DreamCatcher
Elfo que no discute
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Parte I. La Marea
Muranndin, Ciudad de las Bestias – Puerto
Había transcurrido más de una década desde la primera vez que había pisado el puerto de Murann. Por aquel entonces apenas era una cría. Una niña que no poseía nada a su nombre, salvo una necesidad difícil de explicar: pertenecer. Aferrarse a algo. Encontrar un lugar donde ser útil, donde ser necesaria. Tal había sido el sencillo deseo de aquella joven humana que, incluso entre bestias, había buscado un lugar para sí misma.
Había tratado con casi toda clase de criaturas. Había aprendido a adaptarse, a observar antes de hablar, a no llamar la atención cuando convenía… y a atraerla cuando era necesario. Había aprendido qué rostro mostrar a cada uno y cuándo convenía esconderlo. Y ahora formaba parte del mismo Imperio. Pero, ¿hasta qué punto?
La marinera observó los muelles.
Antaño predominaban las bestias. Algunos pocos humanos caminaban entre ellas sin cadenas, aprendiendo a sobrevivir en una ciudad que durante mucho tiempo no les había pertenecido. Con los años, sin embargo, las cosas habían cambiado. Muranndin había comenzado a crecer. Sus calles habían empezado a aceptar algo más que sangre o gloria. Ahora, había espacio para quien supiera encontrarlo.
Y aquellos mismos muelles que habían visto llegar a una joven sin nada a su nombre, ahora recibían a cientos de desconocidos. Otra carraca acababa de entrar en puerto.
Una más.
De sus entrañas comenzaron a descender personas por centenares, cargando lo poco que poseían, si es que poseían algo. Rostros agotados. Familias enteras. Marineros. Extranjeros. Hombres y mujeres que habían pagado por una promesa de futuro. Algunos huían de sus deudas. Otros habían sido arrancados de sus hogares. Maztiqueños, tethyrianos, calishitas, amnianos… incluso aquellos que regresaban después de años de ausencia. Todos terminaban allí.
Y Muranndin comenzaba a quedarse sin espacio para tantos.
No tardó en aparecer el llamado Barrio de las Cien Lenguas. Diversas procedencias e historias intentando ocupar las mismas calles. La miseria crecía con la misma velocidad que el barrio. No había camas para todos, no había trabajo para todos, tampoco había comida para todos. Para muchos, aquellos recién llegados eran una plaga. Una carga. Un problema que la ciudad tendría que resolver antes de que terminara por desbordarse. La muerte, para algunos, era la solución más sencilla.
Ella veía otra cosa. Posibles clientes. Posibles empleados. Contactos, conocimiento. ¿Y por qué no? Mercancía. Pues la necesidad también era un mercado. Quizá por eso comprendía mejor que otros a quienes llegaban ahora. También ella había llegado sin nada. También había necesitado demostrar que podía encontrar un lugar entre aquellos que podían decidir si merecía permanecer en él. Y, de algún modo, había conseguido hacerlo.
…
O eso quería creer.
Había tratado con casi toda clase de criaturas. Había aprendido a adaptarse, a observar antes de hablar, a no llamar la atención cuando convenía… y a atraerla cuando era necesario. Había aprendido qué rostro mostrar a cada uno y cuándo convenía esconderlo. Y ahora formaba parte del mismo Imperio. Pero, ¿hasta qué punto?
La marinera observó los muelles.
Antaño predominaban las bestias. Algunos pocos humanos caminaban entre ellas sin cadenas, aprendiendo a sobrevivir en una ciudad que durante mucho tiempo no les había pertenecido. Con los años, sin embargo, las cosas habían cambiado. Muranndin había comenzado a crecer. Sus calles habían empezado a aceptar algo más que sangre o gloria. Ahora, había espacio para quien supiera encontrarlo.
Y aquellos mismos muelles que habían visto llegar a una joven sin nada a su nombre, ahora recibían a cientos de desconocidos. Otra carraca acababa de entrar en puerto.
Una más.
De sus entrañas comenzaron a descender personas por centenares, cargando lo poco que poseían, si es que poseían algo. Rostros agotados. Familias enteras. Marineros. Extranjeros. Hombres y mujeres que habían pagado por una promesa de futuro. Algunos huían de sus deudas. Otros habían sido arrancados de sus hogares. Maztiqueños, tethyrianos, calishitas, amnianos… incluso aquellos que regresaban después de años de ausencia. Todos terminaban allí.
Y Muranndin comenzaba a quedarse sin espacio para tantos.
No tardó en aparecer el llamado Barrio de las Cien Lenguas. Diversas procedencias e historias intentando ocupar las mismas calles. La miseria crecía con la misma velocidad que el barrio. No había camas para todos, no había trabajo para todos, tampoco había comida para todos. Para muchos, aquellos recién llegados eran una plaga. Una carga. Un problema que la ciudad tendría que resolver antes de que terminara por desbordarse. La muerte, para algunos, era la solución más sencilla.
Ella veía otra cosa. Posibles clientes. Posibles empleados. Contactos, conocimiento. ¿Y por qué no? Mercancía. Pues la necesidad también era un mercado. Quizá por eso comprendía mejor que otros a quienes llegaban ahora. También ella había llegado sin nada. También había necesitado demostrar que podía encontrar un lugar entre aquellos que podían decidir si merecía permanecer en él. Y, de algún modo, había conseguido hacerlo.
…
O eso quería creer.
…
Se había adentrado en el barrio en alguna que otra ocasión, siempre escoltada por algunos de sus más cercanos. Aquella vez, un miembro del Ejército se encontraba en mitad de un llamamiento. Una forma de ofrecer una salida a quienes se encontraban más desesperados. Un reclutamiento.
Las palabras, sin embargo, no fueron recibidas como se esperaba. Entre aquella marabunta de gente reunida, cuchillos se alzaron en el aire ante la tensión. Rayos respondieron de vuelta. Después llegó el empujón. Luego otro. Y otro. La multitud se convirtió en una avalancha caótica. Unos intentaban avanzar, mientras otros retrocedían. Algunos caían y eran pisados por quienes buscaban escapar. Los puñetazos comenzaron a mezclarse con los gritos, mientras aquellos que habían acudido descubrían que quizá ni siquiera tenían fuerzas para escuchar otra promesa. Las palabras no bastaban. No para quienes tenían el estómago vacío. Para quienes no tenían nada.
Y ante aquello, las bestias del Imperio tampoco iban a ceder. Si aquella gente se convertía en un problema, terminarían por apartarla. Por expulsarla. O por eliminar a quienes considerasen una amenaza.
Ella permaneció como espectadora, tan lejos como podía. Veía el movimiento. Veía la marea. Pero, ¿hacia dónde debía conducirla? Por un instante, se preguntó si siquiera merecía realmente su esfuerzo. Otra vez luchar contra la marea. Otra vez intentar abrirse paso entre aquellos que quizá no mirarían más allá.
Y entonces escuchó una voz.
—Se vende niño sano... —pronunció una mujer, desesperada, en mitad de todo aquel caos.
La frase atravesó el ruido con claridad. Incredulidad, quizá. Eso fue lo primero que la visitó.
Miró a la mujer. Harapienta y exhausta. Rodeada de cinco pequeños que se aferraban a ella como podían. Una madre dispuesta a vender a uno de sus hijos para poder alimentar y mantener a los otros cuatro. ¿Podía una madre decidir cuál de sus hijos tenía mayor valor? ¿De cuál sería capaz de separarse? ¿Y qué clase de precio podía tener una vida cuando la persona que la había dado al mundo estaba dispuesta a ponerla sobre una mesa para que otros pujaran por ella?
Quizá lo que verdaderamente llamó su atención no era que una madre estuviese dispuesta a vender a uno de sus hijos, sino que hubiese llegado a considerar aquello una solución razonable. Había hecho sus cuentas: uno menos significaba una boca menos que alimentar, y unas monedas más para sustentar al resto. Pura necesidad. Y la necesidad, como bien sabía, era capaz de convertir cualquier cosa en beneficio. Quizás, en el fondo, no deseaba conocer respuesta alguna. Mas aun así, preguntó:
—¿A cuánto?
Lejos de ser un gesto altruista, era una oportunidad de sacar beneficio de aquel caos. Un negocio que aún tenía pendiente. Quizás uno que acabase por forjar una nueva vía. Comprar a uno habría sido sencillo, una mera transacción. Una vida, cambiando de manos. Pero, tarde o temprano, aquella misma voz volvería a escucharse, ofreciendo a otro de sus hijos, pues la situación seguiría siendo la misma.
—...Yo misma podría otorgarles un mejor lugar... —continuó con cierta calma, quizá sin darle mayor importancia—. Salir de este barrio...
—¿Q-Qué significa salir? No tengo más que mi familia, no tenemos trabajo, necesitamos trabajo, comida... —replicó la mujer harapienta, junto a sus cinco pequeños.
Observó a los niños. Cinco pares de ojos que no entendían aquella transacción. Cinco vidas que, de haber tenido un poco más de suerte, quizá jamás habrían llegado a aquel punto. Observó también a la madre. Quizá no fuese una mujer especialmente valiosa, ni poseyera un oficio digno de mención, pero, pese a todo, aún seguía buscando una forma de mantenerlos con vida. Y esa culpa también podía ser una herramienta que utilizar.
—Eso mismo: un lugar donde vivir y trabajar, además de hacerme cargo de vuestros más pequeños... —respondió, observándolos. Ciertamente no se trataba de un acto de caridad. Era tan solo lo que debía ser: una inversión.
—Menudo corazón el vuestro, Adrasteia —pronunció entonces Nabil, ante la situación.
Y mientras acompañaba a la mujer y a sus hijos fuera de aquel lugar, escoltada por los suyos, sin mirar atrás, replicó:
—Siempre lo he tenido…
…
Las termas de Muranndin habían visto pasar tanto a nobles como a bestias. Habían conocido cuerpos cubiertos de polvo y barro, así como pieles perfumadas antes de las grandes reuniones. Aquella vez, sin embargo, recibieron a seis personas que ciertamente no parecían pertenecer allí. Había pagado una suma generosa para disponer del lugar durante un tiempo. Lo suficiente para que nadie los molestara mientras la familia recibía atención y algo de sustento.
La madre permanecía en silencio, más allá del agradecimiento inicial. Los niños tampoco hablaban demasiado. Parecían incluso desconfiar del agua caliente. Del jabón. De las manos que intentaban limpiar aquello que durante demasiado tiempo había quedado adherido a sus cuerpos. Habían aprendido a convivir con la suciedad, con el hambre y con las miradas de quienes los consideraban menos. ¿Cómo aceptar, de pronto, que todo aquello podía cambiar?
Poco a poco, sin embargo, comenzó a desaparecer la mugre. El olor de las calles. Incluso el cansancio que pesaba en sus cuerpos comenzó a revelar, bajo él, algo tan simple como un rostro. Y mientras ella aún mantenía cierta distancia con la familia, no pudo evitar pensar que eran otros. Seguían siendo las mismas personas. Las mismas vidas. Pero al menos el hambre, la suciedad y parte del miedo habían dejado de ocultarlas.
Uno de los pequeños se removió incómodo, sin saber todavía qué se esperaba de él. Otro miraba a la Rundeen con una mezcla de temor y curiosidad. Ninguno comprendía aún que, para ella, aquel baño apenas era un comienzo. Y mientras su mirada pasaba de uno a otro, los pensamientos acudieron a su mente.
Estaba segura de haberlo hecho en numerosas ocasiones. Había apostado por personas, negocios y alianzas. Y, sin embargo, si intentaba buscar el fruto de todo aquello, no siempre sabía qué mostrar. Miró sus vestimentas. Las joyas que adornaban su cuerpo. Después a sus escoltas más cercanos, a aquellos que permanecían junto a ella, y, finalmente, a quienes ahora se ocupaban de atender a aquella familia. ¿Era aquello el resultado? ¿Era siquiera suficiente? ¿Equivalente?
Con el oro, todo era más sencillo. Se entregaba y se recibía algo a cambio. Una mercancía, o un servicio. Una propiedad, o una deuda. Incluso favores. Pero aquel momento era distinto. Estaba entregando algo de sí misma a cambio de algo que todavía no existía. Tiempo. Posibilidades. Quizá, si todo salía como esperaba, un día recibiría algo que todavía no podía nombrar. Aunque fuese simplemente la certeza de que aquello había servido para algo.
¿Había alguien hecho eso por ella?
Durante años había intentado demostrar que merecía un lugar en Murann. Que el Imperio ganaba más teniéndola dentro que dejándola fuera. Había invertido tiempo, palabras, oro y sangre para conseguirlo. Y, aun así, algunas veces se preguntaba si realmente había merecido la pena. Al fin y al cabo, ¿qué era una inversión sino decidir que algo tenía suficiente valor como para arriesgarse por ello?
Volvió a mirar a los niños.
Quizá debería haber preguntado entonces, no cuánto valía una vida... sino cuánto podía llegar a valer si alguien decidía invertir en ella.
Con el oro, todo era más sencillo. Se entregaba y se recibía algo a cambio. Una mercancía, o un servicio. Una propiedad, o una deuda. Incluso favores. Pero aquel momento era distinto. Estaba entregando algo de sí misma a cambio de algo que todavía no existía. Tiempo. Posibilidades. Quizá, si todo salía como esperaba, un día recibiría algo que todavía no podía nombrar. Aunque fuese simplemente la certeza de que aquello había servido para algo.
¿Había alguien hecho eso por ella?
Durante años había intentado demostrar que merecía un lugar en Murann. Que el Imperio ganaba más teniéndola dentro que dejándola fuera. Había invertido tiempo, palabras, oro y sangre para conseguirlo. Y, aun así, algunas veces se preguntaba si realmente había merecido la pena. Al fin y al cabo, ¿qué era una inversión sino decidir que algo tenía suficiente valor como para arriesgarse por ello?
Volvió a mirar a los niños.
Quizá debería haber preguntado entonces, no cuánto valía una vida... sino cuánto podía llegar a valer si alguien decidía invertir en ella.