Despuntaba el alba como si Lathander hubiese lanzado un martillo contra una firme roca y al romperse, los rayos iluminasen la linde que deja atrás los humedales de Zehoarast, dejando ver los campos de la ciudad del grano preñados de espigas en época estival. Hacía tiempo que la luz iluminaba poco las almas, pero no la de una pequeña mediana.
Moli se froto los ojos, algo incrédula al ver que la ciudad parecía más grande, había duplicado los frutos del manzano que ya pronto se cosecharían, los campos de cereal se tumbaban con el peso del grano y la vista era una algarabía de notas de color ¿acaso había llegado por fin al reino de las hadas?, negó con la cabeza, era esta una cabeza llena de ramas embarradas, un pelo sucio, como si no se hubiese bañado en decanas y unos ropajes que eran más tierra seca que ropas — ¿Ves Moli lo que ocurre por seguir las pesquisas de las Espinoseco?— Palpo algo que llevaba en uno de sus múltiples bolsillos y dejando atrás las nieblas y el tiempo inclemente nada propio del verano que parecía no afectar a Púrskul, echo a correr hacía el rio Esmel. Dejó con buen cuidado y algún truquito de ocultación sus pertenencias en un arbusto de zarzas, el asunto de como no se pinchó, es asunto de las Espinoseco. Y como la comadrona de Yondalla la trajo al mundo, se metió en el Esmel para asearse
—Moli está segura que ha solucionado el problema y eso bien vale por todo lo que he pasado— ¿Recuerdas Huhg—hablándole a su sapo— cuando apareció aquella bestia fangosa? Y aunque Moli estaba segura que encontraría a la Saga causante de todo el entuerto del Gorgojo, Saga, saga, no encontró, pero sí mantuvo una interesante charla con un duende rojo. Pero lo tenemos Huhg, lo tenemos—. Con un rápido vistazo al arbusto, terminó de limpiarse y quitarse toda la mugre y salió a secarse al sol. Si algún labriego la vio, nada dijo, claro que no era fácil decirle algo a Moli cuando estaba en el agua; debía ser otra de esas cosas de los Espinoseco.
Tardo un tiempo en recoger espigas de trigo y hacerse su característico moño con todas las ramitas danzando sobre su cabeza y algunas flores de amapola. Cambió su muda por una con los colores adecuados a la estación y recogió todas sus cosas, sacando una de ellas y custodiándola como una reliquia de la propia Sheela . Antes de adentrarse en la ciudad, se acercó al altar de Chauntea dejando una pequeña ofrenda y reanudó su camino hacía la ciudad, enseñando, ahora sí, con el mentón alzado y el pecho inflado un artilugio de fabricación casera y diciendo a voz en grito:
—Lo tengo, tengo al Rey de los gorgojos, ¿véis? Moli sabía, y mirad los campos, Moli lo ha capturado.
Los ciudadanos, labriegos y trabajadores la miraban como si estuviese loca, quizá no iban muy desencaminados, y un par de trabajadores de la Gáldrim susurraron a su paso —Verás tu cuando se entere de todo lo ocurrido y ellos se enteren de lo que cuenta, casi te diría de echar la escalera hacía las ventanas por alparcear algo. —Deja, deja — comentó el segundo hombre —que lo mismo nos hace algo, se dice que tiene sus trucos.
Y al trote, con el moño ya deshecho tan solo en el breve transcurso Moli volvió a la ciudad. Qué hizo, que vio y aprendió, se quedaran en el legado de las Espinoseco para siempre.