Novedades

Las máscaras de la ira

Skotos

El cansino de los Siervos de Hueso
Registrado
4/7/07
Mensajes
2,256
I.

Nadie llega a este mundo queriendo odiar.

El conflicto es inevitable; se cuela en nuestras vidas en el mismo instante en que una voluntad intenta imponerse sobre otra. Pero no puedo evitar pensar que, en algún punto, pudimos hacer más para no llegar hasta aquí.

Somos peones en una guerra que ni siquiera llegamos a comprender del todo. Eso es todo cuanto sé.

Algunos, voluntariamente.
Otros, arrastrados por las circunstancias.

Despojados de todo cuanto les definía. De todo cuanto tenían.

Dejamos de ser personas, individuos con esperanzas y anhelos, para convertirnos en piezas en un tablero.

Los motivos son varios. Y siento que poco importan.

Algunos hacen por miedo.
Otros, por amor a los suyos.
Y no pocos, por poder.

Sin embargo, mi corazón se encoge cuando intento pensar qué quedará de nosotros cuando finalmente se desaten las llamas del conflicto.

Cuando ya no quede nada que proteger.
Cuando el miedo se vuelva costumbre adquirida.
Cuando el amor se transforme en luto.

Entonces, tan sólo quedará la ira.

Aquí, en el Umbral, todos la llevan. Como si fuese una máscara, un abrigo sucio, como un colgante que no se quitan ni para dormir.

Algunos no se dan cuenta.
Otros ya la han aceptado.

Unos pocos, muy pocos, todavía creen que pueden deshacerse de ella cuando todo esto termine. Sin embargo, no estoy segura de que puedan hacerlo, llegado el momento.

separador-luna-png.27387


La primera vez que la vi, fue en su mirada.

Sus ojos, otrora serenos, eran incapaces contener su rabia. Sus labios, torcidos en una finísima mueca. Su voz, habitualmente melodiosa y cadente, se había turbado como el agua estancada bajo una lluvia intensa.

Sin embargo, fueron sus palabras las que me dolieron.
Afiladas y frías como un cuchillo.

Jamás pensé que las oiría. No de ella.

- Hemos de hacerlo. Cueste lo que cueste. Caiga quien caiga.

Lo vi en su mirada. Determinación ardiente.
Una voluntad capaz de mover montañas.
Haría todo lo que fuese necesario. Por el Pueblo.
Por su Pueblo.

- Las generaciones venideras nos lo agradecerán. Pues a partir de hoy, haremos historia.

No había atisbo de clemencia en su tono. Ni rastro de duda. Apenas pura devoción, vehemencia, sentimiento.

La piedad había muerto en sus labios.

Y tras ella, sólo quedaba la ira.

separador-luna-png.27387


Acompañé una vez más a una de las patrullas. Ya era la tercera vez. Aquello se había convertido, desgraciadamente, en una rutina necesaria. Debíamos estar preparadas para cualquier eventualidad.

Mi cometido era simple. Orar. Sanar. Velar por los míos y por mis aliadas.

Ella vino también. Y como en otras ocasiones, vestía su máscara.

En el bosque aprendimos el lenguaje de la guerra. Lleno de huestes de trolls sanguinarios, ponzoña necrótica, de un hedor intenso causado por un miasma cáustico. Trampas sediciosas que lanzaban a combatientes incautos a muertes seguras, consumidos por cienos.

Encontramos a varios heridos. Pero también muertos. Demasiados.

Durante una de estas patrullas, tratamos de avanzar con cautela. Seguimos las indicaciones de Aerilaya, nuestra batidora.

Pero ella no escuchó.

Lo vio, al fondo, un paisaje de desolación. Decenas de cadáveres. La mayoría, mutilados, devorados por cieno y lodo.

Devorados por trolls. Ensartados por dracónidos.

Y avanzó. Ya no siendo la guía que conocí. La elfa de paso ligero y taimado.
Ahora, era una guerrera. Y vestía la máscara de la ira.

Y nosotras formábamos parte de su tablero.

separador-luna-png.27387

Rezo cada noche. A veces en voz alta. Otras, en silencio.

Pero hay momentos en los que siento que, en ocasiones, Selûne se aleja de mi.

Momentos largos, fríos, huecos. Una extraña disociación. Siento entonces como mis plegarias no cruzan el umbral del refugio y la noche se cubre con un manto espeso. Siento como mis pensamientos se separan de mi cuerpo y se desconectan de mi espíritu.

Me invade la melancolía y el cansancio.

Y entonces, recuerdo su mirada.

Hace muchos días que no duermo bien.

Pensé en escribir. En investigar en la gran biblioteca. Pero me siento agotada. No hay manos suficientes que permitan atender todos los ruegos. Cada día que pasa, llegan más heridos, enfermos. Me piden bendiciones y magia. Curaciones. Objetos maravillosos para defenderse de los males que nos afligen.

Estoy haciendo todo lo que puedo. Como todos.

Y sin embargo, siento que con cada día que pasa, mi desesperación crece.

Intento decir a los míos que deben guardar la calma. Intento mediar, conciliar, guiar. Ser un punto de equilibrio, un puerto seguro entre tantos vientos de tormenta. Intento ofrecerles respuestas ante las incertezas a las que nos enfrentamos.

Pero vez estoy menos segura de nada.

Rezo a Selûne para que me otorgue temple. Fortaleza. Trato de insistir, a todo aquel que me pide consejo, que no debemos cerrar nuestros corazones al dolor. Que no todo lo difícil es justificable. Que jamás debemos deshacernos de la piedad como voz rectora, y que existen senderos que no debemos transitar.

Y lo más difícil:

Que cuando esto termine, deberemos mirar a los ojos a quienes hoy llamamos enemigos… y seguir pudiendo sostener la mirada a quienes hoy llamamos aliados.​
 
Última edición:

Skotos

El cansino de los Siervos de Hueso
Registrado
4/7/07
Mensajes
2,256
II.



No pensé que llegaría este día. No así.

He leído muchas veces sobre los grandes colapsos morales de las civilizaciones. Las rebeliones. Las purgas. Las guerras. En todos los textos se tiende a abundar en una proposa pomposa, que anuncia ciertas calamidades como inevitables: los designios de la historia, el curso de las fuerzas, los pecados de los poderosos, los errores de los idealistas.

Pero una cosa es leer dichas reflexiones en la fría imprenta.

Y otra muy distinta es experimentarlo. Aquí, en un refugio oculto en el bosque.

Lejos de mi hogar.

Y sabiendo que este ha sido calcinado por el capricho de una sierpe grotesca.

El Salón de la Luna ha sido reducido a escombros. No por accidente. Fue un acto deliberado, obrado con alevosía.

Apenas un mes después de que hubiese sido declarado el Velo Crepuscular, Iryklathagra descendió sobre el templo como si fuera un simple obstáculo que debía de ser borrado. Y nadie en Athkatla hizo nada por impedirlo.

Nadie.

Ni un gesto. Ni una palabra. Ni siquiera un silencio incómodo. Solo la aceptación indolente de quienes viven ya gobernados por el miedo. Por el oro. Por la costumbre. Por la mentira envuelta en promesas de orden.

Y lo peor de todo es que ahora, encima, aplauden.

No les basta con ignorar el crimen. Lo celebran.

Hablan de la ‘restauración del orden’, de la ‘respuesta necesaria’ ante ‘traidores escondidos en santuarios’. Como si el santuario no significarse ya nada. Como si niños, enfermos y quienes solo temían verse atrapados en una guerra que no eligieron fuesen enemigos a destruir. Simplemente porque decidieron acogerse a la piedad de un "bando", como ellos lo llaman.

Escribo estas líneas con sumo dolor. Mi corazón se encoge. Me cuesta respirar.

Quizás fui ilusa. Quizás creí que bastaría con la pluma, con el verso. Que sería posible remover conciencias sin ensuciarse las manos.

Pero ahora me siento engañada. Ultrajada.

Furibunda.

Todo el mundo sabía quién se refugiaba en los Salones. Eran eruditos y ancianos. Clérigos. Niños. Caminantes sin tierra. Heridos. Huérfanos. Personas.

Almas.

Y ahora son cuerpos, calcinados entre los escombros de una bóveda lunar que no se volverá a alzar. Y a la ciudad no parece importarle.

No. Peor aún.

Se deleita con ello.

Escuché los rumores sobre la intervención de la Consejera Dannihyr. Cuando anunció,con total desparpajo, que los Seis se hallan escondidos bajo el ala de la dragona. Como habían cedido con cobardía su soberanía. Como reconocieron que, en realidad, ya no son soberanos, sino siervos voluntarios del capricho de la sierpe.

Y tachan a aquellos que se han unido a la causa del Norte como traidores.

Todo eso lo dijo sin pudor alguno. Engalanada. Encantada de haberse conocido.

Y a su alrededor, los rostros grises de Athkatla, los mismos que hace no tanto tiempo mendigaban subvenciones para sus campañas militares, para sus navíos, para sus pescas... ahora aplaudían como si la verdad les hubiese sido revelada.

Como si fuera bueno entregar el alma a una criatura cuyo primer acto de autoridad ha sido la destrucción de un santuario.

He intentado mantenerme serena.
He querido rezar. Buscar respuestas en la bóveda nocturna, en las estrellas.
He querido creer que esto ha sido tan solo un episodio febril en nuestra conciencia colectiva.
Que el pueblo despertará.

Pero conozco la verdad. Algo se agita en lo más profundo de mi ser.
El pueblo ya está despierto.
Solo que parte del mismo ha decidido mirar hacia otro lado.

Y eso me llena de rabia. Una ira que apenas consigo contener.

Se me adhiere al rostro como una capa de grasa. Me ahoga. Solo encuentro alivio al gritar. No me quedan lágrimas. Mi alma está agotada.

Ahora, suplica por otro tipo de sustento. Uno que no se colmará con buenos sentimientos y piedad.

No es el rugido de Iryklathagra lo que más me asusta. Es el silencio de Athkatla. El eco vacío en las calles donde antes se discutía, se debatía, se dudaba. Ahora ya no hay debate. Solo sumisión.

Ahora ya no siento miedo.

Sólo ira.

Dicen que por cada día que el Norte resista, diez serán ejecutados.
Y nadie objeta.
Porque creen que los refugiados del templo ‘algo habrán hecho’.
Porque creen que todo esto es culpa de los que no se arrodillan.

Y si eso es así, ¿qué soy yo entonces?

¿Una traidora?
¿Una criminal por haber creído que la fe podía proteger a los débiles?
¿Que la compasión era un arma más poderosa que el aliento de una sierpe egocéntrica?

Porque eso es lo que siento que me están diciendo.

Y cada día que pasa, me cuesta más callar.
Me cuesta cada vez más, sonreír y hablar con la dulzura que esperan de una sacerdotisa.
Me cuesta cada vez más, limpiar la sangre de los heridos que llegan sin cesar, al refugio, sin preguntarme si de verdad estoy ayudando meramente a retrasar lo inevitable.

No quiero volverme como ellos.
No quiero cubrirme con esa máscara de ira que ya he visto en tantos.
Pero... ¿cómo no hacerlo?

¿Cómo puedo seguir rogando clemencia cuando los míos son ejecutados al alba por una decisión que no tomaron? Niños, entre ellos.
¿Cómo seguir predicando serenidad y mesura cuando mi templo ha sido arrasado y mis compañeras convertidas en humo?

¿Y todo para qué?

¿Por una guerra contra una supuesta Reina de la Oscuridad? ¿O, alternativamente, para servir a una tirana que se ha autoproclamado soberana, y a la que ahora todos veneran como si hubiese nacido del trueno?

Me niego a ser un peón más en este tablero.

Hay una línea tras la cual, la tristeza se convierte en furia.
Y yo estoy justo ahí.
Pisándola.

No sé cuánto más podré rezar antes de cruzarla.
No sé si Selûne aún me escucha.
Pero si lo hace… espero que comprenda que esta vez, no le rezo por consuelo.
Le rezo para que me dé fuerza. No para resistir.

Sino para tener la fuerza y temple necesario para asistir a aquellos que me ayuden a vengar mis hermanas.​
 
Última edición:

Skotos

El cansino de los Siervos de Hueso
Registrado
4/7/07
Mensajes
2,256
III.

La lluvia había cesado, pero el barro seguía ahí. Como siempre.

Lo mismo podía decirse de la guerra.

Gwenaëlle estaba sentada sobre una roca húmeda, con un manto echado a los hombros para guarecerse de la brisa. Su mirada se perdió en el firmamento. Repasó la posición de las estrellas y las constelaciones que formaban. La luz de la luna se reflejaba en los contornos de las nubes nocturnas, quebrándose y esparciéndose en un manto neblinoso.
Estaba agotada. Habían sido varios días de estudio intenso. Abrumadores. Se sentía como un salmón nadando río arriba, consciente de que si se detenía un solo instante, las corrientes de sus circunstancias la arrastrarían. No tenía tiempo para pensar. Su energía mental se dividía para atender múltiples obligaciones: reuniones, la enfermería, sus investigaciones, las homilías…

Pero aquella noche, su cuerpo le pidió parar. Una pausa.

Y no rezó. Ni escribió. Ni dormió.

Se limitó a existir.

El fulgor de la luna se reflejó en sus pupilas ambarinas. Su mirada, enmarcada por unas visibles ojeras, dejaba entrever la melancolía que nublaba sus pensamientos.

Sariel llegó sin anunciarse. Su sombra la precedió. Había barro en sus botas, manchas en la coraza y sangre seca en los bordes de su guantelete izquierdo. No preguntó si podía sentarse. Se limitó a hacerlo. Se acomodó a sus pies, apoyando la espalda contra la roca, y alzó los brazos para estirarse como un gato.

Las manos de la semielfo, instintivamente, se extendieron hacia su nuca. Sus dedos largos y huesudos comenzaron a recorrerla con suaves caricias, subiendo por su cuero cabelludo, revolviendo su cabello pálido.

Sariel sonrió con alivio y cerró los ojos.

- Es muy tarde. Deberías dormir. Tienes mala cara.

Gwenaëlle negó con la cabeza, bajando la vista para contemplarla. Suspiró.

- Estoy tan cansada que no puedo dormir siquiera.

- ¿Has vuelto a tener pesadillas?

La mano de Gwenaëlle se detuvo. Sariel alzó la cabeza y la miró fijamente. El azul de sus ojos se encontró con su dorado. Había un destello de preocupación en aquel semblante normalmente blindado con optimismo y determinación.

- ¿Cómo lo sabes? – inquirió Gwenaëlle.

- A veces gritas mientras duermes. Perdóname, no quería… sonar invasiva.

Sariel apretó los labios, sin perder la sonrisa. Extendió sus manos hacia atrás, sin girarse, colocándolas sobre las pantorrillas de la semielfo. Les dio un apretón suave.

- Pero quedarte aquí sola con tus pensamientos no te servirá de mucho, Gwen. Créeme, lo sé por experiencia. Sufriremos más antes de que las cosas mejoren.

- ¿Cómo estás tan segura?

- Porque no hay otra opción. No tenemos ese privilegio; el de poder elegir.

Hubo un largo silencio. Gwenaëlle retomó sus caricias. Y se quedaron allí. En un momento que ambas hubieran querido que no acabara nunca.

La lluvia volvió a insinuarse en las copas altas, pero no bajó.

Sariel se puso en pie. Le tendió la mano.

- Ven conmigo. Tengo un regalo para ti.

- ¿Un regalo?

- Privilegios del sacerdocio. Y porque quiero. – añadió, con una sonrisa divertida.

separador-luna-png.27387


La tienda no ofrecía mucho refugio. El viento se colaba por las costuras del cuero, haciendo danzar las telas colgantes con un susurro constante.

El vestido estaba allí, colgado en un maniquí de madera nudosa.

No era una prenda cualquiera.

La artesanía era simplemente impecable. A primera vista, podía confundirse con un vestido ceremonial, quizá de corte nupcial o litúrgico, con su falda larga de paños perlados y su cintura entallada con suavidad. Blanco como la luz que antecede al amanecer, evocaba en Gwenaëlle las viejas estatuas de mármol del Salón de la Luna. Pero no era tela común lo que cubría su estructura: entre las costuras, una filigrana plateada fluía como una malla viva, entrelazando protección con ligereza.

Las placas estaban ocultas entre capas de tejido encantado, formando una coraza que abrazaba el pecho con formas suaves, casi orgánicas. Los hombros, protegidos por solapas superpuestas en forma de pétalos, trabajadas una a una como escamas, y centelleaban con un fulgor azulado al contraluz.

Las mangas, reforzadas con segmentos articulados, permitían libertad de movimientos sin estorbo. Las faldas, divididas en paneles verticales, se abrían con cada paso como las páginas de un libro, revelando bordados plateados que evocaban órbitas estelares, lágrimas de la diosa y los ciclos secretos del firmamento. La simetría del conjunto le recordaba a una flor.

A…
Gardenias.

Todo en aquel diseño parecía haber sido concebido con cuidado milimétrico, para alguien como ella.

No.
Para ella.

Gwenaëlle se acercó, en silencio. Extendió la mano y rozó la tela con los dedos desnudos. Era sorprendentemente ligera, y fresca.

Entonces supo lo que era. Mithril. El metal maravilloso. Forjado con un esmero y una delicadeza que la sobrecogieron. Una calma inquebrantable contenida en cada hebra.
No supo si se lo merecía.

Pero sí estaba segura de algo.
Era bello.

- ¿Te gusta? – preguntó Sariel con una sonrisa que se curvó quizá demasiado, en un intento de ocultar su expectación.

- Me encanta. Es… increíble.

- Es para ti.

Gwenaëlle sintió las manos de la sacerdotisa envolverle la cintura mientras contemplaba la prenda con una expresión a medio camino entre la estupefacción y la alegría.

—Creo que no necesitará ajustes, pero tenemos que comprobarlo. Con él, estarás protegida. Y lo necesitarás.

Gwenaëlle no dijo nada. No hacía falta.

Screenshot 2025-06-12 135115.pngSariel colocó el vestido con esmero. Cinturón primero. Luego los cierres en las muñecas, la tela encantada a lo largo de la espina dorsal. El broche del cuello. El broche del cuello. Sus dedos rozaron la clavícula con una ternura, con delicadeza.

- Te queda como un guante. Pareces una novia – dijo, en un tono bromista.

- No pesa mucho.

- Entonces es perfecto. Pero deberás entrenar con él, para acostumbrarte. Aunque no lo parezca, sigue siendo una armadura. Necesitarás tiempo para moverte con soltura.
Gwen tragó saliva y asintió. Estaba asustada, pero no por lo que acababa de oír. Era otra cosa. Algo distinto.

Todo avanzaba demasiado rápido. Y pronto, tendrían que marchar a luchar. Aunque fuese por una causa que consideraban justa.

Sariel percibió el temblor en su mirada. Se acercó. Le tomó el rostro con una mano, reconduciendo su atención. Posó entonces su frente contra la suya.

- Gwen. ¿Estás bien?

- Lo estoy. – dijo, cerrando los ojos por un instante. – Es solo que… tengo miedo, Sariel.

- ¿Miedo de qué?

- De lo que pueda pasar. De que, cuando todo ocurra, este sea el último momento de calma que tengamos.

Sariel sonrió. Allí estaba, esa sonrisa perlada. Ese optimismo cegador, que arrollaba con todo. Que no pedía permiso, ni perdón. Ese faro que alejaba las tinieblas de su pensamiento, y le traía paz, alegría, y calma.

- No sucederá nada. Ganaremos. Y volveremos. Todo esto pasará, Gwen.

- ¿Te puedo preguntar algo? Quizás sea absurdo, pero… necesito que me lo digas.

- Claro, pregúntame lo que quieras.

- ¿Por qué luchas?

Sariel le sostuvo la mirada. Más que pensárselo, intentó buscar las palabras que reflejasen lo que realmente sentía.

- Por nuestras hermanas. Por la diosa.
Y por ti.

Y selló esa promesa con un beso. Un beso que ni el frío de la noche, ni el ulular del viento contra la lona, pudieron eclipsar.

Se quedaron allí, un instante más.

Respirando.

Viviendo.

Gwenaëlle llevaba semanas buscando algo que aplacara la ira, que calmase el desgarro. No sabía qué nombre ponerle a ese anhelo profundo.

Pero ahora, aunque no pudiera nombrarlo, sabía lo que era.

Era algo que olía a lluvia.

A esperanza.

Y a ella.
 

Skotos

El cansino de los Siervos de Hueso
Registrado
4/7/07
Mensajes
2,256
IV.

No habría paz para los malvados.

Eso fue lo que escribió por última vez, antes de encaminarse hacia Crimmor.

El lodo helado se pegaba a sus botas. La bruma causada por el aguanieve penetraba en sus pulmones como una punzada, cada vez que osaba tomar aliento. Poco a poco, una fina película de escarcha empezó a cubrir el paisaje, mientras el ruido del incesante golpear de mazos contra la madera y las mordidas de los serruchos se entremezclaban con el olor a brasas, pescado ahumado, y metal.

GwenCrimmor.pngEn la ribera del Alandor, Gwenaëlle de Selûne aguardaba. Pero no como una mera espectadora, esta vez. Se había incorporado al conflicto acompañando a las Espadas de la Dama, las huestes capitaneadas por el Maestre Gondomar, así como una compañía nada desdeñable de los Cruzados de la Media Luna. La presencia de estas huestes había dejado huella en el campamento, pues se había erigido un altar entre un conjunto de tiendas azuladas, perfectamente alineadas y separadas del resto de fuerzas que componían la Alianza. Frente al mismo, una efigie de una mujer, de rostro eternamente solemne y regio, alzaba un báculo coronado por una media luna.

Una efigie de Selûne. Cincelada con delicadeza extrema, hasta el punto de que la semielfo juraría, que podrían apreciarse hasta los poros de su piel marmórea.

Le resultaba extraño que semejante obra de arte estuviese presente en un paisaje de guerra, junto a la orilla norteña del río Alandor. Desentonaba, como ella.

Gwenaëlle se había ataviado con su armadura de batalla: un vestido hecho con mallas de plata y escamas de mithril. Preparada para partir en cualquier momento. Algunos soldados, al pasar mientras se afanaban por recoger las barcazas, se quedaron mirándola fijamente. Ella respondía a aquellas miradas con sonrisas quedas, luciéndolas como si fuese una máscara.

Trató de repasar los elementos que componían el altar. Era un eslabón de piedra sencillo, cubierto por una tela bordada con el símbolo de la diosa. Sobre el mismo colocó, uno por uno, tres cuencos. A su vez, los rodeó con siete velas, cada una colocada a una distancia armoniosa.

La fina capa de aguanieve arreciaba.

La sacerdotisa empleó entonces un encantamiento sencillo que escudó al altar de las inclemencias del tiempo. La lluvia entonces, sencillamente, ignoró el pedestal. Seguidamente, la semielfo vertió en cada cuenco diversos contenidos. Uno, lo llenó con leche. El segundo, con vino. Y el tercero, con miel.

Finalmente, alumbró las siete velas; un conjunto por cuenco. Un total de veintiún velas; veintiún anhelos. Veintiún rezos que debería ejecutar en esa noche, antes de partir al amanecer.

No habría paz para los malvados, se dijo.

A lo lejos, entre la neblina, se podían divisar el contorno de los muros de Crimmor. Allí, cientos de campesinos y milicianos se preparaban para morir por la ciudad, armados con palos y promesas. Algunas de oro, otras, por genuina creencia en la causa, y no pocas, sospechaba la semielfo, por miedo a lo que pudiese suceder, en caso de que discrepasen.

Eran los mismos a quienes decían venir a liberar, y quizás serían los primeros en caer. ¿Quién los lloraría? ¿Quién hablaría en sus funerales, cuando el río se tiñera de rojo y la primavera no quisiera regresar?

- ¿Sabéis que somos los villanos en esta historia? – se afanó en recordar Kharmin, en uno de los muchos reproches que dedicó a algunos de los presentes en el campamento. Algunos decidieron replicar; otros, sencillamente, ignoraron las retahílas del anciano druida. Gwenaëlle no ofreció respuesta alguna, aparentemente, pero no fue una cuestión que dejase de atormentarla.

- ¿Vais a marchar contra cientos de inocentes? ¿Os dais cuenta de lo que eso implica? – le habría dicho Scarlet, días antes.

No habían sido los únicos. Había recibido decenas, venidos de muchos lugares y personas. Los primeros, evidentemente, del status quo al que ahora se oponían. Aquellos que la sacerdotisa advertía como advenedizos y oportunistas. Gentes que se congratulaban con la desgracia de sus hermanas, de su clero. Gente que deseaba ver como la fe de Selûne se resquebrajase y desapareciese de las Tierras de la Intriga. Pues hasta ahora, había sido una presencia incómoda y molesta para muchos estamentos, independientemente de que sus planteamientos fuesen más o menos afortunados.

Luego, se dieron otros. Sin duda, bienintencionados, pero quizás eran los más dolorosos. De posibles aliados, que optaron por atender otras prioridades. Respetable, sin duda. Pero que veían en la libertad de elección, quizás, inadecuación o irresponsabilidad.

Pero Gwenaëlle aprendió algo muy valioso de aquellas experiencias.

Los caminos de la fe eran inescrutables. Era imposible complacer a todos los corazones y a llegar al entendimiento que ella ansiaba. La concordia era un ideal, pero no un fin en sí mismo. Ni siquiera en el seno de la Alianza había unanimidad con los procederes, y dicha disonancia se haría palpable en el porvenir inmediato. Les había unido la promesa de la destrucción asegurada, y aún así, se encontraba tiempo para dejarse herir por faltas y agravios, por dimes y diretes.

Tan sólo esperaba que el Bien, o ese ideal que unía a todos los miembros de la coalición, prevaleciese. Comprendió entonces las palabras de Sylwen, por duras que fuesen. Comprendíó ahora la perspectiva de Sariel, por agrestes que resultasen sus formas y franqueza.

Comprendió lo que estaba en juego. Y que aunque era innegable que en los próximos días vivirían horrores y se cometerían errores atroces, no podía seguir encerrada en una torre de marfil. Aunque fuese lo cómodo. Lo sencillo.

Debía aspirar a alcanzar las estrellas, aunque fuese siguiendo el camino más dificil.

Y allí estaba. Sus botas, llenándose con el barro del río. Y pronto, su vestido, probablemente se teñiría con sangre.

Ansiaba que no fuese la suya. Y mucho menos, la de los suyos.

Esa noche, Gwenaëlle apenas pudo conciliar el sueño. La promesa del descanso jamás vendría mientras se atormentó, recorriendo los laberintos de la mente, recabando toda posibilidad o conjetura que pudiese emplear para llevar a cabo lo que sería, sin duda, la hazaña más extraordinaria y peligrosa de su vida.

Pues, o mataría al monstruo que ahora se hacía llamar Qyssara, o moriría intentándolo.

Lo juró por la luna y las estrellas.

Aunque fuese imposible. Aunque fuese una locura.

Pero alguien tenía que hacerlo. Por sus hermanas. Por aquellos que estarían por venir. Y por aquellos que ya no estaban y que desgracidamente, no tantos lamentaban su ausencia.


No habría paz para ella y los suyos, no. Pero tampoco para los malvados, mientras aún tuviese algo que decir.​
 
Última edición:

Skotos

El cansino de los Siervos de Hueso
Registrado
4/7/07
Mensajes
2,256
V.

En el puerto, los soldados de la División de la Nube avanzaban con paso firme, rematando a los miembros heridos de las siniestras organizaciones de los Magos Rojos y de los Ladrones de las Sombras.

Mientras tanto, en la puerta sur, la lucha era más cerrada y cruel. Los Caballeros de Selûne empujaban con sus escudos relucientes bajo lluvias de flechas, salmodiando oraciones entre jadeos y gritos. Desde las almenas, los defensores vertían aceite, lanzas y promesas vacías. Las piedras de las murallas temblaban.


Cientos de muertos vagaban por las calles de Crimmor, golpeando a las fuerzas atacantes en mareas tumultuarias. Decenas de encapuchados sombríos animaban a estos cadáveres, meras marionetas en un conflicto descarnado. Fuesen vecinos o enemigos, cualquier cuerpo, cualquier medio era un instrumento válido para aplastar al invasor.

En la plaza de Crimmor, los fieles a Amn se prepararon. El Khazark encabezó la ominosa marcha de los agentes de Thay: magos serviciales sin temor a la muerte ni al olvido, tan sólo a la deslealtad ante su señor. Ante ellos, la División Occidental se mantuvo firme, escudos al frente.

Sin embargo, no estaban solos. Las voces de los civiles, que portaban rastrillos y antorchas en llamas, vociferaban otras lealtades. Los Ladrones de las Sombras, dirigidos por el regente marcial de Crimmor, la sombra conocida como Eclipse, había logrado reunir a un grupo de fanáticos leales a su causa y a la de Iryklathagra.


El Norte luchaba asimismo con una fiereza insalvable. Los devotos procuraban evitar los templos, pero su huella tampoco fue del todo inocente. El fuego mágico, los cientos de flechas y los proyectiles de los trébuchets golpearon de forma indiscriminada e incesante las murallas y las casas. Los derrumbes no entendían de bandos; aplastaban por igual al villano y al inocente.

Era la crudeza de la guerra. Una vileza que Gwenaëlle esperaba que no hiciese mella en su corazón.

Era un mal necesario, se había dicho. Era lo que le habían asegurado.

¿Pero realmente lo era?

De entre los soldados de la Nube surgió una figura de una mujer de dos metros de altura, de una belleza insultante. Ataviada con una túnica, observó con pesar la destrucción de la batalla. El dorado de sus ojos refulgía con bondad y determinación, pero también con un extraño ansia. Ansia de batalla. Los norteños se apartaron a su paso, de forma casi reverencial.

Sobre los defensores, como la sombra de una profecía hoy cumplida, la inmensa sierpe de la Tormenta batía sus alas lentamente, lanzando rajadas de aire con cada aleteo. Sus ojos, también dorados, brillaban con un hambre voraz, salivando ante la perspectiva de segar las vidas de los rebeldes que se interponían en lo que ahora consideraba, sus dominios
.

Era la mirada de una tirana, de un ser que concebía a aquellos que tenía delante como poco más que monos con pelo. Insectos.

A su lado, la semielfo observó a su mentora: a su estrella de plata. Sariel portaba un semblante tranquilo. Juntó las palmas de sus manos y levantó su vista para contemplar a la luna. Musitó entonces en un tono tenue, en una lengua tan sólo conocida en los planos de Celestia.

- Que la luz de la luna aparte las sombras de nuestro camino. Hoy venimos a cumplir con tu obra, diosa.

Gwenaëlle avanzó junto con el resto de la comitiva. Apretó los labios, no sintiendo en aquellos momentos inspiración para dedicar salmo alguno a la diosa. Sintió una terrible opresión en su pecho, como si le faltase el aire. Ante la visión horrible de la sierpe, su corazón se saltó varios latidos. Vio la muerte desfilar ante sus ojos. Un… ¿augurio de lo que estaría a punto de suceder?

No. No lo era. El miedo la abrumaba, pero debía controlarse.

Pues no estaban solas. No estaban solos. Contaban con una defensora, con una líder. Sus ojos entonces se desviaron hacia su esperanza.

Hacia Sarynthalyss.

La inmensa figura entonces, tras ofrecer palabras de consuelo a sus seguidores, empezó a adentrarse desde los muelles hacia el casco urbano. Indiferente a las saetas que caían, al fuego que lamía los edificios, a los gritos de horror y desesperación. Su mirada se encontró con la Sierpe Azul, y ambos dorados se fijaron el uno en el otro, desafiantes.

Y entonces, Sarynthalyss sonrió.

Extendió sus brazos en un gesto solemne mientras caminó, como si se hubiese quitado un manto invisible. Y mientras caminaba, cambió. Mutó. Empezó a crecer, volviéndose inmensa. Su cuello y torso comenzaron a expandirse, y del interior de su falda brotó una enorme cola dorada.

Gwenaëlle mientras tanto, observaba con gesto inquieto y miedoso. Tragó saliva e intentó concentrarse en el papel que ahora debía tomar en la contienda. Con su mano izquierda tomó su grimorio arcano.

La gran Sierpe Dorada entonces, emergió. Como un cometa. Con la luz del sol reflejándose en sus escamas iridiscentes, voló como una saeta luminosa hacia el corazón de la tormenta, donde aguardaba su enemiga. Iryklathagra.

Y entonces, bramó. Pero su voz era…

Cruel. Despiadada. Carente de la calidez del sol; era, más bien, un infierno abrasador, el candor de rencor derretido y odio que bullía de unas fauces hambrientas.

- He vagado por el eco de mil vidas para encontrarte, Iryklathagra.

Todos los combatientes se detuvieron para observar a aquella presencia. Gwenaëlle incluida. Su corazón se encogió, presa de un profundo espanto.

Algo no iba bien. No era… lo que esperaba.

Y de pronto, hubo un destello. La semielfo cubrió su vista, cegada por el fulgor.

Las escamas de oro presentes en la sierpe empezaron a arder. A derretirse. Y de entre el humo y la ceniza de esa piel deshaciéndose, el calor que irradiaba no era ya templado ni maternal, sino opresivo. El olor a sulfuro y a magma incadesciente se extendió por toda la ciudad como un miasma.

No era una sierpe dorada.

Era Bálagos, la Llama Voladora.

Un vil engaño que dejó a todos boquiabiertos. Incluida a Gwenaëlle.

Su instinto la llevó a echar mano de una página de su grimorio. Rápido, rápido, rápido… ¿qué podía hacer? ¿Cómo podían defenderse? Un conjuro…

De pronto, entonó palabras de poder y un manto abrasador la envolvió. Tomó, seguidamente, una varita, y desencadenó glifos protectores sobre sus compañeros. Tuvo tiempo de proteger a Lyra, a Sariel y a Boti, antes de que el infierno se desatase sobre todos.

La Llama Voladora se alzó sobre los cielos, emergiendo sobre la ciudad de Crimmor, y exhaló montañas de fuego sobre todas las tropas por igual. Norteños y defensores de la Tormenta. Tanto daba. Fue una masacre, carbonizando a ‘aliados’ y a enemigos por igual.

Allí por donde surcaron las llamas en un río infernal, dejó surcos de muerte y desolación, como un juicio que arrancó toda vida sobre la faz de la tierra. Los cimientos de los edficios comenzaron a derretirse. Crimmor, moría, pasto de columnas de fuego que harían palidecer al propio Asmodeo.

Y entonces, la sierpe bramó, ufana:

- Hoy todos conocerán al verdadero rey de todos los dragones.

Se había caído la máscara. El engaño.

Y tras ella solo había odio. Sólo había ira.


La semielfo, junto a muchos otros, se quedó en estado de shock. Su mandíbula tembló, presa del pánico. Pues no sólo habían sido utilizados, sino que había conducido a los suyos a una muerte segura. No había escapatoria: Crimmor, ahora el escenario de la lucha mortal entre dos sierpes, sería una tumba para cualquiera incapaz de contener la ira de un dragón.

Iryklathagra alzó el vuelo aún más. Sus ojos, mostrando otrora un cariz divertido y burlón, no disimularon sorpresa y espanto. Tras la conmoción inicial, sin embargo, se relajaron y dejaron paso a un brillo hambriento, peligroso y fiero. Sus enormes fauces casi dibujaron lo que podría calificarse como una sonrisa de suficiencia.

- Y yo he sido el reflejo de todos tus miedos, Bálagos. Pues siempre he sido tu infierno. Este será tu último eco. VEN A MI.

Las calles de Crimmor se convirtieron en una jaula ardiente. Aquellos que hasta hace unos instantes luchaban en bandos opuestos empezaron a huir en todas direcciones, buscando refugio de la furia desatada de las grandes sierpes. En otras plazas, sin embargo, la batalla continuaba, pues se había derramado ya demasiada sangre en nombre de las respectivas causas.

No parecía una batalla destinada a ganarse, sino a morir. Ni Gwenaëlle sintió ya que fuese suya.

Las sierpes se elevaron en el aire, formando cada una un torbellino: uno rojo, y otro azul. Los alientos se entrelazaron. El aire ardía con chispas eléctricas; abrasaba con un calor atronador. En su vuelo, en cada rajada de aire, varias vidas fueron segadas. Combatientes de ambos bandos. Campesinos. Elfos. Enanos…

El cielo se desgarró, partiéndose en dos mitades. Un rugido atravesó las nubes justo antes de un choque cataclísmico: de escamas rojas contra relámpagos azules. Los muros de la ciudad se desmoronaron, abrasados. Nada inocente, vil o sagrado sobreviviría a esta contienda.

Entonces, Gwenaëlle y los suyos empezaron a correr. No habría escapatoria desde el muelle. Las barcazas habían sido pasto de las llamas, por lo que deberían buscar otra salida.

Los grifos de la División de la Nube, liderados por el general Puñomaza, surcaron los cielos, buscando entre los derrumbes focos de las huestes de la Tormenta. Sariel emprendió el vuelo con Chandra. Gwenaëlle lanzó la vista hacia sus compañeros y estos asintieron, internándose hacia la plaza central de Crimmor. Allí entonces lo vieron: seguramente deseoso de asistir a su ama, más grande que nunca, y portando el escudo de diamante en ristre.

El Arconte.

Gwenaëlle miró entonces a Lekin. Este asintió, empujando el artefacto, oculto bajo un manto invisible. Seguramente deberían usarlo antes de tiempo. Sin embargo, ahora se encontrarían con un dilema.

Usarlo, sí. ¿Pero contra quién?

Dio las gracias a la diosa luna por contar con la bendición de Kananthil, la Estrella del Norte. Pero ahora se les planteó un dilema angustioso, uno que seguramente se convertiría en una historia que entraría en el Cómputo de los Años.

Ello, contando con que no fracasasen.

Offtopic :
Gracias a los DM involucrados en la narración. Ha sido un plot-twist increíble.
 
Última edición:

Skotos

El cansino de los Siervos de Hueso
Registrado
4/7/07
Mensajes
2,256
VI.

Era el infierno. O lo más parecido al mismo que Gwenaëlle había podido conocer.

GwenCrimmor1.pngSobre el cielo de Crimmor, la batalla entre los dos titanes rojo y azul continuaba. Se sucedía en lo alto de los cielos, lejos de civiles y aliados. Lejos de la tormenta que envolvía la villa como un sudario de muerte. Sin embargo, trazas de aquella lucha cataclísmica llovía sobre los combatientes en forma de fuego y trueno. Y en ocasiones, los alcanzaban, como si fuese un castigo divino.

El bosque en torno a la villa, mientras tanto, ardía por la furia incontrolable de la Llama Voladora. Tras ciertas barridas de fuego piroclástico, entre el hedor a azufre y carne quemada, una lluvia de sangre salpicaba la tierra y los rostros de quienes aún se atrevían a sostener sus armas y a contener su instinto más básico: huir. Sangre de los tiranos, que combatían indiferentes al sufrimiento que dejaban bajo ellos.

El Rojo, con cada acometida, con cada zarpazo, pareció empezar a sobreponerse en la contienda. Pero cada avance sobre su enemiga no venía sin su justiprecio. La magia desatada por Iryklathgra había hecho mella en el cuerpo de Bálagos. La lucha por Amn, por lo tanto, sería decidida entre dos majestades autoproclamadas: la Reina de Amn y el Rey de Todos los Dragones.

Pero aquello no era una batalla, susurró un pensamiento venido de los confines de la mente de la semielfo. Era una matanza indiscriminada tras la cual no quedaría rastro de vida alguna. Y poco importarían las culpas, pues no quedaría nadie que pudiese juzgar tras el paso de las sierpes.

El cielo se había teñido de sangre, coronado por enormes columnas de fuego y humo. Los soldados de un bando y otro avanzaban, calle por calle, casa por casa. Sus miradas eran vidriosas, y poco había ya de la causa que supuestamente creían defender en sus mentes. En las mentes de todos, Gwenaëlle incluida, rezaba un único mantra, un único pensamiento.

Sobrevivir.

Debían sobrevivir a toda costa. Al fuego, a la tormenta. Al cataclismo.

La comitiva avanzó. Varios miembros del Capítulo de la Rosa de Plata, liderados por Sir Eothain Blaydd y la Alta Sacerdotisa de Selûne, Sariel Shade. Junto a ellos, sus hermanos de fe: Lyra, Rhalein. Huestes de la División de la Nube y Hurym de Kazad Gromdal, encabezados por el Burgomaestre Baldrak y por su Manodeth, Dainn Negrasima. Defensores del Ejército del Pueblo y del Bosque Alandor, liderados por el taciturno Radix, también apodado como el ‘Jinete Furioso’.

Un par de ingenieros de la Nube, ayudando a Lekin, empujaban lo que muchos en el Norte consideraban como su baza magistral, el igualador con el que se decantaría la balanza en favor de los mortales. Sin embargo, un mar de dudas golpeó con oleaje furioso el pensamiento de Gwenaëlle. Demasiadas incógnitas se formaron en su mente. ¿Funcionaría? ¿Podrían hacerlo? Y aunque si pudiesen… ¿qué harían con el otro?

Y una duda más la atormentaba, una que era incapaz de apartar de su mente. ¿Por qué? Si todo era una treta… ¿por qué les había permitido fabricarla? ¿Acaso esperaba Ulla Bahor tan poco de ellos? ¿Tan insignificantea le parecían sus ‘seguidores’?

Mientras marcharon hacia la plaza, una figura ominosa les sobrevoló. Buscaba, con cada acometida desde los cielos, barrer con los contingentes desorientados de norteños que aún se movían por las calles incendiadas. El Arconte. Este, eventualmente, bajó su vuelo y recorrió planeando la muralla sur de Crimmor, donde el enemigo se fortalecía y empezaba a rodear a los atacantes.

No había tiempo que perder. Sariel lanzó la vista hacia el horizonte y alzó su mano diestra, pidiendo atención.

- Hay que bajar a esa cosa del cielo. Gwen, Dainn. Encargaos.

La teúrgo vaciló, recibiendo aquella orden como un latigazo. El Manodeth empezó a cargar su ballesta y se la llevó al hombro, buscando el tiro. Pero el dracónido volaba muy alto, muy lejos. Era complicado.

- No sé si podremos alcanzarlo. ¿No podemos intentar una distracción? – sugirió Baldrak.

- No se me ocurre un lugar seguro desde el cual hacerlo – replicó Sariel.

Las deliberaciones se vieron rápidamente interrumpidas por la súbita interrupción de decenas de individuos armados, portando blasones que anunciaban su adhesión a la causa de la Tormenta. Fanáticos que se abalanzaron sobre Gwenaëlle y los suyos con la ferocidad propia de quien busca la aniquilación del enemigo. Era la guardia pretoriana del Arconte, y darían la vida por él.

Fracasaron.

- Formad un perímetro en torno a Dainn y Gwen. – ladró Eothain, mientras se arrancaba con gesto seco y poco ceremonioso la punta de la espada del cuello de un Testigo. – Que no se acerque ninguno más. Que intenten bajar al Arconte. O como poco, que sepa que estamos aquí.
La caída de los suyos, no obstante, no pasó desapercibida al campeón de la Qyssara. Este batió las alas y se acercó unos metros, aunque siempre a una distancia muy alejada del tiro o de las espadas. Portaba una armadura de escamas azules y un escudo brillante hecho de diamante, que reflejaba como un caleidoscopio las luces en derredor. Dio unas indicaciones hacia los defensores de la muralla, antes de emprender el vuelo hacia el Capítulo y sus aliados.

- Rhalein, ¡ábrete hacia tu izquierda! ¡Que no nos pillen el flanco! – insistió Eothain.

Mientras todos tomaban sus posiciones, Gwenaëlle tragó aire. O más bien, sulfuro y ceniza. Sus pulmones aún ardían. El sudor empezó a agolparse en su frente y recorría sus brazos como un sudario. Las mallas de mithril tintineaban con cada movimiento, con cada gesto. Su tomo arcano, miraculosamente, o quizás fruto de múltiples encantamientos, había restado intacto al paso de las llamas de Bálagos. Sabía qué conjuro emplear. Empezó a recitar una letanía de palabras en dracónico. Frase a frase. Cargando energía en la punta de sus dedos.

Naxirth, doranthur…

Una voz llenó, entonces, la plaza como un trueno. Era un alarido poderoso, un rugido de tiempos antiguos en los que los dragones eran los señores de los cielos.

- Tan valientes para luchar. Y para morir. Vosotros, ¿sois los chiquillos de Bálagos?

Entonces, el Arconte alzó su escudo. El diamante que conformaba su centro empezó a brillar, y una extraña luz cegadora envolvió a todos. Gwenaëlle sintió la sacudida mágica; como un aura ajena trataba de adentrarse en los laberintos de su pensamiento. Pero la teúrgo había sido entrenada para bloquear su mente ante semejantes intrusiones. Tal y como vino el hechizo, se desvaneció sin lograr su objetivo.

Aunque lo hizo, parcialmente.

De pronto, tanto Sariel y Lyra empezaron a convulsionar. Cayeron al suelo, llevándose las manos a sus cabezas, y soltaron alaridos profundos, como si estuviesen siendo poseídas por un dolor atroz. Sus mentes entonces se alejaron de aquel lugar; fueron arrastradas al calor de los Infiernos, y en su delirio vieron un futuro que podría ser. Un futuro abrasador, de cadenas eternas. El precio de su inminente fracaso.

Gwenaëlle sintió unas náuseas terribles; una punzada de dolor. No podía… ¡debía hacer algo de inmediato! Pero no, tenía… antes tenía que liberar el conjuro. Vamos, Gwenaëlle, concéntrate. Confía en los tuyos. Confía..

- Naxith, doranthur… ¡Tirgalor vexi, toborinth sventar!

Las runas en las páginas abiertas de su grimorio, de pronto, empezaron a rutilar con un destello azulado. Y la Urdimbre entonces entretejió en torno a la teúrgo una luz. Y luego otra. Y luego otra. Y luego otra.

De pronto, eran decenas. Saetas hechas de pura energía mágica, que se lanzaron furibundas directamente hacia el Arconte. Buscando quemar su carne, deslizándose entre los huecos de su armadura, directas a sus fauces y ojos.

Varias erraron su objetivo, interceptadas por un muro mágico. Pero otras desviaron el obstáculo y mordieron sus escamas, abrasándolas.

El Arconte entonces interrumpió su monólogo. Y de pronto, el efecto que atormentaba a su estrella y a Lyra se desvaneció. Ambas se incorporaron con un gesto desorientado, aún inseguras de lo que había ocurrido. Pero ambas tenían algo claro: el embrujo no encogería sus corazones. La luz de la luna brillaría, aún en los mismísimos Infiernos.

La bestia abandonó entonces toda pretensión y se lanzó sobre ellos. Lo que se siguió, Gwenaëlle no supo como describirlo. Aquello era la guerra, al fin y al cabo, y ningún combate se libraba siguiendo convenciones de justicia o equidad. El dracónido empezó a entonar sendos conjuros, la mayoría de los cuales la semielfo reconoció de inmediato.

De pronto, de la palma del Arconte, un fulgor cegador irradió la plaza. Era una luz cegadora que consumió el dorado de sus ojos. Gwenaëlle se encogió del dolor, y por unos preciosos instantes, entró en un estado de pánico absoluto.

A su alrededor se formó un mar de oscuridad. Cayó de rodillas, soltando su bastón y su escudo, mientras oyó el entrechocar de espadas, decenas de explosiones mágicas, y los gritos y aullidos de sus compañeros. Ella, mientras tanto, se afanó en buscar entre sus bolsas, tanteando con los dedos hasta dar con la runa adecuada. Pero no la encontraba. Se había preparado tanto, y no obstante… bastó un golpe seco para desnudarla ante la realidad del conflicto.

Y cuando llegó el silencio, poco a poco, la luz empezó a retornar a vista. Podía… podía ver, nuevamente.

El Arconte yacía a los pies de sus aliados. Aparentemente, derrotado. Aferrado a su escudo.

Ya… ¿ya había acabado todo? ¿Tan pronto? Y… casi sin su intervención. Se sintió presa de una profunda vergüenza, horrorizada por su propia incompetencia.

Pero para desgracia de todos, no fue tan así. El escudo de diamante empezó a resquebrajarse. Una voz hedionda retumbó en las mentes de los presentes.

Os agradezco sumamente… que me hayáis liberado. Tenéis mi gratitud, siervos de Ulla Bahor.

Era una voz ardiente, que sabía a sulfuro y a fuego. No como la de Bálagos, sino… más ponzoñosa, más cruel aún.

Y de pronto… el Arconte se incorporó. Las venas de su cuerpo empezaron a hincharse y sus músculos se tensaron hasta adoptar una densidad sobrenatural. Sus ojos empezaron a brillar como dos brasas candentes, y su voz adquirió una densidad mayestática y maliciosa.

- Ahora, venid, y os daré vuestra merecida recompensa.

Lo que sucedió entonces fue una batalla encarnizada. El Arconte, o más bien, la presencia que poseyó su cuerpo como una marioneta, empezó a desatar los fuegos del Averno sobre ellos. Y mientras luchaba, su cuerpo cambiaba, adquiriendo un cariz cada vez más monstruoso. La mácula de los Planos Inferiores se hacía cada vez más presente a cada instante que pasaba, y si no daban muerte pronto al ser, probablemente traería una huella del Averno al mismísimo Faerún.

Gwenaëlle agarró su bastón y su escudo. E impulsada por una extraña determinación, se puso nuevamente una máscara. No una de ira, sino de miedo. Miedo por fallar a los suyos, por ser incapaz de protegerles en su hora de necesidad. Su mente se puso a trabajar a toda velocidad, recorriendo su memoria en milésimas de segundo. Letanías, rezos, palabras arcanas… La luz de la luna golpeó la plaza de Crimmor para restaurar el vigor a sus compañeros, y sus proyectiles se clavaron contra la carne del diablo de la sima, una y otra vez.

Pero pese a sus esfuerzos, aquella lucha era una desigual. Y el diablo, seguramente atado a una especie de pacto retorcido, se abrió paso entre la columna de combatientes. Lanzó a Baldrak contra un edificio, dejando al fornido Burgomaestre inconsciente. Rhalein trató de bloquear su avance, pero un golpe poderoso del Arconte aplastó su armadura y hundió su cabeza contra el suelo. Pronto, tan sólo Lyra, Eothain y Radix conformaban el último bastión de defensa, uno que Gwenaëlle se afanaba por proteger con sus sanaciones.

Y entonces…

La mirada reptiliana del diablo de la sima se clavó en los írises dorados de la semielfo. Un pensamiento sibilino se filtró en su mente. Una promesa de muerte.

Ahí estás, pequeño ratón… La Qyssara me pidió ajustar cuentas contigo. Ven a mi.

El Arconte ignoró los siguientes tajos clavados sobre su pecho. Eothain, aún con su fuerza y peso monstruosos, trató de interponerse entre la semielfo y el diablo, pero este lo apartó con un golpe seco, uno que hubiese pulverizado una montaña. Y avanzó, decidido a cumplir con aquello que se le había ordenado.

Gwenaëlle, en esos instantes, estaba tomando un pergamino para desencadenarlo sobre su capitán, dirigido a sanar sus heridas. No tuvo tiempo de reaccionar. Cuando se quiso dar cuenta, la presencia hercúlea del Arconte se había colocado frente a ella. Este extendió un brazo sangriento, tomándola del cuello. La levantó como si fuese una pluma. Sus garras se ciñieron en torno a la tráquea de la semielfo, expulsando el aire de sus pulmones.

La alzó hasta que sus miradas se encontraron. Ella intentó, vanamente, zafarse de aquella presa, pero sus brazos huesudos apenas lograban llegar a posarse sobre la inmensa zarpa que la sostenía. El Arconte entonces mostró una hilera de colmillos, bañados en sangre, carbón ardiente y miasma.

Muere.

Y con un sonoro crujido, sintiendo como su tráquea de pronto se aplastaba, su vista se tornó neblina, y finalmente…

Oscuridad.

GwenCrimmor2.png

Offtopic :
Narración de la lucha contra el Arconte desde la perspectiva de Gwenaëlle. Gracias a todos los DMs y jugadores implicados en la escena.
 

Skotos

El cansino de los Siervos de Hueso
Registrado
4/7/07
Mensajes
2,256
VII. (y fin)

Ver no era lo mismo que oír.

Era un cuarto anodino, inhóspito. Un cubículo carente de cualquier comodidad. Tan sólo había una cama, una tinaja vacía, un espejo de cuerpo entero, y el frío. La luz de la luna se filtraba, temerosa, por los cristales sucios de la ventana, parcialmente cubiertos por una cortina de tela pesada. Más que penumbra, el ambiente de la estancia era el de una oscuridad buscada. Como si quisiese ocultarse del mundo.

La guerra civil había acabado. Eso decían. Era algo repetido por los supervivientes, por los emisarios, por los nuevos caudillos. Y sin embargo, un sabor cobrizo, metálico, que brotó al morderse demasiado los labios, se entremezcló con las náuseas que apuñalaban su estómago y reptaban por su esófago hasta instalarse en su garganta.

Sentada de rodillas, con la espalda desenuda, colocó la tinaja a un lado. El espejo reflejaba su silueta. Pero en aquella penumbra, era poco más que un contorno desdibujado, carente de rasgos propios. El rostro que devolvía la mirada era hueco, ausente. Así se sentía: vacía, erosionada por dentro.

Acarició con los dedos el instrumento de cuero. Cada cola terminaba en una esfera erizada de puntas, como cabezas de mazas diminutas. Aprisionó una de esas esferas, apretando hasta que la piel cedió y la sangre brotó. Prefirió no mirar las heridas de la mano; el dolor era sólo un rumor sordo, lejano ante la marea de pensamientos intrusivos que llenaban su cabeza.

Su mente, al igual que ese lugar, se había sumido en la oscuridad. Se había replegado en un rincón profundo de un laberinto formado por pensamientos recurrentes, obsesivos.

¿Por qué ocurrió todo así?
¿Por qué a ellas?
¿Qué pudo hacer?
¿Qué debería haber hecho?
¿Era, de algún modo, cómplice de aquella desgracia?


Alzó el brazo. Cerró los ojos. Contuvo la respiración. Dejó que las tiras bajasen, primero suavemente, apenas rozándola. Un simulacro inútil. Instantes después, volvió a alzarlo y las descargó con rabia, con la determinación de quien buscaba aniquilarse con cada golpe. El dolor ardió, se expandió como un incendio. Y en ese instante, sólo en ese instante, la mente se entumeció.

Y llegó el silencio. El ansiado silencio.

Pero pronto, los susurros volvieron.

Murieron por vuestra culpa. Por vuestra arrogancia.

Apretó los labios. Otra vez. Otro golpe. Otra sacudida. El dolor, la adrenalina, recorrió su sistema nervioso como una descarga eléctrica. Le permitió recordar el contorno de su cuerpo, a sentirse nuevamente presente. Se sentía viva, sí, pero hueca. Cada azote era tan sólo eso: un instante de calma antes de que la vergüenza, retornase, envolviéndola como un sudario inefable.

Pudiste quedarte con ellos. Siempre tuviste elección.

Volvió a golpearse. Pero no bastaba. No era un tributo suficiente. Siguió con otro. Su espalda, lacerada, empezó a cubrirse con pequeños cortes y hematomas superficiales.

Pero no era suficiente. Volvían.

Ni siquiera pudiste matarlo. Como siempre, has resultado inútil. Eres indigna. Como otros, fuiste un peón útil a manos de Bálagos.

El cuarto golpe bajó por su columna, mordiendo, dejando su firma rojiza, hinchada, fea. El dolor la sacudió en oleadas: cada vez de foram más intensa. Inmensa. Inútil. Animal.

Pero seguía sin ser suficiente. Se sentía viva, pero vacía. Consumida. Agotada.

Intentaba llenar un hueco sin fondo.

Cada vez que se golpeaba, sus pensamientos se acallaban por un momento. Pero la vergüenza no se iba. Se adhería a ella como una capa grasienta que deseaba arrancar de su piel a tiras. Y seguía. Cada golpe sólo inflamaba su rabia, la necesidad de sentir algo más fuerte que la culpa. Las tiras de cuero mordían, una tras otra. Y otra vez. Y otra vez.

Los surcos que dejaba en su piel escribieron un salmo de carne rota sobre la espalda. Cada golpe era una lista de nombres que no volverán a pronunciarse.

Doscientas voces apagadas en un instante. Un coro de niños, mujeres, hermanas y refugiados. Todos reducidos a polvo. A grasa fundida. A huesos carbonizados por relámpagos.

Otro golpe. Otra sacudida. Esta vez se encogió demasiado, y por poco la soltó. Varias gotas de sangre mancharon el suelo en derredor. Un tributo espúreo que no la aliviaba; tan sólo ahondaba en su humillación. En un bucle incesante del que no lograba zafarse.

Imnescar, borrada de la faz de Faerún por la sed de sangre y venganza de las bestias. La Primera Iniciada, convertida en cenizas y silencio. Los Cruzados de la Luna, ejecutados y profanados la vista de todos.

Cada rumor llegado a sus oídos era más cruento que el anterior.

Los hilos de sangre corrieron de forma tibia por sus costados. En aquellos instantes, el dolor físico entumecía su pensamiento, pero era incapaz de acallar los gritos de su alma enloquecida. Porque es más fácil azotar la carne que enfrentar el vacío. Porque necesitaba exteriorizar las marcas de la desazón que sentía. Su espíritu quebrado exigía que portase las marcas de su vergüenza. De su fracaso. Porque la compasión que pregonaba era para otros; nunca para ella. Y era un ideal tan distante como la luna en un cielo sin estrellas.

Otro golpe más. Y otro. Y otro.

Había visitado las ruinas de los Salones. No quedaban más que una pila de cenizas y pilares rotos, que sobresalían en el paisaje urbano como una carcasa abierta y un testimonio del precio que otros pagaron por sus proclamas inflamadas. Pudo haber abogado por la prudencia, como otros hicieron durante el Concilio. Pero ella se unió a las voces que exigieron oposición directa. Dar ejemplo. Instó a la rebelión.

Y por ello, se odiaba.

Se odiaba por sobrevivir.

Por no haber sido quemada junto a ellas.

Por sentir alivio al saber que el cuerpo sigue reaccionando al dolor, mientras otros se consumieron entre escombros.

Se odiaba por desear castigo.

Por necesitar que doliese más.

Por creer que romper su carne compensaría, de alguna forma, el vacío que cada vez se hacía más grande en su pecho.

Entonces, el instrumento resbaló de sus manos, teñido de carmesí. Las lágrimas no llegan. Se quedan atrapadas bajo la costra de la vergüenza. Su boca se llena de un sabor a metal. Su espalda arde y punza con cada respiración.

Y entonces, otro recuerdo, más luminoso, brotó desde los confines del laberinto.

Volvió a recorrer una imagen mental de los Salones derruidos. Cuando recorrió las ruinas, al fondo, donde antes existía la capilla, lo vio. El altar. Situado al otro lado del muro derruido, rutilaba en la penumbra como una perla en el fondo de un océano negro.

Inmaculado. Imposible.

Su cuerpo quería descansar. Su mente no podía hacerlo. Su psique exigía que el castigo siguiese; que la culpa se imprimiese en cada fibra de su ser. En cada sueño. En cada noche. Pero ni la sangre, ni el dolor, ni las cicatrices devolverían lo que habían perdido. Ni limpiarán la cobardía sentida. Ni traerán de vuelta a los muertos.

Entregarse al dolor era inútil. No era más que una forma patética de autocompasión autodestructiva. No extraía placer ni alivio alguno de ello.

Esto era lo sencillo. Destruirse. Culparse. Pero, ¿realmente podría ayudar así a los que habían quedado atrás? ¿No se suponía que ella, de entre todos, debía erigirse como una guía, un faro de certidumbre en tiempos donde el conflicto y la muerte marcaban cada instante del presente?

Entonces, y sólo entonces, un pensamiento afloró. Quizás provino del mismo lugar que el recuerdo del altar. De un lugar más luminoso. O quizás, no era más que intuición divina, un atisbo de compasión de la Dama de Plata, al observar el sufrimiento de su devota.

La verdadera penitencia sería aprender a sanar.

Aprender a aceptar la derrota. Reconstruir desde la ruina. Tomar la mano de los vivos y ofrecerles palabras y promesas de consuelo, en vez de buscarlo entre fantasmas y recuerdos a los que no podía volver. Debía recorrer caminos inciertos, en vez de transitar por el dolor que cada vez se le hacía más familiar. Debía abandonar la apatía, la indolencia, la autoindulgencia.

Debía atreverse a seguir teniendo fe en su luz interior.

Tomó entonces la tinaja y mojó una toalla en el agua tibia. Recorrió con la tela sus heridas candentes, los hematomas, las laceraciones. Mientras lo hizo, sus ojos recorrieron su silueta, cada vez más nítida en aquella penumbra. Sus ojos dorados devolvieron un reflejo triste, pero ya no estaba vacío.

Había sido suficiente.

Ahora, debía retomar su papel. Su rol. Ofrecer una mano piadosa; una mano humilde. Aceptar las consecuencias, sí, pero también mirar al futuro, y procurar que en él todas las voces tuviesen cabida.​
 
Arriba