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La Hechicera y el dragón

Feanor1700

Lágrima de mago nerfeado
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La Hechicera y el Dragón


In the darkness
The dragon
wakes.
The dragon awakens.
To a heart
that is glowing with fire
the dragon takes.

With you at
my side the
dragon sleeps.
On dragon
wing your
wishes will
leap.

lalala... your wishes can
bring forth a destructive future.
lalala... or you can
bring salvation.

In the darkness
The dragon
wakes.
The dragon awakens.
To a heart
that is glowing with fire
the dragon takes.


​

Extracto de la canción La hechicera y el dragón

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Rubylia se había despertado temprano esa mañana en su caravana. Hoy era un gran día, y no solo por ser su dieciocho cumpleaños. El espacio donde había vivido era pequeño, pero contenía toda su vida. Había una cama plegable en la que dormía o se echaba para leer libros. En una estantería estaban esos libros, algunos de temas arcanos, pero sobre todo de historias sobre aventuras y lugares misteriosos. Estos últimos no le gustaban demasiado a su maestro, y los había tenido que comprar aquí y allí con su escasa paga. También había otras cosas como una tetera para el té, un cepillo para su largo pelo o una lampara para iluminar. Si de ella hubiera dependido también la habría llenado de cosas que encontrara en sus viajes como un dragón duerme sobre su tesoro, pero no había espacio para cosas innecesarias. Pero a partir de hoy su vida sería tan grande que no volvería a caber en un pequeño espacio como ese.

Ese día se había despertado con menos hambre por los nervios, y solo desayunó cuatro bollos con mermelada y tres vasos de leche. No podía evitarlo, ese día salía de viaje para empezar su propia aventura. Pronto empezó a guardar las cosas necesarias para el viaje en su mochila mágica, que le aligeraría el peso. Se había puesto unas ropas y capa nuevas, al menos eran nuevos para ella que siempre llevaba ropa semiusada. Lo extraño es que no había visto a su maestro en el desayuno, mientras se despedía del resto de los integrantes de la caravana. Lenia, una elfa lunar que la había cuidado desde bebé, le había preparado comida para el camino y dado algunos consejos para sobrevivir en las ciudades de Amn. Trask, el viejo guerrero humano retirado que le echaba broncas cuando se escapaba, le explicó de que formas golpear si algún atracador la atacaba por detrás. Curiosamente todas implicaban atacar de alguna forma la entrepierna. Tilonus, el mediano que jugaba con ella al escondite cuando le insistía por tercera vez, le habló de como evitaba el a los guardias de Athkatla después de “sustraer algunos bienes”. Fueron muchas despedidas, algunas entre lágrimas, pero ella solo podía estar contenta ese día. Algún día los volvería a ver.

Entonces, mientras estaba sumida en sus pensamientos escuchó a alguien tocar la puerta. Allí estaba el mago elfo Thuralas, que le había enseñado a utilizar su magia entre tantas cosas, pero sobre todo la había criado como un abuelo.

-Por una vez en tu vida te has despertado temprano. —dijo el elfo con rostro inexpresivo—. Solo ha hecho falta que te marcharas de tu hogar.

El elfo lunar era un anciano entre su gente, pero a simple vista no parecía viejo en absoluto, salvo en los ojos. Aquellos ojos habían visto mucho y sufrido muchas heridas con los años. Hoy sufriría otra más.

-Siempre tan dramático Thuralas. —dijo la joven con una sonrisa—. No tienes que poner esa cara tan seria, ¡puedes echarte a llorar si quieres!

A pesar de las bromas de su discípula el elfo no cambió su expresión y solo la observó con detenimiento. Había criado a esa niña desde que su madre falleció hace dieciocho años, y la había entrenado como hizo con ella. Había elegido no darle muchos detalles sobre su madre y su muerte. Mucho menos sobre su padre. Ahora se había convertido en una joven mujer muy hermosa y con demasiado poder para su edad.

- ¿Piensas ir vestida así? —dijo mostrándose por primera vez algo molesto—. No sabes como son los jóvenes varones humanos. Te rondarán como buitres a un cadáver.

- Pues si se acercan les chamuscaré las plumas. —dijo entre risas y sin ruborizarse—. Terminé de empaquetar.

Ruby se levantó y cogió su mochila. Entonces miro su pecho y notó que faltaba algo.

- Casi lo olvido. —dijo mientras cogía un collar de oro con un rubí y se lo ponía en el cuello—. El collar de mamá.

El elfo tuvo que hacer un esfuerzo para contener sus emociones. Era como ver a la madre Rubyzia hace treinta años. Al menos mientras llevara el collar debería estar oculta a los ojos de ese maldito.

- Rubylia, recuerda lo que te enseñé sobre tus poderes. —añadió el elfo en voz alta tras borrar esa imagen—. Y por favor, no quemes otro granero. Allí en Amn no son muy permisivos con la magia.

- ¡Solo pasó una vez! ¿Cuántas veces me lo recordarás? —exclamó Ruby ligeramente molesta por un segundo—. Bueno maestro, es hora de irme. Pronto te llegarán noticias de mis logros, ¡ya lo verás!

La joven le dedicó una última sonrisa y se dirigió con paso decidido hacia el camino que salía del campamento. No parecía haber duda en ella. Era demasiado parecida a su madre cuando partió al norte, y el mago temía eso. Pero a pesar de todo no pudo evitar sonreír cuando ya solo veía su cabello rojo cada vez más lejano. Porque el confiaba en ella y en el camino que había elegido.
 

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