Eclipse Knight
Enano con acento ruso
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El silencio era sepulcral en las criptas, como de costumbre, apenas interrumpido por el torpe caminar de las criaturas que las recorrían y algún que otro gruñido, ecos de un entendimiento que hacía tiempo había abandonado aquellos seres.
En la oscuridad se erguía un altar sencillo, pero cargado de significado, teñido por el color de la sangre antigua y los restos de sacrificios anteriores. El tintineo de unas cadenas se sumó a los sonidos de la cripta. La hermana Shhusshuru avanzaba con elegancia y altivez hacia el altar, arrastrando tras de sí a un sacrificio humano: un pobre desdichado que, en poco tiempo, serviría de alimento.
La inmortal aguardaba junto al altar mientras los demás involucrados iban llegando poco a poco. Se situaron frente a él, algunos con orgullo, otros con indiferencia y unos cuantos movidos por la curiosidad. Entre los Hijos de la Noche, las motivaciones eran tan diversas como las criaturas que los componían.
Sin embargo, había una figura que destacaba por el interés que despertaba aquella ceremonia: Aveline. Una de las incorporaciones más recientes a la Estirpe, caminaba hacia el altar con una elegancia sobrenatural y un porte orgulloso, tan hermoso como imponente. Pero, a diferencia de muchos de los presentes, sus intenciones iban mucho más allá de presenciar un sacrificio.
Aquella noche estaba consagrada a la sangre, una forma de honrar al Primero, como tantas otras veces habían hecho los inmortales. Sin embargo, en esta ocasión habría algo más. Aveline, quien se consideraba la Campeona del Primero, pronunciaría un Juramento ante aquel mismo altar: una declaración de intenciones, una renuncia a su pasado y un compromiso con aquello en lo que había elegido convertirse.
Su mirada carmesí descansaba sobre su hermana Shhusshuru, la figura con la que sentía una conexión más profunda. Ambas sabían agradecer el don que les había sido concedido y, a su manera, se complementaban a la perfección. Eran dos facetas distintas de aquello que idolatraban: una, la Libertina; la otra, la Bestia.
La que antaño había sido una radiante elfa comenzó a explicar lo que acontecería aquella noche, en aquel lugar. Sus compañeros escucharon en silencio, mostrando el respeto que la ocasión merecía. Aveline aguardó pacientemente hasta que recibió la señal para proceder, cuando las cadenas del sacrificio fueron puestas a su disposición, concediéndole la libertad de actuar en honor a su Juramento y a sus ideales.
La neonata se tomó su tiempo para contemplar el altar antes de dirigir la mirada hacia el sacrificio. Se recreó en aquella expresión de terror y súplica, en el miedo que consumía al desdichado, una visión que despertaba en ella un gozo difícil de disimular. No obstante, la solemnidad del momento le impedía manifestarlo abiertamente.
Cuando estuvo preparada, tumbó a la víctima sobre el altar. Su querida hermana le tendió entonces una hermosa daga ceremonial, que Aveline tomó entre sus manos, consciente del peso de lo que estaba a punto de hacer. Ya no se trataba únicamente de acabar con una vida. Aquello era una declaración ante sus hermanos, ante el Primero y, sobre todo, ante sí misma.
Por fin, los labios de la neonata se abrieron para pronunciar sus palabras.
—Ante todos mis hermanos, ante vos, Primero de todos, hoy dicto sentencia. Declaro que hoy traiciono todo cuanto una vez fui: aquella mujer que, aun en vida, nunca supo vivir. No volveré a servir a aquellos ideales.
Lo que en vida llamé deber, ahora lo llamo cadenas. La compasión que una vez sentí no es más que una debilidad. Y aquello por lo que habría estado dispuesta a sacrificarme ya no tendrá poder sobre mí.
Alzó las cadenas del sacrificio, dando mayor énfasis a sus palabras. El metal resonó en la cripta como si fuera el repicar de unas campanas ante un anuncio importante.
—Como mortal, habría protegido esta vida con todo mi ser. Como Hija de la Noche, derramaré su sangre para honrar los dones que me han sido concedidos. Antes protegía la vida; ahora seré yo quien decida quién merece conservarla. No seré sierva de ninguna ley, de ningún deber ni de ninguna fe. Solamente de mi propia voluntad.
Su mirada carmesí se elevó entonces, dirigiéndose hacia aquello que el altar representaba.
—Mi antigua fe murió conmigo, y mi nueva no vida será la prueba de mi elección. Kanchelsis, Primero de todos, recibid esta sangre como mi Juramento de Traición a todo cuanto una vez fui. Que este acto me otorgue la fuerza para convertirme en aquello que siempre quise ser y que, por fin, he elegido ser.
Tras pronunciar aquellas palabras, Aveline degolló al sacrificio. La sangre brotó de su cuello con la abundancia de una fuente recién abierta, derramándose hasta llenar el cáliz que descansaba a un lado del altar.
Una vez estuvo lleno, se volvió hacia sus compañeros.
Todavía eran, en buena medida, extraños para ella. La cercanía seguía resultándole ajena, una costumbre que no había terminado de arraigar en su nueva existencia. Aun así, los contempló con satisfacción. Allí tenía ante sí ejemplos de aquello que admiraba, compañeros con los que compartir su nueva eternidad… aunque no todos despertasen en ella los mismos sentimientos.

Los mortales, en cambio, le provocaban repulsión. Le recordaban demasiado a la criatura que había sido, a una vida que ahora contemplaba con desprecio. Era un sentimiento inevitable, por mucho que supiera que algunos de ellos aún podían resultarle útiles.
Uno a uno, llamó a sus compañeros inmortales, dejando al margen a quienes no compartían su condición, y les ofreció beber del cáliz. Los convirtió así en partícipes de aquella ceremonia, testigos de su juramento y de la voluntad que acababa de proclamar. Todos y cada uno de ellos aceptaron la sangre aún caliente, saboreándola con deleite mientras dedicaban unas palabras a la neonata o al Primero, cuya presencia simbólica presidía aquel altar.
Finalmente, llegó el turno de la más especial para ella: aquella que más la había acompañado en su nueva existencia, la que había despertado su interés con mayor intensidad y demostrado ser de más utilidad para sus propósitos.
Merecía algo más.
Aveline hundió sus propias garras en el pecho de aquel ser inerte que yacía sobre el altar y arrancó su corazón, todavía caliente al tacto. Con la mirada carmesí clavada en su compañera, le ofreció aquel obsequio para que pudiera deleitarse con él y saciar su sed. Pero ella ni siquiera lo tomó de las garras de Aveline. En su lugar, se acercó y lo sujetó directamente de su mano, aferrándose con firmeza a aquel corazón mientras ambas lo sostenían juntas y hacían que su sangre cayese sobre las fauces de la obsequiada.
Por un instante, aquel gesto pareció adquirir un significado que iba más allá del propio sacrificio. Era una muestra de estima, de reconocimiento y de una complicidad que no necesitaba palabras.
La ceremonia concluyó con unas últimas palabras, destinadas a poner el broche final a la velada. Para muchos, quizá no fueran más que formalidades carentes de importancia; para Aveline, en cambio, tenían un valor incalculable.
Porque, al fin, sabía lo que quería ser.
Y aquella senda, sellada con sangre ante el Primero de todos, sería la que la conduciría hasta ello.
En la oscuridad se erguía un altar sencillo, pero cargado de significado, teñido por el color de la sangre antigua y los restos de sacrificios anteriores. El tintineo de unas cadenas se sumó a los sonidos de la cripta. La hermana Shhusshuru avanzaba con elegancia y altivez hacia el altar, arrastrando tras de sí a un sacrificio humano: un pobre desdichado que, en poco tiempo, serviría de alimento.
La inmortal aguardaba junto al altar mientras los demás involucrados iban llegando poco a poco. Se situaron frente a él, algunos con orgullo, otros con indiferencia y unos cuantos movidos por la curiosidad. Entre los Hijos de la Noche, las motivaciones eran tan diversas como las criaturas que los componían.
Sin embargo, había una figura que destacaba por el interés que despertaba aquella ceremonia: Aveline. Una de las incorporaciones más recientes a la Estirpe, caminaba hacia el altar con una elegancia sobrenatural y un porte orgulloso, tan hermoso como imponente. Pero, a diferencia de muchos de los presentes, sus intenciones iban mucho más allá de presenciar un sacrificio.
Aquella noche estaba consagrada a la sangre, una forma de honrar al Primero, como tantas otras veces habían hecho los inmortales. Sin embargo, en esta ocasión habría algo más. Aveline, quien se consideraba la Campeona del Primero, pronunciaría un Juramento ante aquel mismo altar: una declaración de intenciones, una renuncia a su pasado y un compromiso con aquello en lo que había elegido convertirse.
Su mirada carmesí descansaba sobre su hermana Shhusshuru, la figura con la que sentía una conexión más profunda. Ambas sabían agradecer el don que les había sido concedido y, a su manera, se complementaban a la perfección. Eran dos facetas distintas de aquello que idolatraban: una, la Libertina; la otra, la Bestia.
La que antaño había sido una radiante elfa comenzó a explicar lo que acontecería aquella noche, en aquel lugar. Sus compañeros escucharon en silencio, mostrando el respeto que la ocasión merecía. Aveline aguardó pacientemente hasta que recibió la señal para proceder, cuando las cadenas del sacrificio fueron puestas a su disposición, concediéndole la libertad de actuar en honor a su Juramento y a sus ideales.
La neonata se tomó su tiempo para contemplar el altar antes de dirigir la mirada hacia el sacrificio. Se recreó en aquella expresión de terror y súplica, en el miedo que consumía al desdichado, una visión que despertaba en ella un gozo difícil de disimular. No obstante, la solemnidad del momento le impedía manifestarlo abiertamente.
Cuando estuvo preparada, tumbó a la víctima sobre el altar. Su querida hermana le tendió entonces una hermosa daga ceremonial, que Aveline tomó entre sus manos, consciente del peso de lo que estaba a punto de hacer. Ya no se trataba únicamente de acabar con una vida. Aquello era una declaración ante sus hermanos, ante el Primero y, sobre todo, ante sí misma.
Por fin, los labios de la neonata se abrieron para pronunciar sus palabras.
—Ante todos mis hermanos, ante vos, Primero de todos, hoy dicto sentencia. Declaro que hoy traiciono todo cuanto una vez fui: aquella mujer que, aun en vida, nunca supo vivir. No volveré a servir a aquellos ideales.
Lo que en vida llamé deber, ahora lo llamo cadenas. La compasión que una vez sentí no es más que una debilidad. Y aquello por lo que habría estado dispuesta a sacrificarme ya no tendrá poder sobre mí.
Alzó las cadenas del sacrificio, dando mayor énfasis a sus palabras. El metal resonó en la cripta como si fuera el repicar de unas campanas ante un anuncio importante.
—Como mortal, habría protegido esta vida con todo mi ser. Como Hija de la Noche, derramaré su sangre para honrar los dones que me han sido concedidos. Antes protegía la vida; ahora seré yo quien decida quién merece conservarla. No seré sierva de ninguna ley, de ningún deber ni de ninguna fe. Solamente de mi propia voluntad.
Su mirada carmesí se elevó entonces, dirigiéndose hacia aquello que el altar representaba.
—Mi antigua fe murió conmigo, y mi nueva no vida será la prueba de mi elección. Kanchelsis, Primero de todos, recibid esta sangre como mi Juramento de Traición a todo cuanto una vez fui. Que este acto me otorgue la fuerza para convertirme en aquello que siempre quise ser y que, por fin, he elegido ser.
Tras pronunciar aquellas palabras, Aveline degolló al sacrificio. La sangre brotó de su cuello con la abundancia de una fuente recién abierta, derramándose hasta llenar el cáliz que descansaba a un lado del altar.
Una vez estuvo lleno, se volvió hacia sus compañeros.
Todavía eran, en buena medida, extraños para ella. La cercanía seguía resultándole ajena, una costumbre que no había terminado de arraigar en su nueva existencia. Aun así, los contempló con satisfacción. Allí tenía ante sí ejemplos de aquello que admiraba, compañeros con los que compartir su nueva eternidad… aunque no todos despertasen en ella los mismos sentimientos.

Los mortales, en cambio, le provocaban repulsión. Le recordaban demasiado a la criatura que había sido, a una vida que ahora contemplaba con desprecio. Era un sentimiento inevitable, por mucho que supiera que algunos de ellos aún podían resultarle útiles.
Uno a uno, llamó a sus compañeros inmortales, dejando al margen a quienes no compartían su condición, y les ofreció beber del cáliz. Los convirtió así en partícipes de aquella ceremonia, testigos de su juramento y de la voluntad que acababa de proclamar. Todos y cada uno de ellos aceptaron la sangre aún caliente, saboreándola con deleite mientras dedicaban unas palabras a la neonata o al Primero, cuya presencia simbólica presidía aquel altar.
Finalmente, llegó el turno de la más especial para ella: aquella que más la había acompañado en su nueva existencia, la que había despertado su interés con mayor intensidad y demostrado ser de más utilidad para sus propósitos.
Merecía algo más.
Aveline hundió sus propias garras en el pecho de aquel ser inerte que yacía sobre el altar y arrancó su corazón, todavía caliente al tacto. Con la mirada carmesí clavada en su compañera, le ofreció aquel obsequio para que pudiera deleitarse con él y saciar su sed. Pero ella ni siquiera lo tomó de las garras de Aveline. En su lugar, se acercó y lo sujetó directamente de su mano, aferrándose con firmeza a aquel corazón mientras ambas lo sostenían juntas y hacían que su sangre cayese sobre las fauces de la obsequiada.
Por un instante, aquel gesto pareció adquirir un significado que iba más allá del propio sacrificio. Era una muestra de estima, de reconocimiento y de una complicidad que no necesitaba palabras.
La ceremonia concluyó con unas últimas palabras, destinadas a poner el broche final a la velada. Para muchos, quizá no fueran más que formalidades carentes de importancia; para Aveline, en cambio, tenían un valor incalculable.
Porque, al fin, sabía lo que quería ser.
Y aquella senda, sellada con sangre ante el Primero de todos, sería la que la conduciría hasta ello.
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