duBal
Shevarasita que habla bajito
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Viaje al corazón de un hombre. Parte uno.
En la lejana Shou lo llaman Bushidō, el camino del guerrero. No es una simple doctrina, ni siquiera un conjunto de reglas. Es un estilo de vida, y también de muerte. Lo comprendí en el mismo momento en que hinqué la rodilla en la nieve durante el primer entrenamiento y vi la silueta de Hatsuko recortarse al amanecer. La espiritualidad y la fortaleza son un mismo propósito; mente y cuerpo, aunados en una sola voluntad. Ahí es donde reside el poder.
Alric de Lorvain.
Como de costumbre, al rayar el alba darían comienzo los preparativos. Los monjes del Monasterio de la Contemplación obraban con férrea disciplina, siguiendo unos preceptos que permanecían inalterables aun cuando los primeros recuerdos ya se habían desvanecido en la bruma de los tiempos. Descendían por escaleras eternas, cubiertos con sus cogullas, iniciando una marcha cuasi ceremonial hacia los límites del abismo que separaba la cima de los alejados pies de la montaña. Probaban a los visitantes y se probaban a sí mismos, explorando las fronteras de lo imposible. Espadas cortando el viento, hombres atravesando llama y ceniza o levitando en mitad del vacío; arcanos, arqueros y bárbaros que habían logrado hallar el oculto monasterio, y que ahora estaban ante el comienzo de una búsqueda interior o la suerte de un destino fatal. La oscura y silenciosa figura, aquel al que algunos conocen como Alric, se encontraba entre ellos.
- ¿Eres del Dojo Dragón, cierto? – le preguntó un hombre de mediana edad que vestía un hakama, la prenda habitual de los samurái – Tu maestro está inmerso en su propio entrenamiento. Yo seré tu guía.
Durante el descenso que precedió a la que sería su primera prueba, el hombre del hakama perseveraba en su mutismo. Contemplaba la salida del sol con una mirada opaca y distraída, pero también cansada, como la de aquellos que, habiendo traspasado el ecuador de la vida, han dejado tras de sí un rastro de experiencias que marcarían el resto de su existencia. El halo de solemnidad que le envolvía revelaba un pasado de lucha y sacrificio, de un carácter forjado con duras decisiones y pérdidas irreparables. Con la misma dureza que daba cuenta de su veteranía, se plantó frente al joven y le escudriñó. Estaban en una planicie donde la nieve les cubría los pies, y donde el viento soplaba con más fuerza que en los aledaños de la fortaleza. En el intervalo de tiempo comprendido entre la parada y la observación, el samurái arrojó un bokken al aire, la espada de madera con la que se ejercitaban y ponían en práctica sus técnicas. Alric extendió el brazo para tomarla antes de que cayese al suelo, y esperó indicaciones.
- Elegiste kapera. ¿Por qué?
- Para llegar a superarse a uno mismo antes hay que aprender a convivir con el dolor. – Respondió de forma taxativa el joven.
El oriental atusó su bigote y sonrió. Acto seguido separó las piernas, dobló los codos y sostuvo la espada con las dos manos con movimientos tan automáticos y asimilados que, incluso en algo tan aparentemente nimio como una postura de combate, se lograba entrever su asombrosa habilidad.
- No tendrás protecciones de ningún tipo. Tan solo la oportunidad de esquivar o repeler mis golpes. Si te rindes, daremos por finalizado el entrenamiento.
Antes de plantearse siquiera contestar, el samurái cargó. Alric encaró a su contrincante con aplomo, preparándose para el ataque. Tan pronto como alcanzó los cuatro pies de distancia le vio armar el golpe y actuó en consecuencia. Elevó los brazos y detuvo la primera acometida pero, en una acción tan rápida como un pestañeo, el hombre ejecutó un segundo revés. El joven había descubierto demasiado tarde el engaño y no pudo hacer otra cosa que doblarse tras recibir el espadazo; llevó la mano al punto de impacto y contuvo la expresión de dolor. El samurái le dejó recomponerse.
- ¿Qué eres sin tu armadura? ¿Y sin la coraza en la que encierras tus debilidades? En despejar las dudas está la clave.
Con su enigmático mensaje, el oriental inició de nuevo el combate. Una serie de sucesivos y contundentes golpes, de los que Alric tan sólo pudo frenar un par, supusieron la siguiente fase del castigo. La sangre manaba de la comisura de sus labios dejando caer un goteo constante sobre la blanquecina superficie. El tiempo transcurría lento, muy lento. A consecuencia del daño su mente le traicionaba embotando sus sentidos. Cada vez que afrontaba un nuevo asalto se afanaba por resistir, pero su cuerpo ya no respondía con la misma eficiencia; la vista se tornaba borrosa por momentos, el vaho de su aliento atestiguaba su cansancio y, con cada flexión de sus articulaciones, parecía como si reaccionase después de haberse producido el ataque. En un momento dado bajó la guardia. Tres violentos golpes le alcanzaron, y se tambaleó.
- ¿Te rindes? – preguntó el samurái. Dio un paso atrás.
El joven no contestó. Miró fijamente al hombre, con los párpados temblorosos y la respiración entrecortada. Los brazos le colgaban de tal manera que daba la sensación de que se estuviese manteniendo en pie por la simple fuerza de la obstinación. Al no escuchar palabra alguna, el samurái se giró. << Mañana continuaremos>>, añadió mientras se alejaba en mitad de una ventisca.
Al día siguiente, en el mismo lugar, se encontraron de nuevo. Alric tenía el cuerpo repleto de contusiones y, allí donde hubo cortes, ahora quedaban a la vista vendajes improvisados. Su estado era de pena. Las horas de reposo no hicieron más que inflamar las zonas afectadas y acrecentar un dolor que, en medio de la refriega, se atenuaba. Con su mano sosteniendo el bokken, aguardó. El entrechocar de espadas no se hizo esperar y dio comienzo el entrenamiento. Con expresión seria hacia frente a las acometidas de su instructor sin hacer recuento de las veces que fallaba en sus intentos. Poco espacio hubo para el descanso. Detuvo un golpe con estrépito, y después recibió el segundo sin poder hacer nada por eludirlo. Los minutos y las horas se eternizaban como en un reloj por el que apenas se filtra la arena; los golpes se sucedían uno tras otro en una en una exhibición cruel y salvaje. El joven levantó el brazo en el mismo instante en que el samurái lanzaba un revés, y la madera impactó en su diestra con un crujir de huesos, fracturándole la mano. Soltó el arma y cayó de rodillas sobrecogido por el dolor. Apretaba la muñeca al tiempo que se desplomaba hacia adelante, con la cabeza hundida en una nieve que ya teñía su color de un rojo sangre. No podía soportar más el castigo. Sus energías le habían abandonado por completo. Se arrastraba lentamente por el extenso manto blanco cual hombre moribundo.
- Ya está. Se acabó. Tu mano ha quedado inutilizada. Ríndete ya y acabemos con esto.
- ¿Por qué? – interpeló el joven.
- ¿Por qué? – replicó el samurái, extrañado.
- ¿Por qué estás aquí?
De pronto se hizo el silencio. Un repentino soplo de aire atravesó el ambiente.
- Mi hijo no lo consiguió. Murió en el Templo del Conocimiento, como tantos otros. No regresar a casa es mi penitencia.
Otra ráfaga de viento sacudió el lugar. Un silbido. Quizá el eco de las almas, el recuerdo de tantos que perecieron buscándose a sí mismos en uno de los lugares más recónditos del mundo.
- Gggg… - el joven trataba de moverse, y al hacerlo de su garganta brotó un sonido de esfuerzo, similar al de un gargajo. Reptaba por el suelo como una serpiente malherida. Asió la empuñadura del bokken con su zurda y se apoyó en ella para levantarse; a pesar de que los mechones de pelo negro le cubrían el rostro, el oriental advirtió el brillo siniestro de sus ojos.
Y entonces Alric atacó. La espada hendió el aire y el hombre desvió la trayectoria con destreza, desarmándole de nuevo. El arma voló hasta caer sobre la nieve, y el joven se derrumbó otra vez, abatido, postrado a los pies de su rival.
- Has superado la primera prueba. – dijo el samurái.