Arrakis
Copia defectuosa de Kronobot
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No había luz alguna que se colara en la habitación en la que se encontraba, a pesar de que sabía que hacía horas que el orbe solar se encontraba alzado con firmeza en el firmamento. Ninguna ventana daba al exterior en aquella pequeña sala, donde un olor dulzón y un tanto áspero flotaba denso en la habitación, embruteciendo el ambiente. Había pasado la mayor parte de la noche fumando o bebiendo, intranquila por lo que iba a acontecer. Esos viejos hábitos, abandonados hacía tanto, se habían vuelto a asentar sobre ella como una losa que la mantenía bajo control.
Habían acudido a Murann resueltos, portando algo de oro y con el deseo de participar en un torneo para agasajar a quienes en más de una ocasión les habían ofrecido buenos negocios. Su ánimo se había ido enfriando conforme las miradas de los guardias que observaban el coliseo se iban tornado adustas e intimidatorias. Solo fue cuestión de tiempo que aparecieran por allí los malditos perros del Murkul para llevarse a Migajas a rastras hasta un oscuro agujero.
Los allí presentes eran conscientes. Si callaban, si permanecían en silencio, estaban legitimando la actuación nefasta y la humillación que estaba cayendo sobre ellos. La mujer atesoró ese silencio tan profundamente como había atesorado otras injurias, deslizándola hacia un lado mientras trataba de no vocalizar nada en voz alta que pudiera poner más en peligro a sus acompañantes.
Fue recordar la mirada de Brenna en ese momento lo que más la alteró. Sus ojos, negros, buscando a su padre esa noche en el hogar. Sabía que no lo encontraría, y no sabía cuando podría volver a verlo. Ese pensamiento se clavó como una punzada ardiente en su pecho, mientras su ira ardía cada vez con mas vigor. Tan pequeña. Tan dependiente. El futuro de toda una estirpe, que ahora dependía de ellos.
Apagó el cigarrillo en las molduras de la mesa, exhalando lentamente el humillo en la habitación. Con un destello de ira desplegada lanzó uno de los libros de cuentas en dirección a la pared, desparramando todas las cartas que había estado escribiendo esa noche mientras su mente trataba de tramar una forma de adentarse en Murann y sacar de allí a los cautivos. Quizás no hiciera falta, pero el mensaje que le había transmitido Eclpise había sido claro. Una vez marcharan, no volverían.
Habían encerrado a Migajas. Habían secuestrado a su marido. Habían hecho llorar a su hija, en busca del abrazo de un padre cautivo. Y ella.. ella tenía un milenio por delante para asegurarse de que todo aquello no fuera olvidado.
