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La Increíble pero Cierta Historia del Hombre Letrina

valientearpia

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8/6/20
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Cuando conocí a Kivan, no era más que un hombre minúsculo y patético. Se derretía en un charco de inmundicia y pis en el suelo. ¡No tuve más remedio que enamorarme de él perdidamente! Yo lo he convertido en lo que es ahora, mi pequeño proyecto personal, mi perrito querido, mi esclavo.

Lo que más me gusta de él es que no tiene orgullo, ni dignidad, ni nada. Le ofrecí mi poder a cambio de que se humillase para mí y siempre lo hace. Para él no es más que un trámite. Los años a mi servicio han hecho que su vergüenza se erosione poco a poco hasta que no ha quedado nada. Algunos podrían decir que es más aburrido si el humano no se avergüenza de lo que hace, si no quiere que le trague la tierra… Pero hay algo en esa apatía crónica, en el vacío existencial que he colocado dentro de su alma, que me resulta profundamente estimulante. Mucho más que cualquier otra cosa, que la revulsión y el horror. Mi Kivan ya no tiene fuerzas ni ánimo para luchar contra mí y ha aceptado su destino como mi sirviente para siempre, ¡decidme que no es lo más adorable del mundo entero!

—Ponte otra, amigo —Kivan levanta su copa de vino, o cerveza, o ron, o la bebida asquerosa y terrenal de su preferencia que haya tocado hoy. Yo sé que está pensando en mí y que me ve en el fondo de la jarra. ¿No me ves, cochinitoooo?

Le rellenan la jarra y sigue bebiendo. Está mirando el tablón de anuncios para leer sobre lo que se cuece en el mundo. Mmm, quizá sí que tienes que trabajar, cerdito mío. Tienes que trabajar para conseguir dinero y seguir haciéndome caso. Tienes que ser rico, pero un poco pobre, pero un poco rico. Tienes que tener un montón de dinero que puedes gastarte en una sola noche en un banquete impresionante y un montón de concubinas de las cuales ninguna te quiere de verdad, y no te acuestas con ninguna, solo vas al burdel porque ponen esas patatas asadas que tanto te gustan. Eres penoso, Kivan. Siempre tienes que estar a un solo paso de arruinar tu vida otra vez, porque así es como te quiero. ¡No me gusta que te salgan bien las cosas porque eso no es divertido!

Mi cochinillo no me ve. Creo que se ha distraído un poco. Yo también, porque tengo cosas que hacer. No es que mi vida gire en torno a ser patrona de un brujo cualquiera, no me entiendas mal. Tengo a mil millones iguales que él, así que puede disfrutar que le afloje la correa un poco por un momento. Y luego, cuando menos se lo espere…

—Para ser iluskano, eres muy tranquilote —le dice el guerrero, con una sonrisa guasona—. ¿De dónde?

—De Luskan. Acabo de llegar —responde Kivan.

—Muy bien, muy bien. Se te ve apañado. No creo que tengas problema en adaptarte.

Se nota que es de Luskan, mi Kivan. Es pelirrojo, pelirrojo… Un rojo estridente, igual que las ranas cuando son rojas porque tienen un veneno que te pudre por dentro. ¿Cómo llamarías si no a la sopa de mierda de sus vísceras después de tantas pociones para tratar de escapar de mí y de mis consecuencias? Debería aprender mi Kivan querido que no hay forma de huir, ni siquiera la muerte, porque buscaba la muerte y me encontró a mí.

Ahora me ve en el vino. Me aparezco como unos ojillos brillantes en el reflejo de la superficie, en el tembleque excitado del líquido cuando lo coge para beber más. Me está bebiendo a mí, estoy festejando dentro de él.

Quiero que aprendas de él. Dile que te enseñe sus mejores técnicas con la espada. Y entonces entrenas. Y entonces… cuando hayáis terminado… ¡Dile que te dé una patada en los huevos!

Kivan no me contesta, y sé que me ha escuchado porque se lleva una mano al puente de la nariz. Ya no me habla cuando está con gente… ¡Muy mal, perrito! ¡Háblame! Por suerte, estoy conectada a su carne y estoy entrelazada a su alma para siempre jamás, porque así es como me aseguro de que cumple con su parte del contrato. Estoy en el alcohol que se ha bebido y hago que se le clave como un puñal en el estómago. Se revuelve y tose, y aguanta como un campeón, porque tan torturado lo tengo que admito que ha aprendido a resistir el dolor con un aplomo envidiable. Pero sigue siendo un mortal cualquiera, un mierdecilla a la que he ascendido con mi poder de incalculable valor, y sabe que debe obedecerme porque me debe la vida y me debe todo lo que tiene.

El guerrero que está compartiendo las copas con él parece preocupado. ¡Qué mono! Creo que quiere algo contigo...

—¿Todo bien? —el moreno ladea la cabeza.

—Sí, sí. Vale. Sí —Kivan me contesta a mí a la vez que contesta al tipo ese—. Es esto, que entra demasiado bien… Oye, tengo una propuesta para ti. ¿Estarías dispuesto a darme una clase con la espada?

—¿Una clase? Bueno. No soy un buen profesor, pero puedo entrenar contigo y enseñarte un par de cosas.

—Te pago lo que haga falta. Creo que es buena idea estar en forma si voy a trabajar.

¡Jaaa! ¿Verdad que sí que lo es? Tienes que admitir, princesita, que te estoy llevando por el mejor camino posible y pronto serás uno de los brujos más poderosos que haya existido jamás. Es verdad que tengo a más brujos como tú, pero tú eres mi favorito porque estás dispuesto a cualquier cosa. Los demás tienen sus propias voluntades y reticencias, tienen motivos por los que vivir… pero tú no tienes nada de nada. Eres un lienzo en blanco para mí, tu patrona y señora, el vómito que se forma dentro de ti, la bola de dolor en tu pecho, el zumbido en tu cabeza. Puedes ser cualquier cosa. ¡Cualquier cosa!​
 
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