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La Voz de Amn

BobM

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LA VERDAD TRAS BODA ROJA DEL CEREAL: EL ECO DE LAS VICTIMAS
Por Helios Odger, Columnista de la Voz de Amn
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Es dificil que nadie haya escuchado sobre el trágico suceso que hasta dia de hoy sigue asolando en los corazones y las mentes de los habitantes de Purskul, mi compañera de redacción Evelyn Blackwood expuso lo sucedido en aquel incidente, pero son muchos los detalles, quizas por no alterar a la población civil, los que han sido omitidos quizas con la intención o no, por entregar una narrativa, una de guerra, una mirada hacia las bestias, hacia los licantropos, hacia Murann

Pero uno debe de temer a aquellas que se esconden en nuestros muros, en nuestra sociedad, con la piel de los hombres.

La Boda Roja y sus testimonios.
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El incidente tomó la vida de personas a las cuales un servidor hoy entregará su nombre, Lina, una muchacha querida y respetada en la villa, hija de uno de los molineros locales, quien en aquella festividad se habia entregado en matrimonio a Rob, el asistente del alcalde, un enlace nupcial que prácticamente unía a la gran parte de los vecinos de Purskul, sin importar su clase y pertenencia, Margaret la Dama de Hierro y ex jinete de la Liga del Cereal, era una amiga muy cercana de la familia, incluso podria decirse, que todos los alli presentes, tenian un vinculo único el cual les fue arrebatado aquel fátidico dia.

Ahora, con el beneplácito de los que desean que se encuentre justicia, hago eco de sus testimonios, de aquellos quienes sobrevivieron y contemplaron el horror antes de que el fuego y la muerte consumiera todo.


Rosalie, mujer, 33 años, viuda y madre de tres niños:
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Fue horrible, ¡horrible! Estábamos bailando, comiendo. Los novios acababan de casarse, Lina la hija del molinero y Rob el asistente del alcalde. Buenos chicos, buenas personas. Eran muchos, casi una decena ¡o tal vez más, no lo sé, se movían muy deprisa! Y llevaban una bestia con ellos. Un toro a dos patas que hacía temblar el suelo al caminar. Hubo conjuros, eso lo sé... Fueron los que más gente se llevaron. Yo me escondí y me quedé mirando desde el ventanuco del sótano, por si podía guiar a alguien hasta un lugar seguro. Pero no tenían tiempo, les... Les mordían, bebían de ellos, algunos tenían garras que no parecían humanos. ¡Oh, Dios y todos respondían a una mujer! ¡Sí, es verdad, ahora lo recuerdo! Una mujer menuda con el rostro cubierto por una capucha. Ella les trajo hasta aquí.

Edmund, varón, 51 años, molinero y padre de la novia difunta:

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Había... Había subido a lo alto de la colina, a ver a Margaret. Era una vieja conocida de mi mujer, que en paz descanse. Ayudó mucho a la familia cuando se la llevó la crisis del gorgojo. Si me hubiera quedado con mi hija, tal vez... Tal vez habría podido...


Venían desde el Norte, estoy seguro. Si hubieran venido desde el Sur, Margaret y sus hombres les hubieran visto y estaríamos prevenidos. Si eran bestias de Murann, muy listas tendrían que haber sido, y no parecían gente cuidadosa, ¿sabe usted? No cubrieron sus huellas, ni limpiaron los mordiscos y garras. Seres de la noche, estoy seguro. Desde Crimmor o la capital, no lo sé. Llegan muchos rumores... Sé que así es. Uno de ellos se ha llevado la espada de Margaret, la Matabestias. Le vi cogerla desde mi escondite, un tipo alto y fornido, el que luchaba con fuerza sobenatural.

Enel'dur, varón élfico, edad indefinida pero venerable, astrónomo:
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Yo ni siquiera debería estar aquí. Había venido por casualidad, a estudiar la luna de sangre y cómo afecta a nuestro cosmos. Vine con la caravana de mercaderes que vieron una oportunidad en el enlace y acampamos a las puertas. Arrasaron con todos, pero no comprobaron el interior de las carretas, donde yo estudiaba. No se llevaron mercancía, joyas ni enseres de valor. No era gente desesperada buscando sustento, solo buscaban el placer de la muerte.

Como digo estaba escondido, les escuché hablar. Mencionaban una fiesta, que habían tenido un golpe de suerte porque le habían puesto melodía a su hazaña, en referencia a la música nupcial. Estaban deleitados con que así fuera, hablaban de la sangre, esperando que hubiera jóvenes e infantes. Vampiros, sin duda. Soy un hombre estudiado. Por sus palabras, parecía que llevaban acechando la zona un tiempo, preparando un ataque. Pero no habían escuchado del enlace, por eso estaban sorprendidos... Dioses, cuánta sangre, cuánta tragedia...


Salí cuando se fueron y pude ver algo más. Uno llevaba la espada de la jinete, un hombre alto, de musculatura fornida. Otra, una mujer de complexión delgada y ágil, se llevó la lengua de la ya mentada. Examiné las víctimas que quedaban más enteras, por si alguno aún tenía salvación. Ninguno, pero un hombre que plantó batalla tenía un mechón de pelo albino entre sus dedos, fuertemente aferrado. Tiraría de él, supongo.

Sea como fuere, sin duda les lideraba alguien de entre los míos... O que algún día lo fuera. Nada me llena de más congoja que eso.

De la fuerza de aquellos que han tenido la capacidad de hablar, podemos llegar a construir el sendero para averiguar la verdad sobre lo ocurrido, evitar que aprovechados busquen que la sangre de los inocentes impulse una idea o una lucha que no es la que les pertenece.

Los perpretadores estan entre nosotros, criaturas de la noche, dominantes de bestias, un individuo de herencia elfica, entre ellos un varón de fuerza sobre humana y al menos uno de ellos o quizas varios con el cabello blanquecino, lanzadores de conjuros, y lo más importante, atacaron desde el Norte, desde suelo amniano., no vinieron de fuera.

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Skotos

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Sopa de caracoles y memoria
Por Gwenaëlle Shade, Editorial - Corresponsalía del Norte

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Apreciados lectores,

La reinauguración del Teatro de la Alegría fue celebrada por todo lo alto, atrayendo para la ocasión a figuras célebres de todo Amn. Desde algunas más polémicas, como el ahora exalcalde Morian Mausser, hasta Lady Fery Krill de Sune, que actuó como mecenas y una de las anfitrionas de la velada; pasando, naturalmente, por las propias actrices: Astrid MinstrelTides, antigua compañera de redacción de este medio; mi compañera del Consejo Editorial, Madeleine Sweeney; y la joven promesa de las artes, Elisabeth Langley.

También hubo otras presencias sonadas (y no siempre por su fama, sino por el momento elegido para hacerse presentes), como la del Senescal James Kerloch, que acudió justo al finalizar la obra y, según algunos, confundió los aplausos de la bancada con una ovación por su llegada.

Pero bueno, no han venido a leer chanzas y cotilleos. ¡Eso espero! Hablemos mejor de la obra.

La representación elegida fue una pieza alegórica llamada "Tarde de brebajes mágicos y sopas de caracol". Tras abrirse el telón, el público vislumbró el interior de una acogedora torre de magia, repleta de libros, plantas secas, recuerdos de otros tiempos y, como no podía faltar en semejante lugar, algún gato cuya presencia resultaba más sospechosa de lo que probablemente debería.

Allí se reencontraban tres viejas conocidas: Winifred, "la Nostálgica"; Mary, "la Aguafiestas"; y Sarah, "la Phyros". Tres mujeres que parecían haber sobrevivido durante décadas tanto a los peligros de la magia como, quizá con mayor dificultad, las unas a las otras.

Buena parte de la representación se centró en sus discusiones y recuerdos. Una acusaba a otra de haber incendiado un bosque (accidentalmente, por supuesto); luego hablaron sobre gatos mágicos, brebajes cuya composición quizá fuese mejor no preguntar y viejas hazañas que cada una recordaba de manera ligeramente distinta. Mary llegó incluso a explicar que había pasado treinta años encerrada en aquella torre intentando convertir un dragón en bibliotecario.

La obra no pretendía tomarse demasiado en serio a sus protagonistas. Ellas mismas tampoco parecían tener intención alguna de hacerlo. Hicieron bromas sobre como otros las trataban a medida que pasaban los años, sobre sus antiguos errores y muchas excentricidades. Había un cierto componente de surrealismo en la interpretación, bien entendido, en el que se mostraba a un género bien conocido en Amn: el del aventurero que ha vivido todo. Personas tan acostumbradas a lo extraordinario, que trataron la presencia de un gato mágico lanzando rayos como poco más que una molestia ocurrente.

Sin embargo, entre broma y broma, la conversación fue cambiando.

Las tres comenzaron a hablar de lo que había sido de sus vidas después de aquellos años de aventuras. Del tiempo transcurrido. De las decisiones que habían tomado y también, inevitablemente, de aquellas que nunca llegaron a tomar.

En un momento determinado, Winifred reconoció que nunca había tenido hijos. No porque hubiese decidido necesariamente no tenerlos, sino porque, sencillamente, nunca había encontrado tiempo para ello.

Esto, por sí solo, plantea una reflexión que hizo pensar a más de un asistente. ¿Damos realmente un uso debido al tiempo del que disponemos? ¿Podemos afirmar, verdaderamente, que vivimos sin arrepentimientos?

A partir de ahí, las tres comenzaron a imaginar qué clase de madres habrían sido. Winifred aseguró que habría sido estricta; Sarah respondió con un entusiasmo algo preocupante, propio de quien podría considerar perfectamente razonable enseñar a una criatura cómo lanzar bolas de fuego; y Mary, entre chanzas, admitió también que aquella posibilidad formaba parte de las muchas cosas que su vida había dejado atrás.

Fue una escena divertida. También fue, a su manera, bastante entristecedora.

No porque aquellas mujeres pareciesen arrepentirse de todo cuanto habían hecho. Al contrario: habían vivido vidas extraordinarias. Habían conocido la magia, viajado, sobrevivido a peligros y acumulado suficientes historias como para discutir durante otra treintena de años acerca de cuál de ellas recordaba correctamente cada una.

Pero incluso una vida llena de acontecimientos nos obliga a escoger. Y escoger una cosa significa, inevitablemente, renunciar a otra.

Quizá por eso me pareció acertado que la obra hablase del paso del tiempo sin convertirlo en una tragedia. Aquellas mujeres seguían riéndose, discutiendo, exagerando sus historias y burlándose de sus propios errores. No eran ya las jóvenes que habían sido, pero tampoco necesitaban serlo.

Cuando finalmente cayó el telón, el público respondió con un largo aplauso.

Fue entonces cuando el acto adquirió un significado diferente.

El señor Morian Mausser, quien hasta fechas recientes había ejercido como alcalde de Crimmor, tomó la palabra para recordar que la representación no había sido organizada únicamente como entretenimiento. Se cumplían también seis años desde uno de los momentos más difíciles vividos por la ciudad, cuando Crimmor sufrió el asedio durante la guerra, y la ocasión servía igualmente para conmemorar la recuperación de la villa y cerrar una etapa de su gobierno.

Hizo asimismo mención de varios mecenazgos y esfuerzos que contribuyeron a la reconstrucción del Teatro de la Alegría, aunque, lastimosamente, no hubo referencia a las tempranas aportaciones al proyecto del antiguo Maestro Artesano del Gremio, Sir Lekin Tan'naru.

Se habló después de Imnescar.

Al parecer, como homenaje a la ciudad caída, surgió la iniciativa de rescatar una semilla procedente de un árbol que una vez perteneció a la villa. Lady Krill tomó la palabra para explicar el propósito de semejante gesto, en cuya preparación había colaborado también el Enclave Esmeralda.

Insistió en que no deseaba hablar únicamente de tragedia. Que de cuanto nos sucede, incluso de las ocasiones en que caemos, también debe extraerse alguna enseñanza. Del mismo modo que el Teatro de la Alegría volvía a abrir sus puertas después de ser reconstruido, allí donde un árbol había muerto podía crecer otro.

Creo que la representación que acabábamos de contemplar hacía que aquel gesto adquiriese todavía más sentido.

Las tres mujeres de la obra habían dedicado buena parte de la noche a recordar aquello que hicieron, aquello que perdieron y aquello que nunca llegaron a tener. Ninguna podía regresar treinta años atrás para escoger nuevamente su camino.

Y ciertamente, la reflexión que plantea resulta muy actual.

Últimamente se habla mucho de la situación del Yermo y vuelven a discutirse errores pasados, señalándose la implicación (o ausencia de ella) de distintos grupos en la caída de la ciudad. Habrá quienes continúen debatiendo esas responsabilidades, y seguramente sea necesario hacerlo. Pero, con independencia de las conclusiones a las que se llegue, existe una verdad incómoda que todos debemos asumir: no podemos regresar atrás en el tiempo.

No podemos devolver sus casas a quienes las perdieron, deshacer aquello que ocurrió ni ofrecer otra vida a quienes encontraron allí el final de la suya. Pero sí podemos decidir, en cambio, qué hacemos con aquello que permanece. Con su recuerdo.

Recordar no consiste únicamente en conservar unas ruinas ni en repetir una y otra vez las mismas desgracias. Tampoco exige permanecer inmóviles frente a cuanto se perdió. Significa procurar que quienes vengan después sepan qué hubo allí, qué ocurrió y por qué merece ser recordado; que el dolor enseñe algo a quienes todavía pueden aprender de él, y que quienes sobrevivieron puedan continuar viviendo sin que ello suponga abandonar a quienes no pudieron hacerlo.

No sé cuánto tardará aquel nuevo árbol en crecer. Probablemente muchos años. Quizás quienes lo plantaron no lleguen a verlo alcanzar toda su altura.

Pero alguien lo hará.

Espero que cuando eso ocurra, todavía haya quien pueda explicar por qué fue plantado allí.​
 
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