MotiSJL
Minsorrano sin caminos
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No sé muy bien cómo empezar esto.
Llevo semanas escribiendo poco. O nada. Últimamente cuando cogía la pluma solo salían informes, cifras de daño, nombres de enemigos caídos. Nada de lo que era antes.
Hoy necesito escribir otra cosa.
Hubo una noche, hace poco, donde llegué a un sitio sin darme cuenta de que necesitaba llegar ahí.
Estaba destrozado. No físicamente, aunque también. Por dentro. Llevaba semanas cargando algo que no sabía nombrar, algo que me había convertido en alguien que ni yo mismo reconocía cuando me miraba las manos después de cada combate.
El Padre Dick me encontró así.
No me preguntó qué me pasaba. No me pidió explicaciones ni informes ni justificaciones.
Solo me dijo que hoy no tenía que ser fuerte.
Me dijo que me desahogara. Que sacara todo el dolor que llevaba dentro.
Y lo hice.
Grité de una forma que no había gritado nunca, ni siquiera aquella otra noche que también dejé escrita en algún pergamino de este mismo tablón. Grité que odiaba sentirme débil. Que odiaba no poder proteger a todos los que necesitaba proteger. Que odiaba, sin más, todo lo que llevaba encima desde hace meses.
Él no intentó detenerme.
Solo esperó.
Cuando por fin me quedé sin fuerzas para seguir gritando, me puso una mano en el hombro.
Me dijo que ya estaba. Que todo ese dolor también forma parte de mí, no algo que tenga que esconder para seguir siendo útil a los demás.
Me dijo que no tenía que cargar con ello solo.
Que incluso la oscuridad merece ser escuchada.
No sé si soy capaz de explicar del todo lo que sentí en ese momento.
Solo puedo decir que le di las gracias, con la voz todavía rota, y que por primera vez en mucho tiempo me sentí un poco más ligero.
No arreglado. No curado del todo. Pero más ligero.
He pasado los últimos meses convencido de que ser bueno era lo mismo que ser débil. Que la benevolencia no llevaba a ningún sitio. Lo escribí así, en algún informe, con la misma certeza fría con la que golpeaba a cualquiera que se cruzara en mi camino.
Esa noche empecé a entender que estaba equivocado.
No porque el dolor desapareciera. Sigue ahí. Pero cargar con él en silencio, sin dejar que nadie se acercara, era la parte que de verdad me estaba destruyendo.
Quiero dar las gracias al Padre Dick, que se sentó conmigo esa noche sin pedirme nada a cambio.
No es la primera vez que me tiende la mano. Espero que sepa lo mucho que ayudó esta vez también.
Gracias.
Todavía me queda camino por recorrer. No voy a fingir que una noche cambia meses de endurecimiento. Pero por primera vez en mucho tiempo, siento que puedo intentar volver a ser alguien reconocible para quienes me conocieron antes.
Empezando, quizás, por dejar de escribir solo informes.
Empezando por esto.
Llevo semanas escribiendo poco. O nada. Últimamente cuando cogía la pluma solo salían informes, cifras de daño, nombres de enemigos caídos. Nada de lo que era antes.
Hoy necesito escribir otra cosa.
Hubo una noche, hace poco, donde llegué a un sitio sin darme cuenta de que necesitaba llegar ahí.
Estaba destrozado. No físicamente, aunque también. Por dentro. Llevaba semanas cargando algo que no sabía nombrar, algo que me había convertido en alguien que ni yo mismo reconocía cuando me miraba las manos después de cada combate.
El Padre Dick me encontró así.
No me preguntó qué me pasaba. No me pidió explicaciones ni informes ni justificaciones.
Solo me dijo que hoy no tenía que ser fuerte.
Me dijo que me desahogara. Que sacara todo el dolor que llevaba dentro.
Y lo hice.
Grité de una forma que no había gritado nunca, ni siquiera aquella otra noche que también dejé escrita en algún pergamino de este mismo tablón. Grité que odiaba sentirme débil. Que odiaba no poder proteger a todos los que necesitaba proteger. Que odiaba, sin más, todo lo que llevaba encima desde hace meses.
Él no intentó detenerme.
Solo esperó.
Cuando por fin me quedé sin fuerzas para seguir gritando, me puso una mano en el hombro.
Me dijo que ya estaba. Que todo ese dolor también forma parte de mí, no algo que tenga que esconder para seguir siendo útil a los demás.
Me dijo que no tenía que cargar con ello solo.
Que incluso la oscuridad merece ser escuchada.
No sé si soy capaz de explicar del todo lo que sentí en ese momento.
Solo puedo decir que le di las gracias, con la voz todavía rota, y que por primera vez en mucho tiempo me sentí un poco más ligero.
No arreglado. No curado del todo. Pero más ligero.
He pasado los últimos meses convencido de que ser bueno era lo mismo que ser débil. Que la benevolencia no llevaba a ningún sitio. Lo escribí así, en algún informe, con la misma certeza fría con la que golpeaba a cualquiera que se cruzara en mi camino.
Esa noche empecé a entender que estaba equivocado.
No porque el dolor desapareciera. Sigue ahí. Pero cargar con él en silencio, sin dejar que nadie se acercara, era la parte que de verdad me estaba destruyendo.
Quiero dar las gracias al Padre Dick, que se sentó conmigo esa noche sin pedirme nada a cambio.
No es la primera vez que me tiende la mano. Espero que sepa lo mucho que ayudó esta vez también.
Gracias.
Todavía me queda camino por recorrer. No voy a fingir que una noche cambia meses de endurecimiento. Pero por primera vez en mucho tiempo, siento que puedo intentar volver a ser alguien reconocible para quienes me conocieron antes.
Empezando, quizás, por dejar de escribir solo informes.
Empezando por esto.