Manny_LoneWolf
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Relatos Inconexos - El viaje a Aguas Profundas, Parte III: Lanscroft
Las nubes grises habían tapado el cielo y amenazaban con lluvia. Los hermanos eran capaces de visualizar la ciudad por completo desde el alto punto que habían alcanzado en la montaña, apreciando incluso el bullicio con tan inquietante temporal.
—¡Por los dioses, Ray! —exclamó Lanscroft tratando de recuperar el aliento después—. ¡Dime que no vamos a subir más!
—¿Tanto alardear de aguante en la cama para nada, hermano? —preguntó Raylock con sarcasmo.
—No te… —Tomó aire para terminar señalándole con el índice— No te pases hermanito…
Surgió un duelo de miradas de seriedad hasta que los dos rompieron a reír.
—Eres idiota, Lans.
—Tú más que yo, Ray.
—Anda, busquemos un lugar para cobijarnos y pasar la noche, que algo me dice que va a llover. ¡Suerte tienes de no haber conocido a la caballero que me entrenó!
Las horas pasaron y ya entrada la noche, los hermanos pudieron tomarse un respiro alrededor de una pequeña fogata a escasos metros de sus tiendas de campaña. Raylock comía con sus manos algo de carne asada de un cuenco, pero Lanscroft, miraba con algo de recelo el mismo contenido de su recipiente y alternaba la vista con su hermano menor.
—Dime que has traído cubiertos.
Negó el téurgo sin pronunciar palabra.
—Oh, venga ya —Chasqueó la lengua el mayor y dejó el cuenco a un lado.
—Tú mismo.
—¿Ahora eres un bárbaro o qué?
Raylock se encogió de hombros.
—De verdad, Lans, te voy a llevar al sur un año y se te quitarán las tonterías —espetó—. Además, también hay bárbaros en el norte, que yo sepa.
—Al menos podrías haber hecho de la excursión algo interesante trayendo compañía, ¿no?
—No empieces.
—Has empezado tú, yo estaría comiendo de haber traído cubiertos.
Raylock emitió un gran y profundo suspiro, creando un silencio entre ellos salvo por el crepitar del fuego. Lanscroft, inquieto, esperó a que su hermano terminara de cenar con el objetivo de buscar otro entretenimiento.
—Oye, Ray, ¿por qué no me cuentas más cosas sobre ella?
—¿Más? —Alzó una ceja tras echar algo de agua en el cuenco, con intención de limpiarlo un poco—. Pero si ya sufrí un interrogatorio el día que llegué…
—Ya, claro, al resto podrás decirles que tiene unos ojos bonitos y que es muy lista. Pero…
—Pero… ¿qué?
Lanscroft alzó ambas manos por encima de su cabeza, colocándolas en paralelo a poca distancia entre ellas. Después, las hizo descender lentamente haciendo dos tramos de pronunciaciones curvadas.
—Por la Triada, hermano: no tienes límites —Bufó Raylock.
—Vaya, vaya… —Se llevó un índice a los labios, frunciendo estos—. ¿He acertado?
—No pienso hablar de eso.
—Ah, ¿no? ¿Y qué tal en la cama?
—No quiero tener que golpearte, Lans…
—Va, hermanito, no te pongas así…
El menor tomó aire, dispuesto a pronunciar por fin las palabras que había memorizado y que había estado esperando el momento adecuado para soltarlas.
—Puede que me equivoque, Lanscroft, pero advierto soledad en ti.
El sonido quedó mudo, esta vez de manera abrupta. Los ojos se clavaron uno en los del otro, a la espera de que alguno rompiera el momento.
—¿Qué…? ¿De qué hablas, Ray? —preguntó el mayor algo nervioso.
—Ya no somos niños, puedes hablar conmigo.
—¿Hablar de qué? —Arrugó un poco la frente.
—De lo que escondes bajo tu comportamiento: detestas el silencio, te muestras inquieto y pareces querer acostarte con cualquier mujer para demostrar algo, más bien acallar alguna voz en tu cabeza. ¿O quizá es para que nadie te haga preguntas?
El semblante de Lanscroft cambió por completo, tornándose a serio y quizá hasta un poco hostil.
—Todo es muy fácil para ti, ¿verdad, Raylock?
—Facilísimo, hermano —tomó una connotación sarcástica que acompañó con un posterior carraspeo—. Doy gracias si consigo dormir algo y tengo unas pesadillas que harían ahorcarse a cualquiera.
—Claro —Asintió—. ¿Y qué me dices de tu marcha?
—¿Qué pasa con ella? —Arqueó una ceja.
—Dejas tu anillo de la familia y a otra cosa. ¡Qué fácil! —Levantó ambas manos, dando énfasis a su exclamación.
Raylock, extrañado, prefirió tomar unos segundos para pensar.
—Espera, ¿esto es por mí? —Se señaló—. ¿Estás disgustado porque me marché? Lans, yo no…
—¡No! —Interrumpió con ganas—. ¡Estoy disgustado porque lo decidiste sin pensar y encima no hubo otra opción!
—Créeme, lo pensé muy bien —dijo Raylock mostrando calma.
—Claro, lo pensaste muy bien, divinamente —Lanscroft continuó, haciendo ahora uso de la ironía—. Ahora yo me tengo que hacer cargo del negocio de padre y de la herencia en el futuro.
—¿Es eso lo que te preocupa? ¿Te preocupa tener que hacer algo por tu familia?
—No vayas por ese camino, Ray.
—¿Y por qué camino he de ir entonces?
—Has abandonado a nuestra familia.
Raylock negó con la cabeza al no poder creer las palabras que su hermano le estaba diciendo, no pudiendo más que echar aire por la nariz con decepción.
—Muy infantil eso de culpar a los demás, Lans. Es increíble.
—Ah, claro… —Alzó las manos—. ¿Sabes qué? Ha sido un error venir aquí: me marcho.
Hanscroft se levantó para tomar algunas de sus cosas, aunque sin ni tan siquiera pensar en deshacer la tienda de campaña en la que tenía pensado dormir. Realmente, dejó de lado toda su brillante inteligencia para no caer en que le era imposible deshacer el camino por sí mismo.
—Huye si quieres y vuelve a casa: quizá es lo que mereces.
—¿Te crees muy listo, hermanito? Míralo —Lo señaló con la palma de la mano derecha tras estirar ese mismo brazo—, estudiante de una prestigiosa universidad, un caballero de la Orden del Radiante Corazón…
—Se supone, que de los tres hermanos tú eres el más listo, pero no lo demuestras, más bien, no te apetece demostrarlo.
—¡Vete al infierno! —Llevó sus manos hacia el cielo, con desdén.
El hermano mayor tomó sus pasos para alejarse del fuego una vez cogida su mochila mientras que Raylock agarró el cuenco que este primero había dejado a un lado momentos antes. Después, con fuerza, el teúrgo tomó el hombro de Lanscroft y lo obligó a dar la vuelta por completo, pegándole el recipiente de comida al pecho, pero evitando que algo se derramara. Acto seguido, ambos se quedaron quietos: uno sorprendido y el otro firme.
—Escúchame, Lans —tomó la palabra con seriedad—. Sentí mi cuerpo hacerse pedazos y he sufrido el tormento, es más, todavía lo sufro, así que quizá no podría ni estar aquí teniendo unas palabras contigo. No voy a desperdiciar esta segunda oportunidad que un grupo de héroes me ha brindado y tú no vas a desperdiciar la tuya desde que naciste, así que haz una cosa; toma las riendas con tus propias decisiones, da la cara, y empieza con, por ejemplo: comer sin cubiertos.
Lanscroft tragó saliva, terminando por relajar el gesto. Acto seguido, nervudo, cogió el cuenco para liberar a Raylock de este, todo sin apartarle la vista hasta el momento en el menor volvió a su asiento.
Al final de todo, el mayor decidió sentarse en su lugar y posteriormente llevarse algo de comida a la boca con sus propios dedos.