Veshyk
Aventurero novato y vago
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El tiempo pasó sin dejar rastro de Kraven Valdrow.
No hubo cartas, rumores ni noticias que permitieran seguir su paradero. Su nombre fue desapareciendo de las conversaciones y aquellos que alguna vez compartieron camino con él terminaron por aceptar que quizá nunca volverían a verlo. No había sido una despedida, tampoco una decisión cuidadosamente trazada. Simplemente hubo un momento en el que seguir adelante dejó de ser una opción.
Las heridas habían sido profundas. No solo en la carne, también en el orgullo. Kraven había descubierto de la peor manera que la fuerza no siempre bastaba, que sus habilidades tenían límites y que su naturaleza, por temible que fuese, no lo hacía invulnerable. Necesitaba mucho más.
Así comenzó un largo periodo de aislamiento, lejos de las ciudades, de los antiguos compañeros y de cualquier obligación que no fuese consigo mismo. Dedicó sus días a fortalecer el cuerpo, perfeccionar sus habilidades y someter su voluntad a pruebas que pocos habrían soportado. Aprendió a escuchar el silencio de los bosques, a reconocer el movimiento de una presa antes incluso de verla y a confiar en sus instintos sin permitir que estos gobernasen cada uno de sus actos.
Pero aquel retiro no fue únicamente un ejercicio de supervivencia. Bajo la mirada del Señor de las Bestias, Kraven encontró una oportunidad para profundizar en aquello que siempre había llevado dentro. Su devoción por Malar permaneció intacta, aunque ahora comprendía mejor el significado de la caza, del dominio y de la lucha por imponerse en un mundo donde solo los más capaces conseguían prosperar.
Los meses transcurrieron.
Hasta que, finalmente, sus pasos lo condujeron de vuelta a los bosques de Wéldath.
Aquel lugar había sido siempre su coto de caza, un territorio que él y Liam habían reclamado para sí como hijos de Malar. No existían fronteras reconocidas ni títulos que respaldasen aquella posesión. Bastaba con que ambos hermanos lo considerasen suyo. Allí habían cazado, combatido y dejado claro que cualquier intruso debía estar dispuesto a pagar el precio de adentrarse en sus dominios.
Kraven apenas había tenido tiempo de reconocer los viejos senderos cuando un estruendoso aullido quebró la quietud del bosque.
Rápidamente reconoció aquel llamado. Su hermano requería a los suyos.
Pero no era un simple llamado. Había algo más en aquel aullido, una furia desatada, un frenesí que reclamaba sangre y anunciaba que algo había perturbado el equilibrio de aquellos bosques. Kraven no necesitó pensarlo. Tampoco necesitó preguntarse si debía acudir.
Su hermano lo reclamaba. Y el cazador respondió.
Su cuerpo comenzó a transformarse antes de que sus pies abandonasen el sendero. Los músculos se contrajeron, la espalda se arqueó y los huesos crujieron bajo una metamorfosis que habría resultado insoportable para cualquier hombre corriente. La carne cedió ante el avance de la bestia, las manos se deformaron en poderosas garras y sus mandíbulas se ensancharon mientras un gruñido profundo escapaba de su garganta.
Sin embargo, no había descontrol en sus movimientos. La transformación fue rápida, fluida, casi natural. Su voluntad y su instinto parecían avanzar al unísono, sin que uno tuviese que someter por completo al otro.
Donde antes había un hombre, ahora se alzaba un inmenso licántropo de pelaje azabache.
Las ramas cedían a su paso, la tierra temblaba bajo sus zancadas y los árboles se convertían en sombras fugaces mientras atravesaba el bosque a una velocidad aterradora. No necesitaba seguir un rastro durante demasiado tiempo. El olor de la sangre, el estruendo del combate y los ecos de aquella furia lo conducían directamente hacia su destino.
Cuando alcanzó el lugar, la noche había tomado por completo los bosques. La luna iluminaba una escena de destrucción. La corrupción se había abierto paso entre la espesura, contaminando aquello que debía permanecer intacto. Criaturas salvajes, retorcidas por aquella influencia, se abalanzaban contra todo cuanto encontraban, mientras los guardianes del bosque trataban de contener una embestida que amenazaba con quebrar su equilibrio.
En medio de aquel caos estaba Liam, no como guardián de los bosques sino como el depredador que protegía el coto de caza que él junto a su hermano impusieron de forma brutal. No buscaba el equilibrio natural sino acabar con todo aquello que perturbara y masacrara las tan preciadas presas dignas que ambos perseguían.
Liam, alzado como un gran licántropo de pelaje albino combatía con una ferocidad desmedida, entregado por completo al frenesí de la batalla. Kraven no se detuvo a presentarse ni a reclamar su lugar. No había palabras necesarias entre ambos.
Alzó la cabeza y un aullido atronador brotó de su pecho, atravesando la noche y respondiendo al de Liam.
Los dos licántropos se lanzaron contra la corrupción como una fuerza de la naturaleza. Garras y colmillos abrieron camino entre aquellas criaturas, los cuerpos fueron derribados y la espesura se convirtió en un escenario de rugidos, sangre y violencia. Kraven se movía con una precisión que contrastaba con la brutalidad de sus embestidas. Esquivaba, acechaba y golpeaba donde más daño podía causar. Cada movimiento parecía calculado, cada ataque encontraba su propósito.
Los guardianes de Wéldath observaron con recelo la presencia de ambos. No eran aliados convencionales ni criaturas a las que recibieran con agrado. Sin embargo, la amenaza que se extendía por el bosque era demasiado grande como para permitirse rechazar la ayuda de dos depredadores capaces de enfrentarse a ella.
Por aquella noche, sus diferencias tendrían que esperar.
El combate no se prolongó demasiado, aunque dejó tras de sí un rastro sangriento. Para Kraven, aquella confrontación fue mucho más que una batalla. Era la primera prueba verdadera desde su largo aislamiento. Cada criatura abatida, cada embestida superada y cada herida recibida le ofrecían una respuesta a la pregunta que lo había acompañado durante tanto tiempo.
Había merecido la pena.
Su cuerpo era más fuerte. Sus movimientos, más precisos. Su voluntad, más firme. El exilio no había sido una huida inútil, sino el precio que había tenido que pagar para volver a estar a la altura de su propia naturaleza.
Pero la noche todavía no había terminado.
La sangre seguía caliente y el frenesí de los dos hermanos no se había apagado. La destrucción de aquella amenaza había despertado un apetito que difícilmente podía saciarse con unas pocas criaturas corruptas. Sus instintos reclamaban una última cacería.
Un gran asentamiento orco se alzaba en las proximidades, ajeno a lo que se aproximaba desde la espesura. Para los habitantes de aquel lugar, la noche parecía transcurrir como cualquier otra. No tuvieron tiempo de comprender qué sucedía cuando los primeros rugidos quebraron el silencio.
Kraven y Liam descendieron sobre el asentamiento como una oleada de fiereza salvaje.
No hubo negociación ni advertencia. Los dos hermanos llevaron su cacería hasta el corazón de aquel lugar, imponiendo por la fuerza aquello que consideraban suyo. Las construcciones cedieron, los gritos se mezclaron con los rugidos y la noche quedó marcada por el estruendo de una violencia que no buscaba reconocimiento ni recompensa.
Era una demostración de dominio. Una declaración de territorio. La afirmación de dos criaturas que no habían olvidado quiénes eran ni aquello que veneraban.
Cuando finalmente la noche recuperó su silencio, los dos licántropos se alejaron entre los árboles.
Wéldath volvía a conocer a sus cazadores y Kraven, aquel a quien muchos habían dado por muerto, había regresado.
No como el joven mercenario que una vez abandonó aquellas tierras. No como el hombre que había sido obligado a conocer sus propias limitaciones. Había regresado fortalecido, curtido por el aislamiento y más cercano que nunca a la bestia que habitaba en su interior.
La cacería había comenzado de nuevo.
No hubo cartas, rumores ni noticias que permitieran seguir su paradero. Su nombre fue desapareciendo de las conversaciones y aquellos que alguna vez compartieron camino con él terminaron por aceptar que quizá nunca volverían a verlo. No había sido una despedida, tampoco una decisión cuidadosamente trazada. Simplemente hubo un momento en el que seguir adelante dejó de ser una opción.
Las heridas habían sido profundas. No solo en la carne, también en el orgullo. Kraven había descubierto de la peor manera que la fuerza no siempre bastaba, que sus habilidades tenían límites y que su naturaleza, por temible que fuese, no lo hacía invulnerable. Necesitaba mucho más.
Así comenzó un largo periodo de aislamiento, lejos de las ciudades, de los antiguos compañeros y de cualquier obligación que no fuese consigo mismo. Dedicó sus días a fortalecer el cuerpo, perfeccionar sus habilidades y someter su voluntad a pruebas que pocos habrían soportado. Aprendió a escuchar el silencio de los bosques, a reconocer el movimiento de una presa antes incluso de verla y a confiar en sus instintos sin permitir que estos gobernasen cada uno de sus actos.
Pero aquel retiro no fue únicamente un ejercicio de supervivencia. Bajo la mirada del Señor de las Bestias, Kraven encontró una oportunidad para profundizar en aquello que siempre había llevado dentro. Su devoción por Malar permaneció intacta, aunque ahora comprendía mejor el significado de la caza, del dominio y de la lucha por imponerse en un mundo donde solo los más capaces conseguían prosperar.
Los meses transcurrieron.
Hasta que, finalmente, sus pasos lo condujeron de vuelta a los bosques de Wéldath.
Aquel lugar había sido siempre su coto de caza, un territorio que él y Liam habían reclamado para sí como hijos de Malar. No existían fronteras reconocidas ni títulos que respaldasen aquella posesión. Bastaba con que ambos hermanos lo considerasen suyo. Allí habían cazado, combatido y dejado claro que cualquier intruso debía estar dispuesto a pagar el precio de adentrarse en sus dominios.
Kraven apenas había tenido tiempo de reconocer los viejos senderos cuando un estruendoso aullido quebró la quietud del bosque.
Rápidamente reconoció aquel llamado. Su hermano requería a los suyos.
Pero no era un simple llamado. Había algo más en aquel aullido, una furia desatada, un frenesí que reclamaba sangre y anunciaba que algo había perturbado el equilibrio de aquellos bosques. Kraven no necesitó pensarlo. Tampoco necesitó preguntarse si debía acudir.
Su hermano lo reclamaba. Y el cazador respondió.
Su cuerpo comenzó a transformarse antes de que sus pies abandonasen el sendero. Los músculos se contrajeron, la espalda se arqueó y los huesos crujieron bajo una metamorfosis que habría resultado insoportable para cualquier hombre corriente. La carne cedió ante el avance de la bestia, las manos se deformaron en poderosas garras y sus mandíbulas se ensancharon mientras un gruñido profundo escapaba de su garganta.
Sin embargo, no había descontrol en sus movimientos. La transformación fue rápida, fluida, casi natural. Su voluntad y su instinto parecían avanzar al unísono, sin que uno tuviese que someter por completo al otro.
Donde antes había un hombre, ahora se alzaba un inmenso licántropo de pelaje azabache.
Las ramas cedían a su paso, la tierra temblaba bajo sus zancadas y los árboles se convertían en sombras fugaces mientras atravesaba el bosque a una velocidad aterradora. No necesitaba seguir un rastro durante demasiado tiempo. El olor de la sangre, el estruendo del combate y los ecos de aquella furia lo conducían directamente hacia su destino.
Cuando alcanzó el lugar, la noche había tomado por completo los bosques. La luna iluminaba una escena de destrucción. La corrupción se había abierto paso entre la espesura, contaminando aquello que debía permanecer intacto. Criaturas salvajes, retorcidas por aquella influencia, se abalanzaban contra todo cuanto encontraban, mientras los guardianes del bosque trataban de contener una embestida que amenazaba con quebrar su equilibrio.
En medio de aquel caos estaba Liam, no como guardián de los bosques sino como el depredador que protegía el coto de caza que él junto a su hermano impusieron de forma brutal. No buscaba el equilibrio natural sino acabar con todo aquello que perturbara y masacrara las tan preciadas presas dignas que ambos perseguían.
Liam, alzado como un gran licántropo de pelaje albino combatía con una ferocidad desmedida, entregado por completo al frenesí de la batalla. Kraven no se detuvo a presentarse ni a reclamar su lugar. No había palabras necesarias entre ambos.
Alzó la cabeza y un aullido atronador brotó de su pecho, atravesando la noche y respondiendo al de Liam.
Los dos licántropos se lanzaron contra la corrupción como una fuerza de la naturaleza. Garras y colmillos abrieron camino entre aquellas criaturas, los cuerpos fueron derribados y la espesura se convirtió en un escenario de rugidos, sangre y violencia. Kraven se movía con una precisión que contrastaba con la brutalidad de sus embestidas. Esquivaba, acechaba y golpeaba donde más daño podía causar. Cada movimiento parecía calculado, cada ataque encontraba su propósito.
Los guardianes de Wéldath observaron con recelo la presencia de ambos. No eran aliados convencionales ni criaturas a las que recibieran con agrado. Sin embargo, la amenaza que se extendía por el bosque era demasiado grande como para permitirse rechazar la ayuda de dos depredadores capaces de enfrentarse a ella.
Por aquella noche, sus diferencias tendrían que esperar.
El combate no se prolongó demasiado, aunque dejó tras de sí un rastro sangriento. Para Kraven, aquella confrontación fue mucho más que una batalla. Era la primera prueba verdadera desde su largo aislamiento. Cada criatura abatida, cada embestida superada y cada herida recibida le ofrecían una respuesta a la pregunta que lo había acompañado durante tanto tiempo.
Había merecido la pena.
Su cuerpo era más fuerte. Sus movimientos, más precisos. Su voluntad, más firme. El exilio no había sido una huida inútil, sino el precio que había tenido que pagar para volver a estar a la altura de su propia naturaleza.
Pero la noche todavía no había terminado.
La sangre seguía caliente y el frenesí de los dos hermanos no se había apagado. La destrucción de aquella amenaza había despertado un apetito que difícilmente podía saciarse con unas pocas criaturas corruptas. Sus instintos reclamaban una última cacería.
Un gran asentamiento orco se alzaba en las proximidades, ajeno a lo que se aproximaba desde la espesura. Para los habitantes de aquel lugar, la noche parecía transcurrir como cualquier otra. No tuvieron tiempo de comprender qué sucedía cuando los primeros rugidos quebraron el silencio.
Kraven y Liam descendieron sobre el asentamiento como una oleada de fiereza salvaje.
No hubo negociación ni advertencia. Los dos hermanos llevaron su cacería hasta el corazón de aquel lugar, imponiendo por la fuerza aquello que consideraban suyo. Las construcciones cedieron, los gritos se mezclaron con los rugidos y la noche quedó marcada por el estruendo de una violencia que no buscaba reconocimiento ni recompensa.
Era una demostración de dominio. Una declaración de territorio. La afirmación de dos criaturas que no habían olvidado quiénes eran ni aquello que veneraban.
Cuando finalmente la noche recuperó su silencio, los dos licántropos se alejaron entre los árboles.
Wéldath volvía a conocer a sus cazadores y Kraven, aquel a quien muchos habían dado por muerto, había regresado.
No como el joven mercenario que una vez abandonó aquellas tierras. No como el hombre que había sido obligado a conocer sus propias limitaciones. Había regresado fortalecido, curtido por el aislamiento y más cercano que nunca a la bestia que habitaba en su interior.
La cacería había comenzado de nuevo.
Offtopic :
Relatillo basado en una escena de la mama loba Loreliel y posteriormente una mini cacería con el señor Liam Draevar

