DM Nazgul
Dungeon Master
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Las primeras señales llegaron con el viento.
No fue una tormenta, ni una nube baja arrastrándose entre los picos.
Fue algo que descendió desde lo alto de la montaña, como si la propia cordillera hubiese exhalado un suspiro gris que llevaba siglos contenido en sus entrañas.
Los exploradores del Enclave Élfico fueron los primeros en verlo.
Una bruma espesa comenzó a derramarse por las laderas de los Picos de las Nubes, filtrándose entre las raíces del nuevo bosque, extendiéndose lentamente por el Bosque de Tethir como un río silencioso.
Al principio parecía inofensiva.
Pero no tardaron en comprender que no era una niebla natural.
Las hojas no se movían dentro de ella.
Los sonidos se amortiguaban.
Y la luz del día parecía morir antes de tocar el suelo.
Cazadores humanos de las lindes y clanes como los Redhed juraron haber visto figuras élficas entre los árboles.
Mas no hallaron ni huellas, ni rastro. Solo el eco de un susurro.
Demasiado cerca del corazón del enclave élfico como para ser humanos, seres de piel cenicienta y ojos opacos caminaban entre los árboles como si pertenecieran al lugar desde siempre. Algunos gentiles al mirarlos perdían todo ánimo, caían en una ensoñación forzada y despertaban entre lamentos y lágrimas.
Dolor. Sufrimiento. Recuerdos ahogados.
Elfa dijo:Vi la hermosa torre blanca de Suldanessallar... raíces negras enroscándose sobre la torre del arte. Desde su cúspide se precipitaba el cuerpo inerte del Mago Real.
Los elfos comenzaron a temer la noche.
Durante el trance, muchos de ellos empezaron a ver los mismos recuerdos.
Sombras arrastrando a los desaparecidos hacia una versión torcida del bosque.
Los druidas del Enclave Esmeralda notaron primero que las raíces se estaban moviendo. No creciendo: moviéndose. Excavando bajo la tierra como serpientes dormidas. Nadie notó nada... Hasta que desapareció el primer explorador.
Las raíces se cerraron sobre su pierna como dedos. No gritó mucho tiempo.
Dos centinelas Velarh, habían regresado tarde de una patrulla hacia los lagos. La bruma estaba espesa sobre el agua.
El elfo afirmó haber reconocido a su amada entre los árboles.
Elfo Velarh dijo:Ella se acercó caminando lentamente sobre la orilla. No habló. Solo sonrió. Me abrazó y besó, pero su piel estaba fría. Cuando se apartó de mí, vi sus ojos. Su cuello se torció completamente hasta invertirse, su rostro de deformó en algo imposible, con los ojos hundidos y la boca abierta en un grito de ultratumba. Y entonces desapareció de la bruma.
Con el pasar de los días, más árboles extraños y oscuros aparecían donde antes no estaban, como si aguardasen un despiste o pérdida de atención para retorcerse sigilosamente al paso de la bruma.
Y entonces ocurrió.
Era un guerrero de la horda, uno de los que había sobrevivido a innumerables escaramuzas contra bestias, hombres y elfos. Un bruto orgulloso de su hacha, convencido de que todo enemigo podía partirse en dos si el golpe era lo bastante fuerte. Y él con su sangre de gigante, sin duda era lo bastante fuerte. Parecía confundido.
Entre las piedras y los riscos comenzaron a aparecer árboles.
No los pinos escasos que a veces crecen en las grietas de la roca, sino troncos retorcidos, oscuros y torcidos como garras que emergían del suelo pedregoso donde nunca debería crecer nada.
Gigante dijo:Montaña estar convirtiéndose en bosque.
Las ramas se cerraban por encima de su cabeza formando un techo de hojas negras. Los árboles habían cambiado de sitio.
El guerrero intentó regresar sobre sus pasos, pero el sendero ya no estaba donde lo recordaba.
Las raíces surgían entre las rocas como serpientes, enroscándose alrededor de las piedras. Algunas parecían moverse cuando no las miraba directamente.
Una mujer élfica estaba de pie entre los árboles. No llevaba armas. Solo lo miraba. El guerrero gruñó y avanzó hacia ella, levantando el hacha. Pero antes de llegar, la figura se desvaneció, en su lugar quedó un árbol torcido que no recordaba haber visto antes.
La congoja comenzó a apretarle el pecho.
Pocos días más tarde, dos informes muy distintos llegaron al Enclave de Tezhir:
Centinelas del narraron haber visto rastros de orcos, trasgoides y algún ogro en los bosques. Las flechas silbaron entre los árboles, hallando tras la escaramuza una piedra tallada en gigante, "Gran Guardián de Murannheim".
Una presumida elfa solar se asomaba a la Plaza del Mercado del Enclave desde su casa sobre un árbol, dispuesta a buscar una nueva arpa con la que deleitar a su esposo. Ahí se encontró, entre la bruma densa de esa mañana que no permitía vislumbrar más allá que las luces difuminadas, una figura ceniza de orejas picudas como las suyas, girándose para atravesar a un comerciante tel'quessir con su filo y desvanecerse después en la niebla.
La bruma extinguió sus gritos.











