BobM
Pomo de Puerta de Baldur
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LAS SOMBRAS ESCINDIDAS - I.
El páramo se extendía hasta donde la vista alcanzaba. Era una llanura dura, cuarteada, como si la tierra misma llevara siglos olvidada, sin que nadie la tocara. No había árboles, ni colinas, ni rastro alguno de vida. Solo piedras secas, polvo que se pegaba en la garganta, y un cielo siempre nublado, pero que nunca soltaba una gota.
El hombre iba solo. No tenía claro desde cuándo. Tampoco sabía a dónde se dirigía. Solo sentía que tenía que seguir. Sus botas levantaban una nubecita de polvo con cada paso, y al exhalar, su aliento parecía mezclarse con el viento como otro suspiro más del desierto.

Sus pensamientos eran un enredo. A veces le venían imágenes sueltas: un rostro que no lograba ubicar, brasas apagadas, voces lejanas que hablaban en un idioma que reconocía pero hace demasiado que no escuchaba, no al menos de ese modo . De vez en cuando, al borde de su vista, creía distinguir figuras. Sombras alargadas, como si fueran personas, pero no lo eran. Nunca se acercaban. No decían nada. Solo estaban ahí, mirándolo desde la distancia, como si fueran parte del mismo aire.
Todo el mundo parecía hecho de ceniza y eco, no había destino. Solo movimiento. Y quizá eso era lo único que le quedaba: la idea de que, si seguía caminando, entonces seguía estando aquí, seguía siendo real.
A veces se acordaba de él. No era un recuerdo claro, ni una imagen bien formada. Más bien una sensación, como una piedra en el pecho: fría, pesada, imposible de ignorar. Había sido un hombre como él, lo había perseguido, le había creído, vio la sombra en él y por esa misma sombra, él había muerto.
En el páramo no había tumbas. Ni cruces. Ni nombres. Pero no hacía falta. El recuerdo del hombre seguía con él, pegado a su sombra. En los ratos más pesados, cuando el aire se volvía espeso y el cielo parecía venirse abajo, juraría escuchar pasos detrás. Nunca volteaba. No hacía falta. Sabía perfectamente quién era.
Murió con los ojos abiertos. No fue casualidad. No fue un error. Tomó una decisión, creyendo que valía la pena… creyendo en lo que hacía. Y el páramo, ese lugar que traga todo sin decir nada, se lo llevó como si nunca hubiera estado ahí. Como se lo llevaría a él, tarde o temprano.
Cada paso era su forma de no pensar en eso. De no revivir ese momento en que se separaron. De no ver esa última mirada del otro.
Entonces despertó,
No fue un despertar tranquilo. No era ese tipo de sueño. Fue brusco, como si el cuerpo recordara demasiado, todo al mismo tiempo. El aire le entró de golpe, cortándole por dentro, y el dolor se coló por su espalda, sus brazos, las costillas. Cada vieja herida parecía reclamar algo. En su rostro, la piel oscura mostraba las marcas de la guerra, cortes, arañazos, decisiones que lo habían dejado marcado, Crimmor ahora proclamaba su nombre pero ese pensamiento no le llenaba, su mente estaba en otro lugar.
Hacía años que no soñaba con él. Años sin que los ojos de Vhenomon volvieran a aparecer entre sombras, con esa mirada rota que siempre lo había perseguido. Ese hombre de voz grave, al que algunos llamaban Sombra Escindida. El Heraldo de la Muerte. Último de una estirpe condenada… Y también, la versión más cercana de lo que él mismo pudo haber sido.
No lo había matado con sus propias manos. Pero lo había llevado hasta el borde. Por acción, por omisión..
¿Qué más daba? Había sido cómplice. Había guardado silencio, acató ordenes. Y al final, él era el que seguía vivo, mientras el otro se perdía. Eso era lo peor. Vhenomon murió roto. Sabiendo que todo lo que había tratado de proteger, a su hijo, a su causa, a su verdad, todo se había perdido frente a sus ojos.
Le costaba respirar, pero no por las heridas. Era ese otro tipo de dolor. El que viene del pasado y de lo que uno no se atreve a decir en voz alta. Creyó haberlo superado. Pensó que el silencio, la rutina, los años, su inhumanidad, lo habían enterrado todo. Pero los artefactos umbra lo habían removido todo otra vez.
No tenían conexión directa con el imperio netherino ni con los pactos antiguos, pero… algo tenía. Algo que sonaba familiar. Como un eco viejo, enterrado muy hondo, el Umbrarca, el legado de las sombras, Vhenomon..
Tia Sisi, aquella quien tendría las repuestas a todas sus cuestiones, se encontraba prisionera, terca de aferrarse a lo imposible, seguía detrás del hijo perdido de Vhenomon. Como si todavía pudiera salvar algo. Como si el pasado no fuera una tumba, sino una pista, una oportunidad de enmendar un error, hacerse cargo de la trasgo podría ser el camino para terminar de alejarse de aquello que aún lo hace más hombre que sombra.
Todas estas nuevas piezas, le hacían ver algo que llevaba años esquivando: Vhenomon no fue solo un hombre condenado, fue un espejo. Un aviso hacia si mismo.
