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Las Crónicas de Raylock Howles

Manny_LoneWolf

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Relatos Inconexos - El viaje a Aguas Profundas, Parte III: Lanscroft

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Las nubes grises habían tapado el cielo y amenazaban con lluvia. Los hermanos eran capaces de visualizar la ciudad por completo desde el alto punto que habían alcanzado en la montaña, apreciando incluso el bullicio con tan inquietante temporal.

—¡Por los dioses, Ray! —exclamó Lanscroft tratando de recuperar el aliento después—. ¡Dime que no vamos a subir más!

—¿Tanto alardear de aguante en la cama para nada, hermano? —preguntó Raylock con sarcasmo.

—No te… —Tomó aire para terminar señalándole con el índice— No te pases hermanito…

Surgió un duelo de miradas de seriedad hasta que los dos rompieron a reír.

—Eres idiota, Lans.

—Tú más que yo, Ray.

—Anda, busquemos un lugar para cobijarnos y pasar la noche, que algo me dice que va a llover. ¡Suerte tienes de no haber conocido a la caballero que me entrenó!

Las horas pasaron y ya entrada la noche, los hermanos pudieron tomarse un respiro alrededor de una pequeña fogata a escasos metros de sus tiendas de campaña. Raylock comía con sus manos algo de carne asada de un cuenco, pero Lanscroft, miraba con algo de recelo el mismo contenido de su recipiente y alternaba la vista con su hermano menor.

—Dime que has traído cubiertos.

Negó el téurgo sin pronunciar palabra.

—Oh, venga ya —Chasqueó la lengua el mayor y dejó el cuenco a un lado.

—Tú mismo.

—¿Ahora eres un bárbaro o qué?

Raylock se encogió de hombros.

—De verdad, Lans, te voy a llevar al sur un año y se te quitarán las tonterías —espetó—. Además, también hay bárbaros en el norte, que yo sepa.

—Al menos podrías haber hecho de la excursión algo interesante trayendo compañía, ¿no?

—No empieces.

—Has empezado tú, yo estaría comiendo de haber traído cubiertos.

Raylock emitió un gran y profundo suspiro, creando un silencio entre ellos salvo por el crepitar del fuego. Lanscroft, inquieto, esperó a que su hermano terminara de cenar con el objetivo de buscar otro entretenimiento.

—Oye, Ray, ¿por qué no me cuentas más cosas sobre ella?

—¿Más? —Alzó una ceja tras echar algo de agua en el cuenco, con intención de limpiarlo un poco—. Pero si ya sufrí un interrogatorio el día que llegué…

—Ya, claro, al resto podrás decirles que tiene unos ojos bonitos y que es muy lista. Pero…

—Pero… ¿qué?

Lanscroft alzó ambas manos por encima de su cabeza, colocándolas en paralelo a poca distancia entre ellas. Después, las hizo descender lentamente haciendo dos tramos de pronunciaciones curvadas.

—Por la Triada, hermano: no tienes límites —Bufó Raylock.

—Vaya, vaya… —Se llevó un índice a los labios, frunciendo estos—. ¿He acertado?

—No pienso hablar de eso.

—Ah, ¿no? ¿Y qué tal en la cama?

—No quiero tener que golpearte, Lans…

—Va, hermanito, no te pongas así…

El menor tomó aire, dispuesto a pronunciar por fin las palabras que había memorizado y que había estado esperando el momento adecuado para soltarlas.

—Puede que me equivoque, Lanscroft, pero advierto soledad en ti.

El sonido quedó mudo, esta vez de manera abrupta. Los ojos se clavaron uno en los del otro, a la espera de que alguno rompiera el momento.

—¿Qué…? ¿De qué hablas, Ray? —preguntó el mayor algo nervioso.

—Ya no somos niños, puedes hablar conmigo.

—¿Hablar de qué? —Arrugó un poco la frente.

—De lo que escondes bajo tu comportamiento: detestas el silencio, te muestras inquieto y pareces querer acostarte con cualquier mujer para demostrar algo, más bien acallar alguna voz en tu cabeza. ¿O quizá es para que nadie te haga preguntas?

El semblante de Lanscroft cambió por completo, tornándose a serio y quizá hasta un poco hostil.

—Todo es muy fácil para ti, ¿verdad, Raylock?

—Facilísimo, hermano —tomó una connotación sarcástica que acompañó con un posterior carraspeo—. Doy gracias si consigo dormir algo y tengo unas pesadillas que harían ahorcarse a cualquiera.

—Claro —Asintió—. ¿Y qué me dices de tu marcha?

—¿Qué pasa con ella? —Arqueó una ceja.

—Dejas tu anillo de la familia y a otra cosa. ¡Qué fácil! —Levantó ambas manos, dando énfasis a su exclamación.

Raylock, extrañado, prefirió tomar unos segundos para pensar.

—Espera, ¿esto es por mí? —Se señaló—. ¿Estás disgustado porque me marché? Lans, yo no…

—¡No! —Interrumpió con ganas—. ¡Estoy disgustado porque lo decidiste sin pensar y encima no hubo otra opción!

—Créeme, lo pensé muy bien —dijo Raylock mostrando calma.

—Claro, lo pensaste muy bien, divinamente —Lanscroft continuó, haciendo ahora uso de la ironía—. Ahora yo me tengo que hacer cargo del negocio de padre y de la herencia en el futuro.

—¿Es eso lo que te preocupa? ¿Te preocupa tener que hacer algo por tu familia?

—No vayas por ese camino, Ray.

—¿Y por qué camino he de ir entonces?

—Has abandonado a nuestra familia.

Raylock negó con la cabeza al no poder creer las palabras que su hermano le estaba diciendo, no pudiendo más que echar aire por la nariz con decepción.

—Muy infantil eso de culpar a los demás, Lans. Es increíble.

—Ah, claro… —Alzó las manos—. ¿Sabes qué? Ha sido un error venir aquí: me marcho.

Hanscroft se levantó para tomar algunas de sus cosas, aunque sin ni tan siquiera pensar en deshacer la tienda de campaña en la que tenía pensado dormir. Realmente, dejó de lado toda su brillante inteligencia para no caer en que le era imposible deshacer el camino por sí mismo.

—Huye si quieres y vuelve a casa: quizá es lo que mereces.

—¿Te crees muy listo, hermanito? Míralo —Lo señaló con la palma de la mano derecha tras estirar ese mismo brazo—, estudiante de una prestigiosa universidad, un caballero de la Orden del Radiante Corazón…

—Se supone, que de los tres hermanos tú eres el más listo, pero no lo demuestras, más bien, no te apetece demostrarlo.

—¡Vete al infierno! —Llevó sus manos hacia el cielo, con desdén.

El hermano mayor tomó sus pasos para alejarse del fuego una vez cogida su mochila mientras que Raylock agarró el cuenco que este primero había dejado a un lado momentos antes. Después, con fuerza, el teúrgo tomó el hombro de Lanscroft y lo obligó a dar la vuelta por completo, pegándole el recipiente de comida al pecho, pero evitando que algo se derramara. Acto seguido, ambos se quedaron quietos: uno sorprendido y el otro firme.

—Escúchame, Lans —tomó la palabra con seriedad—. Sentí mi cuerpo hacerse pedazos y he sufrido el tormento, es más, todavía lo sufro, así que quizá no podría ni estar aquí teniendo unas palabras contigo. No voy a desperdiciar esta segunda oportunidad que un grupo de héroes me ha brindado y tú no vas a desperdiciar la tuya desde que naciste, así que haz una cosa; toma las riendas con tus propias decisiones, da la cara, y empieza con, por ejemplo: comer sin cubiertos.

Lanscroft tragó saliva, terminando por relajar el gesto. Acto seguido, nervudo, cogió el cuenco para liberar a Raylock de este, todo sin apartarle la vista hasta el momento en el menor volvió a su asiento.

Al final de todo, el mayor decidió sentarse en su lugar y posteriormente llevarse algo de comida a la boca con sus propios dedos.​
 

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Relatos Inconexos - El viaje a Aguas Profundas, Parte IV: Hanscroft

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La luz se filtraba por la gran claraboya del techo, como en las otras tantas veces que Raylock había pasado tiempo en la biblioteca de su padre. Esta vez, y con algunos días por delante, decidió tomar varios libros de las estanterías y disponía de ellos abiertos en el escritorio, ojeando aquí y allá. Al cabo de un rato, la puerta se abrió y Hanscroft hizo acto de presencia en la sala tras cruzar el umbral, manteniendo su pipa de fumar en la boca y sonriendo al ver a su hijo entre tomos.

—Te creía fuera de casa tratando de engatusar a alguna incauta para llevarla a tu alcoba —dijo.

—Te confundes de descendiente, padre —Negó con la cabeza—, Lanscroft no está aquí.

—Solo bromeaba —Echó aire por la nariz, manteniendo la sonrisa.

Con calma e incluso desde la distancia en la que se encontraba, Hanscroft paseó su vista por las estanterías para determinar con exactitud cuales eran los libros que Raylock había tomado.

—Vaya, Ray, ¿problemas con la escuela de Conjuración? —preguntó después ya aproximado al escritorio, tras haber analizado en su mente los libros que habían sido sacados de su lugar.

—No, padre, quiero aprovechar el tiempo ya que estoy aquí. Así que… estoy mirando algunos conjuros nuevos —Asintió.

—Chico listo. Pues te diré de otros libros que puedes ojear cuando acabes con estos.

El teúrgo dibujó una fugaz sonrisa de agradecimiento y volvió a los textos, pero su padre tenía otras intenciones. Por ello, este último decidió sentarse y de un lado encima del escritorio, con la idea de charlar un poco.

—Me gustaría contarte algo importante, Ray —Dio una calada—. Y debería de ser antes de que marches de nuevo hacia el sur.

Raylock arqueó una ceja habiendo alzado la cabeza para prestar atención a su padre. Viendo el cariz serio del asunto, decidió ponerse de pie para quedar prácticamente a la misma altura.

—¿Va todo bien? —preguntó con serenidad.

—Sí, es tan solo algo del pasado que me gustaría que supieras y que no te conté antes.

—Pues… soy todo oídos.

Hanscroft se tomó su tiempo porque, y aunque llevara años pensando en cómo abordar el tema que traía entre manos, realmente siempre había creído que ese momento nunca iba a llegar.

—Verás… Tuve una relación con otra persona antes de que tú nacieras.

—¿Cómo? —Parpadeó varias veces Raylock, incrédulo ante la frase que había escuchado.

Hanscroft suspiró con ganas.

—No sé muy bien como fue —tomó la palabra de nuevo—, tengo el recuerdo bastante… borroso… y no soy capaz de encontrar más en mi cabeza que un acto pasional con otra mujer.

El teúrgo puso su mirada inquisitiva en el padre para analizar los gestos de este último al expresarse, con la idea de encontrar alguna mentira o incoherencia. No obstante, no pudo discernir nada raro y sabía que, aunque muy inteligente, Hanscroft no era dado a los engaños.

—Lamento decepcionarte, hijo —continuó.

—No es eso, padre: me preocupa el hecho de que alguien pudiera doblegar tu voluntad. —Raylock llevó su mano izquierda a la cara para masajearse los ojos antes de volver a pronunciarse—. Esa mujer, si es que realmente lo era… debió de ser poderosa.

—Soy tan mortal como la mayoría, Ray —Asintió un par de veces.

—¿Por qué has esperado hasta ahora para decírmelo?

Hanscroft colocó ambos pies en el suelo, abandonando la posición anterior. Luego, rodeó parcialmente el escritorio mientras fumaba un poco para buscar las palabras adecuadas.

—Esto provocó un cisma en nuestra familia, Raylock, pues como comprenderás… —Tomó aire a la vez que fijaba los ojos en su hijo— se lo expliqué a tu madre. Podría haberlo ocultado —Negó—, pero ella merecía saber la verdad y creo que por eso me perdonó.

—¿Me estás diciendo que vuestras rencillas no eran por los puntos de vista? —preguntó el joven aún sorprendido.

—Ojalá, Ray —Fumó de nuevo—. Tu madre y yo ya nos conocimos así, con nuestras cosas cada uno. Es cierto que con el paso del tiempo algo puede cambiar, pero nos amábamos igualmente.

El teúrgo se llevó ambas manos al rostro, tratando de asimilar la situación. Ser conocedor de lo que su padre le había explicado, en realidad y para él, no era algo que pudiera dejar pasar y deseaba encontrar más respuestas.

—¿Qué… —articuló palabra tras recomponerse— qué fue de esa mujer?

Hanscroft dio una vuelta sobre sí mismo, aprovechado para divagar entre los lomos que componían los tomos de su biblioteca.

—Al cabo de unos años recibí una carta cuya letra no reconocí para avisarme de que habíamos tenido un bebé debido a ese encuentro, pero nada más. —El padre, fijando entonces la vista en Raylock, apartó la pipa de sus labios y caminó de nuevo hasta el escritorio para posar esta encima—. Traté de encontrar algo más por mi cuenta, buscando, hablando con mis contactos, pero… fue imposible. Además, no quería que tu madre se sintiera ofendida, pero me preocupaba que le pasara algo a ese niño o niña.

—Quizá podría ayudarte a encontrarle. Podría mirar algunos registros y cotejar algo más la información, pues voy a tener algo de tiempo en el viaje de vuelta y allí en el sur quizá haya alguien dispuesto a echarme una mano.

Hanscroft se quedó en silencio, pero al final no pudo evitar sonreír con cierta ternura.

—¿Harías eso por mí? —preguntó.

—Claro que sí, padre —repuso Raylock—. Después de todo, esa persona es de nuestra familia y no sabemos por qué infierno puede haber pasado.

El joven, sorprendido, fue abrazado por su padre y por ello tardó algo en corresponderle.

—Tu madre tiene razón: tienes un gran corazón.

El hijo, aunque preocupado por todo lo que había escuchado, no pudo evitar sonreír ante el cálido abrazo de su padre y que no había sentido en años. Una vez separados, Hanscroft fue directo a una de las estanterías y seleccionó un par de compendios.

—¿Qué? ¿Quieres dejar a tu chica con la boca abierta? —preguntó de manera retórica mientras daba un par de palmadas a lo que ahora se encontraba en sus manos.

Ambos rieron, primero de manera leve, pero al final se convirtió en una buena y contagiada carcajada.

—Oye hijo, ¿qué es tan gracioso?

Raylock negó con la cabeza sin perder la curva de sus labios.

—Nada, padre. Pero conociéndola, tengo la certeza de que eso será difícil…​
 

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Tomo de Estudios - Página 3: Clase sobre Defensa Arcana

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Tal y como me había hablado mi padre en anteriores ocasiones, la práctica y perfeccionamiento de la contraconjuración puede ser determinante para salvar la vida de cualquier practicante de magia. Esa era la materia que tratamos en la clase con la maestra Numina, acompañado de Salathar y Ravenna como compañeros.

La profesora trató de tantearnos a base de preguntas con el fin de analizar nuestros rudimentarios conocimientos, teniendo claro que en una situación en la que no tuviéramos constancia del hacer de nuestro rival conjurador, debíamos optar por actuar con rapidez en vez de plantearnos innumerables posibilidades que podían llevarnos al fracaso.

Fui elegido por su parte para probar el ejercicio en ella y aprecié entonces cómo desestabilizó la vibración en la Urdimbre, negándome por completo que ni tan siquiera mi conjuro fuera ejecutado: todo ello con tan solo su propia actuación somática a distancia. Con su ejemplo, demostró la posibilidad de deshacer con facilidad un hechizo hostil que nos tuviera como objetivo, aunque y como es obvio, requería que nosotros pudiéramos olvidar de nuestra mente uno que tuviéramos memorizado, o en el caso de los innatos, emplear la energía necesaria que albergan en su interior, aunque siempre de igual o mayor poder. No solo eso, pues al poder contraconjurar cualquier hechizo, nos brindaba la posibilidad de salvar a inocentes de uno de área que cayera sobre estos; o hasta incluso impedir que alguien desapareciera de nuestra vista con uno de la escuela de Ilusión, por lo que era un conocimiento muy valioso y algo que poner en práctica en muchas ocasiones.

Después de que todos pudiéramos hacer nuestras pertinentes prácticas, la maestra optó por mostrarnos otro ejemplo de defensa arcana. Esta vez, la materia iba para los enfrentamientos con rivales capaces de dar rienda suelta de convocados, cosa que bien conocía en mi caso, al haber perfeccionado personalmente la ejecución de los hechizos que forman parte de la escuela de Conjuración.​


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Trajo frente a nosotros un gran y enorme dinosaurio que apenas tenía cabida hasta el techo del aula de prácticas, pero nos demostró que solo hace falta un buen y poderoso conjuro de disipar magia para devolverlo a su punto de origen, con la particularidad de que este hechizo debía de ir directamente hacia aquel que había traído a la criatura y no a esta en sí, detalle muy importante. Todos pudimos poner en práctica estas ejecuciones antes de dar por finalizada la clase de Defensa Arcana.​
 

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Libro de Juicios - Hoja 16: La muerte de John Rash, servidor del Vigilante.​


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La luz del sol que se filtraba era capaz de reflejarse en casi toda la estancia gracias a los colores claros. Imponentes como siempre, las estatuas de los dioses de la Triada parecían observarme, sintiendo con ello y todavía más el peso sobre mis hombros.
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«He tenido una especie de visión. Iba a rezar a Helm, a ver si podía concederme su sabiduría.»

Las palabras de Jimmy resonaron en mi cabeza, recordándolas a la perfección. Pellizqué la cadena que aguantaba la sortija colgada a mi cuello, dejando caer esta sobre la misma mano, observando después y con detenimiento el símbolo de Tyr para rozarlo con la yema de los dedos.

No podía quitar de mi cabeza el halo que cubrió la silueta del chico en la entrada del castillo, esa sensación cálida, relacionada con el bien y claramente de energía positiva. Nunca había visto nada igual, pero desde luego no fue un mal designio. Con ello, y tras el fin de esa sensación que tanto Charlotte como Valerie y yo pudimos percibir, Jimmy abrió los ojos de los cuales se le escaparon algunas lágrimas.

«Está todo bien. Mi padre descansa.»

Fue lo que dijo, y de ese modo supimos que John Rash, aquel hombre que había tenido un encontronazo con nosotros por la sobreprotección de su descarriado hijo: había muerto. No solo había sido padre, pues también había dedicado su vida como servidor del Vigilante, habiendo luchado años atrás en la cruzada contra la no muerte siendo un aliado para la Orden del Radiante Corazón.

Las noticias sobre su marcha hacia las tierras d’Arnise con la intención de ayudar a los hechos recientes me habían llegado tarde, y mi obsesión por hacer las cosas bien no había hecho más que demorar el tiempo. Habiendo entregado su arma para que su hijo llegara a blandirla en el futuro, poco podría hacer frente a cualquier amenaza que encontrase, por lo debí haberle disuadido de tomar una mala decisión y quizá así haber salvado su vida.

Tragué saliva justo antes de alzar mi cabeza para mirar la gran estatua del Justo, tratando de obtener el valor para pronunciar unas palabras en voz alta.

—¿He fallado mi vigilia? —pregunté en voz alta. —¿He fallado en la previsión? —Suspiré. —Siento que así lo ha sido.

Las palabras hicieron un leve eco, y con ello llegó el silencio.

—John confió en mí para cuidar de su hijo —volvía pronunciarme del mismo modo—, por lo que no cometeré otro error. —Asentí. —Me cercioraré de que James llegue a ser un caballero servidor de Helm, como así lo fue su padre.

De nuevo y esta vez de manera inconsciente, mis dedos acariciaron el símbolo de Tyr del sello que mi madre me había regalado antes de que yo dejara Aguas Profundas.

—Haré justicia.​
 
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Diario de Vivencias - La Carta


La noche había acabado tranquila y las estrellas brillaban. El barco atracó en el Valle tras haber abandonado Edive tiempo atrás, y Raylock descendió por la pasarela con el rostro parcialmente tapado por su capucha. Poco después pasó a través de la fuente del centro hasta cruzar el umbral de la entrada del castillo, donde las paredes se le hicieron aún más grandes si caben, gigantes, al cruzar el portón.

—Maestre Howles —sonó una voz, haciendo eco entre el silencio.

El teúrgo se detuvo y giró lentamente después para mirar quién había llamado su atención, bajando su capucha en el acto. Observó a un escudero con algo en una de sus manos, y este acercó ello hasta que estuviera al alcance de Raylock.

—Llegó correspondencia a su nombre, y el mensajero dijo que era urgente.

El maestre apretó los labios para sonreír, aunque de manera fugaz, y luego susurró un «Gracias», salido de sus labios con la fuerza para no molestar al silencio. Acto seguido golpeó de manera amistosa el hombro del joven escudero y dejó que este se retirara. Tras emitir un leve suspiro, el teúrgo giró su muñeca y pudo ver el sello lacrado que cerraba el sobre, que no era más que el de su hermana Talia.

Agotado, con la cabeza dando vueltas a decenas de cosas y con ganas de tirarse en la cama, Raylock optó por marcharse del castillo, y una vez internado en el bosque del Valle, decidió traer su casa, esa que él hacía llamar su santuario.​


Música


Cobijado por la magia del lugar, primero se deshizo de su guantelete en honor al Justo, lamentándose del dolor que siempre le producía el llevarlo tantas horas puesto. Después abrió el broche de su capa y la dejó caer, esta vez y sin miramientos, en el suelo. Y finalmente, se ayudó de ambas manos para deshacerse del tabardo para dejarlo tirado sobre la mesa.

Instantes después y con calma, uno de sus sirvientes mágicos le trajo una botella de vino de las que su padre le regalaba junto a una copa, sirviendo el líquido rojizo en esta para que el teúrgo pudiera tomarla entre los dedos de su mano izquierda.

Raylock caminó hasta el diván más cercano y por el camino, tras salir de un bolsillo, su familiar felino hizo acto de presencia al saltar fuera de este. Velzar se sacudió un poco y luego se estiró sobre sus patas para terminar mirando al humano.

Tras un trago del vino, el teúrgo se dispuso a romper el sello del sobre, sacando entonces y de dentro la carta que le aguardaba. Esta estaba escrita por las dos caras y la caligrafía de su hermana se pudo apreciar con claridad, cosa que no podía fallar a su ojo clínico.


Estimado hermano,

Tengo noticias. Te escribo en uno de mis pocos ratos libres tras haber nacido mi hijo por fin, al que Tyler y yo hemos decidido llamar Ryecroft, para poder seguir la estela de nuestro padre y hermano. Está sano, fue algo duro para mí, porque las novicias dicen que es un niño bastante grande. Toda la familia está contenta y parece como si nos hubiera dado un pequeño hálito de calor. ¿Querrás venir a verlo?



Raylock sonrió, incluso sus ojos se tornaron algo vidriosos. Mojó sus labios en el vino, casi sin tragar líquido, y acto seguido giró la carta para leer la otra parte.


Pero por desgracia, no todas son buenas. Nuestra madre ha empeorado y ya hasta le cuesta levantarse de la cama. Nos implora que la llevemos al templo, que quiere seguir haciendo su vida, pero le es físicamente imposible. Se tiende en pie, pero al cabo de unos minutos se desploma, incluso agarrada de su bastón.​


Siento si soy egoísta, mi hermanito Ray. Sé que tienes tu vida ahí, sé que elegiste tu camino, sé que ahora tienes una nueva familia. Pero por favor, te lo pido, ¿podrías venir?

Te quiere, tu hermana,
Talia Howles



Raylock se llevó su mano libre a la frente y tan solo dos lágrimas cayeron por sus mejillas. Solo dos. Hizo acopio de toda su fuerza para romper la copa entre sus dedos, mezclando el líquido del vino con la poca sangre que brotó de los cristales clavados en su carne. Quiso gritar con todas sus fuerzas, pero no le salía, le era imposible. Tenía un nudo en su pecho que le impedía respirar al recordar la situación tan similar que había sufrido casi dos años atrás con su roto corazón, pues su relación se había acabado, y tan solo quería descansar. Dejó caer la carta que se había manchado y esta se posó como una pluma sobre el suelo. Después, se tumbó como pudo en el diván y cerró los ojos, teniendo en su última visión a Velzar escondido bajo uno de los muebles, asustadizo, temeroso quizá, con sus ojillos clavados en el humano.

Y eso era, Raylock quería descansar y que todo pasara…​
 
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Relatos Inconexos - El origen de «La Carta»


El desayuno estaba servido en la gran mesa de los Howles, bañada por los rayos de luz que se filtraban entre los grandes ventanales. Los sirvientes habían dispuesto todo para que los integrantes pudieran llevar la comida a la boca, con cantidades generosas, aunque no más de lo necesario.

El silencio, algo común de ese hogar debido a que el ambiente se podía cortar con un cuchillo, en ocasiones era interrumpido por los sonidos que producía el pequeño Ryecroft aferrado al pecho de Talia, su madre. Tras los minutos, donde también el chocar de la cubertería eran los protagonistas, Diana se limpió los labios con su paño de tela con la intención de tomar la palabra.

—Lanscroft —se dirigió a su hijo—, tu hermana está esperando a su marido, ¿te importa si me acompañas tú al templo?

El hermano mayor miró a Talia y luego a su padre, dirigiéndose al final y entre los tres, algunas miradas cómplices.

—Madre —Se aclaró la garganta antes de dirigirse a ella—, deberías descansar —Terminó por sonreírle de manera cálida.

—He dicho que quiero ir al templo, y eso es lo que quiero hacer —dijo Diana a la vez que fruncía levemente el ceño.

La mujer puso ambas manos sobre la mesa como ayuda para levantarse, y luego tomó su bastón para apoyar parte del peso de su cuerpo en este. Justo después caminó un par de pasos y una de sus rodillas flaqueó, viéndose obligada a aferrarse también en un lado de la mesa para no caer. Con ello, todos se levantaron y Lanscroft corrió hasta su lado para ayudarla a mantenerla en pie.

—Estoy bien, estoy bien —Alzó la mano Diana, a pesar de estar cogida por su hijo.

—No lo estás, mi querida esposa —tomó la palabra Hanscroft.

—Estoy perfectamente, «mi querido esposo» —Se valió brevemente de la ironía, haciendo una breve pausa—. Y a estas alturas no vas a decirme lo que puedo y no puedo hacer.

Hanscroft suspiró con pesadez, mientras sus hijos alternaban la mirada entre sus progenitores.

—¿Pero es que no te ves, Diana? ¿No te ves? —Hizo un gesto con la mano, señalándola con el anverso.

—No quiero que Tyr me abandone.

—¡Tyr ya te abandonó hace tiempo! ¡¿Es que no te das cuenta?!

—No voy a tolerar...

—¿Qué no vas a tolerar? ¿La verdad? —Hanscroft dejó un espacio de silencio antes de volver a pronunciarse. —No puedes casi ni aguantarte de pie por eso mismo: estás enferma y necesitas descansar.

Diana apretó el brazo de su hijo, llena de furia, con la ira corroyéndole dentro de todos sus pensamientos, dentro de toda esa frustración acumulada por los años.

—¡Tyr me abandonó por tu culpa! ¡Fuiste infiel y yo te cubrí!

—Yo no fui consciente de eso, estás siendo injusta.

—¿Injusta yo? ¡¿Injusta yo?! ¡Debí de haberme acostado con toda la ciudad!

Los gritos entre los padres despertaron al pobre bebé que Talia mecía en sus brazos, ya que se había quedado dormido después de su toma minutos atrás. Por un momento la conversación cesó, hasta que Hanscroft volvió a tomar la palabra.

—Diana, tienes que tranquilizarte. Por favor deja de comportarte como una...

—Oh, mira, qué valiente... ¿Vas a decir desquiciada, tal vez? —interrumpió ella, esta vez con un tono más suave y sin gritar, pero no con ello descargada de sus malos sentimientos.

—Está bien que tú te des cuenta de la situación entonces —Asintió—, te acompañaremos arriba a descansar.

—¡Esto es culpa tuya! —exclamó— ¡Encima vas y le encargas a mi pobre hijito la faena de encontrar a esa bastarda solo para alejarlo más de mí!

—Diana, esa mujer… se llama Charlotte. Y Ray solo ha ayudado a...

La madre deslizó su mano hasta la cubertería más cercana para tomar un cuchillo, con gesto abrupto, que luego alzó de manera amenazante. Todo ello, todavía en presencia de los pobres lloros del hijo de Talia.

—¿Sabes lo que tendrías que hacer? ¡¿Lo sabes?! —Inquirió con el pequeño objeto cortante en la mano.

—Por favor, deja eso —Levantó una mano, pidiendo paz.

—Tendrías que devolverme a mi hijo y traer la cabeza cortada con este cuchillo de esa... —Apretó los labios, tratando de contenerse, pero imposible dadas las circunstancias— ¡furcia!

Talia se marchó de la estancia con la intención de relajar a su bebé, meciéndolo con energía y susurrándole al oído. Lanscroft, completamente helado por la actitud de su madre, no pudo sin más, carente de valor, esperar a la resolución de los hechos de manera natural.

—Harías bien en recordar que todo lo que tenemos es gracias a lo que hago, Diana, y que cada día trato de enmendar aquello que cometí.

La mujer echó todo el aire por la nariz, utilizando la poca fuerza que el mal momento le había robado para depositar el cuchillo en su lugar, asintiendo a su hijo después. No obstante, clavó luego la mirada en su marido.

—Siempre teniendo la última palabra, ¿verdad, Hans? —Apretó los labios y asintió, quizá vencida, con sus ojos que se tornaban algo vidriosos. Luego, se dirigió a su hijo que aún la ayudaba a sostenerse. —Anda, Lans, acompáñame arriba...

A los minutos, Diana se encontraba tumbada de nuevo en la cama tratando de colocarse de manera en la que su frustración y pesar que albergaba su corazón pudieran permitirle conciliar el sueño. Por otra parte, el hijo mayor cerró la puerta de la estancia tras salir de esta, dándose de bruces con su hermana, que todavía mecía al bebé tras el éxito de haberlo conseguido tranquilizar y hasta dormir.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Lanscroft.

—¿Qué podemos hacer? —repuso Talia utilizando otra pregunta.

Lanscroft negó.

—Podríamos... —Se acompañó de un gesto con la mano, dubitativo— escribir a Raylock para que vuelva.

Talia bajó su mirada hasta su hijo viendo como el bebé dormía, terminando por tomar aire antes de pronunciarse.

—Ray tiene... —Entornó los ojos para mirar de nuevo a su hermano mayor— su vida allí. Tiene a Shiphae, tiene a sus compañeros de la Orden, otros amigos...

—Pero nosotros somos su familia de verdad, Talia, y esta se desmorona. Creo que estamos peor que nunca... —Lanscroft acortó la distancia con ella y levantó un poco las manos juntando los pulgares con los índices— Es egoísta por nuestra parte, pero madre se muere, así que hemos de rogarle que vuelva.

—No sé si...

—Por favor, hermana —interrumpió. —Escríbele.

La mujer con el bebé en brazos cerró los ojos, en un paréntesis mental por dar con algo en su cabeza que pudiera ayudarla. Finalmente, y tras unos instantes en los cuales su hermano aún la miraba esperando una respuesta, Talia se pronunció para romper el silencio.

—Está bien —Asintió—: le escribiré.



La Carta:

Estimado hermano,


Tengo noticias. Te escribo en uno de mis pocos ratos libres tras haber nacido mi hijo por fin, al que Tyler y yo hemos decidido llamar Ryecroft, para poder seguir la estela de nuestro padre y hermano. Está sano, fue algo duro para mí, porque las novicias dicen que es un niño bastante grande. Toda la familia está contenta y parece como si nos hubiera dado un pequeño hálito de calor. ¿Querrás venir a verlo?

Pero por desgracia, no todas son buenas. Nuestra madre ha empeorado y ya hasta le cuesta levantarse de la cama. Nos implora que la llevemos al templo, que quiere seguir haciendo su vida, pero le es físicamente imposible. Se tiende en pie, pero al cabo de unos minutos se desploma, incluso agarrada de su bastón.

Siento si soy egoísta, mi hermanito Ray. Sé que tienes tu vida ahí, sé que elegiste tu camino, sé que ahora tienes una nueva familia. Pero por favor, te lo pido, ¿podrías venir?


Te quiere, tu hermana,

Talia Howles
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Diario de Vivencias - Inflexión


Primera parte: El funeral

Los rayos de luz se filtraban por las grandes y amplias vidrieras del templo. El cuerpo de Diana descansaba dentro del ataúd, con la tapa abierta para que los familiares y allegados pudieran despedirse da la antigua paladín de Tyr. A su lado, Hanscroft, asentía y agradecía a todos aquellos que le daban el pésame, a la vez que desviaba de vez en cuando la mirada hacia el cuerpo de su fallecida esposa; y un poco más allá, a su hija Talia, que había oficiado la ceremonia y aún se mantenía cerca del altar del Justo.​


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Con la mirada perdida y absorto en sus pensamientos como si no tuviera a nadie a su alrededor, Raylock acabó por reaccionar y llevó una de sus manos hacia la cadena de su cuello donde colgaba el sello con el símbolo de Tyr, algo que su madre le había regalado años atrás. Acto seguido, cerró su puño alrededor del objeto, y esta vez le dio un leve tirón para romper el cierre, quedando entonces la sortija en su mano con la cadena colgando. Reunió energías para levantarse del banco y no miró a ningún lugar en concreto, desviando la mirada de todo aquel que quisiera encontrarse con él. Sus pasos lo llevaron hasta el cuerpo de su madre y observó aquellos rasgos por última vez, incluso como la habían colocado para que empuñara sobre su pecho la espada que Raylock le había regalado en su última estancia en Aguas Profundas, vinculada a su ascenso a caballero de la Orden del Radiante Corazón.

El teúrgo negó con la cabeza y luego echó aire por la nariz.

—Lo siento, madre —murmuró.

Con calma llevó su mano libre hasta una de las de Diana, y luego colocó en esta la sortija que se había arrancado del cuello, para finalmente cerrar la mano de su madre alrededor del pequeño objeto.

—Raylock, no debes... —comentó su padre tras contemplar la acción al estar tan cerca.

Pero su hijo levantó una mano pidiendo silencio, retomando los pasos del mismo modo que le habían llevado hasta ahí, aunque esta vez en busca de la salida del sagrado lugar. Sin embargo y casi a la vez, Tada fue a su encuentro justo antes de que Raylock cruzara el umbral de salida.

—Eh, Ray... Ray... —dijo su compañero ordenado mientras tomaba uno de los brazos del teúrgo—. No deberías marcharte.

Raylock tragó saliva, incluso tomó aliento antes de dirigirse a Tada.

—He hecho todo lo que tenía que hacer —Negó, forzando una sonrisa fugaz—. Estaré en el hogar de los Howles, ya nos veremos después.

Asintió a su amigo para despedirse instantes antes de cruzar la gran puerta, desapareciendo entre la muchedumbre de las calles de la ciudad.



Segunda parte: Cicatrices

Las luces rojas iluminaban de manera tenue la estancia ya bien entrada la noche, y unas tupidas cortinas tapaban las ventanas para evitar las miradas indiscretas que pudieran surgir desde el exterior. En una de las salas privadas, tres hombres mantenían una conversación trivial bajo la comodidad de butacas y sillones, con el objetivo de desviar sus pensamientos a cualquier otro lugar que no fuera el entierro que habían presenciado por la mañana; y a su vez, estaban acompañados por tres mujeres, de aspecto y rasgos variados, que bebían con ellos mientras de vez en cuando trataban de regalarles alguna y sutil carantoña, mezclada con la risa de carácter contagioso.​


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—Espera, espera —Alzó una mano Lanscroft, echando su cuerpo un poco hacia adelante para dirigirse mejor a Tada y de ese modo apartándose un poco de una de las mujeres que lo había tenido cogido por la cintura—. ¿Cómo has dicho?

El servidor de Torm tomó un trago de la copa de vino y luego dejó esta encima de la mesa para explicarse, con intención de acompañarse de algún gesto.

—A ver, trataré de ser conciso... —Se aclaró la garganta, colocando después una palma justo encima de la otra, dejando algo de espacio entre estas—. Pones el fiambre entre dos rebanadas de pan y... ¡haces un bocadillo!

Raylock se llevó la mano a la cara, frotándose los ojos con energía. Su hermano, con la boca medio abierta, le dirigió la mirada.

—¿En serio, hermanito? —preguntó, aguantándose la risa—. ¿Has estado comiendo de eso por ahí?

El teúrgo asintió justo antes de llevarse la copa a los labios, apartando a su vez y con sutileza la mano de la mujer que tenía más cerca, que había aprovechado para colocarla en el muslo del hombre.

—Claro que sí —Dio una palmada Tada—, y hasta intentó comerlo con cubiertos.
—Estás exagerando —dijo Raylock a su compañero, entornando los ojos.
—¿En serio? —preguntó de nuevo Lanscroft con curiosidad tras haber recuperado su postura, permitiendo que su acompañante le rodeara el cuello con ambos brazos, sumándose también casi del mismo modo la mujer que había sido rechazada por su hermano pequeño.

Tada esperó a que su compañera le llenara la copa, siendo ella misma la que llevó luego el recipiente hasta los labios de él para que pudiera beber, haciendo alarde del abuso de confianza.

—En serio —contestó tras aceptar el trago.
—No te lo creas —espetó Raylock acompañado de un leve suspiro, aunque no pudo evitar sonreír de lado—. Por los dioses, sois tal para cual.

Las carcajadas de los hombres se mezclaron con el ambiente de lugar, pareciendo que les importaba poco el llamar la atención. Tras eso, hubo una breve pausa en la que aprovecharon para beber un poco más.

—Bueno... —Lanscroft rompió el silencio. —¿Qué tal si cogemos a estas hermosuras y vamos a la guerra? —Aprovechó el momento para repasar con el dedo índice los labios de la mujer que tenía más cerca.
—En ese caso... —Carraspeó Tada para acompañarse de una reverencia totalmente dramatizada— me temo que voy a tener que cumplir con mi deber y alzar mi sable en favor de los hermanos Howles.

Raylock tomó aire, parpadeando varias veces sin quitar la mirada de su compañero.

—Claro... —Asintió el teúrgo con los labios apretados— Seguro que es por eso y no por abusar de la hospitalidad que puede pagar mi hermano, por no mencionar tu... —Señaló con la copa a la mujer que no se había despegado de Tada en ningún momento, antes de continuar— predilección por los cabellos de corte pelirrojo, ¿uhm?

Lanscroft se levantó tras apurar el líquido de su copa, riendo un poco también para dirigirse después a su hermano menor.

—Vamos, Ray, no seas aguafiestas —Gesticuló de manera exagerada—. Tu amigo te ha acompañado hasta aquí, así que tenemos que agradecerle el gesto. ¡Además! —Levantó una de las manos con gesto abrupto— ¡Somos tres contra tres!

El teúrgo observó la situación, luego posó su mirada en lo que le quedaba de vino y negó para sí mismo.

—Id subiendo y… ahora iré —terminó diciendo tras haber empleado toda su fuerza en mentir, acompañado de un leve gesto con el mentón para señalar las escaleras.

Su hermano y su compañero se dejaron llevar por las acompañantes entre risas y alguna que otra mano deslizada a lugares insospechados, motivada por la gran cantidad de bebida que habían consumido. Y fue entonces cuando Raylock se levantó, copa en mano, tras perderlos de vista. Poco a poco sus pasos lo llevaron hasta la puerta trasera del local, saliendo de aquel edificio para encontrarse en un callejón, vacío, donde no había nada más que silencio y la visión de lo poco que podían alcanzar sus ojos en la noche con la poca luz presente. Con calma, llevó la copa hasta sus labios y saboreó el poco líquido que había traído con él, poniendo esta boca abajo para que cayeran un par de gotas al notar que ya no quedaba nada. El hombre negó y luego chasqueó la lengua, apoyando la cabeza en el frío muro que tenía a su espalda para cerrar lentamente los ojos.​


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—Mi reino por algo de fumar —comentó en voz alta.
—Trato hecho —dijo una voz femenina.

Raylock abrió los ojos, sorprendido, pues no había visto a nadie en las cercanías instantes antes. A su izquierda, cerca, pudo ver a una mujer de estatura menor que él, de una edad cercana a la de su difunta madre aunque no por ello carente de una exótica belleza, vestida de manera elegante y con alguna piel cara sobre sus hombros. Esta sostenía un cigarrillo liado en su mano enguantada, pretendiendo que el teúrgo lo tomara.

—Eso sí —tomó la palabra de nuevo antes de sonreír de manera amplia—: fuego no tengo.
—Bueno, de eso ya me encargo yo…

Raylock tomó el tabaco liado y se lo llevó a la boca, observando que la mujer hacía lo mismo con otro sacado de una pitillera de metal bonitamente ornamentada. Acto seguido, frotó los dedos y generó una pequeña llama con magia, dando fuego a ella para que diera la primera calada, y luego dándose a él para hacer lo mismo. El silencio se hizo entre ellos con la exhalación del blanquecino humo.

—Gracias —agradeció finalmente antes de mirar a la mujer de reojo.
—Trabajo en equipo, supongo —Asintió la mujer—. Y… ¿qué te trae por aquí?

El teúrgo cayó en la cuenta del lugar donde estaba, así que fue preso del alcohol que recorría sus venas, dejándose llevar alejado de la vergüenza y con un leve sentimiento de no tener nada que perder; o más bien, y quizá, sumido en su pena por tratar de encontrar a alguien con el que poder buscar algo de desahogo.

—Sé que va a sonar extraño, pero... lo cierto es que esta mañana estuve en el funeral de mi madre.
—Oh, vaya —Apretó los labios—. Lo lamento, encanto.
—Estaba bastante enferma, así que han sido unos días bastante complicados.
—¿Puedo preguntar quién era?
—Diana Howles.

La mujer arrugó un poco la frente.

—Conozco a tu padre, pues…
—¿A mi padre? —Enarcó una ceja Raylock—. ¿Él viene por aquí?
—No, no —Negó la mujer y hasta rio un poco, con intención de quitar hierro al asunto—. Estate tranquilo, el señor Howles es alguien mínimamente conocido.

El teúrgo suspiró, aunque a esas alturas ya cualquier cosa le habría parecido normal y alejado de cualquier sorpresa.

—Mi hermano quiso venir aquí conmigo y un amigo —Cabeceó hacia la puerta—, están dentro.

La mujer dio una calada y observó a Raylock, como si tratara de ver algo más en él. Luego desvió la mirada hacia la calle antes de tomar la palabra de nuevo.

—Aquí vienen los hombres y mujeres que quieren la paz para su cuerpo. Pero en tu caso… no pareces buscar ese tipo de paz: ¿de la mente quizá?

Raylock no pudo evitar sonreír, habiendo sido preso de esos análisis que él adoraba hacer sobre el resto de las personas.

—Qué puedo decir… —Dio una profunda calada al cigarrillo— Creo que he tenido dos familias y he perdido ambas, y aún lidio con… la decepción. Supongo que al final mis mayores temores se hicieron realidad.
—Oh, qué tierno —Sonrió breve—. Ahora lo comprendo mejor, y es que también te han roto el corazón.
—Sí. Mi madre siempre me decía que yo era alguien inteligente, pero creo que he sido un estúpido que no ha sabido leer las señales que tenía delante —Terminó por encogerse levemente de hombros y hasta reír un poco.
—Bueno… Te mentiría si te dijera que no he tenido que lidiar con… —La mujer entornó los ojos— ¿Decenas? ¿Centenares? Perdí la cuenta de las veces que hombres y mujeres se han dejado llevar por las palabras para luego no actuar. De modo que… se podría decir que tengo algo de mano izquierda con las cosas de aquí —Llevó una de sus manos de manera sutil hasta el pecho.
—Dicen que uno puede encontrar la sabiduría en cualquier rincón.
—No sé cuan sabia soy, encanto, pero sí te puedo decir que al final solo estarás tú, por lo que es mejor que te cuides. Que pensar en los demás... —Se permitió el lujo de tomar unos instantes para ella antes de continuar— es bonito, pero es más importante cuidar de uno mismo —La mujer apuró el cigarro con una profunda calada, generando otra pausa—. Ha habido días que he querido morirme, incluso deseado no haber nacido; tengo cicatrices que cerraron en mi piel, pero jamás lo harán en mi alma. Sin embargo… —Movió levemente la cabeza para mirar a Raylock— aquí sigo. Así que recuerda estas palabras: piensa por ti mismo o estarás mejor muerto.

El hombre, sin saber que decir, solo pudo limitarse en ver como ella dejaba caer al suelo lo poco que quedaba de lo que estaba fumando, para pisarlo después con la pequeña suela de su zapato de tacón.

—Me temo que tengo que seguir trabajando, hijo del señor Hanscroft Howles —Asintió—. No obstante, quiero que sepas que me alegro de haber podido compartir unas palabras con alguien que todavía pudiera articular más de una frase mirándome a los ojos y no al escote.
—Ah, bueno… por cierto, no tengo ningún reino.
—Vaya, qué pena —dijo en claro tono de ironía, para luego encogerse de hombros de manera algo dramática antes de girar su cuerpo y empezar a caminar con intención de alejarse—. Sumaré uno más en la cuenta que te dije —Terminó por guiñarle un ojo.

Raylock se masajeó el cuello y luego depositó la colilla requemada en el fondo de la copa, mirando de soslayo como la mujer marchaba al ritmo del ruido que emitían sus tacones por la silenciosa calle. Se sorprendió un poco al ver que esta se detuvo, ladeando un poco la cabeza también.

—Casi se me olvida: dale recuerdos a tu hermana.
—Ah, claro —Sonrió—, le daré recuerdos a Talia.
—No, encanto —Negó breve—. Me refiero a tu otra hermana…

El teúrgo frunció el ceño, pensativo a la vez que veía como ella se acercaba más a las sombras más oscuras.

—Esperad, ¿cómo sabéis que…?

Pero un ruido llamó la atención de Raylock, interrumpiendo su pregunta, y este no era más que el sonido de la puerta más cercana abriéndose de manera abrupta.

—¡Ray! —exclamó Tada tras aparecer por esta.
—¿Qué haces aquí abajo?
—¿Yo? —Se señaló— ¡No subiste! ¡Estaba preocupado!
—Claro… Preocupadísimo… —Se valió Raylock de un poco de sarcasmo.
—¿Estabas hablando con alguien? Escuché tu voz...
—Pues estaba hablando con esa mujer, creo que conoce a… —El teúrgo señaló hacia la calle, con la esperanza de que Tada pudiera ver la silueta femenina: pero ya no quedaba ni rastro.

El servidor de Torm levantó una ceja, mirando con escepticismo a su antiguo maestre.

—Creo que mejor te llevo a casa…
—Pero Tada, si no conoces el camino… —Se pinzó el puente de la nariz—. Quédate con mi hermano y aprovecha, que mañana nos vamos.
—¿Mañana ya?
—Sí.​
 

Manny_LoneWolf

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Diario de Vivencias - Mentiras
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(Música)​

Surcar por el aire a lomos de Sharde era el mejor regalo que Raylock podía obtener de su amiga pegaso. Su vínculo se había reforzado tras tanta pérdida, hasta tal punto que el teúrgo sentía que ella era apenas lo único que le quedaba.

La bestia mágica lo llevó hasta el Weldazh, pues él le había pedido un buen lugar para meditar, para llegar a la introspección, para alcanzar ese momento en el cuál uno se ha de escuchar a sí mismo y mirar hacia el frente con determinación. Y no fue en otro distinto del que Acala, Erven y Loreliel le habían recomendado meses atrás.

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Y ahí, en el mágico lugar, Raylock bajó de la silla y se quedó maravillado con las vistas. Con cariño acarició el cuello de su amiga y le sonrió con simpatía, dándole esta un leve golpe con el morro para empujarlo un poco hacia adelante.

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El teúrgo desabrochó el cierre de su capa y la dejó caer en el suelo, a la vez que continuaba sus pasos hacia el lugar que a él le parecía más indicado; y una vez allí, se deshizo del tabardo de la Orden del Radiante Corazón, de la misma manera que la otra prenda. Con la espalda erguida y quedado sentado sobre sus propias piernas flexionadas, tomó aire para expulsarlo por la nariz, cerrando los ojos y tratando de alcanzar ese estado de calma que estaba buscando.

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El sonido de la naturaleza se convirtió en plena armonía, y pronto empezó a dejar de sentir su alrededor, incluso el leve aleteo de las potentes alas de Sharde que no muy alejada de allí, era imposible negar que también disfrutaba de ese lugar. La luz se volvió oscuridad, sufriendo los inicios de una visión, de sucesiones de imágenes y recuerdos totalmente inconexos de Raylock, de las cosas explicadas de los demás, de lo llegado a leer por él mismo entre los tomos y escritos.

—Vaya, vaya… mira quién tenemos aquí… —sonó una reconocida voz en su mente.
—¿Sorprendido? —preguntó el teúrgo.
—No voy a negar que algo sí…

Raylock alcanzó la vista de las calles de una gran ciudad, abarrotadas por la muchedumbre y varios hombres de armas que rodeaban a un par de personas.

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—¿Cómo está tu madre? —preguntó la voz.
—Ambos estuvimos en el funeral, así que responder a esa pregunta carece de sentido.
—Míralo, pero qué listo es… —Se hizo una breve pausa debido a la risa levemente gutural— Una pena que yo no hubiera podido matarla con tus propias manos.
—Lo siento por ti —dijo Raylock con firmeza—, pero ya no tendrás otra oportunidad.
—Déjame que te cuente: Diana Vasseur, antes de contraer matrimonio con tu padre, fue una reconocida paladín que no tuvo problemas por alzar la espada en nombre de Tyr. Se puso entre los inocentes que sufrían a manos de las mentiras y los engaños de los demás, incluso de gobiernos tiránicos. Su cruzada por toda la Costa de la Espada parecía no tener fin, hasta que un día dio con el amor que jamás creía que iba a encontrar, pues entre sus planes y sus luchas, nunca imaginó que eso le llegaría.

La imagen se alejó de la ciudad, del gentío, y voló hasta un lugar algo más remoto y alejado, donde una mujer sostenía un bebé entre sus brazos mientras otra parecía otorgarle unas bendiciones.

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—Su amor ciego la apartó de su cruzada, pero los dioses la sonrieron con tres descendientes, entre los cuales estabas tú. Si bien es cierto que ella nunca se alejó demasiado de su camino, este se veía menguado en cuanto a fuerzas debido a la nueva responsabilidad que tenía. Portaba su armadura como el primer día y blandía la espada con fervor, pero su preocupación crecía al creer que quizá no estaba actuando como debía.
—Conozco la historia de mi madre.
—¿De veras?

De nuevo un giro rápido y vertiginoso, y esta vez a un gran campo de batalla, lleno de combatientes y caídos.

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—Tu padre, aunque inconsciente según él: cometió una infidelidad. Desde luego Tyr no es Torm, pero no hay nada peor para alguien que sigue al Justo, que encontrarse con el problema de lidiar entre hacer lo correcto cuando hay sentimientos de por medio. Pero tu madre no dudó, y ahí empezaron sus problemas: en vez arremeter con la verdad y sentenciar a Hanscroft Howles, lo que hizo fue aceptar y perdonar sus palabras. ¿Pero era lo justo?
—Mi madre hizo lo que ella creía que debía de hacer, no podemos juzgar eso.
—Ah, ¿no? Vaya, Raylock… ¿Y por qué no? ¿Por qué tu madre sufrió el castigo de aquel que la había nombrado elegida después de tantos años de inmaculado servicio?
—Los dioses son…
—¿Caprichosos? —interrumpió.

El teúrgo no dijo nada, permitiendo que su otro yo tomara la palabra de nuevo.

—Abandonada por su dios, Diana fue tocada por Beshaba y contrajo una compleja enfermedad, que no haría más que quitarle las fuerzas poco a poco, pasando de ser una gran guerrera a alguien que necesitaría ayuda para levantarse de la cama. Ah —Suspiró—, la ironía… Y entonces tu madre se convirtió en una carga para su familia, incluido tú.
—Para mí no lo fue.
—Claro, Raylock, por eso te marchaste de tu hogar. La situación era tan insostenible que huiste con la excusa de encontrar tu camino. Ah, y lo encontraste, ¿pero a qué precio? ¿Y en cuanto a la fe? ¿Qué me dices? ¿Acaso no sientes dudas desde la muerte de Diana? Soltaste sin dudar aquel obsequio que te dio, aquel símbolo de Tyr…
—Se lo devolví a su dueña… Y no… no flaquearé en mi deber…

La visión cambió. Un hombre joven había encontrado por fin la salida iluminada por el sol tras días de viaje en una peligrosa gruta.

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—Hanscroft Howles. Erudito, arcano, mercader, escritor, consejero… ¿Quién es?
—Mi padre.
—Tu padre exploró ruinas en busca del conocimiento, estudió en lugares prestigiosos y posee una biblioteca propia. Por no mencionar, de paso, que sería capaz de hacer un negocio con un diablo y salir indemne. También ha dado consejo a innumerables personas, líderes y regentes incluidos.
—Mi padre posee una fuerza de voluntad envidiable.

La imagen se alejó del mismo modo que sería si Raylock fuera catapultado con violencia hacia otro lugar, y entonces pudo ver una gran universidad con un sinfín tomos y escritos.

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—Sí, pero tu padre rompió tu familia. ¿De verdad crees que no fue consciente de lo que hizo?
—No lo sé…
—Al no tener la certeza, sabes que así pudo ser. Si tu padre posee una «fuerza de voluntad envidiable», ¿cómo es que sucumbió al acto seductor de una mujer que no era su esposa? Es ridículo, Raylock, tanto como el hecho de que poseas duda siquiera. Cuando tu madre murió, tu padre se libró de esa carga, pues ya nunca más tuvo que mirarla a la cara.
—Estuvo con ella hasta el último momento, y siempre trató de que no nos faltara de nada…
—Hanscroft está ahora con otra mujer, aquella que te saludó en la puerta trasera de aquel burdel. Además, puedes seguir negando la evidencia, pero sabes que muy probablemente sea ella, precisamente, la madre de la bastarda de Charlotte: tu supuesta hermana.

La oscuridad llegó en un parpadeo, pero entonces se pudo apreciar la imagen de una hermosa mujer sentada en una silla, rodeada de libros mientras practicaba ciertos conjuros, alguno que le permitía cambiar de forma.

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—Tu padre fue embrujado por una dama que tuvo la paciencia de ver y esperar a que tu madre se convirtiera en polvo. Vaya, una bruja… ¿Esto también lo contamos como ironía?
—Si fue embrujado… no fue culpa suya.
—¿Y por eso ahora está con ella?
—Quizá sea…
—Puedes engañarte lo que quieras, Raylock. ¿Pero qué vas a hacer tú?
—Jamás formaré una familia, no cometeré ese error.

Todo se desvaneció. Una luz cegadora dio paso a la imagen de un castillo de fondo, justo delante, un caballero con su arma alzada y la mirada fija era lo que se pudo apreciar.

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—Tu querida Orden. Gente que se ampara en juramentos, en una hipotética misión para llevar el bien a cualquier rincón, y para erradicar al mal. ¿Duele haber colgado el rojo?
—Duele, pero era necesario.
—Esta se cae a pedazos con el mandato de tu hermana, de la que sabes y eres consciente de que necesita ayuda.
—Era lo justo, ella lo merecía…
—Puede que sí, pero decidiste marcharte para cometer dos errores: el primero, huir de no tener el valor de aceptar el dolor por la ruptura; el segundo, tratar de creer que tenías una mínima posibilidad de salvar lo que quedaba de tu familia. Fracasaste en ambas cosas y perdiste todo.
—Por eso no era válido para llevar el tabardo rojo, así que es lo justo. Tan solo fui un maestre de transición, porque poca opción había…

La visión voló de manera vertiginosa hasta el interior del castillo, donde un caballero caminaba con calma para acercarse poco a poco hasta un hombre que portaba una corona, sentado este en su trono.

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—¿Y qué harás, Raylock? ¿Atado de pies y manos de nuevo por el principado? ¿Por tu cruzada imposible? ¿Por tu corazón dividido entre tu deber y el querer devorar el conocimiento entre viajes?
—Encontraré el equilibrio.
—¿Volverás a errar? ¿Volverás a decepcionar?
—Si ese es mi camino para aprender: así será, pues solo los dioses podrán juzgarme.

La imagen se desplazó en un arco, como si el punto de origen estuviera sobre la punta de una flecha afectada por la gravedad, deteniéndose entonces sobre un puente donde una pareja feliz se tomaba de las manos.

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—Ah, el amor. Cuando te marchaste creíste que todo sería cuestión de tiempo, y que el estar lejos te ayudaría. Pero… no fue así.
—Me… me ayudó.
—Raylock, te pasaste horas viendo como la última pintura que ella te hizo en el antebrazo se borraba lentamente con el paso de los días, siendo un reflejo de cómo todo se había hundido y acabado. Con una explicación realmente vaga te quedaste solo, y aún te preguntas cada día «¿Por qué?», después de haber dado todo por ella. Tu familia te pedía que obraras un milagro, pero tú estabas pensando en tu amor perdido.
—Es… es pasado.
—¿Eso es lo que le dices a todas las mujeres que has estado desde entonces? Ni siquiera tú crees las excusas que les dices para no volver a verlas. No obtendrás de ellas esa mirada penetrante, ese embrujo… vaya, ¿una bruja? —La pregunta retórica fue acompañada de una leve risa antes de continuar— Esa voz que parecía un susurro traído por el mismo viento, esa facilidad para hacer cualquier cosa, esa paz que te permitió conciliar el sueño de nuevo…
—Eso último fue culpa tuya, ES, culpa tuya.
—Culpable, sí. —La risa sonó de nuevo— Sobrevivirás durmiendo menos que el resto de la gente, no te preocupes. Al igual que tu madre, también me podré ahorrar el matar a tu antigua amada.
—No quiero… volver a amar…
—Bien. Te animo a ello, pero primero tendrás que dejar de hacerlo esta vez.

Una explosión destruyó la imagen por completo, quemándola. Pero la propia luz trajo otra, la de un niño rodeado de libros, sentado en el suelo, valiéndose de la poca luz que se filtraba por las vidrieras para poder leer.

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—El aroma de los libros cuando eras niño, algo que añoras. Todos esos momentos en los cuales el tiempo parecía detenerse, aquellos en los que tu imaginación gobernaba tu vida, una apacible, con descanso, con felicidad…
—Como todos los niños.
—No todos. Tu hermana bastarda, aunque a decir verdad, ni siquiera sabes si realmente lo es, pero prefieres cobijarte en esa idea… llegó incluso a beber agua sucia de los charcos de la calle. No es momento para ser hipócrita.

La visión se resquebrajó, como un vidrio golpeado. Entre los trozos aún sostenidos a pesar de las grietas, un hombre se veía reflejado, irreconocible.

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—Dime una cosa, Raylock… ¿Te reconoces cuando te miras en el espejo? ¿Has descubierto ya quién eres en realidad? ¿Luchas por negar lo evidente? ¿Te aferras a una fe que flaquea y pende de un hilo? Déjame que te lo diga yo, déjame que te responda…
—Hazlo.
—Estás acabado, has acabado contigo mismo. No he tenido que hacer ningún esfuerzo. ¿Y sabes qué es lo mejor?
—¿Qué?
—Que presenciaré tu caída en primera persona.​


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—Está bien: pues mi caída será la tuya, ya que estarás conmigo hasta el fin.​
 

Manny_LoneWolf

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Ya era bien entrada la noche y Raylock había vuelto a su santuario. Una reunión, una patrulla, pensar en su siguiente tesis, ordenar sus cientos de pensamientos que le rondaban por la cabeza… rutina sin más que lo hacía preso de sus quehaceres.

Sus pasos se tornaron pesados nada más cruzar el umbral de la puerta, pero la sensación de «estar en casa» le dio unos últimos empujones de energía, suficiente como para deshacerse de su tabardo, el guantelete en honor a Tyr y hasta sus botas, obligando de ese modo a que sus pies alcanzaran el tacto de la madera del suelo. Ordenó a sus sirvientes invisibles que le dejaran en paz y él mismo alcanzó una de las botellas de vino, esta vez no del que le enviaba su padre de vez en cuando, sino más bien del que había sobrado de la boda de su hermana Charlotte y que su mejor amigo Tada había traído de Tethyr. Se dirigió hasta uno de los grandes ventanales para observar el oasis que poblaba desde hacía mucho tiempo la panorámica que alcanzaba la vista tras los vidrios, reparando precisamente y en eso mismo: que esa visión llevaba años ahí.

Descorchó con cuidado el recipiente de líquido granate y luego caminó hasta la mesa para alcanzar una copa, sirviéndose con cuidado hasta llenar esta, y justo antes de hacer una cata. «Veremos», pensó al recordar que su ingesta iba a ser con el estómago vacío, siendo cierto el hecho de que no tenía ganas de comer.

Su mirada se desvió hasta la chimenea y a pesar de que la temperatura era perfecta en la estancia, las pequeñas llamas y el crepitar atrajeron por completo su atención como si de un patrón hipnótico se tratara. Fue entonces cuando caminó hasta la butaca más cercana a esta y se dejó caer como si sus hombros portaran una pesada carga. Suspiró. No una, más bien dos veces, para luego frotarse las sienes. Tomó un trago del vino y luego estiró su brazo para alcanzar su libro de anotaciones, que fue abierto más o menos por la mitad para buscar sus últimos escritos con intención de repasar la reunión de horas atrás. Y así fue entonces como dio con el poema que le habían dedicado, pues Raylock lo había dejado justo ahí en la hoja que marcaba el punto anterior al encuentro con el resto de sus compañeros, que fue cuando se le entregó.

El hombre alzó el pergamino para ojear la caligrafía, bonita y estilizada, hecha por una dama de verdad. Sonrió tras recordar y mirar hacia el lugar donde ella se lo había recitado ahí mismo en su santuario, con su propia voz, que pareció salido del corazón: relatado de memoria, sin apresurarse ni trabarse y con las pausas correctas. Raylock lo leyó de nuevo, esta vez sin prisa al disponer de unos valiosos minutos para ello, y así decía:​


Si…​


Si guardas en tu puesto la cabeza tranquila, cuando todo a tu lado es cabeza perdida.​

Si tienes en ti mismo una fe que te niegan, y no desprecias nunca las dudas que ellos tengan.​

Si esperas en tu puesto, sin fatiga en la espera. Si engañado, no engañas, y no buscas más odio que el odio que te tengan…​

Si eres bueno, y no finges ser mejor de lo que eres; si al hablar no exageras de lo que sabes y quieres.​

Si sueñas, y los sueños no te hacen su esclavo; si piensas y rechazas lo que piensas en vano.​

Si tropiezas al triunfo, si llega tu derrota, y a los dos impostores tratas de igual forma.​

Si logras que se sepa la verdad que has hablado, a pesar del sofisma del orbe encanallado.​

Si vuelves al comienzo de la obra perdida, aunque esa obra sea la de toda tu vida.​

Si arriesgas de un golpe y lleno de alegría tus ganancias de siempre a la suerte de un día; y pierdes, y te lanzas de nuevo a la pelea, sin decirle a nadie lo que eres y lo que eras.​

Si logras que tus nervios y el corazón te asistan, aún después de su fuga de tu cuerpo en fatiga. Que se agarren contigo cuando no quede nada, porque tú lo deseas, lo quieres y mandas.​

Si hablas con el pueblo, y guardas tu virtud.​

Si marchas junto a reyes con tu paso y tu luz.​

Si nadie que te hiera llega a hacerte la herida.​

Si todos te reclaman y ni uno te precisa.​

Si llenas el minuto inolvidable y cierto, de sesenta segundos que me lleven al cielo…​

Todo lo de esta tierra será tuyo, y mucho más aún… seréis caballero.​


​
Las palabras resonaron en la cabeza del teúrgo a cada paso por ellas con su vista, rememorando la armonía que provocó la entonación, para finalmente ver una «S» que firmaba el escrito en la esquina inferior derecha del pergamino.

Negó para sí y tomó un trago, y hasta dos, más bien tres hasta casi acabar el líquido de la copa. «Ojalá estuvieras aquí para volver a recitármelo», pensó. Posteriormente dejó caer el brazo que sujetaba el texto sobre el papel y miró hacia los ventanales. «Como te dije, hasta los hombres más listos cometemos las peores estupideces», volvió a pensar, pero dibujó una sonrisa en su rostro. Saboreó entonces una sensación agridulce dentro de sí mismo, pero mantuvo la simpática expresión, pues un sentimiento de felicidad recorrió su cuerpo, no obstante. Por primera vez en mucho tiempo se permitió el lujo de cobijarse bajo algo tan bonito como peligroso, a la vez que egoísta, buscando descansar de todas las cosas mundanas aunque fuera por tan solo unos míseros segundos, abriendo una parte que creía enterrada desde su ruptura con Shiphae años atrás. Su mirada quedó clavada en el oasis que podía ver más allá tras ladear la cabeza, y entonces dijo:

—Me quedaré a dormir aquí, pues deseo que el amanecer sea el que me despierte…


Offtopic :
Me dejaste con la boca abierta, y esa fue mi inspiración. Gracias. ^^
 

Manny_LoneWolf

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Diario de Vivencias - La tormenta perfecta


Para Raylock, la reunión no había salido como él esperaba, pero no tenía más tiempo que perder ya que en breve tendría que salir a la ayuda del pueblo robusto, siendo estos aliados de la Orden del Radiante Corazón. Cuando sus pasos lo llevaron hasta Edive para buscar un poco de descanso, un pequeño y avispado muchacho hizo por entregarle una carta no sin antes pedirle algunas monedas. Con gusto, el teúrgo hizo entrega de ellas para tomar el sobre lacrado con un símbolo de Savras, y que por el perfil femenino de la letra con la que estaba escrito «a la atención de Raylock Howles» le indicaba que se traba de Sheila.

Una vez en su Santuario, el hombre sacó una botella de vino de entre sus cosas, percatándose de que esta estaba vacía. Maldijo entonces a Tada, a sabiendas de que su amigo se había pimplado la última botella del vino de Aguas Profundas que normalmente su padre Hanscroft Howles le hacía llegar. Uno de sus sirvientes invisibles se acercó para ofrecerle una botella sin abrir, pero el teúrgo hizo un gesto de desdén para rechazarla al saber que no sería de la misma calidad que él deseaba.

Acomodado en uno de sus divanes y tras patear sus botas todo lo más lejos posible por la mezcla de cansancio y desgana, se dispuso a abrir el sobre y extraer la carta en su interior. Cuando vio la letra estilizada de Sheila con perfecta caligrafía en alzhedo, recordó que no le había contestado a la última.​


Querido Raylock,



No recibí tu respuesta a mi última carta, pero sé que estás bien: ventajas de ser una vidente. De seguro debes de estar ocupado con tus quehaceres de caballero y los estudios, pero me gustaría saber de ti, y quizá, planear el vernos en un corto periodo de tiempo.

Te mentiría si te digo que no añoro las horas que pasábamos entre libros y debates en el templo de mi señor en Tashluta.




Aguardaré respuesta.



Tuya,

Sheila Saadi, erudita y servidora del Señor de la Adivinación



El teúrgo suspiró con pesadez y luego se masajeó los ojos, recordando entonces con todo detalle el encuentro que había tenido por la mañana:​


Sentado en la última fila de los asientos que disponía la capilla de Tyr, dentro del castillo, Raylock escuchaba el sermón del alto sacerdote. Su mirada parecía ida, y cualquiera podría haber dicho que realmente estaba absorto y perdido, pero no, estaba bien atento. Para variar, en su mente se movían decenas de pensamientos y emociones, tratando de conectarlos con la idea de buscar algo de paz, cosa que últimamente le era complicado.

Finalizado el sermón, aguardó a que todos los feligreses se marcharan y se levantó con calma para llevar sus pasos hasta la entrada del castillo. Allí, entonces, se sorprendió al ver a la magistrada tras pensar que quizá había perdido algo más de tiempo y eso le había hecho llegar tarde a la cita con ella.

—Vaya, se me fue el santo al cielo… —dijo el teúrgo desviando algo la mirada, para después posar la vista en la mujer.

—Raylock… —Shiphae cabeceó de manera suave para fijarse en él, esbozando una fina sonrisa que parecía estar a caballo entre lo cálido y la melancolía. —¿Llego muy pronto quizás?

—No, no… —Negó él. —Solo estaba aclarando un poco las ideas —Sonrió fugaz.

La genasí movió un poco la cabeza para mirar hacia la zona de culto, alzando luego la comisura de los labios.

—La fe… que no decaiga —dijo—. Y una mente clara tampoco.

La magistrada había escogido un precioso atuendo azul, formal, pero de bonitos acabados, todo ello conjuntado con una capa sobre los hombros de la misma calidad. Raylock se preguntó si había sido coincidencia o ella había escogido algo de color similar al de los caballeros de la Orden.

—Estás estupenda.

—Y tú tan magnífico como siempre.

—Está bien que alguien me mire con buenos ojos, aunque sea de vez en cuando… —Rio un poco con gesto divertido.

—¡Anda, calla!

Shiphae acortó la distancia entre ellos, pegando su cuerpo entonces con el de Raylock para abrazarlo. El teúrgo, sorprendido, primero se quedó parado, pero luego cedió totalmente a su impulso para corresponderla. A su mente le vinieron vivencias del pasado, más cuando la escuchó inspirar hondo, como si solo estuviera centrada en su presencia, siendo entonces cuando él terminó por rodearla con los brazos.

—Me alegro de verte, Raylock —susurró ella tras retirarse lentamente, pero acariciando por un instante y con su diestra la mejilla del hombre.

—Yo también —confesó, tomando la mano de ella para aguantarla un poco más en la posición, acompañándola luego y con gentileza al hacerla caer.

—Anda… Llévame a un sitio con una ventana o empezarán a volar las cosas —Sonrió de manera resignada.

Ambos pasaron hacia la parte privada del castillo, tratando varios temas en la sala de reuniones y en complicidad, dada la seriedad de los acontecimientos. Pero de manera natural y con el paso de los minutos, horas quizá al haber perdido la noción del tiempo, la complicidad que les había unido años atrás volvió como aquella brisa que siempre se arremolinaba alrededor de ella. El ambiente entre ellos se alejó de cualquier tensión, algo de lo que quizá nunca hubieran podido vaticinar: pero así fue.
​

Con todos los temas tratados, el caballero juramentado la acompañó hasta la entrada del castillo para quedar ambos cerca del umbral.

—Me he alegrado de verte, Raylock —comenzó a decir mirándole a los ojos—. De veras.

Raylock no dijo nada, tan solo sonrió de manera tenue, articulando palabra tras unos instantes de silencio.

—Quizá hoy sí pueda dormir algo… quién sabe —terminó por decir tras recordar fugazmente cuando eso le era posible a su lado.

Shiphae suspiró, para luego buscar en su pequeño zurrón de viaje. El teúrgo siguió con la mirada los gestos de ella, dominado por la curiosidad, saciando esta cuando vio que ella sacaba un pequeño abrecartas que extrajo de una funda de cuero. Después, y para sorpresa de él, la genasí llevó la herramienta hasta su cabello para segar un mechón con un par de movimientos, como si le costara hacerlo. Con calma y naturalidad, pero después de guardar el abrecartas, la mujer abrió la mano libre de Raylock para depositar en esta el mechón previamente cortado.

—Por los viejos tiempos —musitó mientras cerraba la mano del teúrgo, sonriéndole después de manera cálida y triste a la vez, con intención de marcharse.

Sin palabras, el hombre tan solo pudo mirar su propia mano cerrada, para luego desviar su vista hasta Shiphae. Ella, por su parte, no dijo nada más y sencillamente alzó una pálida mano para despedirse como si no le salieran más palabras de su garganta, a la vez que tomaba sus pasos hacia cruzar las grandes puertas.

—Shiphae… Yo…

La mujer se detuvo cuando escuchó su nombre, girando levemente el rostro para mirar de soslayo al hombre, todo sin haber podido borrar la expresión anterior. Por la mente de Raylock pasaron decenas de recuerdos y vivencias, ahogándose, quedándose sin respiración, todo en un conjunto irónico al ser por ella: la genasí de aire de la que buscaba ese aliento. Pero no obtuvo el valor, su voluntad flaqueó en el peor momento, prefiriendo no hacer fuego sobre las cenizas por alguna razón que ni siquiera él llegó a entender. Finalmente miró los restos del cabello, esta vez con la palma abierta, decidido eso sí a mirarla por última vez antes de que se marchara.

—Gracias… —Fue lo único que salió de su garganta.

Entonces ella le guiñó un ojo, con un gesto que parecía alegre a pesar de que su mirada fuera tristeza, denotando ambos de manera clara y al final que quizá estaban haciendo o diciendo algo que no correspondía con lo que llevaban en sus adentros.


El final del recuerdo le hizo volver a su Santuario. Echó la cabeza hacia atrás y dejó caer la carta, para luego levantarse con pesadez hasta ir a su escritorio escaleras arriba. Tomó un pergamino, su pluma y tinta, y entonces se dispuso a escribir.​


Querida Sheila,

Estimada Sheila,




Ruego que me disculpes por no haberte contestado antes.



No tengo intención de volver a Tashalar, al menos por ahora, así que debo de rechazar el vernos. Tenías razón cuando me dijiste que me quedara contigo, pues creo que cometí un error al volver a Amn, y por ello debo aceptar mi condición.

Me he estado engañando todo este tiempo y no hay nada más deshonroso para un servidor de Tyr que el hacerlo para intentar seguir adelante, y si mi madre que en paz descanse me viera, de seguro que querría que me cortaran la cabeza. Tu padre tenía razón: es mejor que te busques un hombre bueno de verdad que no sea ruin y mezquino como yo, pues con nuestras horas juntos te utilicé para intentar acallar las voces que mi corazón gritaba en mis adentros.

No te pediré que me perdones, pues no sería justo, pero sí te pediré que no cierres ninguna puerta a tu futuro por mi culpa.




Espero que los dioses buenos estén siempre contigo y rezaré porque algún día alcances el ser la mejor vidente de la península sureña.



Atentamente,

Raylock



Tras la escritura, el hombre dejó cera caliente en el cierre para luego poner su sello con unas finas y estilizadas letras en forma de «RH»; bajó las escaleras con decisión al acabar, con intención de dejar todo preparado y listo para cuando saliera el sol después del nocturno descanso.

Recordó entonces su conversación con Charlotte, cuando ella le increpó que cada vez que se veía con la magistrada Raylock daba dos pasos atrás, incluso cuando una vez le golpeó por ello en la boca del estómago. Sonrió, no obstante, aunque algo agridulce: en el fondo le encantaba el mal temperamento de su hermana con la contundencia que hacía gala en ocasiones, tanto para la palabra como para los puños. Pensó que aquel día fue la primera vez que se trató con sinceridad a sí mismo y por consiguiente a Charlotte, cuando le confesó que si todo era así probablemente era porque no había superado la ruptura.

Depositó el sobre con la carta para Sheila encima de la mesita frente a los divanes, como si con ello se hubiera desprendido de una tonelada de peso, alzando luego la vista hacia los grandes ventanales que dibujaban un oasis en plena noche en el horizonte para... perder su mirada en este.

—Lo que quería decirte no era «gracias»… era que todavía te quiero.
​
 

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