Aderin
Pirata sin barco
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Existen innumerables historias grabadas en las crónicas del tiempo: relatos esculpidos con tinta y memoria, nacidos para ser contemplados por aquellos que buscan aprender o soñar a través de los escritos. Son cuentos destinados a quienes encuentran en la lectura un refugio, un consuelo, una guía. Pero la historia de Vulkran, el joven Reghed, no era de esas que nacen para ser leídas en un cómodo hogar bajo el amparo del fuego... no. La suya era una historia escrita en carne, hielo y sangre. Una historia que no dejaba espacio para el aprendizaje de otros, porque su vida misma era un aprendizaje brutal, tallado en cada aliento, en cada herida, en cada amanecer donde lo único que importaba era sobrevivir un día más en las vastas y despiadadas tierras mas salvajes.
Desde que era un cachorro bajo el gris de los cielos helados, Vulkran sintió el llamado de algo mayor, algo que lo apartaba del destino de la espera en su pueblo, marchando como espíritu que no podía aceptar las cadenas invisibles de un enclave donde el gran Rey se que se aferraba con uñas y dientes a una nueva situación donde las tradiciones se desmoronaban como rocas bajo el embate del tiempo. El enclave de los Picos de las Nubes un nuevo lugar donde los Reghed esperaban residir durante las próximas generaciones según el cachorro en su ignorancia puede ser había perdido el filo de su espíritu guerrero. Los ancianos hablaban, los sabios meditaban, los jefes discutían, pero el enemigo se filtraba según en pensamientos del cachorro Vulkran.
Y así, en un amanecer gélido, cuando los vientos del norte aullaban como los lobos de sus dioses, Vulkran se marchó. Con los dientes apretados y el corazón encendido por la cólera de la juventud, se despidió de los Picos y emprendió el camino. No miró atrás. No hubo lágrimas, no hubo promesas. Solo el eco de sus pasos en la nieve, el crujir del hielo bajo sus botas, y el rugido del Gran Lobo en lo profundo de su alma. Porque él era seguidor de la Bestia Primigenia, el Lobo Eterno que corre por los cielos en las noches de tormenta. Y como su maestro invisible, Vulkran buscaba la prueba, el desafío, la lucha que forja al verdadero guerrero mientras observaba a un cuervo seguirle durante todo el próximo trayecto.
Los caminos que eligió no fueron sencillos. Se adentró en las tierras del sur, donde el sol quemaba en vez de helar, donde la arena sustituía al hielo, y las presas tenían garras tan afiladas como sus colmillos y donde las costumbres de los sureños eran tan peligrosas. Allí, lejos de los lamentos de los suyos, buscaba enfrentarse a bestias y monstruos dignos aunque no llegara a los oídos de los grandes skalds para su propia saga. Cada combate era un rito propio, cada cicatriz, un trofeo. Vulkran no buscaba la gloria de las canciones; buscaba la certeza del hierro en la mano, del sudor en la frente, del enemigo vencido a sus pies. Porque cada victoria lo acercaba al lobo que habitaba en su interior, y cada derrota, cuando llegaba, era una lección escrita en carne.
Los tiempos eran oscuros. Los grandes dragones esas bestias ancestrales que en otro tiempo dormían bajo las montañas ahora despertaban y arrasaban pueblos y ciudades o pedían tributo, extendiendo su sombra sobre estas tierras. Donde pasaban, el fuego devoraba cosechas, hogares y esperanzas. Los hombres y mujeres de las tierras bajas clamaban por orden, suplicaban por héroes o por nuevos reyes, por ejércitos que alzaran murallas de escudos frente a la muerte alada. Pero Vulkran no era de esos. Para él, las cadenas de ese orden eran iguales a las cadenas de la derrota. No buscaba un amo ni un estandarte bajo el cual refugiarse. Él era el lobo solitario, el guerrero sin bandera. Y donde los demás veían caos y destrucción, él veía oportunidad: la forja del verdadero espíritu.
En los mercados de los pueblos sureños, Vulkran comerciaba los restos de sus cacerías: garras, colmillos, cráneos de criaturas de muestra para los hombres. Los mercaderes, aunque temerosos de su mirada feroz, compraban y murmuraban. En sus palabras se entretejían las noticias de desgracia: hablaban del enclave de los Reghedmen envuelto en los alientos de los dargones donde algunos Reghed huyeron al sur, y del problema de las alianzas con supuestos aliados. Para muchos, aquellas noticias eran una losa de desesperanza. Para Vulkran, solo eran la confirmación de lo que siempre había sabido: la debilidad se paga con muerte. La vacilación, con destrucción. Y el mundo estaba lleno de débiles.
Hubiera marchado entonces, de haber podido, a intentar hasta su final cercenar las cabezas de los dragones, y de las gentes que querían brillantes coronas sobre sus cabezas, y de todos aquellos que habían llevado a su pueblo a la ruina. Pero no era tiempo aún. Sabía que la fuerza no nace solo de la furia sin control sin estar en la situación propicia. Sabía que debía seguir en la senda del lobo, endureciendo el cuerpo, el alma y el espíritu. Porque el día llegaría. Y cuando el viento del norte soplara de nuevo sobre las cenizas de las tribus, Vulkran estaría listo. Y ese día, un hijo completo del Gran Lobo caminaría pero la caza apenas comenzaba.
Desde que era un cachorro bajo el gris de los cielos helados, Vulkran sintió el llamado de algo mayor, algo que lo apartaba del destino de la espera en su pueblo, marchando como espíritu que no podía aceptar las cadenas invisibles de un enclave donde el gran Rey se que se aferraba con uñas y dientes a una nueva situación donde las tradiciones se desmoronaban como rocas bajo el embate del tiempo. El enclave de los Picos de las Nubes un nuevo lugar donde los Reghed esperaban residir durante las próximas generaciones según el cachorro en su ignorancia puede ser había perdido el filo de su espíritu guerrero. Los ancianos hablaban, los sabios meditaban, los jefes discutían, pero el enemigo se filtraba según en pensamientos del cachorro Vulkran.
Y así, en un amanecer gélido, cuando los vientos del norte aullaban como los lobos de sus dioses, Vulkran se marchó. Con los dientes apretados y el corazón encendido por la cólera de la juventud, se despidió de los Picos y emprendió el camino. No miró atrás. No hubo lágrimas, no hubo promesas. Solo el eco de sus pasos en la nieve, el crujir del hielo bajo sus botas, y el rugido del Gran Lobo en lo profundo de su alma. Porque él era seguidor de la Bestia Primigenia, el Lobo Eterno que corre por los cielos en las noches de tormenta. Y como su maestro invisible, Vulkran buscaba la prueba, el desafío, la lucha que forja al verdadero guerrero mientras observaba a un cuervo seguirle durante todo el próximo trayecto.
Los caminos que eligió no fueron sencillos. Se adentró en las tierras del sur, donde el sol quemaba en vez de helar, donde la arena sustituía al hielo, y las presas tenían garras tan afiladas como sus colmillos y donde las costumbres de los sureños eran tan peligrosas. Allí, lejos de los lamentos de los suyos, buscaba enfrentarse a bestias y monstruos dignos aunque no llegara a los oídos de los grandes skalds para su propia saga. Cada combate era un rito propio, cada cicatriz, un trofeo. Vulkran no buscaba la gloria de las canciones; buscaba la certeza del hierro en la mano, del sudor en la frente, del enemigo vencido a sus pies. Porque cada victoria lo acercaba al lobo que habitaba en su interior, y cada derrota, cuando llegaba, era una lección escrita en carne.
Los tiempos eran oscuros. Los grandes dragones esas bestias ancestrales que en otro tiempo dormían bajo las montañas ahora despertaban y arrasaban pueblos y ciudades o pedían tributo, extendiendo su sombra sobre estas tierras. Donde pasaban, el fuego devoraba cosechas, hogares y esperanzas. Los hombres y mujeres de las tierras bajas clamaban por orden, suplicaban por héroes o por nuevos reyes, por ejércitos que alzaran murallas de escudos frente a la muerte alada. Pero Vulkran no era de esos. Para él, las cadenas de ese orden eran iguales a las cadenas de la derrota. No buscaba un amo ni un estandarte bajo el cual refugiarse. Él era el lobo solitario, el guerrero sin bandera. Y donde los demás veían caos y destrucción, él veía oportunidad: la forja del verdadero espíritu.
En los mercados de los pueblos sureños, Vulkran comerciaba los restos de sus cacerías: garras, colmillos, cráneos de criaturas de muestra para los hombres. Los mercaderes, aunque temerosos de su mirada feroz, compraban y murmuraban. En sus palabras se entretejían las noticias de desgracia: hablaban del enclave de los Reghedmen envuelto en los alientos de los dargones donde algunos Reghed huyeron al sur, y del problema de las alianzas con supuestos aliados. Para muchos, aquellas noticias eran una losa de desesperanza. Para Vulkran, solo eran la confirmación de lo que siempre había sabido: la debilidad se paga con muerte. La vacilación, con destrucción. Y el mundo estaba lleno de débiles.
Hubiera marchado entonces, de haber podido, a intentar hasta su final cercenar las cabezas de los dragones, y de las gentes que querían brillantes coronas sobre sus cabezas, y de todos aquellos que habían llevado a su pueblo a la ruina. Pero no era tiempo aún. Sabía que la fuerza no nace solo de la furia sin control sin estar en la situación propicia. Sabía que debía seguir en la senda del lobo, endureciendo el cuerpo, el alma y el espíritu. Porque el día llegaría. Y cuando el viento del norte soplara de nuevo sobre las cenizas de las tribus, Vulkran estaría listo. Y ese día, un hijo completo del Gran Lobo caminaría pero la caza apenas comenzaba.
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