The Blacksmith
Enano con acento ruso
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La Gruta del Nombre Olvidado
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Pero el cielo se partió con una grieta larga y oscura, nubes oscuras que parecían fruto del carbón humedo, y las montañas exhalaron ante el diluvio que los arrastraba, más allá de la lluvia y los rayos que hacían retumbar el suelo, algo resonaba en el horizonte, como unas ahogadas voces. —¡Esa tormenta no viene sola! —había advertido Saedrith "Ceniza", uno de los jovenes de la tríada con los ojos clavados en el mar aéreo como si pudiera leer la voluntad del viento.
Se apresuraron a encontrar refugio en una grieta abierta entre piedras ancestrales, el lugar olía a mineral húmedo y raíces muertas. Era una gruta, sí, pero demasiado regular, como si hubiese sido horadada con una geometría que ya no se enseña. A medida que descendían buscando raices secas para recuperar el abrigo, comenzaron a notar los primeros signos del peligro: huesos de animales dispuestos en círculos, símbolos tallados con garras, inscripciones en lenguas que ninguno reconocía. Vru’khal’tuz sentía arder su piel al verlas a pesar de estar calado hasta los huesos.
Saedrith que avisó de la tormenta fue el primero en detenerse a las espaldas del grupo —Algo nos sigue —dijo con voz firme, —No quiere que lo sepáis..., ¿No lo escucháis? Sabe nuestros nombres...— No hubo tiempo para más. El eco de su voz fue lo último que los otros recordaron con claridad antes de que la gruta se tragara al joven. No hubo grito. No hubo cuerpo. Sólo un temblor en la piedra y la ausencia de la llama que llevaba consigo, como si la misma caverna hubiera cerrado una mandíbula invisible.
Kelavi "La Risa del Humo" reía, pero no de humor. Reía como quien ve arder un mundo y encuentra en ello un consuelo final. —No debimos meternos aqui, y ahora estamos atrapados... está en todas partes —susurró— está en el espacio entre nuestras palabras. Mira a través de nuestras pupilas. Se descompone cuando la piensas...— divagó a medida que los pasos seguían el cauce hacia lo que parecía ser un lugar propio para el descanso.
Vru’khal’tuz se estremeció ante la locura de su compañera, si empezó a comportarse así, sólo faltaban minutos antes de que la tierra se la tragase o de que el la siguiese en la demencia, pero sólo el silencio les acompañaba ya alejados de las lluvias y los relámpagos. Al final, llegaron a una cámara sin forma definida, una sala de negra piedra que reflejaba pensamientos más que cuerpos. Allí, algo los esperaba y no tardó en hacer acto de presencia.
Vru’khal’tuz sintió entonces el Vacío.
No era una ausencia, ni siquiera un silencio:
era una presencia más antigua que el tiempo,
más verdadera que el tacto de su cuerpo,
más íntima que su propio aliento.
Fue tocado, no con mano,
sino con un concepto.
Una garra sin carne lo recorrió por dentro
y desgarró no su cuerpo,
sino su significado.
Primero cayó su nombre.
Luego su rostro.
Después, sus recuerdos.
No resultó doloroso,
pero inevitable era el momento
que dio paso al nacer del azogue.
Se deshizo como una palabra en el viento
y, en su lugar, algo fue pronunciado,
un nuevo nombre era adoptado.
Una designación que no surgió del seno,
sino de un susurro de lo perverso.
Cuando abrió los ojos, ya no era él.
Estaba fuera. Bajo un cielo nublado,
el mundo parecía más delgado,
y pieles unidas bajo su abrazo.
Estaba solo.
Y el viento, a su espalda,
no rugía. Susurraba.
como si recordara
algo que ya no estaba.
No era una ausencia, ni siquiera un silencio:
era una presencia más antigua que el tiempo,
más verdadera que el tacto de su cuerpo,
más íntima que su propio aliento.
Fue tocado, no con mano,
sino con un concepto.
Una garra sin carne lo recorrió por dentro
y desgarró no su cuerpo,
sino su significado.
Primero cayó su nombre.
Luego su rostro.
Después, sus recuerdos.
No resultó doloroso,
pero inevitable era el momento
que dio paso al nacer del azogue.
Se deshizo como una palabra en el viento
y, en su lugar, algo fue pronunciado,
un nuevo nombre era adoptado.
Una designación que no surgió del seno,
sino de un susurro de lo perverso.
Cuando abrió los ojos, ya no era él.
Estaba fuera. Bajo un cielo nublado,
el mundo parecía más delgado,
y pieles unidas bajo su abrazo.
Estaba solo.
Y el viento, a su espalda,
no rugía. Susurraba.
como si recordara
algo que ya no estaba.
Las prosas grabadas en las pieles curtidas pasaron a tinta más tarde, aunque le acompañaron por mucho tiempo. Orn juraba recordarlas a memoria como si hubiesen brotado de su mente, pero algo en ellas olía a otro. A lo imposible. A lo que no pertenece a hombre alguno. Nunca encontró los cuerpos de Saedrith ni de Kelavi, quizá murieron, quizá nunca existieron, el recuerdo de ellos eran tan sólidos como el de su nacimiento, similar a la certeza previa de la locura de no haber nacido nunca. En su divagar pasaron los meses, sus pasos terminaron acercándose a las tierras de Thay, y cuando alguien en el camino le preguntó su nombre, él respondió sin vacilar: —Orn Vahl—. Bajo la mirada de aquel hombre su destino comenzó a entrelazarse con el futuro de la Costa de la Espada, y si el mundo aún recuerda a Vru’khal’tuz, lo hace en susurros al borde del sueño.