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La ley Azhar

LeXoIV

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Casi un día encerrado, los guardias se van aglomerando en la puerta de la celda, observando el entrenamiento del preso con cierta curiosidad. El hombre entre barrotes poco a poco iba descamisándose a cada hora que pasaba de entrenamiento, para acabar quedándose completamente desnudo salvo unas ligeras telas que cubrían sus partes intimas.

El sudor le recorría todo el cuerpo, hasta el punto en el que un pequeño charco se estaba formando bajo el, haciendo que este humedeciera la roca donde realizaba el entrenamiento y debido a ello las palmas de las manos del hombre resbalarían, dándose un fuerte golpe en la mandíbula contra el húmedo suelo de piedra.


—¡Joder! Exclamó el preso. ¡Puto Sargento!

Propinó dos golpes sobre suelo seguido de varios jadeos producidos por el cansancio. Lentamente el hombre se reincorporó, exhalando una buena cantidad de aire mientras se dirigía al borde de su cama, sentándose con la mirada agachada.

—Todo esto está siendo una treta para tomar mi cabeza... lo sé, sienten miedo, desesperación... algo huelen, pero no tienen pruebas de nada... ¡Nada! ¿¡Comercio con Murann, que cojones te pasa conmigo Miller!?

Alzó la vista hacia el guardia que le observa de reojo tras los barrotes, el Soldado al notar la mirada hostil del preso vuelve la vista al frente dejando caer un pequeño carraspeo. El preso arrugó la nariz, volviendo a bajar la mirada seguido de un suspiro

—Voy a salir de este pozo de mierda... y después aplicaremos la ley Azhar.

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