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La Muerte del Pasado, diarios de Mizeran

Eussoros

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I - PROMESAS

II - FUEGOS

III - CADENAS

IV - DESOBEDIENCIAS

V - SERVIDUMBRES

VI - LABERINTOS


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I - PROMESAS
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A todo ser le alcanza el momento, variable en la circunstancia de cada raza, en el cual se mira al espejo y contempla por primera vez la verdad desnuda de su alma. Es entonces cuando uno se rinde bien a su demonio o bien a su genio, según un ancestral y misterioso mandamiento que le ordena destruirse o trascenderse. Con frecuencia me he preguntado cuándo y cómo sucedió aquello, y quizás tú también lo has hecho. Hoy lo sé y por eso te lego esta verdad.

Pudiera yo, en consecuencia, pensar que lo que hay entre mis manos no son más que las meditaciones manuscritas de un anciano que entabla diálogo con sus recuerdos. Lo que en estas páginas me he propuesto registrar no es en particular escandaloso, y si lo fuera sin duda obedece a que toda verdad es escándalo. Debo prevenirte que confesaré pensamientos extraordinarios, en ocasiones discutibles y no menos veces abominables. Compartiré experiencias que los trastornos del cuerpo y del alma me han deparado, y otras, todavía más secretas, que se vinculan o no con ellas en la perpetua búsqueda de un propósito mayor, uno que bien conoces.

Las agonías son el secreto íntimo de quien las ha padecido, de modo que no relataré aquí más que aquello que con buen juicio crea que debes saber. No te debe preocupar que me recree en declamaciones virtuosas, de falsa o acaso ambigua naturaleza idealizada, pues antes te mostraré sin adorno la arquitectura de un mundo: el mío. Tampoco debe hacerlo que mis secretos o los tuyos puedan caer en otras manos, pues cada noche estas páginas alimentan los fuegos del olvido. He resuelto con estas líneas, en cualquier caso, vaciar el frasco de mis recuerdos con el propósito de definir mi pensar, tal vez para someterlo a juicio o, cuanto menos, para conocer mi alma antes de morir.

Espero que este libro no sea leído jamás.​




 
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II - FUEGOS
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Anoche cedí al sueño como quien se rinde a la asfixia. Las últimas jornadas apenas he hallado serenidad en el descanso, por lo que adquirí una pócima de sueño de manos de una bruja. Por un momento siento cómo la angustia precipita los latidos de mi corazón para, tiempo después y sin razón aparente, disminuir cada vez más hasta detenerse súbitamente. Cae entonces un pesado telón de silencio y tiniebla.

Yace mi cuerpo sobre una gélida mortaja de sombras. Tiemblo, no de terror como lo creo en ese momento, sino bajo la influencia de un pensamiento que más tarde comprendo. Abro los ojos con el rostro húmedo por los demonios de la fiebre y me percato con espanto de que otros, de aspecto cansado y semejantes pero inmóviles, me miran atentamente. El mal cuerpo del cual son dueños yace suspendido en horizontal a poca distancia sobre el mío, uno frente al otro y gobernados ambos por la misma parálisis. Intento hablar en vano, pero nada puedo oír.

Me demoro en unas facciones adustas, una tez descolorida, y una fina línea cóncava que conozco muy bien y que, de desearme dicha misericordia, quizá podría ofrecerme su mortal beso. Reconozco ya los rigores de la muerte en mi propio rostro y, de alguna manera, mi mente se esfuerza por evadirse de aquel destino. Mi hora bien puede estar próxima, pero me enroco en la obstinación de que todavía no me ha alcanzado. El tiempo transcurre allí indiferente a mis insubordinaciones, por lo que comienza a dominarme el terror al veneno, un pánico atroz que no me atrevo a confesar cuántas veces he saboreado en los ojos de un hombre que, solo en el último instante, es consciente de haber sido vencido por una astucia que algunos, entre quienes por razones obvias no me cuento, consideran más cobarde que la crueldad del metal.

Pienso entonces que acaso has sido tú. Maldigo mil veces tu traicionero y locuaz verbo, pero antes de hacer lo mismo con mi necedad por prestar oído a sus embusteras promesas, juro otras tantas que retornaré de algún modo para hacerte rendir cuentas. Resisto cuanto puedo las lentas torturas de la desesperación, y cuando las fuerzas y el sentido me abandonan, resignados frente a tan insensato destino, una fría sensación se apodera poco a poco de todo y me quema la piel. El aire parece agotarse y adivino por fin en aquellos ojos que me desafían al verdugo que me someterá a tales tormentos hasta el fin de mis días. Comprendo, y con mis últimos esfuerzos aspiro un grito de terror.

Y entonces despierto.

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III - CADENAS
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Entre los placeres que poco a poco me abandonan, además de los goces groseros de la comida y la bebida, el sueño quizás el que más extraño. Sé que no precisas ya de ninguno de ellos y tal vez ni siquiera recuerdes haberlo hecho, pero has de saber que hay en los sueños un punto de contacto entre lo secreto y lo sagrado: en su extraño misterio permanecen ocultas nuestras verdades más íntimas. Noche tras noche los mortales se entregan cumplidamente, de forma voluntaria o rendidos al esfuerzo, a un singular rito que, bien pensado, tiene tanto de sometimiento como de liberación.

Dormir, es bien sabido, sana durante un tiempo la fatiga por obra del más extraordinario procedimiento: dejar de ser. Quizás por ello hay en esa infinita secuencia un ensayo de la muerte y la resurrección de los cuerpos. Ello no tiene nada de espantoso, pues de algún modo confiamos en emerger de él inmutables, pero como todo don de los dioses tiene un precio: una misteriosa interdicción impide que traigamos de vuelta a este mundo el residuo maravilloso de nuestros ensueños. Solo en ocasiones nos creemos triunfantes, pero muy pronto aquellas ingenuidades escapan cruelmente de nuestras manos.

A diferencia de lo que ocurre con el viaje astral, osadamente nos sumergimos desnudos, desarmados y solos en un océano vasto y misterioso que muere y renace cada noche con nosotros. Eternamente cambiante, todo es posible en aquel laberinto, desde escuchar la plácida voz de los dioses a padecer los más graves tormentos; conocer los más recónditos secretos del espíritu, o incluso el encuentro con los que han muerto. Recuerda que todo cuanto allí acontece ni nos pertenece ni obedece a nuestro capricho, sino antes a un designio casi siempre incomprensible.

En la sabia enajenación de los ensueños se adivinan sobre todas las cosas los órdenes del universo, pero en especial el despotismo inapelable de los seres divinos, quienes de un modo tan ejemplar nos recuerdan su merced sobre el mundo de nuestros sentidos y sobre todos los demás. Si nuestra filosofía dedica tan poca curiosidad a una costumbre que absorbe casi un tercio de cada vida seguramente se deba a que apreciar sus virtudes precisa de una dosis importante de modestia. Me pregunto si no será acaso el insomnio una tenaz obstinación de la inteligencia, un signo de la negación de las mentes sensatas a abdicar en las mitologías del ensueño su capacidad para la razón y el pensamiento.

Si he de morir que sea habiendo roto las cadenas.​




 

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IV - DESOBEDIENCIAS
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Un repentino mal del cuerpo me visitó hace unos años, y en esas noches sombrías me atenazaban en sueños los desasosiegos que ya conoces. En aquel tiempo no sabía yo que el dolor comprende misteriosos laberintos en los cuales habitan también respuestas a las inquietudes del alma. Quise en esos días vencer en astucia a mi cuerpo e imponerle la voluntad de mi mente antes que rendirme a la suya. Busqué el consejo de los médicos, cuyo mendaz remedio es verdaderamente culpa del enfermo, pues menos habría de ser engañado si no le horrorizara tanto sufrir.

Recurrí también a los dioses de la muerte: hablé con sus sabios y rogué en sus altares, pero admito sin culpa que no lograron seducirme sus retóricas, ni tampoco el vacío consuelo de intercambiar un terror por otro semejante, disfrazada de promesa de trascendencia una resignada esclavitud del espíritu. Me rebelé contra la gran mentira: los dioses no se levantan en sus lejanos tronos. No lo hacen para castigarnos ni para dar recompensa a nuestras devociones, pero todavía menos para prevenirnos o protegernos de la muerte.

Frecuenté oráculos y traté de descifrar mi destino en las entrañas de los animales o en las extrañas formas de la bóveda celeste. Me introduje en el séquito de un presunto enviado de los dioses que prometía a sus ignorantes acólitos la inmortalidad del alma. Su voz expresaba aquellos insensatos juramentos con sutil elocuencia, un dulce veneno que sus seguidores bebían sin desagrado. Todos menos una mujer de piel oscura como el bronce pulido, de espíritu osado y ojos donde moraba un voraz fuego sin luz.

El falso profeta planeó cuidadosamente los ritos y los fastos de su apoteosis: alcanzaría el martirio entregándose a una llama sagrada y, por alguna razón, era preciso que el ojo ajeno presenciara la solemnidad. Pensé en lo contradictorio de aquel silogismo y puse en duda que los dioses a los que voluntariamente ofrecía su sangre y su cuerpo le fueran a rendir los honores divinos que ansiaba. Sin embargo, reconozco que hubo algo de sagrado misterio cuando aquel hombre se arrojó a la pira y su carne se descompuso sin que lanzara un grito. Sus discípulos tampoco hicieron la menor manifestación de pesar, pues no vieron en la muerte un sino por el que debieran dolerse. La espantosa ofrenda pareció ensalzar su espíritu pero, por obra de algún incomprensible designio, no intentaron emularla y se conformaron con haberla presenciado.

Cada cual se consagra a sus propios dioses, o lo que es lo mismo, a sus más íntimos terrores, pero en aquel preciso instante los ojos de la extraña mujer intuyeron, igual que los míos, la secreta divinidad y el terrible propósito del ritual que habíamos presenciado. Entonces nuestras miradas se buscaron, y en aquel encuentro comprendieron que la vida, como la muerte, son un atributo divino que no debe ser usurpado por el hombre. Y aun y así lo desearon. Creo que dicha revelación labró en nuestra frente el signo de la desobediencia.

Su nombre era Narsai de Samargol.​




 
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V - SERVIDUMBRES
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Creen los profanos que el sabio goza de una extraña y presunta clarividencia. Suponen que, tal vez fruto de una sorprendente providencia o de la pasión por el libro, conoce sublimes secretos. Se trata de un error, pues con bastante exactitud y sin mediar las artes arcanas pueden ser adivinados los porvenires más inmediatos cuando uno se esmera por comprender las vicisitudes del hoy y del ayer. Muchas veces me han llamado con desprecio filósofo, pues siempre fui curioso antes que temeroso, pero las escuelas de elocuencia jamás han ofrecido una respuesta más convincente que la resignación, más o menos sincera, a los males verdaderos del hombre: el amor traicionado o no correspondido, la enfermedad, la vejez, la impotencia de una vida menos dichosa que nuestros sueños y esperanzas o, en último término, el mayor de todos ellos: la Muerte.

Si ni la meditación ni la filosofía nos enseñan a morir y tampoco facilitan el tránsito de nuestra alma, tal vez solo nos resta abandonarnos a una íntima contradicción entre la locura y la fe, si es que acaso pueden considerarse cuestiones diferentes. Llegados a tal punto, pudiera pensarse que todo ser está obligado, en el curso de una existencia menos breve que penosa, a escoger entre la esperanza infatigable y una prudente falta de ella. Esa misma moderación me obliga objetar a tales imposturas, y por tanto rechazar el falso estoicismo de los retóricos. Pero todavía con mayor entusiasmo el fanatismo de los siervos del dogma y la plegaria, cuyas promesas de salvación son al mismo tiempo causa y consecuencia del terror que atenaza el corazón de quienes nacen bendecidos o condenados, según se estime, a abandonar un día el mundo.

Habiendo cruzado ya el umbral en que toda vida se convierte en una derrota aceptada, me convenzo de que si por obra de un milagro secreto la divina omnipotencia me concediera cien años más a los que todavía me restan, volvería yo a hacer las mismas cosas y a cometer los mismos errores; buscaría el conocimiento que persigo en cielos, abismos e infiernos semejantes. Una reflexión equivalente me parece un hermoso argumento en favor del sentido y la utilidad de la muerte, pero a un mismo tiempo me induce a poner en duda su eficacia. Me pregunto cuánto hay de ingenuo en esperar para nuestra alma una promesa de eternidad que no le ha sido consentida a las razas mundanas, y que incluso los más sabios niegan a los mismos dioses que se dicen inmortales.

Con el transcurrir de los años los secretos de esta vida se ofuscan en el recuerdo, rendidos a la misma ley que permite al prisionero liberado olvidar los rigores de la tortura, o que el convaleciente, una vez ha sanado, deje de reconocerse en las incógnitas verdades de su trastorno. En muy pocas mentes despierta jamás la audacia para descifrar el mayor de ellos, el austero enigma de la muerte, y aún menos lo logran; bien porque únicamente se lo proponen al final de sus días o bien porque se reputa un saber inalcanzable. Dicho misterio puede tornarse en el objeto de un ciego ardor, de un ansia homologable a los más poderosos instintos del mundo natural. Afortunadamente todavía poseo el temperamento necesario para no rendirme a las imaginaciones del miedo, tanto o más absurdas que las de la esperanza, y a buen seguro mucho más dolorosas. Enfrentar la muerte con desesperación me disgusta tanto como hacerlo con esperanza; no encuentro razón alguna para apresurarla, pero mucho menos para esperarla con desidia o ánimo impaciente.

Deseo conocer sus secretos antes que sentir adoración, temor o pretenderme indiferente a ella.​




 

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VI - LABERINTOS
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Es bien conocido que la sabiduría de las edades se halla preservada en la palabra manuscrita. Grande fue mi placer cuando yo, como tantos otros antes, gracias a ellas pude visitar los mundos y los siglos, vencer la culpable ignorancia del hombre mundano e incluso tolerar los tiempos más crueles. Con maravilla descubrí en las bibliotecas el lugar donde los seres mortales, y sospecho que tanto más aquellos que han dejado de atesorar esa virtud, encuentran un espejo que les devuelve el más fiel y profundo retrato de ellos mismos. Gran esfuerzo me costaría habitar en un mundo sin libros, pero puesto que no pueden abarcarla por completo, la realidad no se encuentra en ellos. La verdad que en su secreta cifra buscaba con creciente impaciencia se limitaba en muchos casos a transmutar el conocimiento en una resignada preparación del espíritu para alcanzar una muerte serena, antes que en una razón que, sin ser dócil, pudiera dotarla de sentido.

Las débiles custodias que el hombre alzaba contra ella se sostenían, a duras penas, sobre dos líneas de pensamiento. La primera muestra la muerte como una calamidad ineludible, y dado que la vida y el cortejo de males que lleva emparejada son tanto o más horribles que ella, parecería preferible morir y buscar una indulgencia ulterior para el alma. Argucias dispuestas para mover a los inconscientes a la resignación mientras inducen en sus corazones una profunda desesperación. La segunda, antes ciega que deshonesta, propone en contraposición la negación de la muerte. Con arrogancia da por cierta la inmortalidad del alma, una entidad de incierta esencia que pocos han visto sobrevivir a la muerte del cuerpo, en lugar de dedicar sus astucias a desentrañar su misteriosa naturaleza.

Pocas veces escucha el hombre la razón, y muchas menos cuando algo le atemoriza. Podría ser que al negar la trascendencia del acto de morir solo se añada vértigo a la desdicha, pues vaciada la muerte de propósito la vida no se adivina más valiosa o menos subordinada a nuestros deseos que un frasco vacío o un libro sin páginas. Coincido con los embusteros en que la idea de la muerte destruye al hombre, pero al mismo tiempo le libera. La certeza de que según las leyes de los dioses uno ha de perecer es una agonía a la que no renuncio porque honradamente me corresponde, pero la aspiración que de ella nace en mi alma es quizás menos justa y se instrumenta para fines menos obedientes. Rendirse al desengaño que nos advierte que si todo es vano entonces la virtud también lo es hace que la mente se pueble de ideas sombrías.

De tal suerte que conforme alternaba tomos con sabios y devotos crecía en mi fuero el desencanto y quizás la blasfemia, pues terminaba por no encontrar natural, y todavía menos justo, que como una suerte de penitencia por vivir tuviera el hombre que perecer. Bajo esa torcida sensatez pudiera yo pensar que el porvenir nada podía ofrecerme, o al menos nada que pudiera comprenderse como un don. Todo lo que me restaba de vida se conjuraba contra esa mentira, contra ese destino atroz, y deseaba seguir existiendo para despojarle de su máscara. Si poseo la audacia de pretenderlo no es debido a que exista en mi temperamento una cualidad extraordinaria, pues dicho sentimiento no me parece único: otros lo han soportado o lo harán algún día. Justo es decir que la Muerte se ha convertido en objeto de mi contemplación constante, un pensamiento al cual he decidido entregar todas las fuerzas de mi espíritu, un laberinto del alma en el que voluntariamente me he encerrado.

Reconozco sin culpa que la razón se ofusca ante los prodigios de lo prohibido.

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