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HISTORIA BASADA PARCIALMENTE EN HECHOS REALES OCURRIDOS EN EL SERVIDOR
Era de noche. El puerto de la ciudad de la moneda emanaba negocios sucios por todos lados. Caminaba entre las calles con una simple muda de leñador, el martillo colgado al cinto y el escudo a la espalda. No tenía mas que un par de muslos de pollo bien empaquetados, un par de odres de agua y algunas monedas, no suficientes para más de media decana.
Esperó que el sol haría su presencia entre unas cajas, y desperdicios, que se acumulaban en uno de los muelles. De cuando en cuando despertaba al escuchar a diversos aventureros embarcar hacia Crimmor, y lo que para él era más emocionante, diferentes lugares del mar de las espadas.
Caminó hacia el este desde el puerto atravesando el distrito del rio. Por suerte era de día, y salvo algún mendigo con falta de pan y alguna mujer de vida alegre no encontró impedimento alguno para cruzarle. Estaba ahora en el distrito del Waukin. El comercio fluía por cada esquina. Se dejo caer en el mercado del aventurero tras la insistencia de un hin anunciando unas extrañas piedras mágicas. Le quedó claro tras hablar con Ribald que lo que hacia falta eran monedas. De allí salió con lo que había entrado. Caminó hacía el este llegando al distrito del puente. Allí se entretuvo a hablar con un trío de guardias, el jefe de ellos le comentó que estaban buscando a un tipo al que apodaban el curtidor. Estos tras observar sus pintas le indicaron que el hospicio estaba a las afueras de la ciudad, que no tenía perdida. Siguió caminando hacia el este. Llego al distrito de la guardia, la ciudad parecía no tener fin.
Un letrero en un local indicando el gremio de aventureros llamó su atención. Tras una hora observando las telas de araña sobre los ventanales y la puerta, decidió continuar su camino. No sin antes depositar en una esquina cercana al gremio un par de huesos de pollo, la carne ya había desaparecido.
Al fin vio verde. Estaba en los llanos exteriores de la ciudad. No le fue difícil tomar una pequeña amistad con “Dos Flechas”. Un aventurero venido a menos que daba consejos a los recién llegados, él era uno de ellos. Tras un par de consejos comenzó a moverse en busca de la manera de obtener unas monedas. Le comentaron que un anciano tenia problemas de ratas en su granero. Allí fue. No era un gran trabajo pero algo de oro le darían por ello. Aceptó ayudar al viejo, se adentró en la estancia, cauto, y a base martillazos, acabo con unas cuantas ratas. El anciano asintió agradecido y Bran quedó con algunas monedas más en el bolsillo.
Caminó hacia el sur. Dio con el hospicio. Abrió la puerta, miró y se fue, ese lugar no era para él. Ancianos, y demás gentes con falta de actitud para valerse por si misma poblaba ese lugar. Eso si, se sintió muy bien tratado así que algo se removió en su corazón. Antes de irse compro unas pócimas para curar heridas y algunos buñuelos para matar el hambre.
De camino hacia el sur se encontró con tres tipos, cerca del bosque, mas aun se veía la ciudad. Le hablaron de una gran cantidad de monedas por dar caza a una bestia, a la que apodaban el devorador. Ese nombre, daba miedo. Bran lo sentía como una gran aventura. Se adentró en el bosque y varios lobos salieron a su caza. A base de martillazos a unos y caricias a otros se abrió camino hasta dar con una cueva. La exploración fue sencilla, la cueva no era grande. En lo mas profundo de la cueva, allí estaba él, el devorador. Era una batalla épica. La bestia contra el hombre. La lucha fue encarnizada, la salvaje criatura soltaba dentelladas a diestro y siniestro, algunas el guerrero las podía evitar y otras no. En tanto, daba martillazos y patadas. Ambos sangraban, el golpe final con el martillo a la boca de la bestia acabo con su vida. Bran apenas se podía tener en pie. Cargo el cuerpo del animal con las pocas fuerzas que le quedaban, y salió de la cueva. Llegó hacía donde estaban los tres tipos y se lo entregó. Quedaron de piedra y cumplieron su palabra.
Tenía suficientes monedas como para permitirse entrar en la posada del Alandor. Allí comió doble ración de cachopo y bebió cerveza a reventar. El movimiento del rabo de la camarera hacía que de cuando en cuando se le atragantara la comida. La cerveza ayudaba a pasar el mal trago. La habitación era económica y la cama era pequeña. Al menos, podría descansar tranquilo y sin temor.
Nuevamente en los llanos de la ciudad, estaba viéndolas venir, cuando un mestizo de piel morena estaba teniendo problemas para tomarla en dirección a Purskul, la villa del grano. Bran le dejó claro al caravanero que montarían los dos, y que no habría problemas. Decía llamarse Aamir y proceder del sur, de las tierras de la arena. Decía ser un buen arquero, pero pronto esa afirmación quedó en entredicho al ver como las flechas iban hacia todos lados menos hacía donde tenían que ir. En tal caso, entre ambos, se adentraron paso a través de unos bandidos en Purskul dirección a Crimmor. Los caminos eran difíciles, y más, para aventureros primerizos.
De nuevo en la ciudad de la moneda. El sol hacía justicia en lo alto. El distrito de la guardia no tenía mucho movimiento. En un edificio, en una de las calles lucía con encanto un cartel que mentaba al gremio de artesanos. Cuando entró se duplicó el numero de artesanos, ya eran dos, un herrero primerizo y Bran. Le comentaron que el mejor metal para empezar era el cobre, seguido del hierro. Habría bastante cantidad de estos metales en minas cercanas. Y así era, encontró vetas en una cueva en el Alandor, no sin antes atender a unos trasgos. En el túnel que une Crimmor y Naskhel, previo pago de impuesto para cruzarle. En las minas enanas de Kazad, cuya ubicación no tiene perdida, al menos en caravana, desde la mitad del camino que une Athkatla y Crimmor por la cuenca sur del rio Alandor, donde un trio de enanos tiene un puesto de pertrechos de segunda mano.
Fabricó su primera arma de cobre. Se ve que se le daba bien. Fueron años en la forja cuando aún le estaban empezando a salir los primeros pelos en la cara y las enseñanzas de su abuelo. Pocos días después empezó a darle al hierro. Todo iba bien. Llegó el acero al añadir a partes iguales hierro con carbón.
Kriell se cruzó en su camino. Era una tipa con cola. La cual movía sinuosamente de lado a lado. Ella fue la que le hablo del los tres hermanos enanos y la manera fácil de llegar a Kazad. El Problema era el camino del rio. Lleno de trasgos y de bandidos. Lo solucionó fácil moviendo su cola, sus manos y pronunciando unas palabras. Ambos quedamos ocultos tras un sortilegio.
Un día, hubo una batida, la encabezó un elfo de nombre Ewan, teniente de la guardia de Amn, al que llamaremos tres flechas. Tenía una facilidad pasmosa con el uso del arco. En ese viaje también había un druida con un vocabulario un tanto especial, Zentakord. Cythera, una genasí de aire acompañaba la marcha. Poseía grandes conocimientos y andaba con el viento. Kath, una elfa que camina sigilosa, a la que en mitad del pertrecho la llamaron del bosque. Y varios más que no por estar mencionados no son menos ni más. Lo importante es describir el camino que estaba lleno de peligro. Trasgos al comienzo, orcos siguiendo y lagartos llegando. Llegando es donde dejaron ver vetas de Dlarun, metal blanco hueso. A las que más pronto que tarde habría que pasar por el pico. Una vez en Crimmor, por diferentes motivos, el grupo de dividió, unos fueron a un lado, y resto a otro.
Era de día. En el distrito del rio, el de la mala gente. Un tipo, que se hace llamar Hack estaba custodiando un lugar. Se le notaba bastante intranquilo, se ve que necesitaba vicio. Hablando con una de las mujeres del lugar que enseñaban cacho se dio cuenta de que buscaba tabaco, y además de Brynnley. Por suerte días atrás, vio que lo vendía un negociador de baratijas. Lo compró. No era caro. Se hizo pasar por comerciante. No se sabe si realmente engañó a Hack o si Hack necesitaba el tabaco como el comer y se dejó engañar. El caso es que ahora podía entrar. Había mala gente que no entendía a palabras. Así que el martillo de Bran iba de una cara a la otra hasta que llegó al final del asunto. Unos pobres esclavos estaban presos. Les dejó libres sin pedirles nada a cambio. Tampoco les escoltó hasta salida.
En los paramos del rio Alandor, junto a unos troncos se suelen reunir algunos aventureros. A destacar un robusto de nombre Kharmin. Uno de los troncos tiene la forma de sus posaderas. Arthal, un arcano. Wotan, el kobold. Uno de los pocos buenos del lugar. Boti, con torso en forma de abrazo. Enma, seguidora de la dama de los gatos. Se reúne ahí gente tan importante como la alcaldesa de la mancomunidad de Gambiton, Numina. Flynn, el intrépido hin. La siempre sonriente elfa Acala. Ina, la dama del bastón. El sabio Zentakord. Una drow seguidora de la doncella oscura de nombre inescribible en común. La bellaorca Fery, seguidora de la dama del cabello de fuego. Y un sin fin que no habría páginas para mentar a todos ellos.
Debido a la presencia de dragones y mazmorras, había que poner un descanso a la vida de aventurero. Wotan y Zentakord preparaban un ritual. Varios ingredientes eran necesarios para prepararlo y todos ellos encontrados en el Alandor. El bosque era inmenso. Una vez los vapores empezaron a fluir Arthal, fue el primero caer. Scarlet cayo y su busco emplumo el golpe. Flynn le siguió el paso. Ina. Lufram. Finalmente Bran entro en el mundo de los sueños.
...la cola de Kriell le tenía rodeado por el cuello de forma sutil. Las manos de ella estaban posadas sobre el torso desnudo de él. Esa cabeza con cornamenta le sonreía mientras le miraba desde un costado. También veía el rostro de Fery al otro costado. Sus cabellos rojizos le caían dejando ver su hermoso rostro. Esa sonrisa parecía dar vida. Las manos de la bellaorca también estaban sobre el pecho del guerrero. Bran no era capaz de moverse pero notaba que bajo su cintura su arma comenzaba a levantarse...
Un bastonazo casi a la par de Zentakord y Wotan despertaron al guerrero. Había sido un gran ritual. Necesario para retomar energías en los malos días que recorrían Amn.
El viaje a los humedales no es como lo cuentan. Estaban Bran y su caballo, al que bautizo como Entrometido en el establo. Un guerrero de gran porte se acercó. Su nombre era Fran Morris. Iba a caballo. Con un gran manejo de la lanza, él delante, y Bran detrás, se abrieron paso por las zonas más seguras que no eran muchas. Bandidos y lagartos caían a su paso. Los más lanceados y los menos martillados. Fue un largo viaje hasta acabar cerca de Purskul, con las ganancias ambos caballos comieron doble ración de avena. La cerveza para celebrar la gesta corrió por toda la taberna de la villa del grano. Aunque siempre había algún raro que le daba al vino, y no a cualquiera, al de la cosecha 1300. En los últimos brindis no salían las palabras. El último que recordó Bran es el de un semiorco que clamaba “Paco” antes de caer rendido con la cabeza en una de las mesas.
La corona de cobre es uno de esos lugares que merece la pena visitar con lo justo y si no tienes mucho que perder. Bernand, el posadero, comentó con Bran algún que otro rumor sin importancia. La mayoría de personas del lugar iban de negro, y el que no, dejando ver carnes. A la tercera cerveza el posadero cabeceo hacía un costado. Su ayudante estaba preocupado por un problema que tenía en el sótano. El héroe de capa roja no dudo ni un momento en ayudarle a cambio de algunas monedas. Ya se había enfrentado a presas más grandes. Bajo pertrechado de pies a cabeza. Se fue abriendo paso a base de martillo primero, después a puñetazos sosteniendo el escudo y finalmente con la única protección su capa roja. Había sufrido heridas, muchas heridas. Esas antenas de esos escarabajos eran el demonio, deshacían todo lo que tocaban. Ahora el problema lo tenía él, el guerrero. Se puso la capa a modo de falda y subió del sótano de la corona de cobre con el escarabajo más grande que encontró sobre el hombro. Lo dejó sobre el mostrador. Farfulló algo en iluskano y tras recibir una generosa recompensa abandono el local. Tenía que apresurarse al menos a comprar una muda de leñador y forjar un nuevo martillo. Eso si, ahora era un cliente de preferencia de la corona de cobre y tenía nuevos precios con descuento. Tardaría tiempo en recuperarse de lo ocurrido pero como dicen por ahí, el tiempo lo cura todo.
Pasaban los días. En uno de ellos, casi al caer la noche, sonaban las trompetas. Purskul estaba siendo asediada por la no muerte, extraños dracos y a saber que más. Bran no lo pensó un momento, tomó su corcel en el establo de la ciudad de la moneda y cabalgo hasta Purskul, por la parte este. El asedio era desde la parte norte y sur de la villa del grano. Era un ataque coordinado. Había grandes aventureros de renombre defendiéndola. Las flechas de Aviel lograban impactar en los muertos que se acercaban, las kamas de Flynn entraban en juego a la velocidad del rayo sobre esas criaturas. Lufram con su hacha parecía no dar a basto. Las flechas de Ewan atravesaban Purskul. Radix el invencible luchaba, caía, y luchaba de nuevo. Las alas de Baldrak no paraban de moverse en batalla. Zahal perdió hasta la armadura con tanto ímpetu en la lucha. Por suerte había capa roja de por medio. El martillo de Bran le hacía volar de un lado a otro luchando contra esas pestilentes criaturas. La magia de Numina masacraba esas abominaciones. Muchos más aventureros participaron en la contienda. Fue una gran defensa. Pero dicen que la mejor defensa es un buen ataque. Los pasos de unos pocos de estos intrépidos fueron guiados por los humedales hasta una cueva donde se toparon con una larva vomitiva y cuatro rocas custodiándola. Tardaron en darse cuenta de que esos cristales daban vida a la maligna larva. Lograron disipar la magia que allí fluía. No había momento para descansar. Las rocas de la cueva comenzaron a temblar y de seguido a caer. Una de más caótica roca atravesó el espacio de Bran. Le impacto de lleno sin opción aparente de evitarla. El guerrero caía hundido en la desgracia. Flynn fue alcanzado por otra. Por suerte Baldrak, un alado robusto, pudo sacar al guerrero inconsciente de la cueva. Flynn salió por su propio pie, muy malherido. Un elemental de piedra abrazaba las rocas apartándolas del camino. El canto moralizante de Madeleine se escuchaba desde fuera de la cueva. El peor parado fue Flynn, que paso una larga temporada en el hospicio con varios vendajes, entre ellos uno aparatoso en el rostro que le impedía rascarse con soltura la nariz.
El bautismo. Dicen que alguna vez en batalla los bárbaros, en especial los del norte, suelen perder la cordura y atacar a todo lo que se mueve. Sin distinguir. Era una apacible mañana cerca del establo en los llanos exteriores de la ciudad de la moneda. Un cordel blanco estaba siendo cepillado por un bárbaro de proporciones gigantescas. Bran se acercó a él. Una cornamenta sobre la cabeza de una fémina se acercó. Portaba una guadaña. Respondía al nombre de Tifu. Era enfermizo. Jorunn era el nombre del bravo. Los tres aventureros se encaminaron finalmente hacia el sur. El camino entrañaba pocas dificultades hasta que comenzó el terreno que moran los medio hienas. Eran duros, pero no lo suficiente para parar las ansias de aventura. Localizaron una cueva. Se adentraron. Se iban abriendo paso a base armas hasta que un caudillo medio hiena entró en la refriega. Era también enorme. La lucha fue encarnizada, los tajos iban de un lado hacia el otro. Jorunn recibió varios y sus ojos se inyectaron en sangre. Su gran hacha se dirigía hacía todo lo que se movía. Uno de esos golpes reventó en dos el escudo de Bran, junto con parte de su armadura, el yelmo alado y su espíritu.
...Una figura de un herrero musculoso y pelirrojo miraba hacia Bran negando. “¿Otra vez aquí?” Parecía que preguntaban esos ojos. El guerrero se veía de una pieza. Con el pecho hinchado cual palomo, el cual parecía que iba a reventar de cota de mallas en cualquier momento…
Estaba tumbado en una cama en el hospicio. Su bolsa de oro le parecía que pesaba la mitad y parte de los recuerdos de su última batalla caían en el olvido. Una de las monjas le acercó un poco de agua a la boca. Después le dio un par de buñuelos, que dicen que hacen resucitar a un muerto. Le contó que le habían encontrado tirado en mitad del camino y que no sabía quienes. Que le dejaron ahí, en el hospicio. Al guerrero le dolía todo el cuerpo, desde el tobillo hasta la nuca. Apenas podía articular palabra.
Pasó algún que otro día. Bran estaba mirando los barcos zarpar hacía diferentes destinos. Sus ojos se clavaron en un hin con un gran paquete, el cual estaba en el suelo. La pequeña criatura no podía con el. Le contó que le esperaba su primo en Crimmor. Que si le hacía el favor. No tenía nada mejor que hacer. Tomó la pesada carga entre sus manos, embarcó dirección a Crimmor. El viaje fue un visto y no visto. Con la carga entre sus brazos caminó hasta el mercado. Un hin que rondaba el lugar reconoció la caja. Bran se la entrego. Recibió a cambio unas monedas. Transporte entregado. No estaba para muchos sobresaltos. Paseó hacía la encrucijada de Crimmor, buscó un lugar poco transitado y se tumbo mirando hacía el cielo. Comenzó a contar estrellas hasta que se quedó dormido.
Un día cualquiera en el camino del rio. Acala una arquera elfa que decía haber sido dendravoz hablaba tranquilamente con Aamir, el medio elfo de origen sureño devoto del ojo agudo. Bran apareció por el camino. Les contó que en las minas de Kazad había unas vetas que estaba buscando. Hizagkuur, un metal gris argentado que recibió su nombre en honor a un enano. A pesar de las malas noticias que rondaban Amn, ese día parecía ser tranquilo. Los tres se pusieron en marcha. El camino del rio no era peligroso para el trío. Algún trasgo salía a su encuentro más por vergüenza que por otra cosa. Los bandidos tampoco eran problema. Una vez en el campamento de pertrechos de los enanos tomaron la caravana hacía Kazad. La nieve se hacía más palpable según se iban acercando. Una vez allí se adentraron en las minas y comenzaron a descender. El peligro se sentía en el aire. Esos seres mitad medio algo estaban hambrientos de aventureros. El martillo y el escudo de Bran hacían parte del trabajo. Las flechas de Acala y Aamir el resto. Todo iba bien hasta la aparición de un extraño ser. Su cuerpo era de tierra y rugía como un león. Costó pero cayó. Allí estaban las vetas grises argentadas de hizagkuur. Bran pico hasta que no quedó mineral. Era el que podía cargar. Tocaba volver. La marcha iba bien hasta varios engendros de las profundidades salieron al paso de los aventureros. El guerrero no lo pensó. Martillo en mano embistió al grupo. Quedó paralizado. Las flechas de sus compañeros no fueron suficientes. Hincó la rodilla y después el resto del cuerpo.
...Acala, nieves y siete enanos. Era lo veía Bran al despertar tiritando en mitad del campo blanco. Los enanos estaban aterrados, Acala no respondía. Parecía estar envenenada. Bran se levantó y se encaminó hacía ellos. Escuchaba incrédulo como el enanos le instaban a que la besara en los labios para quitarla el veneno, que era cosa de magia y que esa era la solución. No lo pensó demasiado. Se agachó y acercó sus labios poco a poco a los de ella. Cerró los ojos y…
Sintió tierra en la boca. Era del guantelete de Aamir intentando reanimarlo. Bran abrió los ojos y observó, tumbado en la mina, lleno de heridas, al medio elfo moreno y a la elfa pelirroja. Preguntó que había pasado y le contaron más o menos la historia. Que cayó como un héroe, pero que ya estaba bien, que todo había pasado.
Hablando de héroes. Dicen que en el camposanto de Athkatla hay un lugar llamado la cripta de los héroes. Era otro día de aventura, esta vez junto con Flynn el intrépido hin. Uno se esperaría encontrar el mausoleo de Preston de Argluna. Azote de la no muerte en tiempos pasados. Quizás sean exageraciones pero dicen que hubo uno época en tiempos pasados, que con decir la palabra preston a un no muerto este caía como por gracia divina. Los manuscritos en el templo Oghma no lo dejan del todo claro, al menos, para las mentes mundanas. Incluso se puede intuir que se popularizo entre las clases menos pudientes de Amn el termino prestonizar como acción de destruir a un no muerto. La palabra preston llego a ser hasta respuesta de varios acertijos que se les solían hacer a los huérfanos del hospicio. Parecía ser la respuesta para todo. Las inscripciones no dejaban lugar a dudas de que era un lugar peligroso. Varios huesos tomaban forma. Faltos de vida caminaban hacía Flynn y Bran. Caían a base de kamas y martillo. De la primera cámara salió un ser olvidado que tras su enésima caía volvió a ser polvo. En la segunda se vio un ser similar. Después de ser derrotado dejo caer un elixir con la inscripción Horus-Re. Cuando ambos aventureros pisaron la tercera estancia de la cripta un arcano no muerto tomó vida. Comenzó a conjurar dejando ver que algo ligeramente cobrizo tenía en la boca. Tras acabar con la criatura se percataron de que eran unas monedas de cobre con una extraña inscripción. Sus pasos continuaron hasta la gran cripta final. La no muerte parecía no tener fin. Fue una lucha legendaria contra varios seres que seguramente antaño fueron grandes aventureros que poblaron Amn.
Purskul estaba medio en ruinas tras el asedio de la no muerte, de dracos y demás criaturas. Había que reconstruirlo. Un mestizo de cierto renombre en Amn, perteneciente a la casa Gáldrim pagaba una generosa cantidad por cualquier aporte que pudiera ser valido. Desde leñadores, carpinteros y artesanos de cualquier índole. Su nombre era Sulion y tenía tal encanto personal que visto de espaldas era atrayente para ambos géneros. Esas melenas y esas posaderas no dejaban lugar a dudas. Bran sintió pensamientos impuros. La reconstrucción marchaba bien. La capataz Talivia de los Gáldrim dirigía cigarro en boca. Numina aportó magia y su golem. Madeleine su voz de ánimo. Lugram y Aitana, su fuerza física para entre otras cosas acarrear con los maderos. Hasta una vaca parió. Acala y Aamir con buena mano, ayudaron al prodigio. Se le regaló el nombre de Torivio. Tras lo acontecido una generosa paga entró a la saca del guerrero.
Si había un lugar donde se robaba en Athkatla ese era el banco en el distrito gubernamental. Se veía entrar a hombres con sus mejores galas y una saca de monedas con el convencimiento de que estaba depositando sus riquezas en un lugar seguro, y salir, casi desnudos. Algunas mujeres perdían hasta las bragas. Los intereses que cobraba la entidad eran épicos, no había competencia. Bran entró engalanado para la ocasión para dejar a buen recaudo algunas monedas, y en custodia algún que otro artefacto mágico. Casi que salió con una mano delante y otra detrás. Escuchó un rumor que empezaba a extenderse más con cada día que pasaba que hasta el gubernamental llegaba. Un ladrón de guante blanco hacía desaparecer, como por arte de magia, la sutil prenda femenina. Se hacía llamar el mago ese don Juan. Desde monja del hospicio, aventurera, o una simple plebeya. Incluso dama del gubernamental se quedaba sin ella. La mancebía y la guardia no daban a basto. Doradas, discretas, rosadas, grandes y alargadas, ninguna se libraba.
Bran veía con buenos ojos que de cuando en cuando algún que otro aventurero llegaba a la ciudad. La típica muda de leñador los delataba. Se veía que su soltura escaseaba. Lo que le hacía torcer el gesto era verlos pocos días después con mágica equipación y entrenamiento digno del más poderoso guerrero. Sin lugar a dudas eran los tocados por la vara de los dioses. El no hacía más que escapar de esa vara, de la vara de Abelino. Un plebeyo que decía ser de Amnagua. Ataviado con un largo vestido rosáceo y con un escote del que solo salía pasto. Moraba últimamente el exterior de la posada del Alandor. Hacía ojos y propuestas desviacionistas, entre otros, a Bran. Tenía miedo. Pidió al posadero del Alandor una habitación para pasar la noche. Entró, cerró con pestillo. Colocó el martillo y escudo a modo de tranco, no se fiaba. Una vez tumbado en la cama poco a poco empezó a caer en el mundo de los sueños.
...Una voz chirriante llegaba a los oídos de Bran. Era Abelino que clamaba estridente que sus piernas estaban abiertas para él y que esa cerradura no precisaba de llave. El guerrero sudaba, temblaba y sentía como si un gran escalofrió recorría su cuerpo. Por momentos le parecía que se estaba enfrentando a algo más poderoso que un dragón. Y él era incapaz de moverse, tumbado boca abajo con todo su ser ofrecido. Le pareció sentir un pequeño roce…
Abrió los ojos. Su respiración estaba agitada. Miró en derredor y no había nadie. El martillo y el escudo seguían en la puerta. La ventana estaba cerrada y ofrecía la vista nocturna de las estrellas sobre los paramos del Alandor. Cuando se tranquilizó se dio la vuelta e intentaba seguir durmiendo luchando por sus sueños pero no pudo, ya que se escuchaban bramadas por parte de lo parecían grandes aventureros historias de dragones y mazmorras en un mundo infernal que se ocultaba entre las sombras la fuerza del mal.
Era de noche. El puerto de la ciudad de la moneda emanaba negocios sucios por todos lados. Caminaba entre las calles con una simple muda de leñador, el martillo colgado al cinto y el escudo a la espalda. No tenía mas que un par de muslos de pollo bien empaquetados, un par de odres de agua y algunas monedas, no suficientes para más de media decana.
Esperó que el sol haría su presencia entre unas cajas, y desperdicios, que se acumulaban en uno de los muelles. De cuando en cuando despertaba al escuchar a diversos aventureros embarcar hacia Crimmor, y lo que para él era más emocionante, diferentes lugares del mar de las espadas.
Caminó hacia el este desde el puerto atravesando el distrito del rio. Por suerte era de día, y salvo algún mendigo con falta de pan y alguna mujer de vida alegre no encontró impedimento alguno para cruzarle. Estaba ahora en el distrito del Waukin. El comercio fluía por cada esquina. Se dejo caer en el mercado del aventurero tras la insistencia de un hin anunciando unas extrañas piedras mágicas. Le quedó claro tras hablar con Ribald que lo que hacia falta eran monedas. De allí salió con lo que había entrado. Caminó hacía el este llegando al distrito del puente. Allí se entretuvo a hablar con un trío de guardias, el jefe de ellos le comentó que estaban buscando a un tipo al que apodaban el curtidor. Estos tras observar sus pintas le indicaron que el hospicio estaba a las afueras de la ciudad, que no tenía perdida. Siguió caminando hacia el este. Llego al distrito de la guardia, la ciudad parecía no tener fin.
Un letrero en un local indicando el gremio de aventureros llamó su atención. Tras una hora observando las telas de araña sobre los ventanales y la puerta, decidió continuar su camino. No sin antes depositar en una esquina cercana al gremio un par de huesos de pollo, la carne ya había desaparecido.
Al fin vio verde. Estaba en los llanos exteriores de la ciudad. No le fue difícil tomar una pequeña amistad con “Dos Flechas”. Un aventurero venido a menos que daba consejos a los recién llegados, él era uno de ellos. Tras un par de consejos comenzó a moverse en busca de la manera de obtener unas monedas. Le comentaron que un anciano tenia problemas de ratas en su granero. Allí fue. No era un gran trabajo pero algo de oro le darían por ello. Aceptó ayudar al viejo, se adentró en la estancia, cauto, y a base martillazos, acabo con unas cuantas ratas. El anciano asintió agradecido y Bran quedó con algunas monedas más en el bolsillo.
Caminó hacia el sur. Dio con el hospicio. Abrió la puerta, miró y se fue, ese lugar no era para él. Ancianos, y demás gentes con falta de actitud para valerse por si misma poblaba ese lugar. Eso si, se sintió muy bien tratado así que algo se removió en su corazón. Antes de irse compro unas pócimas para curar heridas y algunos buñuelos para matar el hambre.
De camino hacia el sur se encontró con tres tipos, cerca del bosque, mas aun se veía la ciudad. Le hablaron de una gran cantidad de monedas por dar caza a una bestia, a la que apodaban el devorador. Ese nombre, daba miedo. Bran lo sentía como una gran aventura. Se adentró en el bosque y varios lobos salieron a su caza. A base de martillazos a unos y caricias a otros se abrió camino hasta dar con una cueva. La exploración fue sencilla, la cueva no era grande. En lo mas profundo de la cueva, allí estaba él, el devorador. Era una batalla épica. La bestia contra el hombre. La lucha fue encarnizada, la salvaje criatura soltaba dentelladas a diestro y siniestro, algunas el guerrero las podía evitar y otras no. En tanto, daba martillazos y patadas. Ambos sangraban, el golpe final con el martillo a la boca de la bestia acabo con su vida. Bran apenas se podía tener en pie. Cargo el cuerpo del animal con las pocas fuerzas que le quedaban, y salió de la cueva. Llegó hacía donde estaban los tres tipos y se lo entregó. Quedaron de piedra y cumplieron su palabra.
Tenía suficientes monedas como para permitirse entrar en la posada del Alandor. Allí comió doble ración de cachopo y bebió cerveza a reventar. El movimiento del rabo de la camarera hacía que de cuando en cuando se le atragantara la comida. La cerveza ayudaba a pasar el mal trago. La habitación era económica y la cama era pequeña. Al menos, podría descansar tranquilo y sin temor.
Nuevamente en los llanos de la ciudad, estaba viéndolas venir, cuando un mestizo de piel morena estaba teniendo problemas para tomarla en dirección a Purskul, la villa del grano. Bran le dejó claro al caravanero que montarían los dos, y que no habría problemas. Decía llamarse Aamir y proceder del sur, de las tierras de la arena. Decía ser un buen arquero, pero pronto esa afirmación quedó en entredicho al ver como las flechas iban hacia todos lados menos hacía donde tenían que ir. En tal caso, entre ambos, se adentraron paso a través de unos bandidos en Purskul dirección a Crimmor. Los caminos eran difíciles, y más, para aventureros primerizos.
De nuevo en la ciudad de la moneda. El sol hacía justicia en lo alto. El distrito de la guardia no tenía mucho movimiento. En un edificio, en una de las calles lucía con encanto un cartel que mentaba al gremio de artesanos. Cuando entró se duplicó el numero de artesanos, ya eran dos, un herrero primerizo y Bran. Le comentaron que el mejor metal para empezar era el cobre, seguido del hierro. Habría bastante cantidad de estos metales en minas cercanas. Y así era, encontró vetas en una cueva en el Alandor, no sin antes atender a unos trasgos. En el túnel que une Crimmor y Naskhel, previo pago de impuesto para cruzarle. En las minas enanas de Kazad, cuya ubicación no tiene perdida, al menos en caravana, desde la mitad del camino que une Athkatla y Crimmor por la cuenca sur del rio Alandor, donde un trio de enanos tiene un puesto de pertrechos de segunda mano.
Fabricó su primera arma de cobre. Se ve que se le daba bien. Fueron años en la forja cuando aún le estaban empezando a salir los primeros pelos en la cara y las enseñanzas de su abuelo. Pocos días después empezó a darle al hierro. Todo iba bien. Llegó el acero al añadir a partes iguales hierro con carbón.
Kriell se cruzó en su camino. Era una tipa con cola. La cual movía sinuosamente de lado a lado. Ella fue la que le hablo del los tres hermanos enanos y la manera fácil de llegar a Kazad. El Problema era el camino del rio. Lleno de trasgos y de bandidos. Lo solucionó fácil moviendo su cola, sus manos y pronunciando unas palabras. Ambos quedamos ocultos tras un sortilegio.
Un día, hubo una batida, la encabezó un elfo de nombre Ewan, teniente de la guardia de Amn, al que llamaremos tres flechas. Tenía una facilidad pasmosa con el uso del arco. En ese viaje también había un druida con un vocabulario un tanto especial, Zentakord. Cythera, una genasí de aire acompañaba la marcha. Poseía grandes conocimientos y andaba con el viento. Kath, una elfa que camina sigilosa, a la que en mitad del pertrecho la llamaron del bosque. Y varios más que no por estar mencionados no son menos ni más. Lo importante es describir el camino que estaba lleno de peligro. Trasgos al comienzo, orcos siguiendo y lagartos llegando. Llegando es donde dejaron ver vetas de Dlarun, metal blanco hueso. A las que más pronto que tarde habría que pasar por el pico. Una vez en Crimmor, por diferentes motivos, el grupo de dividió, unos fueron a un lado, y resto a otro.
Era de día. En el distrito del rio, el de la mala gente. Un tipo, que se hace llamar Hack estaba custodiando un lugar. Se le notaba bastante intranquilo, se ve que necesitaba vicio. Hablando con una de las mujeres del lugar que enseñaban cacho se dio cuenta de que buscaba tabaco, y además de Brynnley. Por suerte días atrás, vio que lo vendía un negociador de baratijas. Lo compró. No era caro. Se hizo pasar por comerciante. No se sabe si realmente engañó a Hack o si Hack necesitaba el tabaco como el comer y se dejó engañar. El caso es que ahora podía entrar. Había mala gente que no entendía a palabras. Así que el martillo de Bran iba de una cara a la otra hasta que llegó al final del asunto. Unos pobres esclavos estaban presos. Les dejó libres sin pedirles nada a cambio. Tampoco les escoltó hasta salida.
En los paramos del rio Alandor, junto a unos troncos se suelen reunir algunos aventureros. A destacar un robusto de nombre Kharmin. Uno de los troncos tiene la forma de sus posaderas. Arthal, un arcano. Wotan, el kobold. Uno de los pocos buenos del lugar. Boti, con torso en forma de abrazo. Enma, seguidora de la dama de los gatos. Se reúne ahí gente tan importante como la alcaldesa de la mancomunidad de Gambiton, Numina. Flynn, el intrépido hin. La siempre sonriente elfa Acala. Ina, la dama del bastón. El sabio Zentakord. Una drow seguidora de la doncella oscura de nombre inescribible en común. La bellaorca Fery, seguidora de la dama del cabello de fuego. Y un sin fin que no habría páginas para mentar a todos ellos.
Debido a la presencia de dragones y mazmorras, había que poner un descanso a la vida de aventurero. Wotan y Zentakord preparaban un ritual. Varios ingredientes eran necesarios para prepararlo y todos ellos encontrados en el Alandor. El bosque era inmenso. Una vez los vapores empezaron a fluir Arthal, fue el primero caer. Scarlet cayo y su busco emplumo el golpe. Flynn le siguió el paso. Ina. Lufram. Finalmente Bran entro en el mundo de los sueños.
...la cola de Kriell le tenía rodeado por el cuello de forma sutil. Las manos de ella estaban posadas sobre el torso desnudo de él. Esa cabeza con cornamenta le sonreía mientras le miraba desde un costado. También veía el rostro de Fery al otro costado. Sus cabellos rojizos le caían dejando ver su hermoso rostro. Esa sonrisa parecía dar vida. Las manos de la bellaorca también estaban sobre el pecho del guerrero. Bran no era capaz de moverse pero notaba que bajo su cintura su arma comenzaba a levantarse...
Un bastonazo casi a la par de Zentakord y Wotan despertaron al guerrero. Había sido un gran ritual. Necesario para retomar energías en los malos días que recorrían Amn.
El viaje a los humedales no es como lo cuentan. Estaban Bran y su caballo, al que bautizo como Entrometido en el establo. Un guerrero de gran porte se acercó. Su nombre era Fran Morris. Iba a caballo. Con un gran manejo de la lanza, él delante, y Bran detrás, se abrieron paso por las zonas más seguras que no eran muchas. Bandidos y lagartos caían a su paso. Los más lanceados y los menos martillados. Fue un largo viaje hasta acabar cerca de Purskul, con las ganancias ambos caballos comieron doble ración de avena. La cerveza para celebrar la gesta corrió por toda la taberna de la villa del grano. Aunque siempre había algún raro que le daba al vino, y no a cualquiera, al de la cosecha 1300. En los últimos brindis no salían las palabras. El último que recordó Bran es el de un semiorco que clamaba “Paco” antes de caer rendido con la cabeza en una de las mesas.
La corona de cobre es uno de esos lugares que merece la pena visitar con lo justo y si no tienes mucho que perder. Bernand, el posadero, comentó con Bran algún que otro rumor sin importancia. La mayoría de personas del lugar iban de negro, y el que no, dejando ver carnes. A la tercera cerveza el posadero cabeceo hacía un costado. Su ayudante estaba preocupado por un problema que tenía en el sótano. El héroe de capa roja no dudo ni un momento en ayudarle a cambio de algunas monedas. Ya se había enfrentado a presas más grandes. Bajo pertrechado de pies a cabeza. Se fue abriendo paso a base de martillo primero, después a puñetazos sosteniendo el escudo y finalmente con la única protección su capa roja. Había sufrido heridas, muchas heridas. Esas antenas de esos escarabajos eran el demonio, deshacían todo lo que tocaban. Ahora el problema lo tenía él, el guerrero. Se puso la capa a modo de falda y subió del sótano de la corona de cobre con el escarabajo más grande que encontró sobre el hombro. Lo dejó sobre el mostrador. Farfulló algo en iluskano y tras recibir una generosa recompensa abandono el local. Tenía que apresurarse al menos a comprar una muda de leñador y forjar un nuevo martillo. Eso si, ahora era un cliente de preferencia de la corona de cobre y tenía nuevos precios con descuento. Tardaría tiempo en recuperarse de lo ocurrido pero como dicen por ahí, el tiempo lo cura todo.
Pasaban los días. En uno de ellos, casi al caer la noche, sonaban las trompetas. Purskul estaba siendo asediada por la no muerte, extraños dracos y a saber que más. Bran no lo pensó un momento, tomó su corcel en el establo de la ciudad de la moneda y cabalgo hasta Purskul, por la parte este. El asedio era desde la parte norte y sur de la villa del grano. Era un ataque coordinado. Había grandes aventureros de renombre defendiéndola. Las flechas de Aviel lograban impactar en los muertos que se acercaban, las kamas de Flynn entraban en juego a la velocidad del rayo sobre esas criaturas. Lufram con su hacha parecía no dar a basto. Las flechas de Ewan atravesaban Purskul. Radix el invencible luchaba, caía, y luchaba de nuevo. Las alas de Baldrak no paraban de moverse en batalla. Zahal perdió hasta la armadura con tanto ímpetu en la lucha. Por suerte había capa roja de por medio. El martillo de Bran le hacía volar de un lado a otro luchando contra esas pestilentes criaturas. La magia de Numina masacraba esas abominaciones. Muchos más aventureros participaron en la contienda. Fue una gran defensa. Pero dicen que la mejor defensa es un buen ataque. Los pasos de unos pocos de estos intrépidos fueron guiados por los humedales hasta una cueva donde se toparon con una larva vomitiva y cuatro rocas custodiándola. Tardaron en darse cuenta de que esos cristales daban vida a la maligna larva. Lograron disipar la magia que allí fluía. No había momento para descansar. Las rocas de la cueva comenzaron a temblar y de seguido a caer. Una de más caótica roca atravesó el espacio de Bran. Le impacto de lleno sin opción aparente de evitarla. El guerrero caía hundido en la desgracia. Flynn fue alcanzado por otra. Por suerte Baldrak, un alado robusto, pudo sacar al guerrero inconsciente de la cueva. Flynn salió por su propio pie, muy malherido. Un elemental de piedra abrazaba las rocas apartándolas del camino. El canto moralizante de Madeleine se escuchaba desde fuera de la cueva. El peor parado fue Flynn, que paso una larga temporada en el hospicio con varios vendajes, entre ellos uno aparatoso en el rostro que le impedía rascarse con soltura la nariz.
El bautismo. Dicen que alguna vez en batalla los bárbaros, en especial los del norte, suelen perder la cordura y atacar a todo lo que se mueve. Sin distinguir. Era una apacible mañana cerca del establo en los llanos exteriores de la ciudad de la moneda. Un cordel blanco estaba siendo cepillado por un bárbaro de proporciones gigantescas. Bran se acercó a él. Una cornamenta sobre la cabeza de una fémina se acercó. Portaba una guadaña. Respondía al nombre de Tifu. Era enfermizo. Jorunn era el nombre del bravo. Los tres aventureros se encaminaron finalmente hacia el sur. El camino entrañaba pocas dificultades hasta que comenzó el terreno que moran los medio hienas. Eran duros, pero no lo suficiente para parar las ansias de aventura. Localizaron una cueva. Se adentraron. Se iban abriendo paso a base armas hasta que un caudillo medio hiena entró en la refriega. Era también enorme. La lucha fue encarnizada, los tajos iban de un lado hacia el otro. Jorunn recibió varios y sus ojos se inyectaron en sangre. Su gran hacha se dirigía hacía todo lo que se movía. Uno de esos golpes reventó en dos el escudo de Bran, junto con parte de su armadura, el yelmo alado y su espíritu.
...Una figura de un herrero musculoso y pelirrojo miraba hacia Bran negando. “¿Otra vez aquí?” Parecía que preguntaban esos ojos. El guerrero se veía de una pieza. Con el pecho hinchado cual palomo, el cual parecía que iba a reventar de cota de mallas en cualquier momento…
Estaba tumbado en una cama en el hospicio. Su bolsa de oro le parecía que pesaba la mitad y parte de los recuerdos de su última batalla caían en el olvido. Una de las monjas le acercó un poco de agua a la boca. Después le dio un par de buñuelos, que dicen que hacen resucitar a un muerto. Le contó que le habían encontrado tirado en mitad del camino y que no sabía quienes. Que le dejaron ahí, en el hospicio. Al guerrero le dolía todo el cuerpo, desde el tobillo hasta la nuca. Apenas podía articular palabra.
Pasó algún que otro día. Bran estaba mirando los barcos zarpar hacía diferentes destinos. Sus ojos se clavaron en un hin con un gran paquete, el cual estaba en el suelo. La pequeña criatura no podía con el. Le contó que le esperaba su primo en Crimmor. Que si le hacía el favor. No tenía nada mejor que hacer. Tomó la pesada carga entre sus manos, embarcó dirección a Crimmor. El viaje fue un visto y no visto. Con la carga entre sus brazos caminó hasta el mercado. Un hin que rondaba el lugar reconoció la caja. Bran se la entrego. Recibió a cambio unas monedas. Transporte entregado. No estaba para muchos sobresaltos. Paseó hacía la encrucijada de Crimmor, buscó un lugar poco transitado y se tumbo mirando hacía el cielo. Comenzó a contar estrellas hasta que se quedó dormido.
Un día cualquiera en el camino del rio. Acala una arquera elfa que decía haber sido dendravoz hablaba tranquilamente con Aamir, el medio elfo de origen sureño devoto del ojo agudo. Bran apareció por el camino. Les contó que en las minas de Kazad había unas vetas que estaba buscando. Hizagkuur, un metal gris argentado que recibió su nombre en honor a un enano. A pesar de las malas noticias que rondaban Amn, ese día parecía ser tranquilo. Los tres se pusieron en marcha. El camino del rio no era peligroso para el trío. Algún trasgo salía a su encuentro más por vergüenza que por otra cosa. Los bandidos tampoco eran problema. Una vez en el campamento de pertrechos de los enanos tomaron la caravana hacía Kazad. La nieve se hacía más palpable según se iban acercando. Una vez allí se adentraron en las minas y comenzaron a descender. El peligro se sentía en el aire. Esos seres mitad medio algo estaban hambrientos de aventureros. El martillo y el escudo de Bran hacían parte del trabajo. Las flechas de Acala y Aamir el resto. Todo iba bien hasta la aparición de un extraño ser. Su cuerpo era de tierra y rugía como un león. Costó pero cayó. Allí estaban las vetas grises argentadas de hizagkuur. Bran pico hasta que no quedó mineral. Era el que podía cargar. Tocaba volver. La marcha iba bien hasta varios engendros de las profundidades salieron al paso de los aventureros. El guerrero no lo pensó. Martillo en mano embistió al grupo. Quedó paralizado. Las flechas de sus compañeros no fueron suficientes. Hincó la rodilla y después el resto del cuerpo.
...Acala, nieves y siete enanos. Era lo veía Bran al despertar tiritando en mitad del campo blanco. Los enanos estaban aterrados, Acala no respondía. Parecía estar envenenada. Bran se levantó y se encaminó hacía ellos. Escuchaba incrédulo como el enanos le instaban a que la besara en los labios para quitarla el veneno, que era cosa de magia y que esa era la solución. No lo pensó demasiado. Se agachó y acercó sus labios poco a poco a los de ella. Cerró los ojos y…
Sintió tierra en la boca. Era del guantelete de Aamir intentando reanimarlo. Bran abrió los ojos y observó, tumbado en la mina, lleno de heridas, al medio elfo moreno y a la elfa pelirroja. Preguntó que había pasado y le contaron más o menos la historia. Que cayó como un héroe, pero que ya estaba bien, que todo había pasado.
Hablando de héroes. Dicen que en el camposanto de Athkatla hay un lugar llamado la cripta de los héroes. Era otro día de aventura, esta vez junto con Flynn el intrépido hin. Uno se esperaría encontrar el mausoleo de Preston de Argluna. Azote de la no muerte en tiempos pasados. Quizás sean exageraciones pero dicen que hubo uno época en tiempos pasados, que con decir la palabra preston a un no muerto este caía como por gracia divina. Los manuscritos en el templo Oghma no lo dejan del todo claro, al menos, para las mentes mundanas. Incluso se puede intuir que se popularizo entre las clases menos pudientes de Amn el termino prestonizar como acción de destruir a un no muerto. La palabra preston llego a ser hasta respuesta de varios acertijos que se les solían hacer a los huérfanos del hospicio. Parecía ser la respuesta para todo. Las inscripciones no dejaban lugar a dudas de que era un lugar peligroso. Varios huesos tomaban forma. Faltos de vida caminaban hacía Flynn y Bran. Caían a base de kamas y martillo. De la primera cámara salió un ser olvidado que tras su enésima caía volvió a ser polvo. En la segunda se vio un ser similar. Después de ser derrotado dejo caer un elixir con la inscripción Horus-Re. Cuando ambos aventureros pisaron la tercera estancia de la cripta un arcano no muerto tomó vida. Comenzó a conjurar dejando ver que algo ligeramente cobrizo tenía en la boca. Tras acabar con la criatura se percataron de que eran unas monedas de cobre con una extraña inscripción. Sus pasos continuaron hasta la gran cripta final. La no muerte parecía no tener fin. Fue una lucha legendaria contra varios seres que seguramente antaño fueron grandes aventureros que poblaron Amn.
Purskul estaba medio en ruinas tras el asedio de la no muerte, de dracos y demás criaturas. Había que reconstruirlo. Un mestizo de cierto renombre en Amn, perteneciente a la casa Gáldrim pagaba una generosa cantidad por cualquier aporte que pudiera ser valido. Desde leñadores, carpinteros y artesanos de cualquier índole. Su nombre era Sulion y tenía tal encanto personal que visto de espaldas era atrayente para ambos géneros. Esas melenas y esas posaderas no dejaban lugar a dudas. Bran sintió pensamientos impuros. La reconstrucción marchaba bien. La capataz Talivia de los Gáldrim dirigía cigarro en boca. Numina aportó magia y su golem. Madeleine su voz de ánimo. Lugram y Aitana, su fuerza física para entre otras cosas acarrear con los maderos. Hasta una vaca parió. Acala y Aamir con buena mano, ayudaron al prodigio. Se le regaló el nombre de Torivio. Tras lo acontecido una generosa paga entró a la saca del guerrero.
Si había un lugar donde se robaba en Athkatla ese era el banco en el distrito gubernamental. Se veía entrar a hombres con sus mejores galas y una saca de monedas con el convencimiento de que estaba depositando sus riquezas en un lugar seguro, y salir, casi desnudos. Algunas mujeres perdían hasta las bragas. Los intereses que cobraba la entidad eran épicos, no había competencia. Bran entró engalanado para la ocasión para dejar a buen recaudo algunas monedas, y en custodia algún que otro artefacto mágico. Casi que salió con una mano delante y otra detrás. Escuchó un rumor que empezaba a extenderse más con cada día que pasaba que hasta el gubernamental llegaba. Un ladrón de guante blanco hacía desaparecer, como por arte de magia, la sutil prenda femenina. Se hacía llamar el mago ese don Juan. Desde monja del hospicio, aventurera, o una simple plebeya. Incluso dama del gubernamental se quedaba sin ella. La mancebía y la guardia no daban a basto. Doradas, discretas, rosadas, grandes y alargadas, ninguna se libraba.
Bran veía con buenos ojos que de cuando en cuando algún que otro aventurero llegaba a la ciudad. La típica muda de leñador los delataba. Se veía que su soltura escaseaba. Lo que le hacía torcer el gesto era verlos pocos días después con mágica equipación y entrenamiento digno del más poderoso guerrero. Sin lugar a dudas eran los tocados por la vara de los dioses. El no hacía más que escapar de esa vara, de la vara de Abelino. Un plebeyo que decía ser de Amnagua. Ataviado con un largo vestido rosáceo y con un escote del que solo salía pasto. Moraba últimamente el exterior de la posada del Alandor. Hacía ojos y propuestas desviacionistas, entre otros, a Bran. Tenía miedo. Pidió al posadero del Alandor una habitación para pasar la noche. Entró, cerró con pestillo. Colocó el martillo y escudo a modo de tranco, no se fiaba. Una vez tumbado en la cama poco a poco empezó a caer en el mundo de los sueños.
...Una voz chirriante llegaba a los oídos de Bran. Era Abelino que clamaba estridente que sus piernas estaban abiertas para él y que esa cerradura no precisaba de llave. El guerrero sudaba, temblaba y sentía como si un gran escalofrió recorría su cuerpo. Por momentos le parecía que se estaba enfrentando a algo más poderoso que un dragón. Y él era incapaz de moverse, tumbado boca abajo con todo su ser ofrecido. Le pareció sentir un pequeño roce…
Abrió los ojos. Su respiración estaba agitada. Miró en derredor y no había nadie. El martillo y el escudo seguían en la puerta. La ventana estaba cerrada y ofrecía la vista nocturna de las estrellas sobre los paramos del Alandor. Cuando se tranquilizó se dio la vuelta e intentaba seguir durmiendo luchando por sus sueños pero no pudo, ya que se escuchaban bramadas por parte de lo parecían grandes aventureros historias de dragones y mazmorras en un mundo infernal que se ocultaba entre las sombras la fuerza del mal.