nukenin81
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LAS CLAVÍCULAS DE NEVERMORE
Anteriormente
El tiempo se había detenido para Stoya Nevermore. Su madre, Natasha, permanecía congelada con los brazos en alto y ese rictus en la cara tras pronunciar las palabras arcanas del ritual de invocación. El siervo de su madre, un alzado que siempre la seguía y del cual ella nunca le había hablado, permanecía petrificado en la misma posición tras romper de un mazazo la bola de cristal que se había usado para el ritual.
Los conocimientos mágicos de Stoya eran, sencillamente, nulos. Jamás participaba en los ritos de su madre pero, aquel día, obedeciendo una petición expresa, se había colocado sobre aquél pentagrama y guardado silencio. La gran Natasha Nevermore, baronesa de Neverwinter, iba a realizar el mayor sortilegio de toda su carrera, iba a invocar a la mismísima Tiamat.
Cada noche, antes de dormir, a la pequeña Stoya se le relataban las maravillas de la Dama Oscura, la Némesis de los Dioses, y fue fácil convencerla para que fuera testigo de cómo se abrían las puertas del Averno para invocar su favor.
Pero algo había salido mal. El alzado, esclavo de la voluntad de su madre, había actuado por cuenta propia; acababa de sabotear el sortilegio, y no era Tiamat quien se había materializado frente a ellos. En su lugar, acababa de presentarse una infernal al servicio de Glasya, hija de Asmodeo, reina de la sexta capa del infierno. Y Stoya entendió perfectamente porqué el tiempo se había congelado y sólo ella parecía tener la capacidad de moverse con libertad: en caso de que algo fallara en el ritual, Natasha se había encargado de encarcelar el alma de su hija bajo ese pentagrama, para poder ofrecerla como sacrificio en caso de necesidad.
Sin embargo, aquella caprichosa infernal tenía una idea mejor. Le propuso un pacto a la pobre e ingenua Stoya para salvar la vida. Firmar un Pacto Infernal, heredar los poderes maléficos que aquella criatura de los infiernos le ofrecía a cambio de... bueno, a cambio de lo que fuera. A la propia Stoya le sorprendió la rapidez con la que aceptó incondicionalmente aquella impía proposición.
La eternidad se extendió sobre ese segundo en el que el tiempo se había congelado, y para cuando el mundo real volvió a moverse, Stoya había renunciado a su nombre, su madre perecía entre las llamas y el azufre, y aquel sirviente no-muerto se disolvía, encontrando el descanso eterno.
El incendio de la mansión de los Nevermore fue el foco de las habladurías de la ciudad durante años. El marido de Natasha y padre de Stoya, un joyero de renombre venido a menos, renegó de todo parentesco, avergonzado por el escándalo, y se dice que huyó hacia el este, formando una nueva familia.
En cuanto a Stoya, bueno, si quisiera podría ser la nueva Baronesa Nevermore. Si quisiera podría usar sus nuevos poderes para intentar contactar con Tiamat y tratar de ganarse su favor. Pero lo cierto es que todavía ni ella misma sabe lo que quiere.
De esta guisa llega a Amn, a la Ciudad de la Moneda, pues entiende que es un buen espejo de la Ciudad de los Esplendores de donde viene. Tal vez algún día pueda recuperar su nombre, su fortuna y su orgullo. Lo que sí es seguro, es que algún día tendrá que rendir cuentas sobre el pacto que firmó usando su alma como tinta.