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Las fábulas de Ylliüre y Aelistheia

Airoh

Gerardo de Amn
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22/5/19
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Este apartado es un pequeño rincón íntimo del recuerdo de Aelindar, quién fue entonces Aelistheia en Siempreunidos pues ése era el nombre que sus padres decidieron marcarle hasta que, como toda etapa de los elfos, cuando alcanzan la mayoría de edad ellos mismos se ponen un nombre de adulto.

Aquí se relatarán las fábulas de su mejor amiga centauro, Ylliüre, de quién sentía un amor espiritual e inocente por ella, pues siempre fue (y es) su motivo para sonreír cada día.



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Airoh

Gerardo de Amn
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El claro estaba tibio, aunque el sol ya ascendía despacio entre las ramas altas de Siempreunidos. La hierba olía a savia y a flores recién abiertas, y el aire tenía ese silencio especial que solo existe cuando el bosque decide escuchar.

Aún con los primeros rayos del alba el ambiente aromático por las Damas de Noche aún persistía. Aquella fragancia arropaba a Aelistheia como un manto onírico que la hacía soñar despierta en su preciada compañía de su amiga.

Aelistheia estaba sentada con las piernas recogidas, el vestido claro manchado de verde en el dobladillo. Balanceaba distraída una hoja entre los dedos, pero sus ojos no se apartaban de Ylliüre.

La centaura descansaba sobre un costado, el cuerpo blanco medio oculto entre helechos. Sus cabellos níveos caían como una cascada suave sobre los hombros, y sostenía la pequeña arpa dorada sin tocarla todavía. Sonreía de esa forma suya, como si supiera algo bonito que aún no iba a decir.

–Aelistheia ¿Por qué esa insistencia en no estudiar la magia, si te encanta ver chiribitas brillantes en el aire?– Preguntó mientras sus manos la dirigía a su arpa de oro con motivos élficos.

–Porque es más admirable y hermoso ver como lo hacen los demás y más si viene al compás de una canción– Respondió en un tono burlón acompañada de una sonrisa traviesa; era más una exigencia suave hacia a su amiga más que una réplica.

–Pues mira que tus padres invierten mucho dinero para que tengas maestros en casa, además según dices, son pacientes contigo incluso cuando te escapas de casa para venir aquí. ¿Por qué no estudias y cuando seas adulta lo dejas por otra cosa? –No se dirigiócon dureza, sino de alguien que sabe de dicho asunto es de importancia familiar.

–Mis padres siempre están fuera, pero quieren que en el futuro sea una archimaga, yo... les necesito más presentes, no tener un tutor para tener mi tiempo entretenido. –Respondió bajando la mirada, suavizando paulatinamente su sonrisa hasta tener un gesto apesadumbrado.

–Hmr...–La centauro se percató de su gesto triste y avergonzado, quizás había sido demasiado dura, aunque como amiga está en su deber y derecho, no solo en lo que quería oír, sino lo que tambien detestaba admitir.

Cogió su arpa con ambas manos en un gesto casi ceremonial. –Recuerdo una historia muy bonita, ¿quieres oírla? –Ylliüre preguntó en un tono más alegre, aparcando aquel asunto que la incomodaba–

Aelistehia alzó la mirada con cierto brillo en los ojos.

–Sabes que sí... sabes que solo así te perdono todo–

–Oh, gracias mi Excelencia, jamás tendré la osadía de ofenderte nunca jamás –Dijo en tono sarcástico haciendo una reverencia torpe y teatral, como si de un criado hubiera hecho algo mal.

Aelistheia rió y le tiró la pequeña hoja que sostenía en su mano.

–¡Boba!–

–Shhhh... escucha con esa bonitas orejuelas "paravientos" que tienes o mi inspiración se escapará

–Didi-di-di-didi– se acarició las orejas como acto reflejo mas no replicó y dejó a su amiga relatar con tranquilidad, algo que le apasionaba.

Ylliüre comenzó a relatar la fábula con aire distraído, como si la estuviera improvisando en ese preciso instante (de hecho lo estaba haciendo)

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La ramita no obedecía a la conejita porque no estaba hecha para mandar, sino para responder. Que el Árbol de los Susurros Lentos no premiaba el estudio ni la ambición, sino la capacidad de quedarse quieta y escuchar cuando todo alrededor pedía rapidez.

La pixie no recuperó sus alas como eran antes. Nadie vuelve a volar del mismo modo tras perder el viento una vez. Y, sin embargo, voló. De otra forma. Con ayuda. Con paciencia. Con hojas nuevas.

Ylliüre no intentaba decirle que no podía ser archimaga. Ni que debía ser otra cosa.
Le estaba enseñando, con una historia suave y sin imponerla, que no todas las magias piden el mismo camino, y que aceptar ayuda, cambiar de ritmo o viajar con otros no la hacía menos digna… solo más verdadera.
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