Brokilon
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Hónrala y lucha por Amn. Patria, comercio y gloria.
Ensilló a Bravura a las puertas nortes de Crimmor. En la orilla opuesta a la ciudad de las Caravanas. Allí corría una suave brisa que recorría el río caótica y desordenadamente. Las flores se agitaban con violencia cuando eran alcanzadas por las ráfagas de viento. Los barcos circulaban por el cauce, transportando suministros y personas desde la capital hasta las ciudades asentadas en las cercanías del Lago Weng.
Tark acababa de cobrar el último encargo en Imnescar, una buena cantidad de oro que, sumado a la gratificación por sus servicios en las Fuerzas Armadas, hacían su vida y la de su familia un tanto acomodada.
Se encaminó al norte, por la carretera mordida. Pensó ( Vuelvo a casa, no tengo de que esconderme. Soy neutral en esto ) Y con ello se aseguraba efímeramente una sensación de calma y protección. Amn estaba cambiando a un ritmo vertiginoso. Problemas en el sur. Problemas en el norte. Problemas en el propio centro de la nación. De todos esos lugares. ¿Dónde queda su lealtad?
Entonces recordó lo que juró una vez. Antes de vestir el rojo y el dorado. Rojo por la sangre vertida en pos de la gloria. El dorado por las riquezas en consecuencia.
- ¿Y porqué quieres unirte a las Fuerzas Armadas, Tark Miller de Náshkel? - Preguntó la Teniente Valerie Montealto.
- Porque quiero proteger a sus gentes. A los Amnianos.
- ¿De qué quieres protegerlas?
- De los monstruos. De las bestias. De Los No muertos. Aquellos que masacraron la ciudad. Aquellos que no tendrán la oportunidad de hacerlo de nuevo.
Las horas pasaban. Bravura comenzaba a hundir sus herraduras en la nieve que cubría tímidamente la carretera de tierra y piedra que permanecía visible gracias a la sal que echaban por el tránsito. Había encontrado pocas caravanas para la época del año. Aún no se había cerrado el comercio por el temporal. Los combates aún no habían sucedido, pero la toma de posiciones de los bandos se mezclaban en el denso ambiente.
Aún así, su viaje fue tranquilo. Sorteando algunos trasgos y alimañas que solían asaltar por los riscos y pasos estrechos.
Miller no llegó a la ciudad. Giró a la siniestra poco antes de llegar a la Torre de Auril, que permanecía erguida como un faro en el mar, anunciando Náshkel como si la costa para un barco se tratase.
A lo lejos, en las murallas de la ciudad inclinada, podía divisarse movimiento. Luces tintineando en la penumbra, idas y venidas. Tark llegó a su granja, acompañada por la de sus vecinos, la Familia Grim.
En el interior se encontraban sus padres; Annie y Hans. Y también estaban Claudia y su padre.
La madre de Claudia murió hace dos inviernos. Poco después de que Tark volviese a Náshkel tras retirarse de los ejércitos Amnianos.
Que crueldad, siempre había pensado Tark, que Claudia perdiese a su madre en el frío. ¿Nunca llegó a pedirle explicaciones a su diosa?
Sin embargo, Tark nunca llegó a comprender muy bien los caminos y las enseñanzas del credo. De ninguna de las religiones, de hecho.
Todos se giraron hacia la puerta. Guardaron unos segundos de incómodo silencio al ver al guerrero.
- Hijo mío, Tark... - Annie fue la primera en hablar - ¿Qué haces aquí? Con la que está cayendo.
Tark asintió a todos al entrar, cruzando el umbral de la puerta. Las botas mojadas dibujaron una perfecta huella en la madera clara del suelo de la granja. La capa oscura desprendía a cada paso copos de nieve que parecían cobrar vida cuanto más se acercaba a la chimenea de la estancia.
La larga espada a su espalda casi rozaba el suelo en el vaivén de su andar. Pero por más que lo intentaba, siempre quedaba en un fracaso.
- Madre, padre. Claudia, señor Grim... Tenemos que marcharnos.
- ¿Qué nuevas tras del sur, Tark? - Preguntó el padre de Claudia
- Ninguna nueva, al menos, no más que las que sabréis vosotros. Náshkel ha declarado la guerra a Amn. ¿No? O algo así. Qué más dá eso ahora. - Desabrochó su capa, dejándola doblada sobre una silla. Apoyó ambas manos en el espaldero de la misma - Sea como fuere, esto se llenará de problemas pronto. Cerrarán las salidas. Os requisarán los beneficios y el alimento. Y si os oponéis os pasarán por cuchillo, los unos o los otros.
- ¿Y no nos nombrarán traidores? - Preguntó nervioso Hans -
- Traidores sois ya. Así os tildan en Amn. Tomemos la decisión que tomemos, traidores seremos para unos y leales seremos para otros. La guerra es así de ingrata, sucia y rastrera.
- ¿Y cual va a ser tu posición, soldadito? - Claudia miró a Tark -
- Yo juré defender la nación de bestias y monstruos. No tengo pensamientos de matar a sus ciudadanos. A mis vecinos. A mis amigos. La guerra también se libra al sur y allí llevaré mi espada, después de poneros a salvo.
- Yo no pienso moverme de aquí. Soy sacerdotisa del frío y la nieve. Ella me protege. Y mi deber está en su región, dónde ella es fuerte.
- Hija, no pierdas el norte. Puedes predicar la fe allá dónde vayamos.
- No padre, está decidido. Yo me quedo, en mi tierra, en mi hogar, dónde hemos enterrado a madre, y dónde el frío de Auril me da el abrazo.
Sucedieron unos minutos de disputa. Entre unos y otros. Tark intercambiaba la mirada conforme hablaban. Annie y Hans aceptaron el destino que le impuso su hijo. Confiaron en el criterio del Ex-soldado para ponerse rumbo hacia Amn.
Claudia y el señor Grim, sin embargo, decidieron quedarse en Náshkel.
¿Sería la primera consecuencia de una guerra civil? Aquellos que habían sido siempre amigos, vecinos... Separados por las armas. Por el odio. Por una razón impuesta...
- ¡No iré allá dónde gobierna una dragona!
- La política no es asunto nuestro Claudia. Nosotros solo jugamos las cartas que nos tocan.
- No me moveré.
- Yo me quedaré con ella...
Tark asintió. Aceptó la decisión de ambos.
- Madre, padre. Preparad el viaje. Partiremos mañana al alba, antes de que despunte.
" Grabado legible en Azote Dorado, el arma más temible de Tark Miller "
Ensilló a Bravura a las puertas nortes de Crimmor. En la orilla opuesta a la ciudad de las Caravanas. Allí corría una suave brisa que recorría el río caótica y desordenadamente. Las flores se agitaban con violencia cuando eran alcanzadas por las ráfagas de viento. Los barcos circulaban por el cauce, transportando suministros y personas desde la capital hasta las ciudades asentadas en las cercanías del Lago Weng.
Tark acababa de cobrar el último encargo en Imnescar, una buena cantidad de oro que, sumado a la gratificación por sus servicios en las Fuerzas Armadas, hacían su vida y la de su familia un tanto acomodada.
Se encaminó al norte, por la carretera mordida. Pensó ( Vuelvo a casa, no tengo de que esconderme. Soy neutral en esto ) Y con ello se aseguraba efímeramente una sensación de calma y protección. Amn estaba cambiando a un ritmo vertiginoso. Problemas en el sur. Problemas en el norte. Problemas en el propio centro de la nación. De todos esos lugares. ¿Dónde queda su lealtad?
Entonces recordó lo que juró una vez. Antes de vestir el rojo y el dorado. Rojo por la sangre vertida en pos de la gloria. El dorado por las riquezas en consecuencia.
- ¿Y porqué quieres unirte a las Fuerzas Armadas, Tark Miller de Náshkel? - Preguntó la Teniente Valerie Montealto.
- Porque quiero proteger a sus gentes. A los Amnianos.
- ¿De qué quieres protegerlas?
- De los monstruos. De las bestias. De Los No muertos. Aquellos que masacraron la ciudad. Aquellos que no tendrán la oportunidad de hacerlo de nuevo.
Las horas pasaban. Bravura comenzaba a hundir sus herraduras en la nieve que cubría tímidamente la carretera de tierra y piedra que permanecía visible gracias a la sal que echaban por el tránsito. Había encontrado pocas caravanas para la época del año. Aún no se había cerrado el comercio por el temporal. Los combates aún no habían sucedido, pero la toma de posiciones de los bandos se mezclaban en el denso ambiente.
Aún así, su viaje fue tranquilo. Sorteando algunos trasgos y alimañas que solían asaltar por los riscos y pasos estrechos.
Miller no llegó a la ciudad. Giró a la siniestra poco antes de llegar a la Torre de Auril, que permanecía erguida como un faro en el mar, anunciando Náshkel como si la costa para un barco se tratase.
A lo lejos, en las murallas de la ciudad inclinada, podía divisarse movimiento. Luces tintineando en la penumbra, idas y venidas. Tark llegó a su granja, acompañada por la de sus vecinos, la Familia Grim.
En el interior se encontraban sus padres; Annie y Hans. Y también estaban Claudia y su padre.
La madre de Claudia murió hace dos inviernos. Poco después de que Tark volviese a Náshkel tras retirarse de los ejércitos Amnianos.
Que crueldad, siempre había pensado Tark, que Claudia perdiese a su madre en el frío. ¿Nunca llegó a pedirle explicaciones a su diosa?
Sin embargo, Tark nunca llegó a comprender muy bien los caminos y las enseñanzas del credo. De ninguna de las religiones, de hecho.
Todos se giraron hacia la puerta. Guardaron unos segundos de incómodo silencio al ver al guerrero.
- Hijo mío, Tark... - Annie fue la primera en hablar - ¿Qué haces aquí? Con la que está cayendo.
Tark asintió a todos al entrar, cruzando el umbral de la puerta. Las botas mojadas dibujaron una perfecta huella en la madera clara del suelo de la granja. La capa oscura desprendía a cada paso copos de nieve que parecían cobrar vida cuanto más se acercaba a la chimenea de la estancia.
La larga espada a su espalda casi rozaba el suelo en el vaivén de su andar. Pero por más que lo intentaba, siempre quedaba en un fracaso.
- Madre, padre. Claudia, señor Grim... Tenemos que marcharnos.
- ¿Qué nuevas tras del sur, Tark? - Preguntó el padre de Claudia
- Ninguna nueva, al menos, no más que las que sabréis vosotros. Náshkel ha declarado la guerra a Amn. ¿No? O algo así. Qué más dá eso ahora. - Desabrochó su capa, dejándola doblada sobre una silla. Apoyó ambas manos en el espaldero de la misma - Sea como fuere, esto se llenará de problemas pronto. Cerrarán las salidas. Os requisarán los beneficios y el alimento. Y si os oponéis os pasarán por cuchillo, los unos o los otros.
- ¿Y no nos nombrarán traidores? - Preguntó nervioso Hans -
- Traidores sois ya. Así os tildan en Amn. Tomemos la decisión que tomemos, traidores seremos para unos y leales seremos para otros. La guerra es así de ingrata, sucia y rastrera.
- ¿Y cual va a ser tu posición, soldadito? - Claudia miró a Tark -
- Yo juré defender la nación de bestias y monstruos. No tengo pensamientos de matar a sus ciudadanos. A mis vecinos. A mis amigos. La guerra también se libra al sur y allí llevaré mi espada, después de poneros a salvo.
- Yo no pienso moverme de aquí. Soy sacerdotisa del frío y la nieve. Ella me protege. Y mi deber está en su región, dónde ella es fuerte.
- Hija, no pierdas el norte. Puedes predicar la fe allá dónde vayamos.
- No padre, está decidido. Yo me quedo, en mi tierra, en mi hogar, dónde hemos enterrado a madre, y dónde el frío de Auril me da el abrazo.
Sucedieron unos minutos de disputa. Entre unos y otros. Tark intercambiaba la mirada conforme hablaban. Annie y Hans aceptaron el destino que le impuso su hijo. Confiaron en el criterio del Ex-soldado para ponerse rumbo hacia Amn.
Claudia y el señor Grim, sin embargo, decidieron quedarse en Náshkel.
¿Sería la primera consecuencia de una guerra civil? Aquellos que habían sido siempre amigos, vecinos... Separados por las armas. Por el odio. Por una razón impuesta...
- ¡No iré allá dónde gobierna una dragona!
- La política no es asunto nuestro Claudia. Nosotros solo jugamos las cartas que nos tocan.
- No me moveré.
- Yo me quedaré con ella...
Tark asintió. Aceptó la decisión de ambos.
- Madre, padre. Preparad el viaje. Partiremos mañana al alba, antes de que despunte.