Creen los profanos que el sabio goza de una extraña y presunta clarividencia. Suponen que, tal vez fruto de una sorprendente providencia o de la pasión por el libro, conoce sublimes secretos. Se trata de un error, pues con bastante exactitud y sin mediar las artes arcanas pueden ser adivinados los porvenires más inmediatos cuando uno se esmera por comprender las vicisitudes del hoy y del ayer. Muchas veces me han llamado con desprecio filósofo, pues siempre fui curioso antes que temeroso, pero las escuelas de elocuencia jamás han ofrecido una respuesta más convincente que la resignación, más o menos sincera, a los males verdaderos del hombre: el amor traicionado o no correspondido, la enfermedad, la vejez, la impotencia de una vida menos dichosa que nuestros sueños y esperanzas o, en último término, el mayor de todos ellos: la Muerte.
Si ni la meditación ni la filosofía nos enseñan a morir y tampoco facilitan el tránsito de nuestra alma, tal vez solo nos resta abandonarnos a una íntima contradicción entre la locura y la fe, si es que acaso pueden considerarse cuestiones diferentes. Llegados a tal punto, pudiera pensarse que todo ser está obligado, en el curso de una existencia menos breve que penosa, a escoger entre la esperanza infatigable y una prudente falta de ella. Esa misma moderación me obliga objetar a tales imposturas, y por tanto rechazar el falso estoicismo de los retóricos. Pero todavía con mayor entusiasmo el fanatismo de los siervos del dogma y la plegaria, cuyas promesas de salvación son al mismo tiempo causa y consecuencia del terror que atenaza el corazón de quienes nacen bendecidos o condenados, según se estime, a abandonar un día el mundo.
Habiendo cruzado ya el umbral en que toda vida se convierte en una derrota aceptada, me convenzo de que si por obra de un milagro secreto la divina omnipotencia me concediera cien años más a los que todavía me restan, volvería yo a hacer las mismas cosas y a cometer los mismos errores; buscaría el conocimiento que persigo en cielos, abismos e infiernos semejantes. Una reflexión equivalente me parece un hermoso argumento en favor del sentido y la utilidad de la muerte, pero a un mismo tiempo me induce a poner en duda su eficacia. Me pregunto cuánto hay de ingenuo en esperar para nuestra alma una promesa de eternidad que no le ha sido consentida a las razas mundanas, y que incluso los más sabios niegan a los mismos dioses que se dicen inmortales.
Con el transcurrir de los años los secretos de esta vida se ofuscan en el recuerdo, rendidos a la misma ley que permite al prisionero liberado olvidar los rigores de la tortura, o que el convaleciente, una vez ha sanado, deje de reconocerse en las incógnitas verdades de su trastorno. En muy pocas mentes despierta jamás la audacia para descifrar el mayor de ellos, el austero enigma de la muerte, y aún menos lo logran; bien porque únicamente se lo proponen al final de sus días o bien porque se reputa un saber inalcanzable. Dicho misterio puede tornarse en el objeto de un ciego ardor, de un ansia homologable a los más poderosos instintos del mundo natural. Afortunadamente todavía poseo el temperamento necesario para no rendirme a las imaginaciones del miedo, tanto o más absurdas que las de la esperanza, y a buen seguro mucho más dolorosas. Enfrentar la muerte con desesperación me disgusta tanto como hacerlo con esperanza; no encuentro razón alguna para apresurarla, pero mucho menos para esperarla con desidia o ánimo impaciente.
Deseo conocer sus secretos antes que sentir adoración, temor o pretenderme indiferente a ella.