Sam
Liche táctico
- Registrado
- 9/9/08
- Mensajes
- 540
- Edad
- 40
Látigo de Loviatar
Relatos de Ayrin de Rashemen
Hace 16 años. Puerta del Oeste.
Alguien chillaba con una voz antinatural. Sus gritos disimulaban el crujido que hacían sus extremidades al romperse. Caminaba junto a la Superiora Agatha por aquel pasillo oscuro, apenas alumbrado con antorchas a punto de expirar. De nuestro alrededor surgía aquel coro de gemidos orgásmicos y agónicos, perdidos en blasfemas orgías en honor al Látigo de la Doncella. Recuerdo que entonces la combinación de aquel frenesí sangriento de gozo retorcido me enardecía, hubiera dado cada parte de mi alma para participar en aquellos rituales y perderme en aquel espiral de placer loco en honor a Loviatar. Los espíritus saben que así lo hice.
—Cuando todo en ti es dolor, trasciendes lo físico —decía Agatha. Escuchaba sus palabras embelesada. Bebía de aquellos conocimientos con ansiedad, siempre con ganas de más.
—¿La muerte es una liberación o un castigo?
Aun mantengo aquella mirada ígnea de Agatha en mi cabeza. Unos ojos pequeños, sombríos, pero tan seductores como el néctar de los dioses. Aquella mirada me quiso empujar a desear ser poseída por ella, a disfrutar del dolor con ella, unirme al tormento de la Doncella del Dolor. Se tomó su tiempo para responderme, se aseguró a tenerme totalmente bajo su control y acercó sus labios rojos a mi oreja.
—La Doncella nos habla que el dolor es el único camino del placer, el único para la liberación del espíritu. Morir nos arrebataría ese don, nos arrebataría el placer que da Loviatar a los mortales. La muerte es un castigo, novicia, jamás una liberación — aquel ronroneo en mi oído me excitó, me mordió el lóbulo hasta hacerme sangrar.
Me recuerdo primero rígida, incapaz de reaccionar o responder, pero aquella fue la primera vez con una mujer. Me había hechizado, no podía darle explicación de otro modo, un poderoso conjuro que había envenenado mis pensamientos. Pero un hechizo tan placentero que lo abracé con delirio, con un deseo lascivo quizá impropio de una muchacha de dieciséis años. Luego vino el dolor, el imposible dolor. Y finalmente el placer.
Con la Superiora Agatha descubrí el sexo y el placer. Hasta entonces forzada, trajinada y violada por cualquiera, me sentí cobijada por sus brazos, por sus besos, por aquella placentera agonía que me brindaban sus uñas y sus látigos. Con ella aprendí a conocer mi cuerpo y el de los demás, a torturar durante horas y días sin matar, a lamer aquella sangre caliente que me salpicaba el rostro y con aquel sabor en mis labios me volvía completamente loca, perdía cualquier noción de la realidad y solo ante Agatha podía retomar el control. Era mi ancla a mi misma, mi seguro para no perderme en los recovecos más oscuros de mi alma. Recuerdo como me llamaban entre los bajos fondos más repulsivos de Puerta del Oeste. Era un vampiresa, la Vampiresa de Ojos Dorados.
Actualidad. Cordillera de los Dientecillos.
La cueva está extrañamente caliente. Quizá por la influencia del volcán cercano. Arrugo la nariz por la peste que mana del gnoll, podría oler peor. Siempre peor. Corto con el sable el hombro de la hiena, dejo que el ácido mágico se filtre por sus cuerpo, deshaga sus venas. La criatura aúlla como poseída, sé que le duele y más que lo hará si no me convencen sus gruñidos. Mis ojos refulgen de nuevo, buscan la agonía de la criatura, piden sacrificio.
—¡Ayr! ¡Para! No es necesario esto —oigo la voz de Mekhare a mis espaldas. El gnoll se retuerce espasmódico en el suelo. Ella se acerca rápido sanando la herida, el cuerpo de la criatura se calma. Pero su terror se mantiene. Me impulsa algo de mi interior, algo que creía haber superado, pero que regresa de vez en cuando. Me arrodilló junto al gnoll, sé que no me entenderá, pero necesito decirlo.
—¿Ves como te curan, gnoll? Mejor. Así podremos volver a empezar. Una y otra vez. Responde a las preguntas si eres capaz —bajo la voz a su oído. Sé que Mekhare me va a oír, Aldarion también, incluso Ender, noto sus miradas sobre mi. ¿Miedo? ¿Asco? ¿Reprobación? Lo ignoro, sé que habrá algo de ello, sé que aunque el gnoll nos mataría sin miramientos nuestra superioridad moral no debe dejar por encima de esto. Pero yo vago alrededor de la línea que separa ambas concepciones, no hay blanco ni negro, yo soy gris.
En ocasiones recuerdo la Capilla y a Agatha. Me embarga una sensación de nostalgia insana. En ocasiones recuerdo con repulsa aquellos rituales, en otras los deseo secretamente como parte de mi más lóbrego ser. En ocasiones recuerdo que una vez fui un Látigo de Loviatar.
Relatos de Ayrin de Rashemen
Hace 16 años. Puerta del Oeste.
Alguien chillaba con una voz antinatural. Sus gritos disimulaban el crujido que hacían sus extremidades al romperse. Caminaba junto a la Superiora Agatha por aquel pasillo oscuro, apenas alumbrado con antorchas a punto de expirar. De nuestro alrededor surgía aquel coro de gemidos orgásmicos y agónicos, perdidos en blasfemas orgías en honor al Látigo de la Doncella. Recuerdo que entonces la combinación de aquel frenesí sangriento de gozo retorcido me enardecía, hubiera dado cada parte de mi alma para participar en aquellos rituales y perderme en aquel espiral de placer loco en honor a Loviatar. Los espíritus saben que así lo hice.
—Cuando todo en ti es dolor, trasciendes lo físico —decía Agatha. Escuchaba sus palabras embelesada. Bebía de aquellos conocimientos con ansiedad, siempre con ganas de más.
—¿La muerte es una liberación o un castigo?
Aun mantengo aquella mirada ígnea de Agatha en mi cabeza. Unos ojos pequeños, sombríos, pero tan seductores como el néctar de los dioses. Aquella mirada me quiso empujar a desear ser poseída por ella, a disfrutar del dolor con ella, unirme al tormento de la Doncella del Dolor. Se tomó su tiempo para responderme, se aseguró a tenerme totalmente bajo su control y acercó sus labios rojos a mi oreja.
—La Doncella nos habla que el dolor es el único camino del placer, el único para la liberación del espíritu. Morir nos arrebataría ese don, nos arrebataría el placer que da Loviatar a los mortales. La muerte es un castigo, novicia, jamás una liberación — aquel ronroneo en mi oído me excitó, me mordió el lóbulo hasta hacerme sangrar.
Me recuerdo primero rígida, incapaz de reaccionar o responder, pero aquella fue la primera vez con una mujer. Me había hechizado, no podía darle explicación de otro modo, un poderoso conjuro que había envenenado mis pensamientos. Pero un hechizo tan placentero que lo abracé con delirio, con un deseo lascivo quizá impropio de una muchacha de dieciséis años. Luego vino el dolor, el imposible dolor. Y finalmente el placer.
Con la Superiora Agatha descubrí el sexo y el placer. Hasta entonces forzada, trajinada y violada por cualquiera, me sentí cobijada por sus brazos, por sus besos, por aquella placentera agonía que me brindaban sus uñas y sus látigos. Con ella aprendí a conocer mi cuerpo y el de los demás, a torturar durante horas y días sin matar, a lamer aquella sangre caliente que me salpicaba el rostro y con aquel sabor en mis labios me volvía completamente loca, perdía cualquier noción de la realidad y solo ante Agatha podía retomar el control. Era mi ancla a mi misma, mi seguro para no perderme en los recovecos más oscuros de mi alma. Recuerdo como me llamaban entre los bajos fondos más repulsivos de Puerta del Oeste. Era un vampiresa, la Vampiresa de Ojos Dorados.
Actualidad. Cordillera de los Dientecillos.
La cueva está extrañamente caliente. Quizá por la influencia del volcán cercano. Arrugo la nariz por la peste que mana del gnoll, podría oler peor. Siempre peor. Corto con el sable el hombro de la hiena, dejo que el ácido mágico se filtre por sus cuerpo, deshaga sus venas. La criatura aúlla como poseída, sé que le duele y más que lo hará si no me convencen sus gruñidos. Mis ojos refulgen de nuevo, buscan la agonía de la criatura, piden sacrificio.
—¡Ayr! ¡Para! No es necesario esto —oigo la voz de Mekhare a mis espaldas. El gnoll se retuerce espasmódico en el suelo. Ella se acerca rápido sanando la herida, el cuerpo de la criatura se calma. Pero su terror se mantiene. Me impulsa algo de mi interior, algo que creía haber superado, pero que regresa de vez en cuando. Me arrodilló junto al gnoll, sé que no me entenderá, pero necesito decirlo.
—¿Ves como te curan, gnoll? Mejor. Así podremos volver a empezar. Una y otra vez. Responde a las preguntas si eres capaz —bajo la voz a su oído. Sé que Mekhare me va a oír, Aldarion también, incluso Ender, noto sus miradas sobre mi. ¿Miedo? ¿Asco? ¿Reprobación? Lo ignoro, sé que habrá algo de ello, sé que aunque el gnoll nos mataría sin miramientos nuestra superioridad moral no debe dejar por encima de esto. Pero yo vago alrededor de la línea que separa ambas concepciones, no hay blanco ni negro, yo soy gris.
En ocasiones recuerdo la Capilla y a Agatha. Me embarga una sensación de nostalgia insana. En ocasiones recuerdo con repulsa aquellos rituales, en otras los deseo secretamente como parte de mi más lóbrego ser. En ocasiones recuerdo que una vez fui un Látigo de Loviatar.