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La selva de los espíritus

Eyla

Receta de Noctis
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17/1/16
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El aire que circundaba la aldea de Mara Owa era usualmente inalterable en lo que a viento se refiere. Las más leves brisas cálidas eran lo único que alteraba las hojas de los tejados o las ropas en los tendederos. Sus más de doscientos habitantes solo sufrían por sus casas y sus pertenencias cuando llegaba la estación de las lluvias, pero hasta entonces, ni un soplido solía perturbar el lugar. Sin embargo, esa mañana, Ikena notó en su arrugado rostro una brisa distinta, leve, pero poderosa, tan uniforme, tan homogénea y entera que seguramente ni siquiera existía en este mundo.
Un rayo se había colado por entre las ramas de los árboles e impactaba directamente en su rostro, en su piel negra, arrugada como la corteza de la acacia más vieja, manchada por el paso del tiempo, enmarcada por su abundante cabellera blanca que seguía creciendo con la edad y, estaba segura, seguiría creciendo cuando muriese. Sus ojos llorosos de orbes amarillentas y pupilas oscuras como el coral negro bebían de aquella luz.
Sí, notaba esa brisa. Estaba ahí.
Entendió que Dawa o Mkali la avisaban de algo, nada urgente ni peligroso, pero sí decisivo. No supo entender cuál de las dos la avisaba, y se preguntó si acaso estaría aquel cambio relacionado con Obembe. Siempre que se trataba de él, le resultaba difícil saber quién hablaba.
Agudizó sus sentidos y se concentró en todas las voces de Ubtao que podía escuchar desde allí, a entenderlas una por una, a distinguir quién hablaba y qué decía. Sus tímpanos vibraban al son de la música del creador.
En la jungla que se hallaba a sus espaldas, decenas y cientos de pájaros cantaban y piaban, algunos por comida, otros por miedo, otros para aparearse, o solo comunicarse. Se le unían a esas voces las ranas, los sapos, las serpientes, lagartijas… sus patas se desplazaban rápidas haciendo sonar las hojas, las ramas y el agua de la tierra. Los roedores revolvían también la espesa alfombra verde y marrón de la jungla, escarbando en ella, corriendo sobre ella, viviendo en ella. Ikena distinguía los millares de zumbidos de los insectos, los siervos más pequeños de Ubtao pero también los más abundantes, “trabajo, trabajo, trabajo”, decían. Voces más altas, pero no por ello más importantes, rugían, gruñían o aullaban ocasionalmente: felinos, paquidermos, primates, dinosaurios… sus pisadas eran firmes y robustas, y sus voces claras. Buscaban agua, comida, presas inertes o presas raudas, buscaban refugio. Buscaban compañía, o huían de ella. Pero Ikena quería escuchar otras voces. Cerró los ojos y prestó más atención.
Oía las ramas de los árboles rascándose las unas a las otras, las lianas creciendo, alargándose, las hojas separándose de su tallo y aterrizando en el suelo, como plumas, junto a sus compañeras. Escuchaba las semillas crecer: “luz, luz, luz”, decían.
Pero Ikena buscaba otras voces. Arrugó el ceño.
“Cazar, cazar, una presa, cazar”
“Está ahí, está bien, está ahí y vive”
“Mama, escúchame, mamá, es por aquí…”
Sí esas eran las voces que Ikena buscaba, ahora solo hacía falta escuchar la correcta.
“Existo, no vivo, pero pienso, no siento, pero soy”
“Corre, corre o las fauces te van a atrapar”
“Trabajo, trabajo, trabajo”
“Ikena…”
“Hay que descansar, hay que descansar un rato”
—Ikena.
“Ikena, vete...”
Ahí, ahí estaba. Ya casi lo tenía. Aun con los ojos cerrados, Ikena empezó a sonreír.
“Ikena, escucúchame”
—¿Ikena?
“Ikena, hoy deberás tomar...”
—Ikena!
Ikena abrió los ojos y borró su sonrisa. Miró a lado y lado. Quince rostros envejecidos la observaban con expresiones que mezclaban la curiosidad, la diversión y el hartazgo.
—Ikena, ¿estás escuchando?— Ebele Morowa, líder del consejo de la tribu Owa y también su hermana mayor, la miraba con el ceño fruncido en su arrugado e hinchado rostro.
—Oh, sí, sí, claro —Ikena carraspeó sonriendo— hablábamos de pedir ayuda a Mezro para… eh… controlar la... —se sujetó la barbilla un instante—. ¿...la crecida de... makenas?
Escuchó una pequeña risa entre los ancianos del consejo, pero Ebele asintió con expresión de poca paciencia.
—Así es —dijo, e Ikena contuvo el suspiro de alivio—. ¿Cuál es tu opinión?
—Bueno… eh… —reflexionó unos instantes—. A lo mejor podríamos acercarnos Chideki y yo para inspeccionar el perímetro primero.
—Chideki ya se acercó ayer, Ikena, ¡lo acabamos de hablar!
Chideki, otro de los ancianos del consejo, no pudo evitar sonreír ante el enésimo despiste de Ikena.
La sesión transcurrió con la misma normalidad de siempre, las mismas discusiones y los eternos debates sobre quién tenía responsabilidad sobre qué. Desde luego, Ikena consideraba que el consejo era esencial para la tribu, pero por ser una de las miembros más veteranas (ya quedaba poco para que cumpliese setenta) y hermana de la líder del consejo, Ikena se podía permitir no prestar demasiada atención. Solo daba su firme opinión cuando se trataba de decidir directamente sobre la obra de Ubtao.
El consejo se disolvió al cabo de dos horas, y todos los ancianos volvieron al poblado, donde decenas de rústicas cabañas se levantaban entre hogueras, ropa tendida, instrumentos de cocina, sacos de grano y corrales. El trasiego de la tribu era otra sonora voz de Ubtao.
—¡¡Mama Ike!!
Su bisnieta Adanaya se lanzó a sus brazos. Ikena le dió unos besos y le preguntó si ya había rezado esa mañana.
—Claro Mama Ike, siempre rezo: Ubtao gracias por la creación que llevaste en tus manos, gracias por las…
La niña siguió recitando la plegaria como si fuese una canción para niños, mientras se alejaba para jugar con sus amigos. Su madre estaba por ahí cerca: Kidoke era la primera nieta de Ikena. Venía con su segundo hijo, de apenas seis meses, colgando de su espalda.
—Mama Ike, ¿has notado algo esta mañana? ¿Una brisa, tal vez?— le preguntó directamente a Ikena.
Abuela y nieta estuvieron un rato fumando y charlando de aquel viento. Kidoke había heredado de su abuela la capacidad de entender a Ubtao y a todas sus voces, las inertes, las vivas y las espirituales. Aún no había creado un vínculo muy estrecho con su primer espíritu guía, y ni siquiera había encontrado al segundo, pero aun así era muy buena dejando fluir la voluntad de Ubtao a través de su ser. Cuando había transcurrido casi una hora, alguien fue a avisar a Ikena de que los guerreros de Mezro habían llegado con un día de adelanto, y esta fue a recibirlos.

Ikena encontró al capitán del grupo conversando con el jefe de los guerreros de la tribu Owa.
Obembe, capitán de la división de exploradores del ejército de Mezro, llevaba cuarenta años peinando la zona al sur-este de la gran ciudad. Su trabajo consistía en mantener bajo control cualquier amenaza, asegurar que los caminos seguían siendo transitables y terminar con cualquier manada de dinosaurios que pusiera en riesgo la seguridad de la gente. Dado que la tribu Owa, en Mara Owa, se encontraba a dos días de marcha al sur-este de Mezro, los exploradores de Obembe siempre pasaban por allí tanto a la ida como a la vuelta de las expediciones. Agradecían la hospitalidad de los Owa, su comida y sus remedios. Como principal curandera de la tribu, Ikena conocía muy bien al grupo de exploradores, que le traían tabaco y otros productos de la gran ciudad. Obembe había llegado por primera vez a Mara Owa cuando tenía quince años. Ikena contaba veintiocho, y eran amigos desde entonces.

—Los espíritus me han avisado de cambios —dijo Ikena, cuando ambos se encontraban sentados fuera de la cabaña de la mujer. La choza estaba algo apartada del poblado y no se escuchaba el trasiego de la tribu desde allí.
Obembe esbozó media sonrisa bajo su rizada barba.
—Te han informado bien entonces. Me marcho. Me marcho a Amn, Ike. A Athkatla. El ejército me manda para allá.
—A Amn —Ikena hizo una pausa para dar una calada a su cigarro—. ¿Tan mal te has portado?
Obembe rió.
—Eso parece… aunque si te soy sincero, lo veía venir. No he hecho buenas migas con los altos cargos del ejército y últimamente, será por la edad, no suelo contenerme al expresar mis opiniones. Así que ahora voy a ser oficial de intendencia en ultramar del ejército de Mezro. Me voy a dedicar a hacer envíos cuando me lo pidan. Solamente eso.
—Suena a un trabajo tranquilo.
—Desde luego. Esta va a ser mi última expedición, como mínimo en los próximos tres años.
—¿Y cómo te sientes?
—No tan mal como imaginaba.
—Debe ser por la edad.
Ambos rieron durante un rato, observando la jungla desde el pequeño claro en el que estaba la cabaña de Ikena. Se advertían algunos objetos colgando de las ramas más cercanas: estatuillas, pequeños fetiches construidos con ramitas o plumas, y algunos pergaminos. Todo ello mantenía las cercanías libres de depredadores peligrosos.
—¿Te he contado alguna vez que pasé tres años de mi infancia en Amn?
Obembe asintió.
—Pero nunca me has dicho por qué.
—Fue por mi tía, la hermana de mi padre. Se fue a Port Nyanzaru para visitar a unos parientes y parir a su hijo. Estaba encinta y su anterior parto había sido muy complicado. Un día se fue a pasear por el puerto y nunca volvió. Mi padre y mi madre se volvieron locos del dolor. Nos llevaron a mi y a Ebele con ellos, y se pusieron a buscarla. Terminamos en Amn, porque sus investigaciones les llevaron a sospechar que la habían capturado unos esclavistas. Y estuvimos allí tres años. Mi madre volvió conmigo y con Ebele, y por aquel entonces ya con Abulu recién nacido. Mi padre tardó dos años más en volver. No la encontraron nunca.
—Vaya, eso es terrible, ¿cómo puede ser que nunca me lo hubieses contado?
Ikena se encogió de hombros.
—No me acuerdo demasiado, la verdad… fue desde mis tres a mis seis años. Han pasado unos cuantos —soltó una risotada—. Estoy segura que te lo pasarás bien en Athkatla. Dicen que es una ciudad interesante, que está llena de gente malvada y pendenciera, de ociosos y de farsantes.
—Espero hacer las amistades correctas.
No se despidieron. Aquella era la parada de ida, y al cabo de cinco días el grupo de Obembe volvería por el mismo camino. Entonces se dirían adiós.

Aquella noche, Ikena tomó su machete y un cuenco y salió de su choza cuando la luna estaba en lo más alto. Estaba totalmente desnuda e iba descalza, solo la larga y abundante cabellera blanca cubría sus hombros y sus brazos, y parte de su pecho. La luz de la luna proyectaba sombras en cada arruga de su cuerpo. Un cuerpo viejo, de carnes colgantes y arrugas, pero seco y negro como el ébano.
Andó unos cuantos pasos, adentrándose en la jungla pero sabiéndose protegida por todos los hechizos y plegarias que colgaban de las ramas a su alrededor. Cuando estuvo alejada veinte metros, pero aún veía su casa, se sentó en el suelo. Respiró profundamente durante
diez minutos, y luego tomó su machete y se cortó un mechón de pelo, dejándolo caer en el cuenco. Acto seguido, se hizo un corte en la palma de la mano y dejó que unas gotas manchasen el mechón blanco. Con unas palabras, prendió fuego a su cabello, llenando el lugar de olor a cuerno quemado. Luego tomó tierra y lo añadió al cuenco, que movió al ritmo de una letanía que, de tan baja, parecía un insecto zumbando.
Cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, la selva estaba aún más oscura que hacía un instante, pero algo más adelante proyectaba luces y sombras. Dos figuras brillaban a lo lejos. Un triceratops y un ceratosaurus se abrían paso entre los árboles, en total silencio, sin romper ninguna rama ni dejar ninguna huella. Brillaban en un caleidoscopio de colores danzantes: amarillo, rojo, verde, azul, violeta... se detuvieron frente a Ikena.
Ikena saludó a los dos espíritus inclinándose.
—Dawa, Mkali, bienaventurados, os he llamado para pedir consejo —dijo solamente. Resto de la conversación siguió en silencio. Ikena sabía lo que ellos pensaban, y ellos sabían lo que Ikena sentía.
La luna iluminó el cuerpo de la anciana hasta que se escondió tras los árboles más bajos, cuando los espíritus de Ubtao dieron por finalizada la conversación y se disolvieron en el aire.
Se durmió en el suelo, desnuda, cubierta solo por su cabellera blanca, y soñando con el día en el que conoció a Obembe. Parecía que sus caminos no se iban a separar todavía. Esa era la voluntad de Ubtao.
 

Eyla

Receta de Noctis
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Algún día las arrugas henderían su piel y conquistarían sus rasgos. Algún día los músculos dejarían de agarrarse, firmes, a su esqueleto, y sus pechos caerían. Ondearían a su paso los mechones blancos y los dientes mudarían al amarillo. Y todo lo que ocurriese entre ese día y hoy sería una victoria.
Las ramas y las hojas de la jungla tamizaban la luz del sol. Algunos rayos aterrizaban en los troncos, otros en la tierra húmeda y uno solo se posaba sobre su joven frente. El calor bajaba por sus vértebras, una por una, hasta llegar a la tierra. Tenía los ojos cerrados y las piernas cruzadas, los harapos apenas le cubrían la piel del color de la tierra y su pelo negro crecía solo para ser cortado. Las manos reposaban tranquilas sobre sus rodillas.
Escuchaba las voces. Los pájaros piaban: decenas de aves hablaban entre ellas, los roedores se escabullían entre las hojas, zumbaban cientos de insectos y los árboles crecían. La hierba apuntaba hacia arriba y las ramas se doblaban hacia abajo, juntándose en un lento abrazo. De vez en cuando, un mono aullaba a lo lejos, o unas grandes alas batían para alzar el vuelo. Las entendía, entendía las cien voces de la jungla, pero ninguna era la que buscaba.
Se dejó caer, pegando la espalda a la tierra, y escuchó, entre el crepitar de las hojas y el murmullo de la vida de los jóvenes tallos que buscaban la luz, en el lecho blando y verde que cubría el mundo, hasta que, de entre todos los ecos que allí reverberaban, las pisadas de Mbao llegaron a ella.
Lentamente se irguió, cogió la lanza que reposaba ante ella, de cuerpo de madera y cabeza de metal, y abrió los ojos. Ahí, entre los árboles, justo frente a ella, Mbao la miraba. A cientos, miles de pies, a cuatro millas o cinco. No lo veía pero lo entendía, lo interpretaba: estaba ahí.
Dio un paso, y luego otro, y en una línea tan recta como su lanza, andó las cuatro primeras millas. Sus pasos apenas hacían ruido. Algunas hojas no crujían porque querían ayudarla, algunas ramas no se partían porque sus árboles, que se sabían escuchados y comprendidos, y deseaban su victoria, las habían dejado caer aún verdes; pero no todas las semillas estaban de su lado, igual que no todas las gotas de lluvia quieren llegar al río. Mbao lo escuchaba, de eso estaba segura, porque ella lo buscaba a él y él la buscaba a ella.
No soplaba el viento. Las hojas llegaban al suelo por el camino más corto, como ella: un paso conducía al siguiente y, sin dudas, ni siquiera pensamientos, su cuerpo, erguido como una vara de bambú, andaba sobre y bajo la jungla. Hasta que lo vio.
Mbao estaba ahí, a lo lejos, en lo verde. Era una enorme silueta, negra como los árboles carbonizados, de ojos llorosos y hocico largo. Entre sus encías rosas asomaban los colmillos de mármol. El lobo sonreía perverso, y ella le devolvió la sonrisa.
“Esta es la última vez”, dijo ella, “no te volverás a burlar de mí.”
“Esta es la última vez”, contestó Mbao, sus palabras sonando en su garganta, “me he cansado de ti.”
El lobo se agachó, doblando las patas delanteras con lentitud calculada. Ella hizo lo mismo: apuntó la lanza hacia él, agachándose, afianzando su peso sobre las dos piernas, sobre la tierra que se colaba entre los dedos de sus pies y se escondía bajo las uñas. Dio un paso a su derecha, luego dos. Mbao la imitó y ambos rotaron sobre un punto imaginario que los ataba en la misma distancia.
“No volverás a hacer el mal”
“No volverás a interponerte en mi voluntad”
Se paró en seco y Mbao hizo lo mismo, gruñendo sin descanso. Ella también gruñía y sabía que uno de los dos tenía que empezar, pero no iba a ser ella. Ni siquiera se esforzaba en considerarlo: no iba a atacar jamás. Corría el peligro de dormirse o incluso morir de hambre, pero Mbao no era tan paciente: el lobo se lanzó hacia adelante.
Ella puso la lanza en medio y el animal reculó, dio dos pasos a la derecha y se saltó de nuevo. Ella se agachó y el animal dentelló cerca de su rostro, cayó sobre las cuatro patas y lanzó un zarpazo. La mujer saltó a la derecha y Mbao la siguió, pero lo golpeó con la lanza. Ganó un instante para alzar su brazo derecho y gritó:
—¡Nyoka huja!
Dos sierpes translúcidas y azules brotaron de la tierra. Reptaron rápidas hacia Mbao y se alzaron para atacar. El lobo atrapó a una entre las fauces, la otra se enroscó en su pierna. Ella apuntó con la lanza, pero Mbao la esquivó, destrozó a la otra sierpe y atacó. Ella se agachó pero una zarpa se hundió en su hombro. Gritó. Mbao rió.
—¡Saba, njoo tai!
El espíritu de una gigantesca ave apareció entre ambos. Extendió sus alas y arremetió. Ella se apartó en dos zancadas. El ave hundía su pico en el ojo del lobo, pero Mbao la golpeó. De un mordisco, le arrancó la cabeza. Tenía un ojo menos, pero buscó a la mujer con el otro. Las fauces rojas se acercaban.
“Maldita, te mataré”, escuchó en los pulmones del lobo.
El lobo saltó. Ella interpuso la lanza pero una garra se hundió en su frente. Los ojos se le llenaron de sangre. Empujó a Mbao por encima de su cabeza y se giró, ciega.
“Eres mía” gruñó triunfante el lobo, y se abalanzó de nuevo.
—¡Dawa, ayúdame!— suplicó ella y, sin ver, hendió la lanza hacia adelante.
La dentellada nunca llegó. Con la sangre pegada a sus ojos, como si hubiese hundido la cabeza en un mar rojo, escuchaba el leve gemido del lobo y sentía su aliento. Soltó su arma y se limpió la vista con el dorso de la mano. Mbaka estaba a un palmo de su rostro: la lanza le entraba por la boca y salía por su nuca. Había saltado, pero cuatro raíces, cuatro enormes y viejas raíces enroscadas a sus patas y su cuerpo, lo habían detenido al vuelo.
—Gracias, Dawa— susurró ella, con los ojos llenos de lágrimas que, mezclándose con la sangre de su rostro, goteaban sobre la tierra.
Las raíces, como puños artríticos abriéndose, liberaron al lobo, que se desplomó en el suelo, ya muerto. Su único ojo, aún lloroso, parecía observarla.
Ella miró hacia arriba. Sí, a partir de ese día, todo lo que ocurriese era una victoria.
 
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