ET Faker
Equipo Técnico
- Registrado
- 20/9/23
- Mensajes
- 2,277
La lluvia no cayó aquella noche sobre Amn; más bien pareció rezumar de los muros y de las piedras, como si la ciudad hubiera despertado con fiebre. Las tejas brillaban con un lustre enfermizo, y las callejuelas, estrechas y torcidas, devolvían una humedad añeja cargada de un olor metálico que se adhería al paladar. Nada en el cielo anunciaba tormenta. Sin embargo, el aire pesaba denso en su camino a los pulmones.
Las Brumas comenzaron siendo una insinuación, una veladura baja que reptaba desde el cauce del río y se extendía con la docilidad de lo inevitable. No descendieron del firmamento ni surgieron en remolino; se deslizaron, insinuándose entre los quicios de las puertas, en las rendijas de las ventanas mal cerradas, en las junturas de la piedra. No obedecían al viento, pues éste soplaba en dirección contraria y, aún así, ellas avanzaban.
I. El Mercader Que Cruzó Dos Veces
El mercader había llegado a la ciudad tres días antes de que comenzaran a comportarse como algo más que un accidente del clima. Nadie supo precisar con certeza de dónde procedía. Sus documentos estaban en regla —o al menos lo bastante como para no suscitar sospecha inmediata— y su cargamento, compuesto de telas oscuras y pequeñas cajas lacadas, no parecía distinto del que cualquier comerciante prudente pudiera transportar por rutas Amnianas.
Sin embargo, hubo algo en su llegada que no armonizaba con el pulso habitual de la ciudad.
La primera noche se alojó en una posada discreta, lejos de las avenidas más transitadas del Distrito del Puente, en una calle donde las fachadas se inclinaban unas sobre otras con una intimidad malsana. Apenas salía durante el día. Quienes afirmaron haberlo visto, hablaron de un hombre pálido de mirada fija y sonrisa demasiado contenida, como si cada gesto hubiera sido ensayado frente a un espejo que no devolvía del todo su reflejo. Vestía con sobriedad, pero su ropa parecía siempre ligeramente húmeda, aun cuando el cielo permanecía despejado.
La segunda noche, un mozo de cuadras juró haber oído pasos en el pasillo superior de la posada, a una hora en que todos dormían, seguidos de un murmullo bajo. Rítmico. Como una conversación mantenida en un idioma que no conocía pero que, de algún modo, le resultaba desagradablemente familiar. La patrona aseguró que el mercader no descendió a cenar, aunque en la bandeja que le subieron más tarde encontraron los alimentos intactos y fríos... Salvo por una copa de vino.
La tercera noche, un escudero de la Orden del Guantelete que regresaba tarde creyó ver al mercader en el extremo de la calle. Se hallaba inmóvil, de espaldas, contemplando la niebla que ascendía desde el empedrado como un vapor de tumba abierta. El muchacho lo llamó por cortesía. El hombre no respondió. Dio un paso más cerca y el mercader también lo hizo, internándose en el contorno borroso de las brumas. Quiso seguirle, pero una mano se posó en su hombro izquierdo desde atrás y al girarse hacia su interceptor, observó de nuevo el rostro del mercader.
El mercader había llegado a la ciudad tres días antes de que comenzaran a comportarse como algo más que un accidente del clima. Nadie supo precisar con certeza de dónde procedía. Sus documentos estaban en regla —o al menos lo bastante como para no suscitar sospecha inmediata— y su cargamento, compuesto de telas oscuras y pequeñas cajas lacadas, no parecía distinto del que cualquier comerciante prudente pudiera transportar por rutas Amnianas.
Sin embargo, hubo algo en su llegada que no armonizaba con el pulso habitual de la ciudad.
La primera noche se alojó en una posada discreta, lejos de las avenidas más transitadas del Distrito del Puente, en una calle donde las fachadas se inclinaban unas sobre otras con una intimidad malsana. Apenas salía durante el día. Quienes afirmaron haberlo visto, hablaron de un hombre pálido de mirada fija y sonrisa demasiado contenida, como si cada gesto hubiera sido ensayado frente a un espejo que no devolvía del todo su reflejo. Vestía con sobriedad, pero su ropa parecía siempre ligeramente húmeda, aun cuando el cielo permanecía despejado.
La segunda noche, un mozo de cuadras juró haber oído pasos en el pasillo superior de la posada, a una hora en que todos dormían, seguidos de un murmullo bajo. Rítmico. Como una conversación mantenida en un idioma que no conocía pero que, de algún modo, le resultaba desagradablemente familiar. La patrona aseguró que el mercader no descendió a cenar, aunque en la bandeja que le subieron más tarde encontraron los alimentos intactos y fríos... Salvo por una copa de vino.
La tercera noche, un escudero de la Orden del Guantelete que regresaba tarde creyó ver al mercader en el extremo de la calle. Se hallaba inmóvil, de espaldas, contemplando la niebla que ascendía desde el empedrado como un vapor de tumba abierta. El muchacho lo llamó por cortesía. El hombre no respondió. Dio un paso más cerca y el mercader también lo hizo, internándose en el contorno borroso de las brumas. Quiso seguirle, pero una mano se posó en su hombro izquierdo desde atrás y al girarse hacia su interceptor, observó de nuevo el rostro del mercader.
Offtopic :
En algún punto indeterminado del día de hoy, con quien haya conectado —e interesado— en el momento.
Pegaré un grito.
Utilizaré este hilo para oneshots o ambientaciones relacionadas con la metatrama.
Pegaré un grito.
Utilizaré este hilo para oneshots o ambientaciones relacionadas con la metatrama.