Skotos
El cansino de los Siervos de Hueso
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I.
Nadie llega a este mundo queriendo odiar.
El conflicto es inevitable; se cuela en nuestras vidas en el mismo instante en que una voluntad intenta imponerse sobre otra. Pero no puedo evitar pensar que, en algún punto, pudimos hacer más para no llegar hasta aquí.
Somos peones en una guerra que ni siquiera llegamos a comprender del todo. Eso es todo cuanto sé.
Algunos, voluntariamente.
Otros, arrastrados por las circunstancias.
Despojados de todo cuanto les definía. De todo cuanto tenían.
Dejamos de ser personas, individuos con esperanzas y anhelos, para convertirnos en piezas en un tablero.
Los motivos son varios. Y siento que poco importan.
Algunos hacen por miedo.
Otros, por amor a los suyos.
Y no pocos, por poder.
Sin embargo, mi corazón se encoge cuando intento pensar qué quedará de nosotros cuando finalmente se desaten las llamas del conflicto.
Cuando ya no quede nada que proteger.
Cuando el miedo se vuelva costumbre adquirida.
Cuando el amor se transforme en luto.
Entonces, tan sólo quedará la ira.
Aquí, en el Umbral, todos la llevan. Como si fuese una máscara, un abrigo sucio, como un colgante que no se quitan ni para dormir.
Algunos no se dan cuenta.
Otros ya la han aceptado.
Unos pocos, muy pocos, todavía creen que pueden deshacerse de ella cuando todo esto termine. Sin embargo, no estoy segura de que puedan hacerlo, llegado el momento.
La primera vez que la vi, fue en su mirada.
Sus ojos, otrora serenos, eran incapaces contener su rabia. Sus labios, torcidos en una finísima mueca. Su voz, habitualmente melodiosa y cadente, se había turbado como el agua estancada bajo una lluvia intensa.
Sin embargo, fueron sus palabras las que me dolieron.
Afiladas y frías como un cuchillo.
Jamás pensé que las oiría. No de ella.
- Hemos de hacerlo. Cueste lo que cueste. Caiga quien caiga.
Lo vi en su mirada. Determinación ardiente.
Una voluntad capaz de mover montañas.
Haría todo lo que fuese necesario. Por el Pueblo.
Por su Pueblo.
- Las generaciones venideras nos lo agradecerán. Pues a partir de hoy, haremos historia.
No había atisbo de clemencia en su tono. Ni rastro de duda. Apenas pura devoción, vehemencia, sentimiento.
La piedad había muerto en sus labios.
Y tras ella, sólo quedaba la ira.
Acompañé una vez más a una de las patrullas. Ya era la tercera vez. Aquello se había convertido, desgraciadamente, en una rutina necesaria. Debíamos estar preparadas para cualquier eventualidad.
Mi cometido era simple. Orar. Sanar. Velar por los míos y por mis aliadas.
Ella vino también. Y como en otras ocasiones, vestía su máscara.
En el bosque aprendimos el lenguaje de la guerra. Lleno de huestes de trolls sanguinarios, ponzoña necrótica, de un hedor intenso causado por un miasma cáustico. Trampas sediciosas que lanzaban a combatientes incautos a muertes seguras, consumidos por cienos.
Encontramos a varios heridos. Pero también muertos. Demasiados.
Durante una de estas patrullas, tratamos de avanzar con cautela. Seguimos las indicaciones de Aerilaya, nuestra batidora.
Pero ella no escuchó.
Lo vio, al fondo, un paisaje de desolación. Decenas de cadáveres. La mayoría, mutilados, devorados por cieno y lodo.
Devorados por trolls. Ensartados por dracónidos.
Y avanzó. Ya no siendo la guía que conocí. La elfa de paso ligero y taimado.
Ahora, era una guerrera. Y vestía la máscara de la ira.
Y nosotras formábamos parte de su tablero.
Rezo cada noche. A veces en voz alta. Otras, en silencio.
Pero hay momentos en los que siento que, en ocasiones, Selûne se aleja de mi.
Momentos largos, fríos, huecos. Una extraña disociación. Siento entonces como mis plegarias no cruzan el umbral del refugio y la noche se cubre con un manto espeso. Siento como mis pensamientos se separan de mi cuerpo y se desconectan de mi espíritu.
Me invade la melancolía y el cansancio.
Y entonces, recuerdo su mirada.
Hace muchos días que no duermo bien.
Pensé en escribir. En investigar en la gran biblioteca. Pero me siento agotada. No hay manos suficientes que permitan atender todos los ruegos. Cada día que pasa, llegan más heridos, enfermos. Me piden bendiciones y magia. Curaciones. Objetos maravillosos para defenderse de los males que nos afligen.
Estoy haciendo todo lo que puedo. Como todos.
Y sin embargo, siento que con cada día que pasa, mi desesperación crece.
Intento decir a los míos que deben guardar la calma. Intento mediar, conciliar, guiar. Ser un punto de equilibrio, un puerto seguro entre tantos vientos de tormenta. Intento ofrecerles respuestas ante las incertezas a las que nos enfrentamos.
Pero vez estoy menos segura de nada.
Rezo a Selûne para que me otorgue temple. Fortaleza. Trato de insistir, a todo aquel que me pide consejo, que no debemos cerrar nuestros corazones al dolor. Que no todo lo difícil es justificable. Que jamás debemos deshacernos de la piedad como voz rectora, y que existen senderos que no debemos transitar.
Y lo más difícil:
Que cuando esto termine, deberemos mirar a los ojos a quienes hoy llamamos enemigos… y seguir pudiendo sostener la mirada a quienes hoy llamamos aliados.
Nadie llega a este mundo queriendo odiar.
El conflicto es inevitable; se cuela en nuestras vidas en el mismo instante en que una voluntad intenta imponerse sobre otra. Pero no puedo evitar pensar que, en algún punto, pudimos hacer más para no llegar hasta aquí.
Somos peones en una guerra que ni siquiera llegamos a comprender del todo. Eso es todo cuanto sé.
Algunos, voluntariamente.
Otros, arrastrados por las circunstancias.
Despojados de todo cuanto les definía. De todo cuanto tenían.
Dejamos de ser personas, individuos con esperanzas y anhelos, para convertirnos en piezas en un tablero.
Los motivos son varios. Y siento que poco importan.
Algunos hacen por miedo.
Otros, por amor a los suyos.
Y no pocos, por poder.
Sin embargo, mi corazón se encoge cuando intento pensar qué quedará de nosotros cuando finalmente se desaten las llamas del conflicto.
Cuando ya no quede nada que proteger.
Cuando el miedo se vuelva costumbre adquirida.
Cuando el amor se transforme en luto.
Entonces, tan sólo quedará la ira.
Aquí, en el Umbral, todos la llevan. Como si fuese una máscara, un abrigo sucio, como un colgante que no se quitan ni para dormir.
Algunos no se dan cuenta.
Otros ya la han aceptado.
Unos pocos, muy pocos, todavía creen que pueden deshacerse de ella cuando todo esto termine. Sin embargo, no estoy segura de que puedan hacerlo, llegado el momento.
La primera vez que la vi, fue en su mirada.
Sus ojos, otrora serenos, eran incapaces contener su rabia. Sus labios, torcidos en una finísima mueca. Su voz, habitualmente melodiosa y cadente, se había turbado como el agua estancada bajo una lluvia intensa.
Sin embargo, fueron sus palabras las que me dolieron.
Afiladas y frías como un cuchillo.
Jamás pensé que las oiría. No de ella.
- Hemos de hacerlo. Cueste lo que cueste. Caiga quien caiga.
Lo vi en su mirada. Determinación ardiente.
Una voluntad capaz de mover montañas.
Haría todo lo que fuese necesario. Por el Pueblo.
Por su Pueblo.
- Las generaciones venideras nos lo agradecerán. Pues a partir de hoy, haremos historia.
No había atisbo de clemencia en su tono. Ni rastro de duda. Apenas pura devoción, vehemencia, sentimiento.
La piedad había muerto en sus labios.
Y tras ella, sólo quedaba la ira.
Acompañé una vez más a una de las patrullas. Ya era la tercera vez. Aquello se había convertido, desgraciadamente, en una rutina necesaria. Debíamos estar preparadas para cualquier eventualidad.
Mi cometido era simple. Orar. Sanar. Velar por los míos y por mis aliadas.
Ella vino también. Y como en otras ocasiones, vestía su máscara.
En el bosque aprendimos el lenguaje de la guerra. Lleno de huestes de trolls sanguinarios, ponzoña necrótica, de un hedor intenso causado por un miasma cáustico. Trampas sediciosas que lanzaban a combatientes incautos a muertes seguras, consumidos por cienos.
Encontramos a varios heridos. Pero también muertos. Demasiados.
Durante una de estas patrullas, tratamos de avanzar con cautela. Seguimos las indicaciones de Aerilaya, nuestra batidora.
Pero ella no escuchó.
Lo vio, al fondo, un paisaje de desolación. Decenas de cadáveres. La mayoría, mutilados, devorados por cieno y lodo.
Devorados por trolls. Ensartados por dracónidos.
Y avanzó. Ya no siendo la guía que conocí. La elfa de paso ligero y taimado.
Ahora, era una guerrera. Y vestía la máscara de la ira.
Y nosotras formábamos parte de su tablero.
Rezo cada noche. A veces en voz alta. Otras, en silencio.
Pero hay momentos en los que siento que, en ocasiones, Selûne se aleja de mi.
Momentos largos, fríos, huecos. Una extraña disociación. Siento entonces como mis plegarias no cruzan el umbral del refugio y la noche se cubre con un manto espeso. Siento como mis pensamientos se separan de mi cuerpo y se desconectan de mi espíritu.
Me invade la melancolía y el cansancio.
Y entonces, recuerdo su mirada.
Hace muchos días que no duermo bien.
Pensé en escribir. En investigar en la gran biblioteca. Pero me siento agotada. No hay manos suficientes que permitan atender todos los ruegos. Cada día que pasa, llegan más heridos, enfermos. Me piden bendiciones y magia. Curaciones. Objetos maravillosos para defenderse de los males que nos afligen.
Estoy haciendo todo lo que puedo. Como todos.
Y sin embargo, siento que con cada día que pasa, mi desesperación crece.
Intento decir a los míos que deben guardar la calma. Intento mediar, conciliar, guiar. Ser un punto de equilibrio, un puerto seguro entre tantos vientos de tormenta. Intento ofrecerles respuestas ante las incertezas a las que nos enfrentamos.
Pero vez estoy menos segura de nada.
Rezo a Selûne para que me otorgue temple. Fortaleza. Trato de insistir, a todo aquel que me pide consejo, que no debemos cerrar nuestros corazones al dolor. Que no todo lo difícil es justificable. Que jamás debemos deshacernos de la piedad como voz rectora, y que existen senderos que no debemos transitar.
Y lo más difícil:
Que cuando esto termine, deberemos mirar a los ojos a quienes hoy llamamos enemigos… y seguir pudiendo sostener la mirada a quienes hoy llamamos aliados.
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