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Leyna

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La aprendiz de Zhay
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En las calles angostas y solemnes de Zhay, donde las torres de piedra negra se alzaban como centinelas de un poder ancestral, nació Leyna. Sus padres, Alvar y Sira, eran súbditos leales al trono rojo, humildes en origen pero ambiciosos en sueños. Desde la primera vez que vieron los ojos oscuros de su hija, supieron que su destino no sería corriente: Leyna sería un mago rojo, uno de los guardianes de la voluntad de Zhay.
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Su infancia estuvo marcada por la disciplina. Mientras otros niños corrían por los mercados, ella pasaba horas en la sala de estudio, sentada sobre cojines gastados, memorizando las complejas geometrías arcanas que servían para moldear la urdimbre. Las paredes de la casa estaban cubiertas de pergaminos y diagramas, y el aroma de la tinta se mezclaba con el incienso que quemaban para “templar el espíritu”, según decía su madre.

Leyna no se quejaba. Nunca fue de palabras abundantes, y su silencio, muchas veces confundido con timidez, era en realidad concentración: cada gesto, cada símbolo trazado con el dedo, cada respiración profunda, formaban parte de un proceso interno que solo ella comprendía. A los doce años, consiguió invocar su primer sortilegio: una pequeña esfera ígnea que bailó sobre su palma, ardiendo sin consumirla. Sus padres lloraron de orgullo, no solo por el logro, sino porque en esa chispa veían el futuro que habían anhelado para ella.

La adolescencia la llevó a un estudio más riguroso. Aprendió no solo a canalizar energía, sino a comprender la política de Zhay: la rígida jerarquía, los juramentos de lealtad, la importancia de servir sin cuestionar. Leyna aceptaba todo con serenidad; en su interior, el deseo de perfección ardía más fuerte que cualquier duda.

Cuando cumplió los dieciocho años, sus padres recibieron una carta lacrada con el sello de un alto mago. En ella se indicaba que Leyna debía partir hacia tierras lejanas: Amn, concretamente Athkatla, donde varios magos rojos operaban bajo discretas redes de influencia. Allí, debía presentarse ante el Servidor del enclave de Athkatla, no como esclava, sino como discípula; aprendiendo en el extranjero lo que solo la experiencia fuera de Zhay podía enseñar.

El día de su partida, el amanecer tiñó de rojo los muros de la ciudad, como si el propio sol la bendijera. Sus padres la despidieron con un orgullo contenido y una advertencia: “Recuerda quién eres y de dónde vienes, hija. Sirve a Zhay y Zhay te elevará”.

Leyna viajó con el silencio como escudo, observando cada puerto, cada frontera, con una calma que enmascaraba una expectación creciente. Athkatla, con su bullicio mercantil y su corrupción soterrada, sería una prueba distinta: allí la política no era tan directa como en Zhay, y la supervivencia de un aprendiz dependía tanto de la astucia como de la magia.

Pero ella no dudaba. Estaba decidida a convertirse en una maga roja más, y en su interior, la urdimbre ardía con la promesa de un destino que apenas comenzaba a desplegarse.​
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