Nesutoru
Lágrima de mago nerfeado
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I : « BIENVENIDO AL OCASO »
El oscuro cielo se abrió ante ellos. La Luna creciente se elevaba en lo alto, como la monarca de la noche que era, acompañada de la luz de los lejanos astros que no podían, ni por asomo, igualar su brillante luz. Fue un alivio para Alect. Llevaba doce días bajo tierra, doce días sin ver cielo abierto… Ahora su vida era así, debía acostumbrarse a ella, o sería débil.
- Bienvenido al ocaso. - Dijo Artheas. El aspirante a Guardián de la Sangre Eterna no era de muchas palabras. Se había encomendado, por voluntad propia y como misión divina, guiar y enseñar al nuevo “bisoño” lo que era tener el don del Padre, y, por desgracia para Alect, esa misión no comprendía el dar mucha conversación al innato, que era dado a hablar.
- Nunca pensé que pudiera apreciar tanto la noche. - Dijo Alect, tras un momento de quietud. - Antes la detestaba. - El silencio se volvió a hacer, y la evidente duda del caballero quedo suspendida en el aire, sin llegar a ser pronunciada. - Trabajaba en un burdel… - Prosiguió, aclarando las dudas – La noche significaba trabajo. Era horroroso, pero era mi única vida… Nací de una prostituta, y mi único hogar era el burdel.
Un ápice de dolor se dejo entrever entre sus palabras, mientras poco a poco, la rabia le inundaba. Los ecos del pasado eran un tormento irreprimible. El claro estaba en silencio y el único sonido del lugar era la leve brisa que mecía las hojas de los arbustos.
- No tuve el abrazo de una madre, el amor de un padre... Solo escenas violentas, sexuales, mientras pasaba de los brazos de una prostituta a otra en un local que olía constantemente a perfume y fluidos. Una mierda de vida… - Apretó el puño, con fuerza, con ira. - Pero se acabo… No volveré a eso.
El silencio volvió a reinar en el claro durante unos instantes. Tanto el hechicero como el caballero quedaron observando el oscuro horizonte, impregnado de estrellas.
- Felicidades, bisoño… - Pronunció al fin el sacro guerrero, rompiendo el silencio con voz solemne y firme, tal y como él era.- Ahora posees un nuevo don… Un toque que el Padre os ha otorgado. Rezadle, adoradle… Pues ahora sois algo mucho mejor.
- Anhelé muchas veces estar muerto, y aquí estoy… No sabia a quién se lo pedía, y ahora ya sí. - Poco a poco, la reflexión se fue tornando en plegaria. - Os lo agradezco, Padre. Gracias por haberme escuchado, por responder a mis suplicas. Prometo seros fiel y útil, no os defraudaré, ni a vos, ni a la Reina, ni a mí mismo.
El caballero, conforme y complacido ante las palabras del bisoño, asintió en silencio, desenvainando su espada bastarda con un sonido metálico.
- Arrodillate – Sentenció. Alect había descubierto que era mejor obedecer, así que acató sin rechistar. - Alect, tu nueva senda esta marcada por el desconocimiento y la incógnita… Sé fiel a los designios de Bodhi, pues de ella es la palabra sacra. Sé fiel al don que se te otorgó, pues el Padre provee y desaparece. - El metal oscuro de la espada fue reflejado por la Luna, mientras este se posaba en los hombros del nuevo fiel a Kanchelsis. - No existirá muerte para ti, pues tu alma pertenece al Primero y Único.
Tan solemnemente como había desenvainado, el caballero envainó, volviendo a su silencio. Terminada la clandestina y breve ceremonia, Alect se levantó mientras Artheas se dirigía hacia el interior de la cueva, y observó una última vez el cielo estrellado antes de volver a la oscuridad total del subsuelo.