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Lina "Grillo" Ratalbina. Evangelio de las Sobras

Madao-san

Copa de Champán de Trauson
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I. Las sobras de Athkatla

Lina nació en Athkatla, en un cuartucho del Distrito del Puerto, lindando con los barrios bajos poco después de que su padre muriera en la más tonta de las batallas. Tres asaltantes le salieron al paso en el camino, y con la mujer a punto de dar a luz esperándolo en el hogar decidió defenderse. Cualquier carretero con dos dedos de frente habría soltado la carga y arreado a casa con el pellejo intacto. Él plantó cara por una carreta de grano. Ganó la pelea y llegó a Athkatla con la herida abierta y la carreta intacta. Al escuchar lo que cobraba el sanador decidió que podía aguantar hasta vender la carga en Crimmor.

No aguantó. Murió dos días después, en un ribazo del camino del río, con el Alandor de testigo y un cargamento que ya no importaba a nadie. Nadie reclamó la carreta y nadie reclamó el cuerpo hasta tres días después. Hay quien diría que fue un valiente con mala suerte. Lina tardaría años en encontrar sus propias palabras para describir lo que fue.

Su madre, una lavandera hin de manos agrietadas, aguantó lo justo para traerla al mundo: unas fiebres se la llevaron seis días después del parto, en el mismo cuartucho, mientras la vecina que la asistía discutía en el pasillo con el casero sobre quién pagaría la deuda pendiente. A la niña la bajaron envuelta en una sábana prestada, porque la suya ya la habían vendido.

Del padre le quedó el pelo claro, decían...y, de la madre, poco más que el nombre de pila. En el registro del hospicio alguien escribió solo "hija de Lina, lavandera, Distrito del Puerto", y las hermanas, que no estaban para inventarle un nombre a cada huérfana que llegaba, la bautizaron con el mismo que ponía el papel. Lina, hija de Lina. Un nombre de segunda mano, como la sábana. De los dos juntos le quedó lo de siempre: ser lo que sobra cuando una familia se acaba antes de empezar.

Y lo que sobra en Athkatla, si tiene suerte, acaba en San Annur. Lina nunca estuvo segura de que aquello fuera suerte.


II. El hospicio

San Annur , caserón de piedra a las afueras de la ciudad, donde terminan las murallas y empiezan los llanos.
Desde las ventanas del dormitorio se veían las luces de la Luz del Alandor encendidas hasta tarde, y esa fue quizás la primera crueldad del sitio: crecer mirando de lejos un lugar donde la gente reía.

El hospicio no era cruel de la manera en que lo son los villanos de los cuentos. Era cruel con la conciencia tranquila. Demasiados niños, muy pocas hermanas para cuidarlos, y una fe ciega en que la disciplina es la única forma de convertir huérfanos en gente de provecho. Campana al alba. Filas rectas. Comer en silencio. Rezar en silencio. Dormir en silencio. El silencio como virtud suprema, impuesto a golpe de vara en los nudillos y noches sin cena; y cuando la vara no bastaba, estaba el cuarto de abajo: un sótano sin ventana donde los reincidentes pasaban la noche a oscuras, para que "aprendieran a estar quietos". Lina lo conoció más veces de las que sabe contar.

Y en un sitio donde el silencio era la ley, Lina era el delito con patas. Menuda incluso para ser hin —la más pequeña de su dormitorio, siempre, y de las que comían las últimas cuando la olla venía corta— y sin embargo imposible de no oír: canturreaba en las filas, parloteaba en la capilla, hacía preguntas en mitad de los rezos, y por las noches, desde su rincón, llegaba un murmullo constante de historias que se contaba a sí misma, risitas sin motivo. Las hermanas nunca conseguían pillarla con la boca abierta: para cuando llegaban con la vela, la niña ya dormía —o lo fingía— y el ruido cesaba de golpe, como cesa el canto de un grillo cuando te acercas demasiado.

"Grillo", la bautizó la hermana superiora una noche, entre dientes y sin cariño ninguno. Pequeña, escandalosa e imposible de encontrar. El mote corrió entre los niños, que lo usaban como se usan los motes en los sitios donde no hay mucho más que repartir: como piedra unas veces, como saludo otras. Años después sigue respondiendo a él con una sonrisa.

Aquel sitio no lo entendió jamás. No es que se rebelara por orgullo: es que genuinamente no lo entendía. ¿Por qué había que estar quieta cuando el cuerpo pedía moverse? ¿Por qué el hambre había que aguantarla en fila si había pan a tres pasos? ¿Por qué castigaban a los pequeños por hacer exactamente lo que cualquier criatura viva haría? Preguntaba, y las preguntas le costaban el sótano, y el sótano le enseñó la única lección que aprendió de verdad en San Annur: que en aquel sitio, ser pequeño era un defecto que había que corregir, y que llorar no acortaba la noche.

Fue en el sótano, precisamente, donde empezó todo. La primera noche allí abajo, con seis años, lloró hasta que se le acabaron las lágrimas. La segunda vez ya no lloró: escuchó. Había algo más respirando en la oscuridad, algo pequeño que corría junto a las paredes, y que al cabo de un rato dejó de correr y se quedó cerca, quieto, acompañando. Ningún adulto del hospicio le hizo nunca ese favor.

A partir de entonces, el sótano dejó de ser del todo un castigo. Lina empezó a guardarse migas de la cena en la manga. Media corteza, un pellizco de pan duro...lo que el despiste de los demas dejara, por si esa noche tocaba bajar.
Dejaba las sobras requisadas en el suelo junto a la pared. Se sentaba a esperar, y hablaba bajito hacia la oscuridad, contando las mismas historias que contaba en el dormitorio, solo que allí nadie venía con la vela a mandarla callar. Primero fue una rata. Luego dos. Con los meses, había noches en que la oscuridad entera parecía escucharla: pequeños roces, chillidos suaves de respuesta, algún cuerpo tibio que se atrevía a cruzarle por encima del pie descalzo. Las hermanas nunca entendieron por qué la niña más ruidosa del hospicio bajaba al cuarto de abajo sin llorar ni patalear, casi mansa. Si lo hubieran sabido, quizás habrían buscado otro castigo. Lina se cuidó mucho de que no lo supieran: fue su primer secreto, y aprendió a guardarlo como aprendió todo lo demás: a base de que fuera lo único que era suyo.

Con el tiempo, aquello se salió del sótano. Reconocía los sonidos de las paredes del dormitorio, sabía qué rincones del patio tenían madriguera, dejaba caer migas "sin querer" en las esquinas donde sabía que las recogerían. Los demás niños chillaban cuando algo correteaba por la capilla; Lina disimulaba una sonrisa. Ellos veían alimañas. Ella veía a los suyos y pasaba lista.

Años más tarde, ya adulta, seguiría sin poder acercarse a ese hospicio sin que le temblaran las manos. La oscuridad cerrada, la de verdad, todavía la devuelve a aquel sótano — por eso siempre duerme donde puede contemplar la luna. No es rencor —el rencor hay que alimentarlo, y Lina no malgasta comida— pero el pánico no pregunta antes de venir.

Durante su estancia alli se acostumbró a intentar huir. La primera vez con seis años: la encontraron escondida bajo una carreta a medio camino de los llanos, la devolvieron, y hubo sótano. Huyó a los siete, muchas veces, y la devolvieron, y hubo sótano y semanas de reclusión sin salir al patio. A los ocho años ya conocía cada acequia, cada seto y cada granero abandonado entre San Annur y las murallas de Athkatla, y dentro de ellas, las alcantarillas del Puerto mejor que los pasillos del hospicio. Allí abajo pasó hambre de la de verdad, la que hace comer cosas que no se cuentan luego. Aprendió que a una niña sola nadie le pregunta si está perdida, sino qué lleva encima. Pero también fue allí, en los rincones oscuros donde ningún adulto quería buscarla, donde confirmó lo que el sótano ya le había enseñado: que nunca estaba sola. Había ojos pequeños y brillantes que la miraban sin juzgarla. Criaturas que, como ella, vivían de lo que la ciudad tiraba, dormían donde nadie quería dormir, y corrían cuando venía la escoba.

III. El bosque

La última vez que huyó tenía once años, y esa vez no fue una aventura: fue la noche siguiente a la peor tanda de sótano de su vida: tres días, por haber "contestado mal", y Lina cruzó la ventana del dormitorio sabiendo, por primera vez, que esta vez no la devolverían. Pasó de largo las luces de La Luz del Alandor sin pararse siquiera a mirarlas, y siguió el camino del norte hasta donde el camino se acaba: el borde del Bosque de Alandor.

Cualquier niña de ciudad habría tenido miedo. Lina tuvo hambre, que es un sentimiento mucho más práctico, y algo más frío por debajo: la certeza tranquila de que prefería acabar en el estómago de un lobo antes que volver al hospicio.

Con escasa mochila se adentró entre los árboles, comiendo moras que le dieron retorcijones y raíces que a veces eran comida y a veces no, durmiendo empapada más noches de las que durmió seca, cada vez más adentro, hasta que el mundo de los muros y las campanas no fue ni siquiera un ruido en la distancia.

Pasaron dias, a saber cuantos...

Para cuando el ratón de campo la encontró, Lina llevaba dos días sin comer y uno sin levantarse del tronco caído bajo el que se había metido, más por agotamiento que por refugio. Fue él quien la encontró, y no al revés. Se le subió al zapato, y cuando Lina abrió los ojos, no se movió ninguno de los dos. Se miraron un rato largo. Y el bosque entero se giró a mirarla.

No hubo voz en el cielo ni luz dorada. Hubo algo mucho más pequeño y mucho más grande a la vez: la certeza repentina, tibia como pan recién hecho, de que alguien la veía. Que alguien llevaba viéndola desde siempre.En aquel sótano, en las alcantarillas, en cada huida y que ese alguien no le pedía filas rectas ni silencio, sino solo una cosa: cuida de lo pequeño, porque tú sabes lo que es serlo.

Lina lloró entonces todo lo que no había llorado desde los seis años. El ratón no se movió del zapato.

No sabía entonces el nombre de Sheela Peryroyl. Lo aprendería años después, de una vieja druida errante que la encontró medio salvaje, comiendo de lo que encontraba y hablando ya más con los bichos que con las personas, y que reconoció las señales y le puso palabras a lo que la niña ya vivía sin saber nombrarlo. Pero el nombre era lo de menos. Desde aquella mañana, Lina dejó de huir de los sitios y empezó a moverse como se mueven los que ella entendía: comer lo que hay cuando lo hay. Dormir ligero. Tener siempre dos salidas. No guardar más de lo que se puede cargar. Desconfiar de lo grande, cuidar de lo pequeño, y no perder el tiempo en preguntarse si el mundo es justo, porque el mundo no es justo ni injusto: "el mundo es un granero, y todos comemos de él por turnos" . Algunos, simplemente, comemos los últimos.

Y por primera vez en su vida, nadie le mandó callar. En el bosque, su parloteo constante dejó de ser un delito: hablaba con los ratones, con los pájaros, consigo misma, y el bosque respondía a su manera. El Grillo de San Annur había encontrado, por fin, un sitio donde cantar de noche era lo normal.

Quiza fruto de la casualidad, o no, un dia después se topó con Terilia, a quien llegó a considerar su mentora.
La vieja era una druida de Eldath, la Diosa Callada, y hablaba como habla el agua quieta: poco, despacio, y siempre con más fondo del que se veía a simple vista. Nunca le dio a Lina una sola orden y Lina tardó meses en dejar de esperar el golpe que en San Annur seguía tras cada error de conducta. La vieja fingía no darse cuenta de cómo la niña se encogía a veces sin motivo, y le daba frases en vez de castigos, y dejaba que las royera durante días, como quien deja un mendrugo duro a remojo.

Lina aprendió a hablar así casi sin darse cuenta. Aunque hubo un día en que lo aprendió del todo.

Fue después de acercarse un día a Gambitón. Lina había bajado a la mancomunidad con la mejor de las intenciones. El granero de la familia Sacodemaiz estaba tomado por los roedores, y ella solo quería llevarselos antes de que corriera el veneno. Pero llegó como llega siempre: sin avisar, rodeada de alimañas, hablando rápido y raro. Los hin la recibieron con azadones. Le llamaron bruja. Un chiquillo le tiró una piedra, y lo que más le dolió no fue el labio partido: fue que el chiquillo tendría los años que tenía ella cuando aprendió a esconderse de la gente, y que ya le habían enseñado a quién debia tirarle piedras. Huyó al bosque con la comitiva de ratones intacta y una confusión que le pesaba más que la herida.

La vieja la vio llegar y no preguntó. Siguió removiendo el puchero.

—No lo entiendo —dijo Lina al fin, sentándose en el suelo, con los ratones acomodándose en sus rodillas—. Les dije la verdad. Les dije: "vuestro granero tiene más ratas que grano, me llevo las que sobran". Y me tiraron piedras. ¿Por qué la verdad les agita tanto?

La vieja siguió removiendo un rato antes de contestar.

—¿Tú le has quitado alguna vez la comida a un ratón del morro?

—Claro que no. Se asusta y muerde.

—¿Y cómo haces, entonces, cuando quieres que suelte algo?

Lina se quedó pensando.

—Le dejo otra cosa más cerca. Algo mejor. Y a esperar... y lo soltará él solo.

—Pues con las verdades, igual —dijo la vieja, y probó el caldo sin prisa—. Una verdad dicha de frente es una mano que se acerca al morro. Por buena que sea la mano, el ratón ve la sombra, no la intención. —Señaló a Lina con la cuchara—. Envuélvela. Déjala cerca. Y deja que la cojan ellos solos, cuando ya no les dé miedo.

—¿Envolverla en qué?

—En algo pequeño. Una imagen. Un dicho. Algo que puedan roer a su ritmo. —La vieja se encogió de hombros—. La gente no traga verdades enteras, cría. Pero a trocitos se comen cualquier cosa.

Lina se quedó callada un rato largo, que en ella era acontecimiento. Miró a los ratones de sus rodillas, miró el fuego, se miró el labio partido reflejado en el cazo.

—El grano que se guarda solo... —empezó, despacio, probando las palabras como quien prueba una rama antes de apoyar el peso—... se pudre solo.

La vieja sonrió por primera vez en todo el día.

—¿Ves? Eso mismo se lo dices a los granjeros, y en vez de dormir tranquilos, se pasan la noche dándole vueltas. —Volvió al puchero—. El resultado es el mismo. Pero vuelves con una pedrada menos.

Desde entonces, Lina guarda sus verdades como guarda un ratón sus semillas: envueltas, escondidas en frases pequeñas, listas para dejarlas caer cerca de quien las necesita. Algunos las llaman sabiduría. Otros, cosas de loca. A ella le da igual el nombre: aprendió hace mucho que a los pequeños no se les escucha de todos modos — así que al menos, que lo que diga se quede rondando.

Fue también junto a aquel puchero donde el padre que nunca conoció encontró, por fin, su sitio. Una noche de invierno, sin venir a cuento, Lina le contó a la vieja lo poco que sabía de él: lo que una hermana le había soltado una vez, medio de mala gana. Un carretero que plantó cara a tres asaltantes por una carga de grano, con la mujer a punto de dar a luz que ganó la pelea y perdió todo lo demás.

—¿Y tú qué piensas de eso? —preguntó la vieja.

Lina se quedó mirando el fuego, quieta como un ratón que ha oído pasos.

—Que guardó el grano —dijo al fin— pero se comió la semilla.

La vieja no añadió nada. No hacía falta. La niña ya sabía envolver hasta lo que más pesaba.

Pasaron años y la vieja Terilia murió un invierno, sin aviso y sin drama, como mueren las cosas del bosque. Lina la enterró bajo el tronco caído donde el ratón la había encontrado a ella, y pasó allí sentada días enteros. No cuenta qué pensó en esos días. Solo que al tiempo se levantó, recogió sus cosas, y recordó lo último que la vieja le había dicho semanas atrás, como si ya lo supiera: "El bosque no te necesita, cría. El bosque ya se cuida solo. Donde haces falta es donde lo pequeño no tiene quien lo defienda."
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Y eso, en Amn, solo podía significar una cosa: volver a la ciudad.


IV. La vuelta a Athkatla

Volvió con dieciocho años, sola de nuevo, y Athkatla no la reconoció, aunque ella la conocía de memoria. Siete años de bosque le habían quitado lo poco que le quedaba de la niña trasto del hospicio y le habían dejado lo que es ahora: una figura pálida y menuda que camina como si la calle fuera un sendero entre árboles, y que mira la ciudad como se mira un granero demasiado lleno.

Athlatla seguía igual: demasiada gente, demasiado grano guardado, demasiadas escobas y venenos para un problema que nadie entendía. Donde los demás veían plagas, Lina veía lo mismo que había visto siempre: vecinos hambrientos en el sitio equivocado.

Empezó sin plan, como empieza todo lo suyo. Le siguieron un tabernero desesperado aquí, un almacén infestado allá. Ella entraba, hablaba poco y raro, hacía cosas que nadie entendía en sótanos y bodegas, y días después el problema simplemente ya no estaba: las ratas se habían ido, nadie sabía adónde, y nadie había tenido que matar nada. Cobraba poco, casi siempre en queso o grano, y desaparecía antes de que le dieran las gracias del todo.

Aprendió pronto que era mejor así: las dos veces que se quedó a que se las dieran, las gracias no llegaron. Llegaron preguntas, y las preguntas de la gente grande nunca acaban bien para la gente pequeña.

En la ciudad de la moneda, donde todo tiene precio, alguien que resuelve problemas casi gratis solo puede ser dos cosas: una santa o una estafadora. Y como Lina no tenía pinta de ninguna de las dos —pálida, de ojos rojizos, con abalorios de piel de rata en el pelo y una cuerda por cola— la gente eligió lo que la gente elige siempre ante lo que no entiende: dudar.

La llaman cuando la necesitan y se relajan cuando se va. Le abren por la puerta de atrás pero le niegan el saludo en la calle. Alguna vez, algún crío le ha vuelto a tirar una piedra, y Lina nunca se agacha a recogerla ni aprieta el paso: solo mira al crío un momento, con una tristeza vieja que no le pega a su cara joven, y sigue andando.

A Lina le parece un trato razonable. Los ratones tampoco esperan que les den las gracias. Esperan la escoba, y aun así vuelven cada noche. Ella también.

Solo hay un camino de los alrededores de Athkatla que no pisa jamás: el que pasa por delante de cierto caserón de piedra junto a los llanos. Cuando su labor la lleva hacia allí, hace un rodeo absurdo por los campos con tal de no ver la puerta ni oír la campana. Una vez, hace años, un viajero le comentó sin malicia que el hospicio de San Annur seguía lleno; Lina no dijo nada, pero esa noche no durmió, y al día siguiente dejó junto a la tapia del caserón, sin que nadie la viera, un saquito de moras del bosque. Nunca ha vuelto a hablar del tema. Si alguien le pregunta por el rodeo, se pasa el antebrazo por la nariz, muy rápido, y suelta cualquiera de sus frases raras:

—Toda madriguera tiene dos salidas. Aquella solo tenía una.

Y no añade nada más, aunque pregunten.


V. Los Dedos de Delosar

Fue un trabajo como cualquier otro, hasta que dejó de serlo.

El dueño de Los Dedos de Delosar —una taberna de mala muerte con un queso sorprendentemente decente, lo cual, en opinión de Lina, era razón suficiente para salvarla— llevaba semanas con la bodega tomada. Le llegó el recado con las formas de siempre: discreto, de noche, por la puerta de atrás. Y Lina fue, como va siempre, sin preguntar más de la cuenta.

El problema no fue el trabajo. El problema fue la terraza.

En una mesa apartada, los dos únicos clientes que no encajaban con Los Dedos de Delosar bebían un vino que la casa no acostumbraba a servir — se lo hacían traer, en botella propia, para no pedir lo que pedían los demás. Él vestía un chaleco de brocado que había sido caro dos modas atrás, con las costuras brillantes de tanto planchado y un botón de menos que nadie había repuesto; los anillos, eso sí, intactos: los anillos son lo último que se vende. Ella llevaba un sombrero de plumas deslucidas ladeado con estudiada elegancia, guantes de encaje zurcidos por dentro (donde los zurcidos no se ven, o eso creía ella), y ese perfume caro aplicado con demasiada generosidad, como se aplica el perfume cuando tiene que tapar que el vestido ha conocido menos lavanderas de las debidas.
Hablaban alto de gente importante, con esa familiaridad de quien ya solo conoce los nombres de lejos, y miraban a la clientela de la taberna con el desprecio minucioso de quien necesita, más que nadie, tener a alguien por debajo.

Vieron pasar a Lina, y no pudieron resistirse.

—Mirad qué criatura —dijo el hombre, alzando su jarra hacia ella—. ¿Se te murió el color en la cuna, muchacha, o es que vives bajo tierra con tus amiguitas?

La muchacha ladeó la cabeza como si escuchara un sonido que nadie más habia oído.

—Bajo tierra hay mucho sitio —contestó Lina, sin detenerse del todo.—Más del que parece desde arriba.

La mujer soltó una risa afilada.

—No sé si es tonta o si finge serlo. Con esa cara de rata y esos ojos de sangre, hasta las alimañas le tendrán lástima.

Lina se pasó el dorso de la mano por la nariz.

—Las ratas no sienten lástima —dijo Lina pensativa, como si le hubieran hecho una pregunta seria de verdad—. Sienten hambre, o no la sienten. Es más simple que lo vuestro.

—¿Que lo nuestro? —el hombre bajó la jarra.

—Vosotros sentís vergüenza. De estar ahora aquí. De haber estado en otro sitio antes. —Lina se detuvo por completo, y añadió con total naturalidad, casi con simpatía.— No pasa nada. Todos somos las sobras alguna vez. Bienvenidos.

Lina sonrió ampliamente, enseñando un poco los dientes. Los nobles venidod a menos no lo encajaron bien.

—¡A mi la Guardia! —el hombre se levantó de golpe, tirando la jarra—. ¡GUARDIAS! ¡Esta cosa nos ha insultado!

Dos guardias de la ciudad se acercaron con esa expresión de fastidio de quien ya sabe que va a tener que rellenar un parte.

—¿Qué ha pasado aquí?

—¡Nos ha llamado mendigos! —chilló la mujer del sombrero, señalando a Lina con un dedo tembloroso—. ¡Y encima trae bichos, mirad cómo corretean por el suelo!

La muchacha albina midió unos instantes sus palabras antes de responder, jugueteando con algunos amuletos que colgaban de su cuello.

—No he dicho mendigos —corrigió Lina con calma, dirigiéndose al guardia como si él fuera el único capaz de escuchar razones—. Les he llamado sobras. Es distinto. Las sobras no son un insulto. Son solo lo que queda.

—¡A los calabozos! —cortó el guardia de más rango, ya cansado de la conversación antes de empezarla.

—Espera —dijo Lina, y señaló la puerta de la taberna con toda la tranquilidad del mundo—. El dueño me conoce. Me ha llamado él. Su bodega está tomada, llevo semanas de recados. Preguntadle. Él me necesita.

El guardia se volvió hacia la puerta, donde el tabernero acababa de asomarse atraído por el escándalo. Miró a los dos nobles indignados en su terraza. Miró a los guardias. Miró a Lina de arriba abajo, con su cola de cuerda, sus ojos rojizos y los dos ratones asomando entre sus tobillos.

Y se encogió de hombros.

—No he visto a esta criatura en mi vida.

Ni siquiera le tembló la voz.

La muchacha se paró completamente inmóvil de golpe.

A Lina se le quedó una expresión extraña, no de rabia —Lina no sabe guardar rencor, no le cabe— sino de algo más viejo y más cansado que el desconcierto: el gesto de quien ya ha visto cómo le dan la espalda cuando necesita un abrazo.

—Pero... el queso —dijo, en voz baja, como si eso lo explicara todo—. Me pagaste en queso. Dos veces.

El tabernero cerró la puerta y la guardia tiró de ella.

Se dejó llevar sin resistirse, todavía con la cabeza ladeada.

El calabozo fue lo de menos — aunque la primera noche, cuando apagaron la última antorcha del pasillo y la oscuridad se cerró del todo, a Lina le volvieron de golpe los seis años y el sótano, y los carceleros oyeron algo que no era hablar bajito: era una respiración demasiado rápida, de animal pequeño acorralado. Duró hasta que llegaron ellos. Salieron de las grietas, de los desagües, de donde salen siempre, y se quedaron con ella, pegados, tibios, hasta el amanecer. A la segunda noche los carceleros ya juraban que la oían conversar en la oscuridad, y que algo le contestaba con chillidos suaves. Para el cuarto día, ningún guardia quería bajar solo a llevarle la cena.

Quizás por eso no hubo juicio, ni multa, ni más preguntas. Una mañana simplemente vinieron dos guardias, la alzaron por las axilas como se alza un saco que no se quiere tocar demasiado, la llevaron en volandas por las calles ante las miradas de gente que la habían contratado y que ahora apartaban la vista— y la arrojaron al suelo de tierra, fuera de las murallas, justo a las puertas de Athkatla.

—No te metas en más líos —le advirtió el mayor de los dos guardias, señalándola con el dedo—. Y no te des prisa en volver.

Lina se levantó, se sacudió el polvo, y se pasó el antebrazo por la nariz. Miró las murallas de la ciudad donde nació, donde murieron los padres que no llegó a conocer, donde la ciudad entera le abría la puerta de atrás y se la cerraba por delante. No parecía enfadada. Parecía, como siempre, estar sacando una conclusión que solo tenía sentido para ella.

—Toda madriguera tiene dos salidas —murmuró, a nadie en particular. Quizás al ratón que ya asomaba de su zurrón.

Y echó a andar por el camino, sin mirar atrás, hacia donde fuera que hiciera falta alguien que cuidara de lo pequeño. Alguien tenía que hacerlo. A ella nadie la cuidó, y sabe mejor que nadie lo que se siente.
 
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