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La Llamada de lo Divino

Caesseth

8º Nombre extraño de Onyxia
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«No estarás embarazada, ¿no? Porque las embarazadas son insoportables», bromeaba Rata, riendo por lo bajo mientras le daba con el codo a Carroña. Esta última agachaba la cabeza, apenada, fingiendo una ténue risa y quitándole importancia, negando con la cabeza únicamente para pararle en el cementerio después. «Rata. Estoy embarazada», confesaba, desplomándose en un banco mientras tragaba saliva. «E-eh lo-lo de antes e-era broma», se justificaba, nervioso, pasándole el brazo por encima del hombro para intentar consolarle.​

Aún consternados por la despedida de Dual, acomodándose en la cabaña del pantano, la situación salía una vez más a la luz ante aquel indivíduo que ambos consideraban como genuínamente neutral. El único hermano que sabían, con férrea certeza que jamás les juzgaría en vano; Hierro. «¡Oh! Nunca pensé que ninguno fuera, ya sabes, fértil», comentaba el semi-orco, sorprendido, acomodándose en la pequeña silla para mirar mejor a la talonita. «Yo me alegro por tí, pero, ¿tú te alegras por tí?», preguntaba, asertivo, obligando a la muchacha a agachar su cabeza cohibida, jugueteando con los dedos en un gesto nervioso. «No lo sé, la verdad. Es decir, a él le hacía mucha ilusión y verle tan feliz... pero a la ver, joder, ¿sabes?», mascullaba, inquieta. «Sí, supongo que sí. Te entiendo», respondía sincero, «cuando la persona a la que quieres está tan feliz por una acción que a tí no te hace especial ilusión», continuaba, conteniendo un quebrado suspiro. «Y tú no puedes hacer más que mirar», sentenciaba, cabizbajo. «Además no creo que Rata y yo estemos especialmente preparados para algo como esto», comentaba Carroña, llevándose la diestra al brazo opuesto para frotarlo con nerviosismo, mirando con súplica bajo la máscara a su pupilo. «El hijo es tuyo, no mío», sentenciaba, en un murmullo únicamente para suspirar con pesadez y aceptar ayudar en menos de cinco segundos. «Pero no prometo su seguridad, de hecho, ¿dónde demonios vas a meter al crío?», refunfuñaba, dubitativo. «¿En una cuna?», preguntaba el semi-orco, nuevamente con aplastante asertividad. «Rata que la tenemos, cállate», demandaba Hierro según sus inseguridades se manifestaban, inquietando cada vez más a la pálida. «Yo creo saber tratar con niños, fuí entrenado toda mi vida para ser líder de un clan, no puede ser tan distinto», aseguraba.

Con el paso de las dekhanas, a pesar de su claro desprecio ante la idea, Arieden comenzaba a velar más de lo habitual por la seguridad de su maestra. Con la disipación, gracias a las plegarias a la Madre, de la enfermedad que carcomía los pulmones de Elvira, el momento para conceder al pupilo su iniciación se acercaba. La fecha propicia avanzaba hacia ellos con presteza y el embarazo, aún difícilmente detectable, no le impediría embutirse en las rasgadas ropas ceremoniales. A escondidas y con profundo mimo, consciente de la inquebrantable lealtad que el joven sentía hacia ella, la talonita se aseguró de ir recolectando aquellos materiales necesarios para acomodar las Criptas de Púrskul —el mismo lugar que consideraba que antaño Talona había reclamado con su impía mirada, enfermando y corrompiendo todo en su interior como protesta contra Khauntea. No obstante, consciente del procedimiento al que sometería a Arieden y con sus manos como testigos permanentes del extremo al que el fanatismo podía guiar, no tardó demasiado en meditar sobre cómo podría premiar de antemano al muchacho. Concederle un merecido descanso, antes de que sus carnes estuvieran preparadas para ser desgarradas con aquella hermosa daga que encarnaba la parte más oscura de su alma, Martirio.

Asaltando sus ahorros, aún a riesgo de perder el alojamiento en la Jarra Adamantina que tan misericordiosamente Ekaterina Volkova le había fiado, Elvira buscaba un lugar tranquilo conocedora de que nada le agradaba más a Arieden que el silencio. Reservando la más cara habitación que pudo encontrar en Náshkel, llevaba al joven allí para concederle una tranquila velada en la que maestra y pupilo pudieran afianzar sus fraternales lazos. «Bueno, pide. Hoy mandas tú, ¿hm?», comentaba, afable, dándole descanso de su voluntaria servidumbre por un día. «Ah, claro. Entonces, ¿me podéis hacer un favor?», respondía él, presto. «¿Os podéis quitar el guante? Disculpad por la petición, pero creedme, me haríais un favor», añadía, sincero, tomando sus manos desnudas sin hacer asco alguno a sus imperfecciones. Sonreía, charlando con una confianza que usualmente era incapaz de mostrar. «¿Y tú? También os merecéis un gran descanso. Mis penurias han sido exactamente las mismas que las vuestras. Deberíais no infravalorar el esfuerzo que hacéis, sobretodo habiendo estado enferma y embarazada», continuaba, oteando sus manos con una curiosidad que únicamente Astro había sido capaz de manifestar antes.

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«Seguro que os sobreforzáis, ¿ah? Y sin el grandullón para ayudaros...», continuaba Arieden, prestando atención a aquellas uñas que la muchacha había perdido tras su última enfermedad.

«La verdad es que las cosas no están siendo como me esperaba. Es decir, nuestro recorrido no cambia, pero... Me veo un poco como cuando estaba con André, ¿sabes?», comentaba, sincera, haciendo una leve mueca.

«Daba igual lo mucho que le adorase, a la hora de la verdad, estaba sola», se explicaba, cogiendo aire con lentitud antes de suspirar, intentando evitar lagrimear o tintar de mayor dramatismo la velada. «Siento que desde que ha recuperado sus dones, el grandullón, ha dejado de ser igual. Es decir, era agradable verle más seguro de sí mismo, pero siento que entonces dejé de ser una prioridad. Antes, durante y después del encierro.»

«¿Él sabe sobre el embarazo?», preguntaba, frunciendo el ceño ante su positiva, ladeando la cabeza con curiosidad. «¿No podéis hacerle chantaje con algo? ¿O alguna manera de captar su atención?»

«No, es decir, no tendría el mismo peso si fuera así ¿no? No sé, no me gusta hacerle caso a Martirio, suelo ser hiriente y contraproducente. Pero a veces parece que sólo le interesaba esto, el embarazo, y que ella tiene razón», reía, leve y apagada, antes de negar con la cabeza con resignación.

«¿Le tenéis miedo?», preguntaba, directo, únicamente para girar la cabeza con sorpresa al escuchar una respuesta inesperada. «¿Te tienes miedo? ¿no entiendes el ruído?»

«No sabes cuántas veces he llorado como una cría por André, aún hoy, que se supone que ya tengo mi vida hecha. Pero cuando pude estar con él, le dije que no. Y por ello está muerto, ¿sabes?», mascullaba, agobiándose, costándole organizar las palabras entre sus fugaces sollozos. «Y luego está Noric. A veces creo que le odio. Le odio muchísimo. Porque no está, porque hace el imbécil, porque no piensa en las cosas. Pero otras me aterra perderle, otras me aterra todo tanto. Y arde mi corazón cuando le veo, desde el principio, desde que era escombros. Marchito, abandonado por su Dios. Me apenaba verle así, pero era...», se abre, apagando gradualmente su tono de voz, intimidada por sus propias palabras.

«Era perfecto. Y los Barrios. A veces me encantaría matar a todas esas ilmatarí, matar a quien tanto daño me ha hecho, dar por hecho que han matado a Dos Dedos y aferrarme a cualquier excusa. Pero otras veces, recuerdo que daría mi vida por ellos, por todos ellos. Aún con todo. Y no sé qué diablos me pasa», gimoteaba, sollozante, haciendo amago de retirar sus manos hacia el rostro sin éxito.

«Veo que la que necesitaba desahogarse y descansar al final eras tú, ¿eh?», reía, fugaz, esbozando una sincera sonrisa y hablándole por una vez de igual a igual. «Creo que eres como una niña chica, que no sabe lo que quiere. Mantener todo lo que quieres mantener, es complicado. Y tras lo de Mínsor, bueno, nada ha vuelto a ser como antes, ¿no?»

«¿¡Que no sé lo que quiero!?», rechistaba, digna, levantándose con ligereza. Le tendía una mano, ordenando, antes de alzar las cejas en un gesto más benévolo. «Vamos. Es decir, sigue hablando, y eso, claro, es decir, te escucho, ¿sí?»

«No, no hace falta... ¿nos vamos?», preguntaba, confuso y temeroso a la par.

«No, no. Sí hace falta. Vamos a...», fruncía el ceño, dubitativa, paseando la mirada por la habitación en busca de una salida rápida. «Vamos a darnos un baño. Pero que el grandullón no se entere, ¿ah? Que te implosiona.»

«¿No es raro? Uy, no sé de dónde habré escuchado esas palabras...», murmuraba, rascándose la cabeza, rememorando cuando Elvira había rechazado la misma propuesta.

«No. Es decir, bueno, sí», carraspeaba, cruzándose de brazos mientras le observaba, aún agitada.

«Uh, no esperaba que esto fuese a ser incómodo. Supongo que en mi cabeza sonaba mejor», confesaba, tímido, observando cómo la porcelana se llenaba de agua caliente.

«¿Ves? Claramente tenía razón», se regocijaba, pasando a su lado, aún desequilibrada por los temas abordados.​

Cuando Arieden se introducía, sin desvestirse, en la bañera, la sacerdotisa fruncía el ceño antes de introducirse tras él. Abría los ojos, desmesuradamente, sin esperarse la reacción de él, únicamente para imitarle fruto de la obstinación. «Anda, pensé que te iba a tener que tirar a la bañera, pero veo que tampoco te lo has pensado mucho», comentaba, divertido, antes de empezar a salpicar con las manos, tranquilo. «Bueno, supongo que ahora sólo somos dos cofrades muy maduros debatiendo sus miedos de una forma adulta y segura en un.. uhm. Bol de porcelana», respondía, ruborizándose fruto de la vergüenza. Acomodándose en el pequeño recipiente, continuaban hablando, con confianza —rememorando sus inicios en los Barrios, echando quizás de menos a aquellos que habían partido con el paso de los años. «Actuando así sólo me das la razón Elvirucha», bromeaba, en confianza, tomando sus piernas y volviéndolas a poner sobre sus rodillas. «Anda, disfruta tú también», añadía, permitiéndole estirarse a pesar de invadir así su espacio personal. Incautamente, cuando el agua comenzaba a enfriarse, salían con sus ropas húmedas únicamente protegidas por mantas, dispuestos a continuar la charla a través de susurros que se fundían con el gélido viento que recorría el balcón. «Huir y rehacer nuestras vidas aquí tampoco suena tan mal», terminaba por afirmar, sorprendiendo a su compañera, tras divagar sobre ogros hechiceros y los dulces cánticos de Elvira que tanto añoraba —parte de sí que, junto al amor por el teatro, había enterrado ante el desprecio de Noric por el Arte.

De vuelta en los Barrios, según el ritual se aproximaba, Rata cada vez permanecía más cercano a la talonita; a pesar de no saber aquello que pronto viviría. Los meses habían pasado, y aún sin noticias sobre el Adalid, Carroña cada vez se volvía más paranoica; prefiriendo dormir en la Corona de Cobre antes de volver a su propio hogar. Ante tal preocupación, el pupilo se acercaba, proponiendo cohibido uno de sus más íntimos deseos. «¿Y si nos comprobamos una casa en Náshkel?», murmuraba, obsesionado con la idea de proteger a toda costa a la mujer. «Espera, ¿una casa? Rata, ¿quieres vivir conmigo?», respondía, alzando las cejas en un gesto sorprendido, descansando la diestra sobre su propio cinturón. «A ver, si vivo contigo, podría velar por vuestra seguridad. Si, ha sido bastante incómodo. Disculpa», mascullaba, rascándose la cabeza, consciente de sus taras sociales. «Carroña, tú duermes bajo un techo y en una cama, ¿verdad?», preguntaba más adelante, calmada su timidez con las palabras de la talóntar. «Es raro, como han acabado las cosas para tí, todo el mundo te esperaba y...», añadía, sincero, observando la inquietud que se hacía manifiesto en los gestos de la muchacha. «Jintis pir siempri, ipisir di qui mi quiricín ni liti», remedaba por su parte a su prometido, resoplando, desatando la risa de su interlocutor. «Niña chica.»

Dispuestos a establecerse juntos, lejos de la Jarra hasta que la situación se esclareciera, Elvira decidía mostrarle algunos lugares alternativos; tratando de asegurarse de que esta vez no se arrepentiría de su decisión. Tras mostrarle una cabaña que Vevalna antaño le había enseñado, tras un camino lleno de inquietud, se acomodaba en unas ruinas dispuesta a escuchar. «¿Me podéis guardar un secreto?», pedía, tras muchas largas, acercándose al oído de la pálida ante su afirmativa. Tras aquel susurro, Elvira abría notablemente sus ojos, atenta, alzando las cejas impactada por aquello que escuchaba. «Va a ser muy problemático, ¿ah?»​
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«Yo, existo», es un estamento que siempre me gustó repetir. Ahora, mientras la veo llorar, mientras siento su dolor como si fuera el mío; mientras se desgarra su alma quebrando nuestro recipiente, me pregunto ¿qué sería de tí sin mí, Elvira? ¿qué sería de tí, sin la sensata supervisión de mi incansable mirada? Aguardo, en el interior, asomada por una frágil ventana de cristalinos colores. Aguardo, paciente, susurrando en el interior de su oído el veneno que, tarde o temprano, hará que haga lo que yo deseo.​

No recuerdo a nuestra madre. No recuerdo cómo o cuándo nací. No recuerdo haber aprendido a caminar o hablar. Pero sí recuerdo el primer día que me vió, el primer día que me necesitó. Lloraba, lloraba desconsolada en el gélido suelo del sótano —suplicante, despedazada por el supuesto amor de un Hombre Cruel. No era capaz de odiarle, yo sí. No era capaz de aceptar que su queridísimo e idolatrado hermano, Elazar, no era más que la putita de nuestro padre. Pero yo sí, porque siempre he sabido más, porque siempre he sido la mórbida excusa para interceder entre la cruda realidad y su pobre corazoncito ¡“Loca”, la llaman, por escucharme! Como si fuera un constructo de su imaginación, como si fuera una ilusión. No son más que miserables necios cegados por su propio ego, incapaces de comprender que yo soy ella tanto como ella misma es ella. Que yo estoy ahí, siempre. Que no soy un gérmen invasor, sólo soy una excusa, una excusa para hacer más fáciles las decisiones que retuercen el estómago.

«Eres escoria, eres miserable y no tienes valor alguno, por ello estás aquí con las carnes de tu trasero al rojo vivo», recuerdo decirle, con una acidez formidable. Era lo que ella necesitaba escuchar, aunque en aquel momento no lo supiera. Necesitaba odiarse a sí misma para poder culparle como es debido, necesitaba odiarse a sí misma para poder odiarle a él. Así que continué, entre los barrotes, murmurando como dulce veneno. «Seguro que madre murió para evitar lidiar con una estúpida como tú, eres inútil, ¡mírate! Seguro que se avergonzaría de lo que haces con nosotras, Elvira», insistía, recorriendo los rincones más oscuros de nuestra mente en busca de la carencia adecuada de la que poder nutrirme. En la que poder fortalecerme. Cuando Galatea desapareció, yo crecí. Cuando André se marchó, yo crecí. Cuando André murió, gané mucho más de lo que nuestra mente perdió con su molesto y constante ruído. Cuando las dagas apuntaron a nuestra espalda, seguí creciendo. Y cuando el pobre Adalid de Bane dió un paso en vano, gané la partida ¡Oh, coexistir, qué hermoso es mover la lengua al fin!

No me gustaba ese beshabita borracho. Le aborrecía y sabía que era una mala decisión. Podía sentir como Elvira se enamoraba, como su corazón se aceleraba cada vez que le miraba —pero yo le odiaba, yo le odiaba porque sabía que sólo sería una carga. A mí me gustaba el cabo, destacable y casi tan pútrido como yo ¡oh, Dazai, cómo nos divertíamos en Luz del Alandor! Quizás me equivoqué al curtirla tanto, quizás si no hubiera acaparado un mínimo de orgullo hubieramos tenido más visitas de aquel cabo que sólo buscaba “líos en las sábanas”. Es doloroso, cuando no coincidimos. Es doloroso, cuando ella tiene la osadía de reprimirme como si mi ruído fuera a cesar en algún momento; y supongo, quizás, que para ella también era doloroso cuando quería amar a ese estúpido banita y yo sabía perfectamente que sólo nos descuidaría una vez obtuviera lo que él quería. Cuando su semilla germinó, la abandonó, diga lo que diga ese sucio Adalid con sus veladas mentiras de supuesta preocupación y protección. No obstante, hasta yo guardo bondad en mi interior, así que callé. Callé y no le recordé la de veces que insistí en cuánto odiaba yo a Noric Blake, en que nunca iba a cambiar, y siempre iba a vernos como alguien a quien someter y no una compañera de vida.

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Tenía razón. Siempre la tengo. Pues ahora sólo nos grita y ordena, desde que su queridísimo Dios le devolvió su favor ya no nos respeta —porque ya no nos necesita. Le hemos dado todo lo que quería, nos ha deshechado como fruta marchita y seguro que intentará reclamar a nuestro pobre retoño. Pero yo no lo permitiré, cueste lo que cueste, no lo permitiré. Y sé que, por una vez, ambas estaremos de acuerdo igual que lo estamos cuando el príncipe de Ébano nos mira ¡Oh, mi amado príncipe! ¡Oh, nuestro amado Arieden! Bendito milagro marchitaba entre la más compleja tormenta. Tan atento, tan leal, tan devoto a Elvira y a mí. Tan perfecto. Por fin comprendo aquello que agita tanto nuestro corazón, por una vez, coincido con las palabras que nuestros ajados labios murmuran ¡sin necesidad de agarrar las cuerdas vocales y forzar mis deseos por ellas! Aún recuerdo cómo en Mínsor nos aceptó, entre barrotes, sin desear reprimir si quiera la molesta presencia de André ¡Qué gran hombre, y encima tan enamorado! ¿Es esto aquello a lo que llaman felicidad?

«Ya lo tengo asumido, algún día terminaréis de perder la cabeza y acabaréis loca y desquiciada», decía el Adalid odiando mi presencia casi tanto como yo le detesto a él. Mi pobre Elvira, quizás si hubiera sido más dura con ella se hubiera dado cuenta antes del error que cometía al abrirse de piernas ante alguien como él ¡Quién me iba a decir que Erik Langley y yo coincidiríamos en una opinión! Tristemente la gélida realidad llegó demasiado tarde, con vientre abultado y periódicos difamadores, estábamos solas una vez más. Insensible e insensato, incapaz de valorar y apreciar que soy yo la que aporta la frialdad necesaria para la eficiencia que tanto adora. Necio y soberbio, incapaz de frenar inseguridades juveniles para llegar a la realización de que hablar de André es abrir nuestra ventana íntima y no exponerle un contrincante. Cansino. Me resulta extremadamente cansino y sólo puedo arder en ira cada vez que nos estruja el brazo para alzar su fragmentada voz. Cada vez que nos subestima. Cada vez que ansía someternos como si fueramos un animal de compañía. Pero todo irá bien, tarde o temprano. No confío plenamente en hombre alguno, siempre guiándose por la entrepierna. Sin embargo, entiendo por qué sus ojos ahora brillan por nuestro príncipe de Ébano, divino regalo. Aún recuerdo cuando nos enseñó su rostro, aún recuerdo cómo consoló a Elvira de mis fríbolas palabras entre aquellos barrotes. Tan servicial, tan dedicado. Tan perfecto. Siempre que las cosas se tuercen está ahí, siempre que la situación lo requiere está ahí —quizás esté a la altura de mi misericordia.

El tiempo de aguardar ha terminado, ya no sólo respiramos y observamos a la vez. Ahora también hablamos y actuamos, una junto a la otra, floreciendo de lo pútrido una preciosa cooperación nacida del entendimiento mútuo. Por mucho que discutamos, al final del día, somos una única persona, dos caras de una misma moneda, dos hermanas condenadas a compartir su existencia y su espacio. Me gusta susurrar, mientras peinamos nuestros cabellos, que yo, existo, y mi nombre es Martirio.​
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