una de los nuestros, grande como ellos pero con cabeza, dio un paso al frente. Habló. Pero no funcionó. El osgo peleó como alguien que esperaba ganar. No lo hizo.
Y así terminó. No de golpe. Poco a poco, como cuando la lluvia se va cansando. Los que quedaron con vida fueron atados y apartados. El ejército se encargó de llevárselos. Yo me quedé donde estaba, respirando fuerte. La guardia del molino ya no estaba. Hay noches en las que sabes que ciertas personas estuvieron allí para que no estuvieras solo, no para quedarse.
Esto fue todo, pueblo de Purskul. Cuando veáis a un soldado de Amn, recordad esta noche. Recordad cómo sangraron sin mirar atrás, sin preguntarse si valía la pena por su sueldo.
Y en cuanto a mí, me despido de vosotros. Cuidaos. Ha sido un buen lugar para pasar unas semanas.
Pero antes de irme os contaré lo que ocurrió la noche del ataque. Al menos lo que recuerdo, porque todo ocurrió deprisa. Muy deprisa, para mí.
No era una buena noche para cazar, pero tampoco para dormir. Estaba subido a la escalera del molino, donde se ve bien el camino largo, el que viene desde Murann. Había poco viento. Mientras miraba, alguien subió sin hacer ruido. Pensé que era otro vecino, pero no. Era una soldado. Se quedó a mi lado sin decir nada, como si tuviera que estar allí. Me miró una vez. Yo a ella varias. Maldita mi vieja estampa si no era bonita. No sabría describirla mejor.
Después llegó una segunda. Se pusieron a hablar y supe que venían problemas. Dijeron que me quedara con ellas. Que mi conocimiento del lugar podría ser útil. Está bien, por Amn, les dije.
No tardaron en llegar más. Demasiados para no pensar que algo grande iba a ocurrir en Purskul. Algo terrible y seguramente sangriento. Alguien trajo un aviso, un avistamiento cercano. No sabía de quiénes hablaban, pero las dos soldados tenían el rostro tenso. No hubo tiempo de estrategias. Los soldados de Amn se movieron rápido. Los vi formar cuando todavía no había enemigo frente a nosotros. Quédate cerca de esas dos, me dije, si quieres ver salir el próximo sol.
Entonces aparecieron. Primero los grandes. Osgos. Llegaban confiados, como si las laderas fueran suyas. La primera oleada fue directa. Gritos, golpes secos y el olor a sangre espesa en el aire de la noche. Yo disparé mi arco y traté de ayudar al flanco de aquellos valientes que defendían nuestro pueblo.
Cuando creíamos que había terminado, llegaron los pequeños. Trasgos, pero no solos. Venían montados en wargos, rompiendo las filas. Pero los soldados aguantaron mejor de lo que esperaba.
La tercera fue peor. Un líder. Llegó con calma. Caminando. Eso siempre es mala señal. Alguien dijo que era conocido por toda Murann por el salvajismo de sus crímenes. Una de los nuestros, grande como ellos pero con cabeza, dio un paso al frente. Habló. Pero no funcionó. El osgo peleó como alguien que esperaba ganar. No lo hizo.
Y así terminó. No de golpe. Poco a poco, como cuando la lluvia se va cansando. Los que quedaron con vida fueron atados y apartados. El ejército se encargó de llevárselos. Yo me quedé donde estaba, respirando fuerte. La guardia del molino ya no estaba. Hay noches en las que sabes que ciertas personas estuvieron allí para que no estuvieras solo, no para quedarse.
Esto fue todo, pueblo de Purskul. Cuando veáis a un soldado de Amn, recordad esta noche. Recordad cómo sangraron sin mirar atrás, sin preguntarse si valía la pena por su sueldo.
Y en cuanto a mí, me despido de vosotros. Cuidaos. Ha sido un buen lugar para pasar unas semanas.
Dicen que el cazador se llamaba Graven.
Que no era de aquí y que no volvió.
Algunos dicen que exageraba historias.
Otros que sabía demasiado para ser solo un cazador.
Pero cuando preguntas en que molino estuvo aquella noche,
todos señalan el mismo sitio.
Que no era de aquí y que no volvió.
Algunos dicen que exageraba historias.
Otros que sabía demasiado para ser solo un cazador.
Pero cuando preguntas en que molino estuvo aquella noche,
todos señalan el mismo sitio.