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Bolsa de la Bolsa Planar
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CAPÍTULO I - El arribar
Llegué al templo en Athkatla al atardecer, mientras el último aliento del día iluminaba las piedras del edificio con un tono perlado gracias a las primeras luces de la luna. Era imposible no quedarse boquiabierta ante la belleza y serenidad del lugar. Las paredes de mármol blanco reflejaban la luz con un resplandor casi etéreo, como si la mismísima luna hubiera tocado cada piedra. Me detuve a unos pasos de la entrada, incapaz de avanzar sin dedicar un momento para absorber la grandeza del lugar.
No era solo un templo; era como un sueño anclado en la realidad, donde cada detalle parecía diseñado para invocar la presencia la diosa. Columnas altas y esbeltas ascendían hacia un techo abovedado que mostraba intrincados mosaicos de estrellas. Aún en la claridad del día, algunas luces pálidas brillaban en lo alto, como si quisieran recordarnos que la luna siempre está ahí, incluso cuando no la vemos.
Mi pecho se llenó de emoción, y por un instante cerré los ojos, sintiendo la energía de la diosa fluir a través de cada partícula del aire. Yo había llegado aquí buscando guía, con la esperanza de encontrar a alguna de las sacerdotisas: Selise o Sariel. Ambas eran devotas de una profundidad que me conmovía, cada una reflejando un aspecto distinto de la diosa. Sabía que cualquiera de ellas podría ayudarme a comprender hacia dónde debía dirigir mis propios pasos, ahora que mi fe parecía abrirse como un sendero nuevo y desconocido.
Entré en el templo con paso lento, casi reverente, mientras mis ojos exploraban cada rincón en busca de alguna figura familiar. El silencio era total, roto solo por el leve murmullo de alguna plegaria en una capilla distante, y el suave eco de mis propios pasos sobre el mármol. Me sentía pequeña, y al mismo tiempo, enormemente conectada con todo lo que me rodeaba.
Me acerqué al altar principal, una estructura de plata bruñida que parecía absorber la luz y devolverla en forma de pequeños destellos. Suspiré y apoyé una mano en el borde, cerrando los ojos. En silencio, formulé mis pensamientos, mis dudas y mis anhelos, esperando que Selûne me escuchara. Quizás no encontraría ni a Selise ni a Sariel hoy, pero sentía que, de algún modo, su presencia, como la de la diosa, me estaba envolviendo, mostrándome que este era solo el principio de mi camino.