Silver
Discípulo comegemas
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El salón estaba iluminado por el poco fuego que quedaba en la chimenea, haciendo de la estancia un lugar acogedor ya bien entrada la noche. Liliane se recogió un mechón de su cabello azulado tras la oreja y luego tomó un plato para apilarlo con los otros dos que quedaban, terminando por hacer una pequeña pila con todos ellos.
—Ayúdame con esto —le pidió a su hijo Gabriel, el pequeño de diez años, que se había quedado rondando por el salón tras la cena.
Gabriel tomó la cubertería utilizada que quedaba y acompañó a su madre hasta la cocina. La mujer emitió un ligero suspiro y luego se preguntó dónde estaba su hija, que no había venido a ayudar.
Una vez acabada la tarea de recoger y poner algo de orden, la mestiza tomó la mano de su hijo y lo llevó hasta el centro del salón, sentándose ambos frente a la chimenea.
—¿Voy a buscarla? —preguntó Gabriel.
Liliane levantó un poco la mano y negó con la cabeza, para tomar aire luego.
—¡Máxima! —exclamó el nombre de su hija mayor— ¡¿Es que no vas a bajar?!
—¡No! —se escuchó la voz de Máxima a través del pasillo y por la escalera que subía al piso superior.
El hermano menor se llevó ambos índices a cada uno de los oídos, tapándolos con perfecta precisión, como la de alguien experimentado en esas situaciones.
—¡¿Cómo que no?! ¡Baja inmediatamente!
Los pasos de Máxima resonaron por el suelo de madera hasta que decidió asomar la cabeza.
—¿Para qué? —preguntó mirando a su hermano y a su madre.
—¡Para hacer lo de cada final de dekhana!
La muchacha bajó pesadamente por las escaleras, algo cabizbaja, y terminó por sentarse entre su hermano y su madre. Con su hermana allí, Gabriel retiró los índices para poder volver a escuchar con normalidad.
—Qué bien —dijo contento—, a ver qué nos depara la historia de hoy.
Máxima bufó hacia arriba para retirarse un mechón de la frente y luego apoyó su cabeza en el puño derecho, entornando los ojos al final.
Liliane, por su parte, se aclaró la garganta y luego levantó la palma de la mano para atraer la atención de sus hijos.
—Me gusta que te lo preguntes, Gabriel, porque hoy os quiero contar una historia magnífica de las que viví antes de estar aquí con vosotros, antes de que ni siquiera existierais. Antes de…
—Madre… —cortó Máxima.
—Está bien —asintió Liliane antes de sonreír un poco—, veamos… Contaré la historia del Dragón Negro que habitaba en las profundidades.
—¡Bien! —exclamó Gabriel a la vez que hacía varias palmas insonoras.
—¿Otra vez? —preguntó su hermana mientras fruncía el ceño.
—No recuerdo haberla explicado, cariño —dijo Liliane a modo de respuesta, y se llevó una mano al mentón algo pensativa.
Máxima entornó los ojos y volvió a apoyar su cabeza en el puño, no queriendo entorpecer más a su madre. La mujer se levantó a tomar un poco de agua y luego volvió para sentarse otra vez, cogiendo algo de aire antes de empezar con la narración.
—Era una fría noche, tan fría que el calor de una hoguera casi ni se podía notar. Acampamos apartados de la entrada de una gruta, una gruta que se iba tan hacia el centro de la tierra que desde fuera era imposible discernir algo más que un gran agujero negro. Allí estábamos todos los de siempre: mi media naranja, nuestra mayor y malhumorada amiga con su puro en la boca, el exótico pelirrojo de lengua afilada, y cómo no, su mejor amiga la elfa fuertota —gesticuló con sus manos, dando forma imaginaria a los compañeros—. Nos abrimos paso por la gruta plagada de trampas y enemigos, ¡la malhumorada cortaba sin pensarlo dos veces!, el pelirrojo se movía entre las sombras como si el viento lo llevara para asestar golpes precisos, mi media naranja manejaba la lanza con soltura no dejando ni que se nos acercaran, y la elfa… la elfa tenía un secreto…
—¿Cuál? ¿Cuál? —preguntó Gabriel con expectación.
Liliane irguió un poco su espalda y levantó ambos brazos, flexionando los dedos de las manos varias veces como si fueran garras. Su hijo rompió a reír mientras que su hermana mayor suspiró con pesar.
—¿Y tú, mamá? ¿Qué hacías? —volvió a preguntar el menor.
—¿Yo? —se señaló a si misma la madre— Me encanta que lo preguntes… porque yo era una más en una magnifica aventura. Con el símbolo de nuestra querida Dama de la Fortuna en mi mano, ayudaba a guiar y daba valor al resto. Estábamos tan unidos que nada podía con nosotros. ¿Jugarlo a cara o cruz? ¿Qué importaba? Con la fe de Tymora nada teníamos que temer. —Lilinae se aclaró la garganta— Seguimos para llegar al cubil de la criatura cuando…
—Cuando llegasteis a verla —cortó Máxima a su madre—, con sus fauces enormes y esperando un buen combate contra vosotros, intentando por todos los medios que no pudierais vencerla.
—Máxima, ¿qué…?
—Que como dije, madre, esta historia ya la habéis explicado. Y os llevasteis una buena paliza, pero el valor os salvó y pudisteis clavar un filo en el corazón del malvado ser y obtener cientos de tesoros, habiendo tenido una gran aventura… ¡y fin!
Liliane se quedó perpleja mirando fijamente a su hija.
—Yo… —le costó articular palabra.
—¿Me puedo marchar ya? —preguntó su hija con su poca paciencia agotada.
Gabriel miró a su hermana y por consiguiente a su madre, pero prefirió no hacer ningún comentario. Liliane por su parte, tomó aire y luego lo echó lentamente por la nariz a la vez que miraba a sus hijos.
—Sí, Máxima, puedes marcharte. Podéis marcharos —dijo al final—. No… no hay problema. Buenas noches, hija.
Máxima se levantó de manera rápida, aunque no sin antes desearle también buenas noches a su madre y hermano. El pequeño la siguió con la mirada, pero acabó por posar la vista en Liliane.
—Qué lástima, mamá, a mí me gustaba la historia.
—Claro que sí, cariño. Pero no te preocupes, estas cosas pasan. Todas las mujeres de nuestra familia tenemos mucho carácter… y tu hermana no iba a ser menos —dedicó una hermosa y cálida sonrisa al pequeño antes de darle un beso en la frente—. Anda, ve a dormir. Que descanses.
—Buenas noches, mamá. ¡Y gracias!
Gabriel se puso de pie con un saltito y marchó raudo escaleras arriba.
La tymorana se quedó mirando al infinito, tanto que la vista se le nubló. Le vinieron recuerdos muy profundos de sus aventuras, todos rotos por los comentarios de su hija. Sabía que Máxima tenía razón, y que las historias para contarle a sus hijos se le habían acabado después de tanto tiempo, pues para empezar nunca habían sido muchas. Su aventura había terminado casi después de empezar. Su familia ya le había hablado de ello, del «círculo vicioso» al que todos se veían sometidos por su sangre adicta a las aventuras, al descubrimiento de las cosas sin cartografiar, al fervor sentido en la piel cuando un enemigo acechaba… un sinfín de cosas de las que podían alejarse durante un tiempo, pero que tarde o temprano les reclamarían. Era una cuestión de fé.
Liliane echó un vistazo por la ventana más cercana y pudo ver que caían copos de nieve, débiles y tenues, tanto que no llegarían a cuajar. Tomó una capa del perchero que había al lado de la puerta principal y se cubrió con ella, saliendo hacia fuera sin ningún tipo de miedo por el típico temporal de Argluna en pleno invierno. Sus pasos la llevaron hasta el lago que tenían cerca, y allí se quedó plantada frente a él. Miró su reflejo a la vez que los copos caían sobre el agua y hacían temblar muy levemente el agua. No se reconocía. Se maldijo a sí misma y se preguntó qué era lo que le había pasado. Sentía un amor loco por sus hijos, no se le pasaba por la cabeza abandonarlos; pero sentía que su sangre le ardía, conocía cómo era una llama por dentro. Apretó los dientes y un par de lágrimas el cayeron por el rostro, de impotencia, de no saber qué hacer, de su voluntad dividida.
—¿Una noche dura? —le sorprendió la voz de su tío.
La mestiza se secó las lágrimas con el dedo índice y luego se aclaró la garganta, antes de darse la vuelta.
—Algo así, tío Manfred —le dedicó una gran sonrisa al hermano de su madre.
El clérigo humano sostenía una pipa en su mano y no tardó en llevarla a los labios para dar una ligera calada.
—¿Quieres hablar? —preguntó antes de echar el humo— Pasaba por aquí y me sorprendió verte. Es tarde, lo sé, pero cualquiera se va a dormir con tu tía… ya sabes… —sonrió levemente al intentar hacer una broma.
—Es… —Liliane negó con la cabeza— es que todo se me está haciendo algo cuesta arriba.
—Es la llamada.
—¿La llamada?
—Sí —asintió Manfred levemente—, nos pasa a todos. Lo llevamos en la sangre, sobrina mía, el problema es querer luchar contra ello.
—Pero, ¿qué hay de mis hijos?
—¿Qué problema hay con tus hijos? Son fuertes e inteligentes, además, aquí estamos todos. ¿Crees que les va a faltar de algo?
—Su padre ya se marchó, tengo miedo de que se sientan abandonados si yo lo hago.
El tío levantó la mano para gesticular un «no» con el dedo mientras sostenía la pipa con la otra.
—¿Recuerdas cuando eras pequeña? Yo te metí todas esas ideas de las aventuras en la cabeza. Yo te ordene novicia de Tymora. Tu madre todos los días me echaba la culpa por tu marcha, pero eso no era más que pura hipocresía.
—¿Qué quieres decir?
—Pues que ella hizo lo mismo. Y cuando tú te marchaste, ella también volvió a irse, pero nunca lo supiste. Mira, Liliane, la cosa es así, no podemos estar quietos y no vamos a poder estarlo nunca. Hay familias que tienen otras cosas y la nuestra tiene esto. La nuestra está ligada a una fé que nos incita a movernos, a vivir en el camino. Es así.
La mujer cerró los ojos para ayudarse con la reflexión de esas palabras. Su tío esperó paciente, fumando con toda la calma del mundo.
—Viaja y tráeles nuevas aventuras a tus hijos, sobrina mía. Tus propias aventuras y no las de otros que repitas hasta que sean propias. Eso te irá bien a ti, eso les irá bien a ellos, y eso le irá bien a toda nuestra familia: a toda nuestra sangre. Deja a tu hija mayor al cargo de la casa, eso a ella le encantará porque por fin podrá sentirse una persona responsable; y para cualquier problema nos tendrá a todos nosotros cerca, como siempre ha sido.
Liliane abrió los ojos y luego se giró hacia el lago. Esta vez la nieve ya no caía y pudo ver su reflejo. Sacó una moneda de Tymora de su bolsillo y la miró, para luego observar de nuevo su yo en el agua. Y ahora sí, ahora sí se veía a ella, ya tenía claro que debía hacer.
—Ayúdame con esto —le pidió a su hijo Gabriel, el pequeño de diez años, que se había quedado rondando por el salón tras la cena.
Gabriel tomó la cubertería utilizada que quedaba y acompañó a su madre hasta la cocina. La mujer emitió un ligero suspiro y luego se preguntó dónde estaba su hija, que no había venido a ayudar.
Una vez acabada la tarea de recoger y poner algo de orden, la mestiza tomó la mano de su hijo y lo llevó hasta el centro del salón, sentándose ambos frente a la chimenea.
—¿Voy a buscarla? —preguntó Gabriel.
Liliane levantó un poco la mano y negó con la cabeza, para tomar aire luego.
—¡Máxima! —exclamó el nombre de su hija mayor— ¡¿Es que no vas a bajar?!
—¡No! —se escuchó la voz de Máxima a través del pasillo y por la escalera que subía al piso superior.
El hermano menor se llevó ambos índices a cada uno de los oídos, tapándolos con perfecta precisión, como la de alguien experimentado en esas situaciones.
—¡¿Cómo que no?! ¡Baja inmediatamente!
Los pasos de Máxima resonaron por el suelo de madera hasta que decidió asomar la cabeza.
—¿Para qué? —preguntó mirando a su hermano y a su madre.
—¡Para hacer lo de cada final de dekhana!
La muchacha bajó pesadamente por las escaleras, algo cabizbaja, y terminó por sentarse entre su hermano y su madre. Con su hermana allí, Gabriel retiró los índices para poder volver a escuchar con normalidad.
—Qué bien —dijo contento—, a ver qué nos depara la historia de hoy.
Máxima bufó hacia arriba para retirarse un mechón de la frente y luego apoyó su cabeza en el puño derecho, entornando los ojos al final.
Liliane, por su parte, se aclaró la garganta y luego levantó la palma de la mano para atraer la atención de sus hijos.
—Me gusta que te lo preguntes, Gabriel, porque hoy os quiero contar una historia magnífica de las que viví antes de estar aquí con vosotros, antes de que ni siquiera existierais. Antes de…
—Madre… —cortó Máxima.
—Está bien —asintió Liliane antes de sonreír un poco—, veamos… Contaré la historia del Dragón Negro que habitaba en las profundidades.
—¡Bien! —exclamó Gabriel a la vez que hacía varias palmas insonoras.
—¿Otra vez? —preguntó su hermana mientras fruncía el ceño.
—No recuerdo haberla explicado, cariño —dijo Liliane a modo de respuesta, y se llevó una mano al mentón algo pensativa.
Máxima entornó los ojos y volvió a apoyar su cabeza en el puño, no queriendo entorpecer más a su madre. La mujer se levantó a tomar un poco de agua y luego volvió para sentarse otra vez, cogiendo algo de aire antes de empezar con la narración.
—Era una fría noche, tan fría que el calor de una hoguera casi ni se podía notar. Acampamos apartados de la entrada de una gruta, una gruta que se iba tan hacia el centro de la tierra que desde fuera era imposible discernir algo más que un gran agujero negro. Allí estábamos todos los de siempre: mi media naranja, nuestra mayor y malhumorada amiga con su puro en la boca, el exótico pelirrojo de lengua afilada, y cómo no, su mejor amiga la elfa fuertota —gesticuló con sus manos, dando forma imaginaria a los compañeros—. Nos abrimos paso por la gruta plagada de trampas y enemigos, ¡la malhumorada cortaba sin pensarlo dos veces!, el pelirrojo se movía entre las sombras como si el viento lo llevara para asestar golpes precisos, mi media naranja manejaba la lanza con soltura no dejando ni que se nos acercaran, y la elfa… la elfa tenía un secreto…
—¿Cuál? ¿Cuál? —preguntó Gabriel con expectación.
Liliane irguió un poco su espalda y levantó ambos brazos, flexionando los dedos de las manos varias veces como si fueran garras. Su hijo rompió a reír mientras que su hermana mayor suspiró con pesar.
—¿Y tú, mamá? ¿Qué hacías? —volvió a preguntar el menor.
—¿Yo? —se señaló a si misma la madre— Me encanta que lo preguntes… porque yo era una más en una magnifica aventura. Con el símbolo de nuestra querida Dama de la Fortuna en mi mano, ayudaba a guiar y daba valor al resto. Estábamos tan unidos que nada podía con nosotros. ¿Jugarlo a cara o cruz? ¿Qué importaba? Con la fe de Tymora nada teníamos que temer. —Lilinae se aclaró la garganta— Seguimos para llegar al cubil de la criatura cuando…
—Cuando llegasteis a verla —cortó Máxima a su madre—, con sus fauces enormes y esperando un buen combate contra vosotros, intentando por todos los medios que no pudierais vencerla.
—Máxima, ¿qué…?
—Que como dije, madre, esta historia ya la habéis explicado. Y os llevasteis una buena paliza, pero el valor os salvó y pudisteis clavar un filo en el corazón del malvado ser y obtener cientos de tesoros, habiendo tenido una gran aventura… ¡y fin!
Liliane se quedó perpleja mirando fijamente a su hija.
—Yo… —le costó articular palabra.
—¿Me puedo marchar ya? —preguntó su hija con su poca paciencia agotada.
Gabriel miró a su hermana y por consiguiente a su madre, pero prefirió no hacer ningún comentario. Liliane por su parte, tomó aire y luego lo echó lentamente por la nariz a la vez que miraba a sus hijos.
—Sí, Máxima, puedes marcharte. Podéis marcharos —dijo al final—. No… no hay problema. Buenas noches, hija.
Máxima se levantó de manera rápida, aunque no sin antes desearle también buenas noches a su madre y hermano. El pequeño la siguió con la mirada, pero acabó por posar la vista en Liliane.
—Qué lástima, mamá, a mí me gustaba la historia.
—Claro que sí, cariño. Pero no te preocupes, estas cosas pasan. Todas las mujeres de nuestra familia tenemos mucho carácter… y tu hermana no iba a ser menos —dedicó una hermosa y cálida sonrisa al pequeño antes de darle un beso en la frente—. Anda, ve a dormir. Que descanses.
—Buenas noches, mamá. ¡Y gracias!
Gabriel se puso de pie con un saltito y marchó raudo escaleras arriba.
La tymorana se quedó mirando al infinito, tanto que la vista se le nubló. Le vinieron recuerdos muy profundos de sus aventuras, todos rotos por los comentarios de su hija. Sabía que Máxima tenía razón, y que las historias para contarle a sus hijos se le habían acabado después de tanto tiempo, pues para empezar nunca habían sido muchas. Su aventura había terminado casi después de empezar. Su familia ya le había hablado de ello, del «círculo vicioso» al que todos se veían sometidos por su sangre adicta a las aventuras, al descubrimiento de las cosas sin cartografiar, al fervor sentido en la piel cuando un enemigo acechaba… un sinfín de cosas de las que podían alejarse durante un tiempo, pero que tarde o temprano les reclamarían. Era una cuestión de fé.
Liliane echó un vistazo por la ventana más cercana y pudo ver que caían copos de nieve, débiles y tenues, tanto que no llegarían a cuajar. Tomó una capa del perchero que había al lado de la puerta principal y se cubrió con ella, saliendo hacia fuera sin ningún tipo de miedo por el típico temporal de Argluna en pleno invierno. Sus pasos la llevaron hasta el lago que tenían cerca, y allí se quedó plantada frente a él. Miró su reflejo a la vez que los copos caían sobre el agua y hacían temblar muy levemente el agua. No se reconocía. Se maldijo a sí misma y se preguntó qué era lo que le había pasado. Sentía un amor loco por sus hijos, no se le pasaba por la cabeza abandonarlos; pero sentía que su sangre le ardía, conocía cómo era una llama por dentro. Apretó los dientes y un par de lágrimas el cayeron por el rostro, de impotencia, de no saber qué hacer, de su voluntad dividida.
—¿Una noche dura? —le sorprendió la voz de su tío.
La mestiza se secó las lágrimas con el dedo índice y luego se aclaró la garganta, antes de darse la vuelta.
—Algo así, tío Manfred —le dedicó una gran sonrisa al hermano de su madre.
El clérigo humano sostenía una pipa en su mano y no tardó en llevarla a los labios para dar una ligera calada.
—¿Quieres hablar? —preguntó antes de echar el humo— Pasaba por aquí y me sorprendió verte. Es tarde, lo sé, pero cualquiera se va a dormir con tu tía… ya sabes… —sonrió levemente al intentar hacer una broma.
—Es… —Liliane negó con la cabeza— es que todo se me está haciendo algo cuesta arriba.
—Es la llamada.
—¿La llamada?
—Sí —asintió Manfred levemente—, nos pasa a todos. Lo llevamos en la sangre, sobrina mía, el problema es querer luchar contra ello.
—Pero, ¿qué hay de mis hijos?
—¿Qué problema hay con tus hijos? Son fuertes e inteligentes, además, aquí estamos todos. ¿Crees que les va a faltar de algo?
—Su padre ya se marchó, tengo miedo de que se sientan abandonados si yo lo hago.
El tío levantó la mano para gesticular un «no» con el dedo mientras sostenía la pipa con la otra.
—¿Recuerdas cuando eras pequeña? Yo te metí todas esas ideas de las aventuras en la cabeza. Yo te ordene novicia de Tymora. Tu madre todos los días me echaba la culpa por tu marcha, pero eso no era más que pura hipocresía.
—¿Qué quieres decir?
—Pues que ella hizo lo mismo. Y cuando tú te marchaste, ella también volvió a irse, pero nunca lo supiste. Mira, Liliane, la cosa es así, no podemos estar quietos y no vamos a poder estarlo nunca. Hay familias que tienen otras cosas y la nuestra tiene esto. La nuestra está ligada a una fé que nos incita a movernos, a vivir en el camino. Es así.
La mujer cerró los ojos para ayudarse con la reflexión de esas palabras. Su tío esperó paciente, fumando con toda la calma del mundo.
—Viaja y tráeles nuevas aventuras a tus hijos, sobrina mía. Tus propias aventuras y no las de otros que repitas hasta que sean propias. Eso te irá bien a ti, eso les irá bien a ellos, y eso le irá bien a toda nuestra familia: a toda nuestra sangre. Deja a tu hija mayor al cargo de la casa, eso a ella le encantará porque por fin podrá sentirse una persona responsable; y para cualquier problema nos tendrá a todos nosotros cerca, como siempre ha sido.
Liliane abrió los ojos y luego se giró hacia el lago. Esta vez la nieve ya no caía y pudo ver su reflejo. Sacó una moneda de Tymora de su bolsillo y la miró, para luego observar de nuevo su yo en el agua. Y ahora sí, ahora sí se veía a ella, ya tenía claro que debía hacer.