Sam
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Buenas a todos,
Aunque este relajado por tierras francesas, la verdad es que tras el visionado de una película y mis paseos por las calles estrechas de Beziers me han inspirado para construir la historia del viaje de Ayrin en mi ausencia. Espero que os guste a quienes lo leáis ^^
Sam,
- Las conversaciones en cursiva están en rashemí.
La Vampiresa de los Ojos Dorados
Relatos de Ayrin de Rashemen
Anteriormente en Relatos de Ayrin de Rashemen...
Capítulo I - Aguas Profundas
―Llegamos a la ciudad, mamá― la voz de Zaida me despierta de mi duermevela. Estoy cansada, hacía tiempo que no viajaba durante tanto tiempo, el traqueteo del carro se me ha revelado como un adversario terrible. Me duelen todos los huesos. ―Despierta, madre.
Gruño un poco y atrapo a Zaida, la abrazo y le beso la cabeza.
―Déjame dormir un poco más.
Ella se remueve huyendo de mi y empieza moverme sobre el camastro con mucha energía.
―¡No! Despierta, despierta. Hemos llegado ―tiene razón, el carro ha parado. Oigo mucho ruido fuera, una fanfarria de voces, gritos y música. Le sonrío a Zaida, me asomo fuera del carro.
No es fácil describir en pocas palabras lo que veo. Un mar de pendones, cabezas, carpas y lanzas de cuantos colores imaginé son abalanzan sobre mis ojos de forma tan ansiosa que me ciegan. Mis ojos tardan a acostumbrarse, cuando lo hacen veo sus muros, más altos que los de Athkatla y probablemente mejor conservados. Donde pudiera alguien acusar decadencia, esta ciudad responde con autoridad desengañando a los escépticos. Tras los muros la red de torres y tejados inundan el horizonte, sé que debe haber un océano tras ellos, pero me da la sensación que podría estar en cualquier parte. Esta ciudad engaña a los sentidos, es un titán bien despierto que ansía devorar nuevos inquilinos, que los atrae como una sirena hacia lo desconocido. Cuando me doy cuenta Zaida ha saltado del carro, corre con los ojos tan abiertos como nunca se los vi y me llama.
―¡Mamá! ¡Mamá! Aguas Profundas. Hemos llegado a Aguas Profundas.
―No te sueltes Zaida, no conocemos la ciudad y puedes perderte.
―¡Querrás decir que nos podemos perder!
Aprieto su mano, la atraigo hacia mí con una sonrisa. Muevo mi cabeza afirmativamente, pero mi respuesta se pierde por el clamor de los innumerables mercaderes que buscan llamar la atención. Me cuesta centrarme, demasiada aleatoriedad, se me escapan demasiadas cosas. Zaida me vuelve a desafiar mi concentración.
―¡Mira mamá! Fíjate en este animal que rarito es. Parece un cerdito.
Piel oscura, moteada. Es un cerdo, lo he visto antes en Amn. En el puerto de Athkatla.
―¡Bella damita! Tenés buen ojo para con las bestias. ¿Conoce el adorable cerdo enano de Kara-Tur? ¡Una rareza! ―el acento delata al mercader, amniano. Estoy segura que podría regresar a Zhay y encontrarme al único mercader amniano de las provincias, huelen el negocio como lo hacen los sabuesos a los conejos.
―Ella no quiere nada ―intercedo antes de que Zaida responda. Ha aprendido la común muy deprisa, aunque solo la usa para lo que le interesa. El mercader arruga la nariz, sigue mirando a mi hija, sabe cómo hacerme comprar.
―No creo que la pequeña dama sea de la misma opinión ―me responde con una sonrisa maliciosa, me ahorro responderle con la misma moneda. Podrían intentar estafar a un dragón rojo y aun tendrían ganas de preguntarles con qué condimento querría que se los comiesen. Zaida, por suerte, es igual de difícil de manipular que a un dragón, pero me traiciona el no acordarme de que aun tiene once años.
―Mamá, ¿me compras el cerdito? ―me pregunta Zaida tirándome del jubón. La miro, tan pequeña mi niña, y tan manipuladora como su madre. No puedo negarle el capricho, aunque solo sea uno. Miro al mercader con su sonrisita triunfal, mis ojos vibran al escudriñarle y tengo una pequeña victoria al quitarle la sonrisa de la cara.
―¿Cuánto cuesta? ―el amniano divaga un poco, hace ver que hace complejos cálculos con su juego de balanzas de cobre. No le hace falta, pero el espectáculo en parte del negocio.
―Quinientos florines agundinos.
Solo le puedo responder de una forma.
―Estás loco. Quinientos florines son al cambio más de dos mil darthenes. En Athkatla encuentro de esos cerdos a menos de quinientos darthenes y en mejor estado que ese.
El mercader arruga la nariz de forma regia, le he herido su pomposo orgullo mercantil.
―Si tan segura estáis, id a comprar ese cerdo a Athkatla y dejadme en paz.
Siseo bajito, lo justo para que el mercader no me oiga desearle una muerte lenta y encarecidamente dolorosa. Luego le echo una de mis mejores sonrisas cortesanas.
―Pagaré por él cien florines y me ahorraré el espectáculo de acusarle de especulador.
El amniano se hincha como un pavo real que protege su hombría, es gracioso. Intentaré serlo más, me marcaré un farol.
―¿Cómo se atreve? ¿Cómo te atreves extranjera a hablarme de ese modo?
―Me atrevo por conocimiento. Estos animales son rarezas que se encuentran solamente en el Paseo de Waukin de Athkatla, su venta está restringida a Amn por un contrato de exclusividad de cinco años que firmó el Consejo de los Seis con emisarios shou hace tres. Todos los animales vienen marcados con el sello de los Seis en el estómago. De ser este animal una mercancía conseguida de forma legítima no tendrá reparos en enseñarme la barriga del animal, ¿cierto? Porque de tenerla estoy segura de que a las autoridades de la ciudad les interesará saber que un amniano con pocos escrúpulos puede provocar un incidente comercial con entre Aguas Profundas y Amn.
Mantengo la mirada, fija en el mercader. Este intenta mantener el tipo, pero le tiemblan los labios. Suspiro interiormente y doy gracias a todas esas horas observando el trasiego de caravanas en los Llanos y a prestar atención a las explicaciones de Bruno sobre el comercio internacional.
―Cien florines.
―Serán sesenta ahora.
El mercader hace rechinar los dientes, pero no me replica.
―Trato cerrado.
Hago el pago y entrego el cerdito a Zaida. Toma al animal con energía, algo brusca y el cerdo hasta entonces soñoliento, chilla desconsolado. Miro compasivo a la nueva mascota de Zaida, solo espero que su destino sea una buena tumba y no el fondo de un estofado.
―¡Es como el Señor Morcillas! Yo le llamaré Pequeña Morcilla ―exclama Zaida jugando con el animal. El Señor Morcillas, la mascota del hechicero mediano Med Fergard, alguna vez lo había visto en las visitas de este a Ideepton. No era el caso contrario. Abandonamos un poco las calles principales. Le hago saber que deberá cuidar a su mascota, ser responsable de ella. Ella asiente a todo, no me escucha, pero cuando sugiero que un día podría encontrarse a Pequeña Morcilla asado ya sé que me escucha.
―Ella está aquí.
―¿Estás segura, Areth?
―Ha cambiado, pero no olvido a una Hermana nunca. Aunque sea una traidora, maestra.
―Seguidla. Mantenme al tanto de sus movimientos y de lo que busca.
―Hay algo más, maestra.
―Habla.
―Una niña. Va con una niña. Creo que es su hija.
―¿Una hija? ¿La Vampiresa tiene una hija? Un curioso hecho en el curso de los acontecimientos.
―¿Cómo procedemos, señora?
―Tráeme a la niña, Areth.
―¿Qué hacemos con Ayrin?
―Hacedle saber quien se lleva a su pequeña. Hacedle saber que deberá encontrarnos si la quiere recuperar.
―Así se hará, maestra.
―Areth.
―¿Maestra?
―No la subestimes. Antes que tú, estuvo ella.
―Pero yo completé mi adiestramiento, maestra. Ella no.
Capítulo II - Golpe del pasado.
No les había visto llegar. Al atardecer elegí mal una calleja poco poblada, no pude advertir que nos seguían. Cayeron sobre mi como dos halcones desde algún tejado, me golpearon por la espalda aplastando mis omóplatos contra el suelo. Seria arrogante decir que si hubiera estado atenta a mi alrededor, menos pendiente de los caprichos de Zaida, les hubiera descubierto antes. La verdad es que no estoy segura, aunque ahora poco importa. Me duele todo el cuerpo, ha sido un impacto seco, sin miramientos. Uno de ellos deja todo el peso sobre mi columna, me impide moverme, el otro me cachea con vicio. Asqueroso cabrón. Me esfuerzo en localizar a Zaida, la oigo gimotear, pero no la veo. Está fuera de mi alcance, mis ojos empiezan a brillar, no voy a dejar que la toquen estos cerdos.
―¡Mamaaaa!
―¡Dejadla en paz, hijos de perra! ―me remueve, asierro mis dientes de tanto apretarlos. El tipo sobre mi apuntala su posición cuando nota que puedo moverle. Dejan caer un puñal sobre mi nuca, noto como todo mi cuerpo está listo para matar, pero no puedo, he de contenerme. Busco soluciones alternativas.
―¿Qué queréis? Dejadla en paz y haré lo que me pidáis. Cualquier cosa, pero a ella ni la toquéis ―no puedo evitar el tono venenoso en mi voz, es lo suficientemente claro como para que el más tonto de ellos sepa que si me sueltan les mataré a la mínima oportunidad. Estoy olvidando como se hace esto. Zaida llora.
―¡Haced callar a la cría!
Una voz, aguda, elfa o mestiza.
―Callarlas tú, a mi no me toqués los huevus.
Segunda voz, grave, ronca. Humana. El que tengo encima es humano, de unos treinta y pocos, pesa como noventa kilos, yo apenas llego a los cincuenta y cinco. Mis huesos se comprimen, solo voy a tener una oportunidad. Los voy a destripar muy lentamente.
―Soltadme ahora y no habrá consecuencias ―hablo muy lentamente, mi voz truena siniestra y siento la respiración alterada de uno de los humanos, el elfo duda, pero el que tengo encima no se mueve.
―Calla, zorra. O pienso joderte aquí mismo y luego lo mismo haré con tu niña. Calladita hasta que llegue, milady.
Habéis elegido. Espero que aparte un poco el puñal de mi nuca y me remuevo como una alfombra que necesita quitarse el polvo. Mi cuerpo actúa como un látigo que sacude al humano sobre mi, me da tiempo a volverme contra él, el filo me raja parte del moflete y casi me saca el ojo derecho, sin inmutarme le suelto un puñetazo en los bajos del desgraciado, diez minutos fuera de combate. Sin darme un respiro me pongo en pie, localizo hasta tres más. Ropas negras, sin símbolos, ni tatuajes, armas ligeras. No llevo armas, eso no será problema.
―¡Puta! Quieta o me cargo a la criaja. ¿¡Me la cargo, eh!? Me la cargo, joder ―el cabrón agarra a Zaida por el cuello y afila un estilete contra ella. Zaida está paralizada, solo gimotea, pero el tipo está más aterrorizado que mi hija. Los otros dos cierran filas frente a su compañero y a su rehén.
―Sabes que si la matas lo que haré con vosotros será puro arte loviatarita. Soltadla. Ahora.
Todos mis nervios me estimulan para matar, pero trato de gobernar mi cuerpo. No puedo arriesgarme, Zaida está en peligro, pero ellos no saben hasta que punto voy a llegar. Seguiré con el teatro, mis ojos refulgen llamas ambarinas de puro odio. El mestizo titubea.
―¿Qué coño es? La señorita no habló de engendros ni de diabluras.
Doy un paso. Ellos retroceden. Los voy a abrir en canal. El humano le responde.
―No nos pagan lo suficiente para esto.
Doy otro paso. Retroceden un poco más. Bajan imperceptiblemente las armas. Esta vez noto a alguien a mi espalda, me vuelvo de forma instintiva, pero sea lo que sea es rápido. Algo me golpea como un rayo en el brazo derecho, un silbido de cobra me muerde dejándome la marca de un látigo. Una risa irritante siguen a mi gemido.
―Casi, hermana. Pero no eres más rápida que la ira de Loviatar.
Doy un salto atrás, doy ángulo de visión a los asaltantes y a la loca del látigo. No me ha golpeado al azar, me ha dado en un nervio del brazo. Oh, espíritus. Tengo el brazo derecho inutilizado, no puedo moverlo. He de disimular.
―No te esfuerces, hermana. Te he incapacitado un brazo. ¿Quieres que sea el otro? ¿Una pierna? ―se regocija, zorra, he de intentar acercarme a Zaida. Sacarla de aquí, no podré ganar en este estado.
―¿Quién eres tú? ―empiezo mi ruta hacia los tres tipos, están tan acojonados que ni se darán cuenta que me acerco. La loca vuelve a reír, con la boca abierta. Vagamente familiar.
―¿No recuerdas a tu hermana de convento, Ayrin?
Caigo en la cuenta, recuerdo esa risa, esa risa irritante y sádica. La recuerdo entre gritos de placer y agonía.
―Areth.
Aplasta el látigo contra el suelo, salta grava a todos lados.
―¡Exacto, hermanita mayor! Areth. ¡Qué gran satisfacción encontrar la antigua aprendiz de nuestra amada maestra! Porque ella siempre te ha echado de menos, Vampiresa. Nuestra querida maestra Agatha, siempre te tiene entre sus oraciones. Ayrin la Vampiresa. Ayrin.. ¡la Traidora!
Actúa como una cobra, su látigo responde cual extensión de su cuerpo y su punta sale disparada hacia mis ojos. Esta vez estoy preparada, lo esquivo. No tiene tanta suerte el mestizo. Su ojo izquierdo salta por los aires hecho pulpa roja. El alarido es desgarrador. Areth ríe de nuevo, puta loca.
―Ups, fallé.
―¿Queréis la venganza, Areth? ¿Es eso? De bien seguro que Agatha no necesita mercenarios apestosos para hacer su trabajo. ¿Te han servido bien estos señuelos? Déjame acabar la faena por vosotras y empecemos por lo serio.
Ni siquiera ella se espera el gesto. Me vuelvo hacia el humano aun en pie, me agacho para coger el machete del mestizo que ha dejado caer. He hecho este movimiento decenas de veces, pero con los dos brazos moviéndose, pero no es distinto. Solo necesito una mano y mi buena puntería. El primer humano cae con la yugular abierta, a mi media vuelta acompaño un corte lateral por la frente del mercenario que tiene atrapada a Zaida. Cubro a mi hija de la sangre y los sesos que vuelan por los aires. Al tercero, que se retuerce de dolor por la pérdida de un ojo, solo le pateo el cuello. No sé si se lo rompo, pero quedará inconsciente un par de días. Sigo sin notar movilidad en el brazo y, mientras, la zorra de Areth aplaude.
―Magnífico, Vampiresa. Veo que tus instintos no han cambiado. Sigues igual de eficiente, matando, pero no procurando sufrimiento. Siempre fuiste demasiado impetuosa...
No la quiero oír más.
―¡Cállate! Vete ahora mismo por donde has venido y te dejaré con vida. De lo contrario conocerás lo que es ser uno con Loviatar. Eso te lo aseguro.
Amenazar con el dolor eterno a una adoradora de la Dama de la Agonía. No estoy en mis mejores días.
―Me encantaría hermana, compartir de nuevo esas largas sesiones de agónico placer. Pero nuestra maestra tiene algo preparado, algo delicioso. Un regalo. Sí, hermana, pues aunque tú nos hayas dado la espalda, nuestra maestra jamás te dio por perdida. ¡Alégrate, Ayrin la Vampiresa! La vuelta al hogar queda próxima y contigo traes una nueva novicia. ¡Alegrémonos!
―Y una puta mierda.
Dejo a Zaida a un lado, me lanzo a por Areth como una pantera. Voy a por su corazón. Pero soy una pantera estúpida y malherida, ella tiene la distancia. Su látigo chasquea admonitorio y me golpea entre la articulación de mi pierna izquierda y mi cadera. Me mata el nervio, me derrumbo como un árbol al que acaban de talar. La grava se me clava en la frente, se me abre una herida la cabeza. Veo la bota de Areth frente a mi, empieza a azotarme. Grito de dolor, solo tengo la esperanza que alguien me oiga. Entre grito y grito, con mi carne hecha jirones, me asombro aun de lo inocente que soy.
―¡Te has vuelto descuidada, hermana! ¡Muy descuidada!
Zaida. Zaida. No mires. Oigo la voz de Areth.
―Sabrás donde encontrarnos, hermana. Tienes dos días para hacerlo. De regresar con nosotras. O lo hará tu hija por ti. Participa del dolor de la Dama, porque con ella comprendes la verdadera naturaleza del mundo.
Voces. Me arrastran. Me desnudan. Zaida. Muriel. Lo siento.
Capítulo III - Hilos de plata
Hace frío. Dolor, mucho dolor. Risas dementes. Sollozos de Zaida. Una mano. ¿Muriel? Todo está oscuro, no veo nada, pero todo da vueltas. Me mareo, tengo náuseas. El frío destroza mis articulaciones, estoy llena de sangre. ¿Mía? ¡Oh, espíritus! Zaida a mis pies, se muere. Se muere. ¡Ayuda! ¡Muriel! ¡Niennor! No te mueras, por favor, cariño. No responde, algo me arranca de ella. Voces. No quiero irme. ¡Zaida! ¡No te vayas!
—Tiene una pesadilla.
—Me pregunto que soñará.
—Nada bueno. Mira su cara, sufre. Deberíamos despestarla.
—Si la despertamos se va a morir del dolor. Conoces su historial, es inestable. Tanto puede entrar en shock como perder el control. No, deja que el sanador se ocupe de sus heridas.
—¿Cuánto tiempo va estar así, Myst?
—Espero que poco, Álamo. No lo tenemos nosotros ni lo tiene ella. ¡Oh, dioses! Mira su cuerpo.
—Está lleno de cicatrices. Todo lleno. Las recientes, antiguas. Dioses…
—Los sanadores podrán regenerarla por completo. Necesitamos a Ayrin totalmente preparada. No será fácil.
Lentamente vuelvo en mi. Cualquier tópico me quedaría corto para describir mis náuseas. Estoy desnuda, sólo una túnica sobre mi piel. Un dolor fantasma me recorre el cuerpo, como si tras arrancarme la piel alguien se hubieran dedicado a recomponerme a pedazos. Hay dos personas, una a mi izquierda, otra a mi derecha. Intento no moverme, me resulta imposible, necesito saber que no estoy tullida.
—Despertó.
—Ya era hora. Ayrin. ¿Me oyes?
Sí te oigo, pero no te voy a responder, zorra. Déjame recuperar el dominio de mis articulaciones.
—Creo que aun está convalesciente, Myst.
—El sanador dijo que al principio le costaría moverse, ha sido un proceso muy complicado. Las heridas del látigo le llegaban hasta la columna, casi paralítica. Ha tenido suerte.
Látigo. Lo recuerdo. Espíritus.. me duele la cabeza. Areth. Su risa, se llevó a Zaida. No es ella, es otra voz de mujer. No la reconozco, ni la del hombre. Estoy lista, recupero sensibilidad, mi cuerpo despierta con un toque eléctrico y se activa. Lista para matar.
—Espera, creo que ha movido los párpados.
—Deja que lo compruebe, Myst.
Su mano sobre mi. Atrapo como un cepo su muñeca, se la retuerzo y me impulso al suelo. No doy tiempo de reacción, le pongo la otra mano en la nuca y golpeó la frente del hombtr con el borde de la tabla sobre la que había estado tumbada. Le dejo aturdido, antes de que la mujer pueda darse cuenta siquiera de lo que pasa, estoy tras su compañero dispuesta a partirle el cuello. Mis ojos brillan venenosamente dorados, tengo ganas de matar.
—¡Ayrin! Cálmate. Cálmate, estás entre amigos. ¡Amigos!
—¿¡Cuánto tiempo he estado inconsciente!? ¿¡Cuánto!?
Le miro con toda mi rabia, aprieto el cuello del hombre que empieza a ahogarse. Yo no tengo amigos aquí.
—Trece horas. Suéltalo, Ayrin. Somos arpistas. Toma, mira. Queremos ayudarte.
Me muestra el sello de los Arpistas. Lo reconozco cuando no debería, finjo estudiarlo, pero sé que es auténtico. Suavizo mi tenaza sobre el hombre al que llaman Álamo. No le suelto, aun estoy a tiempo de matarle.
—¿Qué queréis de mi?
—Ayudarte, Ayrin. Sabemos lo del secuestro de tu hija. Hacía tiempo que perseguíamos a esa célula loviatarita.
Gruño apretando los dientes. Me quieren usar. Como todos. El hombre intenta zafarse de mi, error. Le dejo hacerse ilusiones de liberarse de mi, me separo y le golpeo en el riñón izquierdo con los nudillos. Cuando se pliega lo remato de un codazo en la nuca, le dejo inconsciente, por poco no muere. He fallado, iba a matar.
—¡Basta!
—No me vais a usar, arpista. Nadie va a hacerlo. Ahora me vas a responder a mis preguntas, si me satisfacen me iré sin más consecuencias. Si no me gustan, tú serás la siguiente.
La mujer me mide con una mirada severa, ella no es una cualquiera. Está curtida, no sería fácil pararla, adopto cautela. Pero las dos sabemos que un enfrentamiento no es una opción, cederemos.
—No te mentiré que el secuestro de tu hija nos haya resultado favorable, pero nosotros sabemos donde se esconden, pero no estamos preparados. Ayúdanos a pararlos y recuperarás a tu hija. Es un trato justo.
Algo me huele muy mal. Este no es el método de actuar de los arpistas, pero el sello es auténtico. ¿Qué ocurre aquí?
—¿Qué me impide sacarte yo misma la información?
La mujer me sonríe desafiante, me gusta el gesto. No se amilana, reconozco esa mirada. Hará lo que haga falta.
—Porque si nuestras informaciones son correctas, tú sola no podrás meterte en su guarida y salir viva. Necesitarás jugar en equipo, nosotros podemos suministrarte objetos mágicos muy útiles. Nos necesitamos y lo sabes.
Estamos varios segundos mirandonos. Nos evaluamos, somos dos depredadoras, nos reconocemos como tal. Me esconde algo, pero no me queda opción. No puedo perder tiempo, he de rescatar a Zaida. Miro a su compañero.
—Me escondéis algo, pero colaboraré. A la mínima oportunidad que me deis de sospechar, se acabó —la mujer asiente hierática, me ofrece la mano.
—Soy la agente Myst de los Arpistas.
Capítulo IV - Cicatrices
Me conducen a una pequeña habitación, parece una celda y apesta como una. Apenas un ventanuco rejado y un candil son las únicas fuentes de iluminación, una cama, una mesa y un espejo. No necesito más. Mis cosas están sobre la cama. Compruebo cada rincón, es una acción estúpida, todo está a la vista, pero no quiero perder las costumbres. Me desnudo y algo no encaja.
Me llevo la mano al costado, mi piel está lisa, tersa. No hay ninguna cicatriz. Mi cuerpo, me han regenerado el cuerpo por completo, todas mis heridas, todos mis recuerdos, todo. Me lo han quitado todo. Grito furiosa, desconsolada, es irracional, no me puedo contener. Me acaban de arrebatar parte de mi misma, me han arrancado mi pasado grabado en cada una de mis cicatrices. Myst llega corriendo a mi habitáculo alarmada, presta al combate. Yo no puedo más que quedarme arrodillada, paso mi mano por mi costado, busco la cicatriz que me dejó Werz. Su recuerdo. Y no está.
—¿Qué habéis hecho? —balbuceo. Mis manos tiemblan. Myst me mira analizando la situación, su voz suena cautelosa.
—Nos hemos encargado de tus cicatrices.
Aprieto los dientes, lijándolos, no abro la boca para hablar.
—¿Con qué derecho? ¿¡Con qué derecho!? —me levanto furiosa, mis ojos brillan mezclándose con lágrimas de desespero. Vuelvo a buscar la cicatriz de Werz, me acabaré rasgando la piel. Debo centrarme, pero no puedo.
—Estabas malherida. Nuestro sanador usó todas sus artes curativas en tu cuerpo. Lo tenías destrozado. Sé racional, Ayrin. En tu estado...
—¡No quiero ser racional! —lanzo la mesa contra el suelo, Myst se sobresalta. Mis ojos brillan ansiosos, quieren matar —. Toda mi vida. Esas cicatrices eran el recuerdo de toda mi vida, un recordatorio, una pena, una penitencia. Y vosotros...
Le agarro del cuello, no se defiende y la empujo contra la pared. Presiono, ella se ahoga, reacciona tarde y me agarra de la muñeca. Habla.
—Ayrin, por favor.. no.
—Werz. Me habéis quitado a Werz.
Corre gente hacia aquí, van a entrar. Reacciono rápido y lanzo a la arpista contra el suelo, su golpea la frente contra el borde de la cama. Cierro la puerta, no va a entrar nadie. Golpean la puerta, me llaman. No les respondo, solo tengo mis ojos brillantes para la arpista. La voy a destripar y luego acabaré con cada uno de los de este refugio. Por primera vez veo terror en los ojos de la mujer, retrocede contra la pared y yo degusto su miedo.
—Ayrin. Escuchame.
—Se acabó el tiempo de escuchar, os he escuchado suficiente.
—¡Deja de hacer la idiota! ¡Piensa en tu hija!
Me detengo, la miro. Tiene razón, Zaida. He de rescatar a mi hija. Tranquila, Ayrin. Sabes como sacar la información, siempre lo recuerdas. Me miro a la mujer y sonrío, sé que si me viera se me helaría la sangre.
—Tranquila, agente Myst. Tengo métodos para saber lo que quiero. Siempre.
Su pulso se acelera, sus iris bizquean buscan salidas. No las tienes, querida. Aquí solo estamos tú y yo. Hablarás, me dirás lo que quiero y te daré una muerte rápida, indolora. Habla de nuevo mientras trata de ponerse en pie, me fijo en la brecha en su cabeza, cae sangre cegándola del ojo izquierdo. Tomo ese flanco con discreción.
—Dios, estas loca. Loca del todo. ¿Qué esperas conseguir con esto? Nada. Unas cicatrices. La vida de tu hija esta en peligro y tu... —niega con la cabeza, resopla. Respondo por inercia.
—Mi pasado esta escrito en ellas. Tenerlas daba sentido a lo que hacía. Me recordaban cuanto me queda por hacer por ser mejor. No estaba preparada para perderlas. Me habéis robado mi penitencia, mi redención.
—¡Déjate de gilipolleces! Te aferras tanto a tu pasado, a tu dolor, a tus miserias... Si quieres pudrirte hazlo, metete en una cueva y no salgas de ella. Pero no te escudes con tus estupideces para no hacer las cosas bien. No te olvides que tienes un deber, un deber para con tu hija y esos loviataritas.
Callo, mi cuerpo tiembla. Sé lo que dice, lo entiendo, me lo repiten. ¿Por qué tan sorda? ¿Por qué quiero flagelarme de este modo? ¿Por qué no simplemente ser? De nuevo patética, de nuevo incapaz de responder. Una niña, no soy más que eso.
—Mátame si quieres. Estoy a tu merced. Pero antes de eso escuchame, mírate. Date una nueva oportunidad, Ayrin. No hay cicatrices, no hay pasado, hay solo un nuevo lienzo, un nuevo futuro. Para ti, para tu hija.
Sigue nerviosa, pero ha retomado la confianza. Yo por contra no lo estoy, no la tengo en mi misma. La razón se filtra en mis ojos, el verde empieza a retomar el control y me siento más ligera, más libre. Myst me ve calmar los músculos, da un paso hacia a mi, no respondo. Me acerca la mano al hombro, no quiero que me toque, no quiero, huiré si lo hace, pero estoy inmovilizada. Es hora de comportarse como un adulto, enfrentarse a lo que temes. Me acaricia el hombro con comprensión, la aparto de mi removiendo el cuerpo.
—Volver a empezar. Un nuevo lienzo.
—Un nuevo futuro. Sin cicatrices.
—Es difícil.
—Para todos lo es. El pasado nos da identidad, nos da sentido. Pero también puede destruir nuestro futuro, Ayrin. ¿Qué futuro deseas?
—Uno en el que esté mi hija.
Capítulo V - Plan de asalto
—Una de vosotras irá a Amn, una de vosotras me acompañará y me servirá para fundar una nueva Capilla en su capital, Athkatla.
La voz de Agatha truena autoritaria a través las tinieblas de la sala. Este lugar tiene un olor mareante de sangre seca, al fin y al cabo se trata de sangre lo que decora las paredes de la capilla. Nuestra Superiora está en pie tras el altar, nos mira con sus ojos sombríos, siempre deseosos de dolor y placer.
—La pregunta es. ¿Quién será?
Agatha nos mira a mi y a Areth. Estoy rígida, me siento tan atrapada, mi cuerpo pide a gritos el agónico tacto de Agatha, mi piel ansía sus uñas clavándose en mi piel. Me siento sola, inválida. Areth, por el contrario, está lista para hacerse merecedora de esa misión.
—Seré yo, por la Doncella y el Dolor Eterno.
La sacerdotisa no responde, se limita a observar en silencio el inevitable choque. No quiero pelear, solo el placer de Agatha en mi cuerpo, solamente eso. Areth me mira, con todo el desprecio del mundo.
—Levantate, vampiresa. La favorita de nuestra Superiora Agatha. Te demostraré lo equivocada que está contigo. ¡En pie!
Me levanto con pocas ganas, Areth me derriba de un golpe en el estómago. No ofrezco resistencia, estoy anulada, me tengo que defender o morir. No puedo, no puedo, mi cuerpo no me pertenece, solo responde ante Ella y ante Agatha.
—¿Y tú eres por quién suspira Loviatar? ¡Das vergüenza a su Poder! Ni siquiera te defiendes. ¿Tan poco orgullo te queda, zorra, que ni siquiera luchas por el derecho a servir a la Doncella?
Otro golpe, sus uñas me arrancan la piel de los brazos. Se deleita en provocarme dolor, sangre, pero no grito, no chillo, solo tengo silencio y esto la desespera. Ni siquiera mi cuerpo me permite eso. Los golpes y arañazos de Areth me dejan en el suelo, encharcando el suelo de sangre. Me da la espalda.
—Nada. Ni siquiera te has defendido. Ni siquiera has gritado. Me repugnas, vampiresa. ¿Qué clase de título es ese? No te lo mereces. ¡No te lo mereces! Suma sacerdotisa, has visto y juzga. ¡Yo merezco el lugar junto a la Superiora Agatha. ¡Yo viajaré a Amn!
El silencio fue la respuesta. Agatha le sonríe de forma que hiela la sangre de Areth, la sacerdotisa no la mira a ella, sino a sus espaldas. La sangre sabe tan bien, oigo a los perritos ladrar...
—Cinco perritos tiene Ayrin...
Estoy a sus espaldas. Es lo último que recuerdo. No. Miento. Recuerdo sus ojos, los ojos de Areth dominados por el terror. Su cuerpo en el suelo, destrozado por mis golpes, por cuchillas que no recordaba tener en mis manos. Areth suplicando clemencia, porque el dolor que le estaba dispensando sobrepasaba todo lo que un mortal puede adorar como placer.
—Ayrin, ya basta. Has demostrado ser quien merezca esta misión. Vendrás conmigo a Amn, mi pequeña.
Ayrin.. Ayrin..
—Ayrin. ¿Nos escuchas?
Myst me mira, moviéndome por el hombro. Reacciono, miro a mi alrededor. Una estancia pobre, solo una mesa con varios mapas. Los arpistas, Myst y Álamo, otros que no reconozco, ocultos tras máscaras. Entorno los ojos, murmuro febril.
—No escuchaba, disculpadme. ¿Qué hablabais?
La mujer me mira celosa de mi ausencia, reconoce que he estado hurgando en mis recuerdos. Una mente difusa es una mente débil, debo centrarme y pensar en Zaida.
—Localizamos el Santuario de los loviataritas hace seis meses. Hasta hace dos semanas nuestros magos han estado escudriñando el lugar, los resultados más exactos nos informan de no menos de una veintena de hombres en el exterior y al menos diez más en las galerías inferiores.
—¿Por qué hasta hace dos semanas?
Álamo toma la palabra con gravedad.
—Hace dos semanas levantaron defensas mágicas contra escudriñamientos y sondeos mágicos. Nuestros magos nos recomiendan no intentarlo más, a riesgo de ponerlos en alerta.
—Segunda fase.
—¿Segunda fase?
—Quiere decir que el Santuario tiene los suficientes adeptos como para ampliar su área de influencia y su sacerdotisa el favor suficiente de Loviatar como para levantar defensas mágicas. De ser así nos queda poco tiempo. En poco llegarán nuevos adeptos de otras Capillas para reforzar sus defensas.
Un arpista gnomo da unos pasos, a pesar de lo que pueda decirse de su raza es claro y conciso.
—En la última semana ha habido movimiento excepcional en la zona. Mercaderes, mercenarios, peregrinos. Muchos sin identificar, estos se pierden y no volvemos a tener noticia de ellos.
Extendemos un silencio tenso, me fijo en el mapa. Un edificio circular, amurallado, no logro encontrar ningún acceso. Me dirijo a Myst.
—¿Qué es este lugar?
La arpista se inclina seria sobre el mapa, guía sus palabras con los dedos sobre el dibujo.
—Es la antigua sede de peleteros de Aguas Profundas, en el distrito del mar, en una zona poco poblada. El edificio está rodeado por una muralla. No tiene accesos conocidos, todos están cerrados o tapiados. Probablemente sean accesos subterráneos. Hay mucho...
Interrumpo, conozco sus métodos.
—¿Qué tabernas y posadas hay a su alrededor? Pongamos a tres calles a la redonda.
El gnomo toma de nuevo la palabra con extraordinaria precisión.
—Tres. Las tabernas del Juglar Errante y la del Final del Camino. Una posada, el Astrolabio.
Miro a Álamo y Myst.
—Ahí tenéis los accesos. Una, dos o las tres están conectadas al Santuario por, como dice Myst, accesos subterráneos.
El gnomo se adelanta, afianzando su posición junto a la mesa.
—En las últimas dos semanas ha habido un pico de clientela en el Astrolabio.
Myst toma la iniciativa.
—Nos infiltraremos por ahí.
—No, si la segunda fase ha empezado, los accesos estarán sembrados de alarmas y guardias. Un asalto frontal estará destinado al fracaso. Tenemos que buscar alternativas.
—¿Escalar los muros?
Sugiere Álamo con seriedad. Es una opción, lenta y peligrosa, pero quizá viable. Myst asiente. Yo la doy por buena, pero el gnomo sugiere una de distinta, una que jamás se me hubiera ocurrido.
—¿Y un asalto aéreo?
Todos le miramos con escepticismo. Por primera vez puedo ver la satisfacción en los labios del gnomo, al fin y al cabo no deja de ser un gnomo.
—Dejad que os cuente...
Capítulo VI - Estrellas fugaces
En ocasiones la mirada de Agatha me hiela la sangre. Es una mirada oscura, repleta de odio y desdén que de poderlo hacer fulminaría al más valeroso de los paladines. Pocas veces me muestra esa mirada, quizá porque odia sentirse fea y cuando suelta esa mirada está horrible. Hace tres meses que abandonamos Puerta del Oeste, llegamos a las inmediaciones de Amn, la ciudad de Esmeltarán nos saluda al sur, pero no entraremos en ella. Los caminos están llenos de refugiados. Guerra. Una horda de no muertos. Tengo miedo, pero no doy pábulo a que se revele en mi rostro, pero Agatha mira con esa mirada a un aventurero, un mozalbete no mayor que yo, escondido tras una vieja cota de mallas.
―Le repito, buena mujer ―insiste―, que los caminos no son seguros. Muertos los rondan buscando joder a los vivos.
―Y yo te repito, aventurero, que te apartes de mi camino. Asuntos importantes llevo a Athkatla, asuntos que ni te importan ni deben esperar.
El humano suspira, como si en cada hálito buscara paciencia. Yo sigo callada, cabizbaja, no existo.
―Mi convicción moral me impide dejarles continuar. No descansaría tranquilo dejando que dos bellas damiselas se adentraran en los peligros de esta tierra, no si yo puedo impedirlo. Por mi honor que no puedo permitirlo.
El humano de fuertes convicciones morales se golpea el pecho, haciendo tintinear las anillas de su armadura. El sonido me disgusta. Agatha va perdiendo la paciencia, yo también.
―No me importan sus estúpidas convicciones morales, estúpido muchacho. Olvidaros de nosotras, déjanos pasar o atente a las consecuencias.
El muchacho aprieta los dientes, sé que Agatha piensa lo mismo que yo. Este estúpido quiere labrarse su pequeña fama, pero ha escuchado demasiadas historias de bardos y ha forzado esa necesidad al extremo de la estupidez. Agatha va a hablar, me adelanto.
―Es guapo. Que nos acompañe.
Agatha y el muchacho me miran, ella enseguida ve la verdad en mis palabras, el muchacho se sonroja.
―Si eso desea el caballero...
No hace falta tantear demasiado. Lo tengo en el bote.
―El caballero así lo desea, escoltaré a dos bellas damiselas hasta la Ciudad de la Moneda.
Agatha se acerca a mi con una sonrisa maligna, me susurra al oído.
―La verdad es que sí es guapo. ¿Cuanta resistencia le pones a esos ojos azules?
Pruebo el sabor de mis labios, mirando al humano, él cree que me he encaprichado de él y me sonríe galán, pero no tiene ni idea de cuales son mis caprichos. La capa del joven caballero se envalentona con el viento que se ha levantado de pronto y...
Una violenta ráfaga de viento me abofetea la mejilla. Veo la ciudad de Aguas Profundas con detalle, a mis pies, innumerables hileras de lucecitas de candiles y antorchas me descubren sus calles y algunos gritos y música lejana me recuerdan que la ciudad vive a pesar de la noche. Me altero un poco, acostumbrándome que estoy a cien metros, suspendida en el aire, de la Ciudad de los Esplendores. Una nueva ráfaga de viento se lleva algunas palabras de Myst a mi lado, no logro oírla, tampoco Álamo, que pide que alce la voz.
―¡Estamos justo encima de la vieja sede de peleteros! El hechizo debe acabar a tres de la madrugada, cuando suene la última campanada los comandos irrumpirán en el Astrolabio y crearán una distracción. ¡Tened listos los anillos!
Álamo que va embutido en una liviana armadura de cuero ennegrecido, comprueba los correajes de la gran espada colgada a su espalda, ruge molesto.
―¡Hace un frío del carajo! ¡Ayrin! ¿Cuantos podemos esperar?
Tomo consciencia de que estoy a punto de lanzarme al vacío y confiar mi vida a un anillo mágico, pero respondo con toda la naturalidad posible, pero he de gritar de forma natural.
―La guardia exterior son mercenarios, pagadas por los nobles, no van a ser un peligro. El riesgo vendrá cuando entremos en el Santuario, adeptos, asesinos de la Capilla. Atacad a los puntos vitales, otra cosa no será útil. Cabeza, cuello y corazón.
Álamo asiente con energía, un brillo fiero se filtra tras su máscara. Myst y yo vamos conjuntadas, cuerno negro, ceñido, con todo el equipo pegado al cuerpo y una máscara arpista. Yo llevo un sable élfico atado a la espalda, casi no noto su peso. Myst lleva un arco corto, varias flechas pegadas en el muslo enrolladas con fuerza con una cinto gruesa de cuerno.
―¡A veinte metros activad anillos! ¡En el suelo, apretad la runa de la sien derecha de la máscara!
Primera campanada. Myst ordena.
―¡Avanzar directos al Santuario!
Segunda campanada. Álamo apuntilla la situación con energía.
―¡Joder! Me voy a mear de la emoción.
Tercera campanada. Sin piedad, a por Zaida.
―¡A por ellos!
Somos oscuras estrellas fugaces. El efecto mágico que los mantenía en el aire se ha disipado, ahora caemos al vacío. Quiero gritar de la emoción, me embarga una euforia loca, esto me encanta. Algún día lo repetiré, con Zaida, es una experiencia increíble. Me centro, te salvaré hija mía.
―¡Anillos!
Acaricio el anillo, un leve zumbido me rodea y frena la caída. Como tres sombras sincronizadas, caemos en el mismo centro del patio del edificio. Está desierto. No tenemos tiempo de asegurar, es la hora de la acción. Aprieto la runa de la máscara, ubicada en mi sien, casi al instante la oscuridad pierde su amenaza, todo se recubre una variopinta sucesión de tonos grises. La noche ya no esconde secretos para mi, pero dejo que la noche me convierta en ella.
Myst da la señal de avance, nos movemos al lado izquierdo del patio, bajo los arcos de los pórticos que abren las primeras puertas, todas cerradas. Myst saca su pequeño arco, prepara una flecha mientras avanza, junto a ella Álamo emite una caricia a la vaina liberando su bastarda, yo acomodo el liviano sable élfico en mis manos. Myst nos dirige sin titubear a la puerta que nos da acceso a las galerías interiores, necesitamos un minuto para colocarnos a lado y lado del acceso. La arpista mueve la cabeza a su compañero, el hombre se agacha junto a la puerta, acerca la mano y no deben pasar muchos segundos que el guante, oscuro como la antracita, empieza a brillar con cuidados símbolos rúnicos azul claro. Arrugo la frente, no tardo mucho en saber que pasa.
―Aura débil. Segunda Esfera, Abjuración. Un hechizo de Alarma.
Myst me mira, le respondo con cara de circunstancias.
―Guantes detectores de magia, un juguetito de nuestros mecenas.
―Y no solo eso.
Las palabras de Álamo anuncian la activación de un nuevo elemento del guante mágico. En los dedos se forman pequeñas hebras azul oscuro con distinta intensidad. El arpista baja los dedos a excepción del índice, que es el que menos brilla y apunta a la puerta. Un pequeño fogonazo blanco delata nuestra posición una fracción de segundo, pero no traiciona a nuestro silencio. El hombre se queda mirando unos instantes más la puerta y se levanta. Sonríe satisfecho.
―Alarma desactivada.
Myst asiente con la misma sonrisa, yo no puedo más que responder con asombro. La mujer abre con cautela la puerta, otea el fúnebre silencio del interior, no ocurre nada, ninguna respuesta. Myst me mira y sonríe de nuevo.
―Juguetitos.
Próximo capítulo: Cuestión de rivalidad
Aunque este relajado por tierras francesas, la verdad es que tras el visionado de una película y mis paseos por las calles estrechas de Beziers me han inspirado para construir la historia del viaje de Ayrin en mi ausencia. Espero que os guste a quienes lo leáis ^^
Sam,
- Las conversaciones en cursiva están en rashemí.
La Vampiresa de los Ojos Dorados
Relatos de Ayrin de Rashemen
Anteriormente en Relatos de Ayrin de Rashemen...
Capítulo I - Aguas Profundas
―Llegamos a la ciudad, mamá― la voz de Zaida me despierta de mi duermevela. Estoy cansada, hacía tiempo que no viajaba durante tanto tiempo, el traqueteo del carro se me ha revelado como un adversario terrible. Me duelen todos los huesos. ―Despierta, madre.
Gruño un poco y atrapo a Zaida, la abrazo y le beso la cabeza.
―Déjame dormir un poco más.
Ella se remueve huyendo de mi y empieza moverme sobre el camastro con mucha energía.
―¡No! Despierta, despierta. Hemos llegado ―tiene razón, el carro ha parado. Oigo mucho ruido fuera, una fanfarria de voces, gritos y música. Le sonrío a Zaida, me asomo fuera del carro.
No es fácil describir en pocas palabras lo que veo. Un mar de pendones, cabezas, carpas y lanzas de cuantos colores imaginé son abalanzan sobre mis ojos de forma tan ansiosa que me ciegan. Mis ojos tardan a acostumbrarse, cuando lo hacen veo sus muros, más altos que los de Athkatla y probablemente mejor conservados. Donde pudiera alguien acusar decadencia, esta ciudad responde con autoridad desengañando a los escépticos. Tras los muros la red de torres y tejados inundan el horizonte, sé que debe haber un océano tras ellos, pero me da la sensación que podría estar en cualquier parte. Esta ciudad engaña a los sentidos, es un titán bien despierto que ansía devorar nuevos inquilinos, que los atrae como una sirena hacia lo desconocido. Cuando me doy cuenta Zaida ha saltado del carro, corre con los ojos tan abiertos como nunca se los vi y me llama.
―¡Mamá! ¡Mamá! Aguas Profundas. Hemos llegado a Aguas Profundas.
―No te sueltes Zaida, no conocemos la ciudad y puedes perderte.
―¡Querrás decir que nos podemos perder!
Aprieto su mano, la atraigo hacia mí con una sonrisa. Muevo mi cabeza afirmativamente, pero mi respuesta se pierde por el clamor de los innumerables mercaderes que buscan llamar la atención. Me cuesta centrarme, demasiada aleatoriedad, se me escapan demasiadas cosas. Zaida me vuelve a desafiar mi concentración.
―¡Mira mamá! Fíjate en este animal que rarito es. Parece un cerdito.
Piel oscura, moteada. Es un cerdo, lo he visto antes en Amn. En el puerto de Athkatla.
―¡Bella damita! Tenés buen ojo para con las bestias. ¿Conoce el adorable cerdo enano de Kara-Tur? ¡Una rareza! ―el acento delata al mercader, amniano. Estoy segura que podría regresar a Zhay y encontrarme al único mercader amniano de las provincias, huelen el negocio como lo hacen los sabuesos a los conejos.
―Ella no quiere nada ―intercedo antes de que Zaida responda. Ha aprendido la común muy deprisa, aunque solo la usa para lo que le interesa. El mercader arruga la nariz, sigue mirando a mi hija, sabe cómo hacerme comprar.
―No creo que la pequeña dama sea de la misma opinión ―me responde con una sonrisa maliciosa, me ahorro responderle con la misma moneda. Podrían intentar estafar a un dragón rojo y aun tendrían ganas de preguntarles con qué condimento querría que se los comiesen. Zaida, por suerte, es igual de difícil de manipular que a un dragón, pero me traiciona el no acordarme de que aun tiene once años.
―Mamá, ¿me compras el cerdito? ―me pregunta Zaida tirándome del jubón. La miro, tan pequeña mi niña, y tan manipuladora como su madre. No puedo negarle el capricho, aunque solo sea uno. Miro al mercader con su sonrisita triunfal, mis ojos vibran al escudriñarle y tengo una pequeña victoria al quitarle la sonrisa de la cara.
―¿Cuánto cuesta? ―el amniano divaga un poco, hace ver que hace complejos cálculos con su juego de balanzas de cobre. No le hace falta, pero el espectáculo en parte del negocio.
―Quinientos florines agundinos.
Solo le puedo responder de una forma.
―Estás loco. Quinientos florines son al cambio más de dos mil darthenes. En Athkatla encuentro de esos cerdos a menos de quinientos darthenes y en mejor estado que ese.
El mercader arruga la nariz de forma regia, le he herido su pomposo orgullo mercantil.
―Si tan segura estáis, id a comprar ese cerdo a Athkatla y dejadme en paz.
Siseo bajito, lo justo para que el mercader no me oiga desearle una muerte lenta y encarecidamente dolorosa. Luego le echo una de mis mejores sonrisas cortesanas.
―Pagaré por él cien florines y me ahorraré el espectáculo de acusarle de especulador.
El amniano se hincha como un pavo real que protege su hombría, es gracioso. Intentaré serlo más, me marcaré un farol.
―¿Cómo se atreve? ¿Cómo te atreves extranjera a hablarme de ese modo?
―Me atrevo por conocimiento. Estos animales son rarezas que se encuentran solamente en el Paseo de Waukin de Athkatla, su venta está restringida a Amn por un contrato de exclusividad de cinco años que firmó el Consejo de los Seis con emisarios shou hace tres. Todos los animales vienen marcados con el sello de los Seis en el estómago. De ser este animal una mercancía conseguida de forma legítima no tendrá reparos en enseñarme la barriga del animal, ¿cierto? Porque de tenerla estoy segura de que a las autoridades de la ciudad les interesará saber que un amniano con pocos escrúpulos puede provocar un incidente comercial con entre Aguas Profundas y Amn.
Mantengo la mirada, fija en el mercader. Este intenta mantener el tipo, pero le tiemblan los labios. Suspiro interiormente y doy gracias a todas esas horas observando el trasiego de caravanas en los Llanos y a prestar atención a las explicaciones de Bruno sobre el comercio internacional.
―Cien florines.
―Serán sesenta ahora.
El mercader hace rechinar los dientes, pero no me replica.
―Trato cerrado.
Hago el pago y entrego el cerdito a Zaida. Toma al animal con energía, algo brusca y el cerdo hasta entonces soñoliento, chilla desconsolado. Miro compasivo a la nueva mascota de Zaida, solo espero que su destino sea una buena tumba y no el fondo de un estofado.
―¡Es como el Señor Morcillas! Yo le llamaré Pequeña Morcilla ―exclama Zaida jugando con el animal. El Señor Morcillas, la mascota del hechicero mediano Med Fergard, alguna vez lo había visto en las visitas de este a Ideepton. No era el caso contrario. Abandonamos un poco las calles principales. Le hago saber que deberá cuidar a su mascota, ser responsable de ella. Ella asiente a todo, no me escucha, pero cuando sugiero que un día podría encontrarse a Pequeña Morcilla asado ya sé que me escucha.
―Ella está aquí.
―¿Estás segura, Areth?
―Ha cambiado, pero no olvido a una Hermana nunca. Aunque sea una traidora, maestra.
―Seguidla. Mantenme al tanto de sus movimientos y de lo que busca.
―Hay algo más, maestra.
―Habla.
―Una niña. Va con una niña. Creo que es su hija.
―¿Una hija? ¿La Vampiresa tiene una hija? Un curioso hecho en el curso de los acontecimientos.
―¿Cómo procedemos, señora?
―Tráeme a la niña, Areth.
―¿Qué hacemos con Ayrin?
―Hacedle saber quien se lleva a su pequeña. Hacedle saber que deberá encontrarnos si la quiere recuperar.
―Así se hará, maestra.
―Areth.
―¿Maestra?
―No la subestimes. Antes que tú, estuvo ella.
―Pero yo completé mi adiestramiento, maestra. Ella no.
Capítulo II - Golpe del pasado.
No les había visto llegar. Al atardecer elegí mal una calleja poco poblada, no pude advertir que nos seguían. Cayeron sobre mi como dos halcones desde algún tejado, me golpearon por la espalda aplastando mis omóplatos contra el suelo. Seria arrogante decir que si hubiera estado atenta a mi alrededor, menos pendiente de los caprichos de Zaida, les hubiera descubierto antes. La verdad es que no estoy segura, aunque ahora poco importa. Me duele todo el cuerpo, ha sido un impacto seco, sin miramientos. Uno de ellos deja todo el peso sobre mi columna, me impide moverme, el otro me cachea con vicio. Asqueroso cabrón. Me esfuerzo en localizar a Zaida, la oigo gimotear, pero no la veo. Está fuera de mi alcance, mis ojos empiezan a brillar, no voy a dejar que la toquen estos cerdos.
―¡Mamaaaa!
―¡Dejadla en paz, hijos de perra! ―me remueve, asierro mis dientes de tanto apretarlos. El tipo sobre mi apuntala su posición cuando nota que puedo moverle. Dejan caer un puñal sobre mi nuca, noto como todo mi cuerpo está listo para matar, pero no puedo, he de contenerme. Busco soluciones alternativas.
―¿Qué queréis? Dejadla en paz y haré lo que me pidáis. Cualquier cosa, pero a ella ni la toquéis ―no puedo evitar el tono venenoso en mi voz, es lo suficientemente claro como para que el más tonto de ellos sepa que si me sueltan les mataré a la mínima oportunidad. Estoy olvidando como se hace esto. Zaida llora.
―¡Haced callar a la cría!
Una voz, aguda, elfa o mestiza.
―Callarlas tú, a mi no me toqués los huevus.
Segunda voz, grave, ronca. Humana. El que tengo encima es humano, de unos treinta y pocos, pesa como noventa kilos, yo apenas llego a los cincuenta y cinco. Mis huesos se comprimen, solo voy a tener una oportunidad. Los voy a destripar muy lentamente.
―Soltadme ahora y no habrá consecuencias ―hablo muy lentamente, mi voz truena siniestra y siento la respiración alterada de uno de los humanos, el elfo duda, pero el que tengo encima no se mueve.
―Calla, zorra. O pienso joderte aquí mismo y luego lo mismo haré con tu niña. Calladita hasta que llegue, milady.
Habéis elegido. Espero que aparte un poco el puñal de mi nuca y me remuevo como una alfombra que necesita quitarse el polvo. Mi cuerpo actúa como un látigo que sacude al humano sobre mi, me da tiempo a volverme contra él, el filo me raja parte del moflete y casi me saca el ojo derecho, sin inmutarme le suelto un puñetazo en los bajos del desgraciado, diez minutos fuera de combate. Sin darme un respiro me pongo en pie, localizo hasta tres más. Ropas negras, sin símbolos, ni tatuajes, armas ligeras. No llevo armas, eso no será problema.
―¡Puta! Quieta o me cargo a la criaja. ¿¡Me la cargo, eh!? Me la cargo, joder ―el cabrón agarra a Zaida por el cuello y afila un estilete contra ella. Zaida está paralizada, solo gimotea, pero el tipo está más aterrorizado que mi hija. Los otros dos cierran filas frente a su compañero y a su rehén.
―Sabes que si la matas lo que haré con vosotros será puro arte loviatarita. Soltadla. Ahora.
Todos mis nervios me estimulan para matar, pero trato de gobernar mi cuerpo. No puedo arriesgarme, Zaida está en peligro, pero ellos no saben hasta que punto voy a llegar. Seguiré con el teatro, mis ojos refulgen llamas ambarinas de puro odio. El mestizo titubea.
―¿Qué coño es? La señorita no habló de engendros ni de diabluras.
Doy un paso. Ellos retroceden. Los voy a abrir en canal. El humano le responde.
―No nos pagan lo suficiente para esto.
Doy otro paso. Retroceden un poco más. Bajan imperceptiblemente las armas. Esta vez noto a alguien a mi espalda, me vuelvo de forma instintiva, pero sea lo que sea es rápido. Algo me golpea como un rayo en el brazo derecho, un silbido de cobra me muerde dejándome la marca de un látigo. Una risa irritante siguen a mi gemido.
―Casi, hermana. Pero no eres más rápida que la ira de Loviatar.
Doy un salto atrás, doy ángulo de visión a los asaltantes y a la loca del látigo. No me ha golpeado al azar, me ha dado en un nervio del brazo. Oh, espíritus. Tengo el brazo derecho inutilizado, no puedo moverlo. He de disimular.
―No te esfuerces, hermana. Te he incapacitado un brazo. ¿Quieres que sea el otro? ¿Una pierna? ―se regocija, zorra, he de intentar acercarme a Zaida. Sacarla de aquí, no podré ganar en este estado.
―¿Quién eres tú? ―empiezo mi ruta hacia los tres tipos, están tan acojonados que ni se darán cuenta que me acerco. La loca vuelve a reír, con la boca abierta. Vagamente familiar.
―¿No recuerdas a tu hermana de convento, Ayrin?
Caigo en la cuenta, recuerdo esa risa, esa risa irritante y sádica. La recuerdo entre gritos de placer y agonía.
―Areth.
Aplasta el látigo contra el suelo, salta grava a todos lados.
―¡Exacto, hermanita mayor! Areth. ¡Qué gran satisfacción encontrar la antigua aprendiz de nuestra amada maestra! Porque ella siempre te ha echado de menos, Vampiresa. Nuestra querida maestra Agatha, siempre te tiene entre sus oraciones. Ayrin la Vampiresa. Ayrin.. ¡la Traidora!
Actúa como una cobra, su látigo responde cual extensión de su cuerpo y su punta sale disparada hacia mis ojos. Esta vez estoy preparada, lo esquivo. No tiene tanta suerte el mestizo. Su ojo izquierdo salta por los aires hecho pulpa roja. El alarido es desgarrador. Areth ríe de nuevo, puta loca.
―Ups, fallé.
―¿Queréis la venganza, Areth? ¿Es eso? De bien seguro que Agatha no necesita mercenarios apestosos para hacer su trabajo. ¿Te han servido bien estos señuelos? Déjame acabar la faena por vosotras y empecemos por lo serio.
Ni siquiera ella se espera el gesto. Me vuelvo hacia el humano aun en pie, me agacho para coger el machete del mestizo que ha dejado caer. He hecho este movimiento decenas de veces, pero con los dos brazos moviéndose, pero no es distinto. Solo necesito una mano y mi buena puntería. El primer humano cae con la yugular abierta, a mi media vuelta acompaño un corte lateral por la frente del mercenario que tiene atrapada a Zaida. Cubro a mi hija de la sangre y los sesos que vuelan por los aires. Al tercero, que se retuerce de dolor por la pérdida de un ojo, solo le pateo el cuello. No sé si se lo rompo, pero quedará inconsciente un par de días. Sigo sin notar movilidad en el brazo y, mientras, la zorra de Areth aplaude.
―Magnífico, Vampiresa. Veo que tus instintos no han cambiado. Sigues igual de eficiente, matando, pero no procurando sufrimiento. Siempre fuiste demasiado impetuosa...
No la quiero oír más.
―¡Cállate! Vete ahora mismo por donde has venido y te dejaré con vida. De lo contrario conocerás lo que es ser uno con Loviatar. Eso te lo aseguro.
Amenazar con el dolor eterno a una adoradora de la Dama de la Agonía. No estoy en mis mejores días.
―Me encantaría hermana, compartir de nuevo esas largas sesiones de agónico placer. Pero nuestra maestra tiene algo preparado, algo delicioso. Un regalo. Sí, hermana, pues aunque tú nos hayas dado la espalda, nuestra maestra jamás te dio por perdida. ¡Alégrate, Ayrin la Vampiresa! La vuelta al hogar queda próxima y contigo traes una nueva novicia. ¡Alegrémonos!
―Y una puta mierda.
Dejo a Zaida a un lado, me lanzo a por Areth como una pantera. Voy a por su corazón. Pero soy una pantera estúpida y malherida, ella tiene la distancia. Su látigo chasquea admonitorio y me golpea entre la articulación de mi pierna izquierda y mi cadera. Me mata el nervio, me derrumbo como un árbol al que acaban de talar. La grava se me clava en la frente, se me abre una herida la cabeza. Veo la bota de Areth frente a mi, empieza a azotarme. Grito de dolor, solo tengo la esperanza que alguien me oiga. Entre grito y grito, con mi carne hecha jirones, me asombro aun de lo inocente que soy.
―¡Te has vuelto descuidada, hermana! ¡Muy descuidada!
Zaida. Zaida. No mires. Oigo la voz de Areth.
―Sabrás donde encontrarnos, hermana. Tienes dos días para hacerlo. De regresar con nosotras. O lo hará tu hija por ti. Participa del dolor de la Dama, porque con ella comprendes la verdadera naturaleza del mundo.
Voces. Me arrastran. Me desnudan. Zaida. Muriel. Lo siento.
Capítulo III - Hilos de plata
Hace frío. Dolor, mucho dolor. Risas dementes. Sollozos de Zaida. Una mano. ¿Muriel? Todo está oscuro, no veo nada, pero todo da vueltas. Me mareo, tengo náuseas. El frío destroza mis articulaciones, estoy llena de sangre. ¿Mía? ¡Oh, espíritus! Zaida a mis pies, se muere. Se muere. ¡Ayuda! ¡Muriel! ¡Niennor! No te mueras, por favor, cariño. No responde, algo me arranca de ella. Voces. No quiero irme. ¡Zaida! ¡No te vayas!
—Tiene una pesadilla.
—Me pregunto que soñará.
—Nada bueno. Mira su cara, sufre. Deberíamos despestarla.
—Si la despertamos se va a morir del dolor. Conoces su historial, es inestable. Tanto puede entrar en shock como perder el control. No, deja que el sanador se ocupe de sus heridas.
—¿Cuánto tiempo va estar así, Myst?
—Espero que poco, Álamo. No lo tenemos nosotros ni lo tiene ella. ¡Oh, dioses! Mira su cuerpo.
—Está lleno de cicatrices. Todo lleno. Las recientes, antiguas. Dioses…
—Los sanadores podrán regenerarla por completo. Necesitamos a Ayrin totalmente preparada. No será fácil.
Lentamente vuelvo en mi. Cualquier tópico me quedaría corto para describir mis náuseas. Estoy desnuda, sólo una túnica sobre mi piel. Un dolor fantasma me recorre el cuerpo, como si tras arrancarme la piel alguien se hubieran dedicado a recomponerme a pedazos. Hay dos personas, una a mi izquierda, otra a mi derecha. Intento no moverme, me resulta imposible, necesito saber que no estoy tullida.
—Despertó.
—Ya era hora. Ayrin. ¿Me oyes?
Sí te oigo, pero no te voy a responder, zorra. Déjame recuperar el dominio de mis articulaciones.
—Creo que aun está convalesciente, Myst.
—El sanador dijo que al principio le costaría moverse, ha sido un proceso muy complicado. Las heridas del látigo le llegaban hasta la columna, casi paralítica. Ha tenido suerte.
Látigo. Lo recuerdo. Espíritus.. me duele la cabeza. Areth. Su risa, se llevó a Zaida. No es ella, es otra voz de mujer. No la reconozco, ni la del hombre. Estoy lista, recupero sensibilidad, mi cuerpo despierta con un toque eléctrico y se activa. Lista para matar.
—Espera, creo que ha movido los párpados.
—Deja que lo compruebe, Myst.
Su mano sobre mi. Atrapo como un cepo su muñeca, se la retuerzo y me impulso al suelo. No doy tiempo de reacción, le pongo la otra mano en la nuca y golpeó la frente del hombtr con el borde de la tabla sobre la que había estado tumbada. Le dejo aturdido, antes de que la mujer pueda darse cuenta siquiera de lo que pasa, estoy tras su compañero dispuesta a partirle el cuello. Mis ojos brillan venenosamente dorados, tengo ganas de matar.
—¡Ayrin! Cálmate. Cálmate, estás entre amigos. ¡Amigos!
—¿¡Cuánto tiempo he estado inconsciente!? ¿¡Cuánto!?
Le miro con toda mi rabia, aprieto el cuello del hombre que empieza a ahogarse. Yo no tengo amigos aquí.
—Trece horas. Suéltalo, Ayrin. Somos arpistas. Toma, mira. Queremos ayudarte.
Me muestra el sello de los Arpistas. Lo reconozco cuando no debería, finjo estudiarlo, pero sé que es auténtico. Suavizo mi tenaza sobre el hombre al que llaman Álamo. No le suelto, aun estoy a tiempo de matarle.
—¿Qué queréis de mi?
—Ayudarte, Ayrin. Sabemos lo del secuestro de tu hija. Hacía tiempo que perseguíamos a esa célula loviatarita.
Gruño apretando los dientes. Me quieren usar. Como todos. El hombre intenta zafarse de mi, error. Le dejo hacerse ilusiones de liberarse de mi, me separo y le golpeo en el riñón izquierdo con los nudillos. Cuando se pliega lo remato de un codazo en la nuca, le dejo inconsciente, por poco no muere. He fallado, iba a matar.
—¡Basta!
—No me vais a usar, arpista. Nadie va a hacerlo. Ahora me vas a responder a mis preguntas, si me satisfacen me iré sin más consecuencias. Si no me gustan, tú serás la siguiente.
La mujer me mide con una mirada severa, ella no es una cualquiera. Está curtida, no sería fácil pararla, adopto cautela. Pero las dos sabemos que un enfrentamiento no es una opción, cederemos.
—No te mentiré que el secuestro de tu hija nos haya resultado favorable, pero nosotros sabemos donde se esconden, pero no estamos preparados. Ayúdanos a pararlos y recuperarás a tu hija. Es un trato justo.
Algo me huele muy mal. Este no es el método de actuar de los arpistas, pero el sello es auténtico. ¿Qué ocurre aquí?
—¿Qué me impide sacarte yo misma la información?
La mujer me sonríe desafiante, me gusta el gesto. No se amilana, reconozco esa mirada. Hará lo que haga falta.
—Porque si nuestras informaciones son correctas, tú sola no podrás meterte en su guarida y salir viva. Necesitarás jugar en equipo, nosotros podemos suministrarte objetos mágicos muy útiles. Nos necesitamos y lo sabes.
Estamos varios segundos mirandonos. Nos evaluamos, somos dos depredadoras, nos reconocemos como tal. Me esconde algo, pero no me queda opción. No puedo perder tiempo, he de rescatar a Zaida. Miro a su compañero.
—Me escondéis algo, pero colaboraré. A la mínima oportunidad que me deis de sospechar, se acabó —la mujer asiente hierática, me ofrece la mano.
—Soy la agente Myst de los Arpistas.
Capítulo IV - Cicatrices
Me conducen a una pequeña habitación, parece una celda y apesta como una. Apenas un ventanuco rejado y un candil son las únicas fuentes de iluminación, una cama, una mesa y un espejo. No necesito más. Mis cosas están sobre la cama. Compruebo cada rincón, es una acción estúpida, todo está a la vista, pero no quiero perder las costumbres. Me desnudo y algo no encaja.
Me llevo la mano al costado, mi piel está lisa, tersa. No hay ninguna cicatriz. Mi cuerpo, me han regenerado el cuerpo por completo, todas mis heridas, todos mis recuerdos, todo. Me lo han quitado todo. Grito furiosa, desconsolada, es irracional, no me puedo contener. Me acaban de arrebatar parte de mi misma, me han arrancado mi pasado grabado en cada una de mis cicatrices. Myst llega corriendo a mi habitáculo alarmada, presta al combate. Yo no puedo más que quedarme arrodillada, paso mi mano por mi costado, busco la cicatriz que me dejó Werz. Su recuerdo. Y no está.
—¿Qué habéis hecho? —balbuceo. Mis manos tiemblan. Myst me mira analizando la situación, su voz suena cautelosa.
—Nos hemos encargado de tus cicatrices.
Aprieto los dientes, lijándolos, no abro la boca para hablar.
—¿Con qué derecho? ¿¡Con qué derecho!? —me levanto furiosa, mis ojos brillan mezclándose con lágrimas de desespero. Vuelvo a buscar la cicatriz de Werz, me acabaré rasgando la piel. Debo centrarme, pero no puedo.
—Estabas malherida. Nuestro sanador usó todas sus artes curativas en tu cuerpo. Lo tenías destrozado. Sé racional, Ayrin. En tu estado...
—¡No quiero ser racional! —lanzo la mesa contra el suelo, Myst se sobresalta. Mis ojos brillan ansiosos, quieren matar —. Toda mi vida. Esas cicatrices eran el recuerdo de toda mi vida, un recordatorio, una pena, una penitencia. Y vosotros...
Le agarro del cuello, no se defiende y la empujo contra la pared. Presiono, ella se ahoga, reacciona tarde y me agarra de la muñeca. Habla.
—Ayrin, por favor.. no.
—Werz. Me habéis quitado a Werz.
Corre gente hacia aquí, van a entrar. Reacciono rápido y lanzo a la arpista contra el suelo, su golpea la frente contra el borde de la cama. Cierro la puerta, no va a entrar nadie. Golpean la puerta, me llaman. No les respondo, solo tengo mis ojos brillantes para la arpista. La voy a destripar y luego acabaré con cada uno de los de este refugio. Por primera vez veo terror en los ojos de la mujer, retrocede contra la pared y yo degusto su miedo.
—Ayrin. Escuchame.
—Se acabó el tiempo de escuchar, os he escuchado suficiente.
—¡Deja de hacer la idiota! ¡Piensa en tu hija!
Me detengo, la miro. Tiene razón, Zaida. He de rescatar a mi hija. Tranquila, Ayrin. Sabes como sacar la información, siempre lo recuerdas. Me miro a la mujer y sonrío, sé que si me viera se me helaría la sangre.
—Tranquila, agente Myst. Tengo métodos para saber lo que quiero. Siempre.
Su pulso se acelera, sus iris bizquean buscan salidas. No las tienes, querida. Aquí solo estamos tú y yo. Hablarás, me dirás lo que quiero y te daré una muerte rápida, indolora. Habla de nuevo mientras trata de ponerse en pie, me fijo en la brecha en su cabeza, cae sangre cegándola del ojo izquierdo. Tomo ese flanco con discreción.
—Dios, estas loca. Loca del todo. ¿Qué esperas conseguir con esto? Nada. Unas cicatrices. La vida de tu hija esta en peligro y tu... —niega con la cabeza, resopla. Respondo por inercia.
—Mi pasado esta escrito en ellas. Tenerlas daba sentido a lo que hacía. Me recordaban cuanto me queda por hacer por ser mejor. No estaba preparada para perderlas. Me habéis robado mi penitencia, mi redención.
—¡Déjate de gilipolleces! Te aferras tanto a tu pasado, a tu dolor, a tus miserias... Si quieres pudrirte hazlo, metete en una cueva y no salgas de ella. Pero no te escudes con tus estupideces para no hacer las cosas bien. No te olvides que tienes un deber, un deber para con tu hija y esos loviataritas.
Callo, mi cuerpo tiembla. Sé lo que dice, lo entiendo, me lo repiten. ¿Por qué tan sorda? ¿Por qué quiero flagelarme de este modo? ¿Por qué no simplemente ser? De nuevo patética, de nuevo incapaz de responder. Una niña, no soy más que eso.
—Mátame si quieres. Estoy a tu merced. Pero antes de eso escuchame, mírate. Date una nueva oportunidad, Ayrin. No hay cicatrices, no hay pasado, hay solo un nuevo lienzo, un nuevo futuro. Para ti, para tu hija.
Sigue nerviosa, pero ha retomado la confianza. Yo por contra no lo estoy, no la tengo en mi misma. La razón se filtra en mis ojos, el verde empieza a retomar el control y me siento más ligera, más libre. Myst me ve calmar los músculos, da un paso hacia a mi, no respondo. Me acerca la mano al hombro, no quiero que me toque, no quiero, huiré si lo hace, pero estoy inmovilizada. Es hora de comportarse como un adulto, enfrentarse a lo que temes. Me acaricia el hombro con comprensión, la aparto de mi removiendo el cuerpo.
—Volver a empezar. Un nuevo lienzo.
—Un nuevo futuro. Sin cicatrices.
—Es difícil.
—Para todos lo es. El pasado nos da identidad, nos da sentido. Pero también puede destruir nuestro futuro, Ayrin. ¿Qué futuro deseas?
—Uno en el que esté mi hija.
Capítulo V - Plan de asalto
—Una de vosotras irá a Amn, una de vosotras me acompañará y me servirá para fundar una nueva Capilla en su capital, Athkatla.
La voz de Agatha truena autoritaria a través las tinieblas de la sala. Este lugar tiene un olor mareante de sangre seca, al fin y al cabo se trata de sangre lo que decora las paredes de la capilla. Nuestra Superiora está en pie tras el altar, nos mira con sus ojos sombríos, siempre deseosos de dolor y placer.
—La pregunta es. ¿Quién será?
Agatha nos mira a mi y a Areth. Estoy rígida, me siento tan atrapada, mi cuerpo pide a gritos el agónico tacto de Agatha, mi piel ansía sus uñas clavándose en mi piel. Me siento sola, inválida. Areth, por el contrario, está lista para hacerse merecedora de esa misión.
—Seré yo, por la Doncella y el Dolor Eterno.
La sacerdotisa no responde, se limita a observar en silencio el inevitable choque. No quiero pelear, solo el placer de Agatha en mi cuerpo, solamente eso. Areth me mira, con todo el desprecio del mundo.
—Levantate, vampiresa. La favorita de nuestra Superiora Agatha. Te demostraré lo equivocada que está contigo. ¡En pie!
Me levanto con pocas ganas, Areth me derriba de un golpe en el estómago. No ofrezco resistencia, estoy anulada, me tengo que defender o morir. No puedo, no puedo, mi cuerpo no me pertenece, solo responde ante Ella y ante Agatha.
—¿Y tú eres por quién suspira Loviatar? ¡Das vergüenza a su Poder! Ni siquiera te defiendes. ¿Tan poco orgullo te queda, zorra, que ni siquiera luchas por el derecho a servir a la Doncella?
Otro golpe, sus uñas me arrancan la piel de los brazos. Se deleita en provocarme dolor, sangre, pero no grito, no chillo, solo tengo silencio y esto la desespera. Ni siquiera mi cuerpo me permite eso. Los golpes y arañazos de Areth me dejan en el suelo, encharcando el suelo de sangre. Me da la espalda.
—Nada. Ni siquiera te has defendido. Ni siquiera has gritado. Me repugnas, vampiresa. ¿Qué clase de título es ese? No te lo mereces. ¡No te lo mereces! Suma sacerdotisa, has visto y juzga. ¡Yo merezco el lugar junto a la Superiora Agatha. ¡Yo viajaré a Amn!
El silencio fue la respuesta. Agatha le sonríe de forma que hiela la sangre de Areth, la sacerdotisa no la mira a ella, sino a sus espaldas. La sangre sabe tan bien, oigo a los perritos ladrar...
—Cinco perritos tiene Ayrin...
Estoy a sus espaldas. Es lo último que recuerdo. No. Miento. Recuerdo sus ojos, los ojos de Areth dominados por el terror. Su cuerpo en el suelo, destrozado por mis golpes, por cuchillas que no recordaba tener en mis manos. Areth suplicando clemencia, porque el dolor que le estaba dispensando sobrepasaba todo lo que un mortal puede adorar como placer.
—Ayrin, ya basta. Has demostrado ser quien merezca esta misión. Vendrás conmigo a Amn, mi pequeña.
Ayrin.. Ayrin..
—Ayrin. ¿Nos escuchas?
Myst me mira, moviéndome por el hombro. Reacciono, miro a mi alrededor. Una estancia pobre, solo una mesa con varios mapas. Los arpistas, Myst y Álamo, otros que no reconozco, ocultos tras máscaras. Entorno los ojos, murmuro febril.
—No escuchaba, disculpadme. ¿Qué hablabais?
La mujer me mira celosa de mi ausencia, reconoce que he estado hurgando en mis recuerdos. Una mente difusa es una mente débil, debo centrarme y pensar en Zaida.
—Localizamos el Santuario de los loviataritas hace seis meses. Hasta hace dos semanas nuestros magos han estado escudriñando el lugar, los resultados más exactos nos informan de no menos de una veintena de hombres en el exterior y al menos diez más en las galerías inferiores.
—¿Por qué hasta hace dos semanas?
Álamo toma la palabra con gravedad.
—Hace dos semanas levantaron defensas mágicas contra escudriñamientos y sondeos mágicos. Nuestros magos nos recomiendan no intentarlo más, a riesgo de ponerlos en alerta.
—Segunda fase.
—¿Segunda fase?
—Quiere decir que el Santuario tiene los suficientes adeptos como para ampliar su área de influencia y su sacerdotisa el favor suficiente de Loviatar como para levantar defensas mágicas. De ser así nos queda poco tiempo. En poco llegarán nuevos adeptos de otras Capillas para reforzar sus defensas.
Un arpista gnomo da unos pasos, a pesar de lo que pueda decirse de su raza es claro y conciso.
—En la última semana ha habido movimiento excepcional en la zona. Mercaderes, mercenarios, peregrinos. Muchos sin identificar, estos se pierden y no volvemos a tener noticia de ellos.
Extendemos un silencio tenso, me fijo en el mapa. Un edificio circular, amurallado, no logro encontrar ningún acceso. Me dirijo a Myst.
—¿Qué es este lugar?
La arpista se inclina seria sobre el mapa, guía sus palabras con los dedos sobre el dibujo.
—Es la antigua sede de peleteros de Aguas Profundas, en el distrito del mar, en una zona poco poblada. El edificio está rodeado por una muralla. No tiene accesos conocidos, todos están cerrados o tapiados. Probablemente sean accesos subterráneos. Hay mucho...
Interrumpo, conozco sus métodos.
—¿Qué tabernas y posadas hay a su alrededor? Pongamos a tres calles a la redonda.
El gnomo toma de nuevo la palabra con extraordinaria precisión.
—Tres. Las tabernas del Juglar Errante y la del Final del Camino. Una posada, el Astrolabio.
Miro a Álamo y Myst.
—Ahí tenéis los accesos. Una, dos o las tres están conectadas al Santuario por, como dice Myst, accesos subterráneos.
El gnomo se adelanta, afianzando su posición junto a la mesa.
—En las últimas dos semanas ha habido un pico de clientela en el Astrolabio.
Myst toma la iniciativa.
—Nos infiltraremos por ahí.
—No, si la segunda fase ha empezado, los accesos estarán sembrados de alarmas y guardias. Un asalto frontal estará destinado al fracaso. Tenemos que buscar alternativas.
—¿Escalar los muros?
Sugiere Álamo con seriedad. Es una opción, lenta y peligrosa, pero quizá viable. Myst asiente. Yo la doy por buena, pero el gnomo sugiere una de distinta, una que jamás se me hubiera ocurrido.
—¿Y un asalto aéreo?
Todos le miramos con escepticismo. Por primera vez puedo ver la satisfacción en los labios del gnomo, al fin y al cabo no deja de ser un gnomo.
—Dejad que os cuente...
Capítulo VI - Estrellas fugaces
En ocasiones la mirada de Agatha me hiela la sangre. Es una mirada oscura, repleta de odio y desdén que de poderlo hacer fulminaría al más valeroso de los paladines. Pocas veces me muestra esa mirada, quizá porque odia sentirse fea y cuando suelta esa mirada está horrible. Hace tres meses que abandonamos Puerta del Oeste, llegamos a las inmediaciones de Amn, la ciudad de Esmeltarán nos saluda al sur, pero no entraremos en ella. Los caminos están llenos de refugiados. Guerra. Una horda de no muertos. Tengo miedo, pero no doy pábulo a que se revele en mi rostro, pero Agatha mira con esa mirada a un aventurero, un mozalbete no mayor que yo, escondido tras una vieja cota de mallas.
―Le repito, buena mujer ―insiste―, que los caminos no son seguros. Muertos los rondan buscando joder a los vivos.
―Y yo te repito, aventurero, que te apartes de mi camino. Asuntos importantes llevo a Athkatla, asuntos que ni te importan ni deben esperar.
El humano suspira, como si en cada hálito buscara paciencia. Yo sigo callada, cabizbaja, no existo.
―Mi convicción moral me impide dejarles continuar. No descansaría tranquilo dejando que dos bellas damiselas se adentraran en los peligros de esta tierra, no si yo puedo impedirlo. Por mi honor que no puedo permitirlo.
El humano de fuertes convicciones morales se golpea el pecho, haciendo tintinear las anillas de su armadura. El sonido me disgusta. Agatha va perdiendo la paciencia, yo también.
―No me importan sus estúpidas convicciones morales, estúpido muchacho. Olvidaros de nosotras, déjanos pasar o atente a las consecuencias.
El muchacho aprieta los dientes, sé que Agatha piensa lo mismo que yo. Este estúpido quiere labrarse su pequeña fama, pero ha escuchado demasiadas historias de bardos y ha forzado esa necesidad al extremo de la estupidez. Agatha va a hablar, me adelanto.
―Es guapo. Que nos acompañe.
Agatha y el muchacho me miran, ella enseguida ve la verdad en mis palabras, el muchacho se sonroja.
―Si eso desea el caballero...
No hace falta tantear demasiado. Lo tengo en el bote.
―El caballero así lo desea, escoltaré a dos bellas damiselas hasta la Ciudad de la Moneda.
Agatha se acerca a mi con una sonrisa maligna, me susurra al oído.
―La verdad es que sí es guapo. ¿Cuanta resistencia le pones a esos ojos azules?
Pruebo el sabor de mis labios, mirando al humano, él cree que me he encaprichado de él y me sonríe galán, pero no tiene ni idea de cuales son mis caprichos. La capa del joven caballero se envalentona con el viento que se ha levantado de pronto y...
Una violenta ráfaga de viento me abofetea la mejilla. Veo la ciudad de Aguas Profundas con detalle, a mis pies, innumerables hileras de lucecitas de candiles y antorchas me descubren sus calles y algunos gritos y música lejana me recuerdan que la ciudad vive a pesar de la noche. Me altero un poco, acostumbrándome que estoy a cien metros, suspendida en el aire, de la Ciudad de los Esplendores. Una nueva ráfaga de viento se lleva algunas palabras de Myst a mi lado, no logro oírla, tampoco Álamo, que pide que alce la voz.
―¡Estamos justo encima de la vieja sede de peleteros! El hechizo debe acabar a tres de la madrugada, cuando suene la última campanada los comandos irrumpirán en el Astrolabio y crearán una distracción. ¡Tened listos los anillos!
Álamo que va embutido en una liviana armadura de cuero ennegrecido, comprueba los correajes de la gran espada colgada a su espalda, ruge molesto.
―¡Hace un frío del carajo! ¡Ayrin! ¿Cuantos podemos esperar?
Tomo consciencia de que estoy a punto de lanzarme al vacío y confiar mi vida a un anillo mágico, pero respondo con toda la naturalidad posible, pero he de gritar de forma natural.
―La guardia exterior son mercenarios, pagadas por los nobles, no van a ser un peligro. El riesgo vendrá cuando entremos en el Santuario, adeptos, asesinos de la Capilla. Atacad a los puntos vitales, otra cosa no será útil. Cabeza, cuello y corazón.
Álamo asiente con energía, un brillo fiero se filtra tras su máscara. Myst y yo vamos conjuntadas, cuerno negro, ceñido, con todo el equipo pegado al cuerpo y una máscara arpista. Yo llevo un sable élfico atado a la espalda, casi no noto su peso. Myst lleva un arco corto, varias flechas pegadas en el muslo enrolladas con fuerza con una cinto gruesa de cuerno.
―¡A veinte metros activad anillos! ¡En el suelo, apretad la runa de la sien derecha de la máscara!
Primera campanada. Myst ordena.
―¡Avanzar directos al Santuario!
Segunda campanada. Álamo apuntilla la situación con energía.
―¡Joder! Me voy a mear de la emoción.
Tercera campanada. Sin piedad, a por Zaida.
―¡A por ellos!
Somos oscuras estrellas fugaces. El efecto mágico que los mantenía en el aire se ha disipado, ahora caemos al vacío. Quiero gritar de la emoción, me embarga una euforia loca, esto me encanta. Algún día lo repetiré, con Zaida, es una experiencia increíble. Me centro, te salvaré hija mía.
―¡Anillos!
Acaricio el anillo, un leve zumbido me rodea y frena la caída. Como tres sombras sincronizadas, caemos en el mismo centro del patio del edificio. Está desierto. No tenemos tiempo de asegurar, es la hora de la acción. Aprieto la runa de la máscara, ubicada en mi sien, casi al instante la oscuridad pierde su amenaza, todo se recubre una variopinta sucesión de tonos grises. La noche ya no esconde secretos para mi, pero dejo que la noche me convierta en ella.
Myst da la señal de avance, nos movemos al lado izquierdo del patio, bajo los arcos de los pórticos que abren las primeras puertas, todas cerradas. Myst saca su pequeño arco, prepara una flecha mientras avanza, junto a ella Álamo emite una caricia a la vaina liberando su bastarda, yo acomodo el liviano sable élfico en mis manos. Myst nos dirige sin titubear a la puerta que nos da acceso a las galerías interiores, necesitamos un minuto para colocarnos a lado y lado del acceso. La arpista mueve la cabeza a su compañero, el hombre se agacha junto a la puerta, acerca la mano y no deben pasar muchos segundos que el guante, oscuro como la antracita, empieza a brillar con cuidados símbolos rúnicos azul claro. Arrugo la frente, no tardo mucho en saber que pasa.
―Aura débil. Segunda Esfera, Abjuración. Un hechizo de Alarma.
Myst me mira, le respondo con cara de circunstancias.
―Guantes detectores de magia, un juguetito de nuestros mecenas.
―Y no solo eso.
Las palabras de Álamo anuncian la activación de un nuevo elemento del guante mágico. En los dedos se forman pequeñas hebras azul oscuro con distinta intensidad. El arpista baja los dedos a excepción del índice, que es el que menos brilla y apunta a la puerta. Un pequeño fogonazo blanco delata nuestra posición una fracción de segundo, pero no traiciona a nuestro silencio. El hombre se queda mirando unos instantes más la puerta y se levanta. Sonríe satisfecho.
―Alarma desactivada.
Myst asiente con la misma sonrisa, yo no puedo más que responder con asombro. La mujer abre con cautela la puerta, otea el fúnebre silencio del interior, no ocurre nada, ninguna respuesta. Myst me mira y sonríe de nuevo.
―Juguetitos.
Próximo capítulo: Cuestión de rivalidad