Imperator Furiosa
Pasta dulce de Amanda
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Cuando la última carcajada se deshizo como una burbuja de sidra bajo el peso de la noche, Talivia Ha'valen abandonó el recinto de la Reina del Verdor sin escolta ni anuncio, como quien se desliza fuera de un cuadro demasiado iluminado. El sendero hacia el bosque estaba sembrado de pétalos aplastados, pequeñas bocas rosadas que parecían susurrar obscenidades botánicas bajo la suela blanda de sus zapatos campesinos.
Estaba cambiando la naturaleza ordenada de las tierras de cultivo humanas por la naturaleza libre que durante siglos había ofrecido cobijo a sus ancestros élficos . Anudó su falda, de un verde apagado, a un lado de la cadera; las medias de algodón blanco, casi indecentes en su candor, retenían el frescor del anochecer como si cada hilo fuese una hebra de luna. Nadie, al verla así, habría reconocido a la mujer de negocios que días antes había presidido alguna tediosa reunión, ni a la bufona que cosía rosas en la retaguardia de sus propias enaguas para incitar un alborozo revolucionario.
En su mano llevaba una reliquia menor y magnífica: una tecla negra, de ébano, arrancada del piano que Avakot había sacrificado con espadazos operísticos. La contemplaba con el mismo interés con que un entomólogo examina el ala desprendida de una mariposa. Era lisa, oscura, casi tibia aún.
El bosque la recibió con la cortesía húmeda de la medianoche en primavera. Percibía el aroma de la savia y de la madera abierta; un murmullo recorría las copas de los árboles como si el aire ensayara una fuga sin instrumento. Talivia avanzó hasta un claro que conocía y depositó la tecla sobre un tocón cubierto de musgo que parecía un altar improvisado.
En realidad, lo era.
Un ojo afinado podría haber descubierto más de cuarenta y cinco indicios de manipulación bajo el caos vegetal. Ese claro era la arboleda sagrada de Talivia Ha'valen quién, por credo, estaba obligada a no rezar dos veces en el mismo lugar. A lo largo de los años se había dedicado a esconder pequeñas ofrendas sustraídas de los modos más insospechados en aquel lugar, como un zorro oculta su comida bajo tierra.
Estaba cambiando la naturaleza ordenada de las tierras de cultivo humanas por la naturaleza libre que durante siglos había ofrecido cobijo a sus ancestros élficos . Anudó su falda, de un verde apagado, a un lado de la cadera; las medias de algodón blanco, casi indecentes en su candor, retenían el frescor del anochecer como si cada hilo fuese una hebra de luna. Nadie, al verla así, habría reconocido a la mujer de negocios que días antes había presidido alguna tediosa reunión, ni a la bufona que cosía rosas en la retaguardia de sus propias enaguas para incitar un alborozo revolucionario.
En su mano llevaba una reliquia menor y magnífica: una tecla negra, de ébano, arrancada del piano que Avakot había sacrificado con espadazos operísticos. La contemplaba con el mismo interés con que un entomólogo examina el ala desprendida de una mariposa. Era lisa, oscura, casi tibia aún.
El bosque la recibió con la cortesía húmeda de la medianoche en primavera. Percibía el aroma de la savia y de la madera abierta; un murmullo recorría las copas de los árboles como si el aire ensayara una fuga sin instrumento. Talivia avanzó hasta un claro que conocía y depositó la tecla sobre un tocón cubierto de musgo que parecía un altar improvisado.
En realidad, lo era.
Un ojo afinado podría haber descubierto más de cuarenta y cinco indicios de manipulación bajo el caos vegetal. Ese claro era la arboleda sagrada de Talivia Ha'valen quién, por credo, estaba obligada a no rezar dos veces en el mismo lugar. A lo largo de los años se había dedicado a esconder pequeñas ofrendas sustraídas de los modos más insospechados en aquel lugar, como un zorro oculta su comida bajo tierra.
—Para ti, Erevan —murmuró, mientras una sonrisa, leve y privada, cruzó su rostro.
Nunca era un gesto solemne. No sabía rezar con gravedad. Honraba al patrón de las travesuras del único modo que entendía: celebrando lo imperfecto. Aquella tecla rota era perfecta en su fractura. Había dejado un hueco en la melodía, había roto la armonía. Y en ese hueco cabía la libertad. Bajo la arquitectura del deber con la que se revestía latía un mecanismo más secreto: el deseo de sabotear sutilmente las prisiones internas . Aflojar los nudos. Aventar el miedo. Dar a los otros permiso para reír donde deberían callar, para desear donde les habían enseñado a agachar la cabeza.
Se sentó en la hierba, recogiendo la falda con una desvergüenza inconsciente, y apoyó la espalda en el tronco de un roble. Miró sus medias blancas, manchadas ya de tierra en los talones. Le complacía esa mancha.
Un crujido interrumpió la delicada sintaxis del bosque.
Talivia no abrió los ojos de inmediato. La sonrisa volvió, apenas insinuada.
Entre las sombras, algo se movía con torpeza estudiada. Un graznido desafinado, deliberadamente grotesco, quebró la quietud del bosque. La silueta, mitad hombre, mitad ave, se recortó contra la penumbra, exagerando la inclinación del cuello, agitando unas alas demasiado teatrales para ser reales
—¿Otra vez tú? —inquirió ella, con voz cansada, sin levantarse.
El monstruo avanzó un paso, fingiendo amenaza. El pico brilló un instante bajo la luna alta. El Cipotechorra ladeó la cabeza con fingida ferocidad. Había, en ese gesto, algo inequívocamente humano.
Talivia abrió al fin los ojos.
En la penumbra, tras la máscara grotesca, se intuía la melancolía ambarina de unos ojos que conocía demasiado bien. Ella sostuvo la mirada con una calma burlona y algo más profundo, algo que no ofrecía al público.
El Cipotechorra dejó escapar un graznido más bajo, casi íntimo, que se deshizo en una risa contenida. Luego, muy despacio, se inclinó hacia ella, extendiendo sus garras. Y Talivia comprendió de inmediato la dulce ironía que era invertir la fábula de la bella y el monstruo.
El Cipotechorra dejó escapar un graznido más bajo, casi íntimo, que se deshizo en una risa contenida. Luego, muy despacio, se inclinó hacia ella, extendiendo sus garras. Y Talivia comprendió de inmediato la dulce ironía que era invertir la fábula de la bella y el monstruo.