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Lindara Meldamiriel.

AreeluVorlesh

Minsorrano sin caminos
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15/12/22
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I - Del primer vínculo y la libertad.

E
l escenario es algún mágico rincón del Bosque de Weldath, cerca de un asentamiento improvisado. Los focos, los halos de luz dorada y resplandeciente que se cuelan entre las hojas y ramas de los altos y antiguos árboles, como un baño de oro líquido que besa pero no tiñe la piel de sus invitados. Estos últimos son dos: un elfo de mediana edad, cabello plateado y ojos de un extraño color violeta (lo único que la máscara que cubre su rostro permite ver) que observa a la segunda figura con intensidad, totalmente entregado al regalo que le brinda; de ella es la segunda figura: una elfa que no ha de alcanzar el metro sesenta de estatura, larga cabellera del color de la miel y unos ojos grandes, más aún que la mayoría de los de su raza, que predominan en el hermoso rostro de facciones redondeadas. O lo harían, si no fuera porque en ese momento se encuentran cerrados, mientras sus dedos rasgan las cuerdas de un laúd con el amor que se da un amante y la dedicación que se presta a un niño.
Las notas inundan el ambiente en una sucesión incombustible. No reina por encima de la voz del propio bosque, sino que se funde con la misma. No pronuncia palabra, pero expresa muchísimas cosas. El elfo tampoco las responde, pero hay comprensión en su mirada.
Ella, la música, es la verdadera protagonista.

Finalmente, la última nota se eleva desde el laúd hasta fundirse lentamente con la foresta; durante unos segundos predomina el silencio, aunque el eco de la melodía aún perdura en el mismo.
Después, un aplauso lento y suave que se atreve a nacer solo de forma tímida de las manos del elfo.

¡Gracias, gracias...! -Realiza una pomposa y exagerada reverencia, primero a un lado, luego al otro desde lo alto del tocón, como si hubiera actuado para un público mucho más grande.
Ah, que no se te suba a la cabeza, joven Meldamiriel... Serás insoportable. Aún más, si por algún milagro fuera posible... -El elfo esboza una divertida sonrisa bajo la máscara, que solo se refleja en los ojos. La elfa alza un dedo, dispuesta a corregirle.
Lindara. Lindara Meldamiriel, de la Casa Meldamiriel.
Hablas como si fueras alguna noble importante de Suldanessellar y no una artista errante de una troupe itinerante -replica, con sorna-. ¿Es que no te he enseñado ya que esas ínfulas solo te traerán problemas? -La elfa pone los ojos en blanco, exasperada, y luego le mira visiblemente ofendida.
No seremos una casa de nobles, pero somos algo mucho mejor: ¡una casa de artistas!
Una profesión tan hermosa como necesaria... Pero sigue siendo incorrecto considerarlo "casa".
Por lo menos yo os he dicho mi nombre de verdad.
Y yo a ti.
Libertad no es un nombre élfico... De hecho, dudo mucho que sea un nombre en absoluto y, en el improbable caso de que lo fuera, desde luego no sería un nombre masculino.
¿En base a qué haces semejante afirmación? -Libertad alza una ceja, mirando a la joven elfa con evidente diversión- La libertad, Lindara...
¡Lo sé, lo sé! Es de todos y para todos. Me lo habéis dicho mil veces.
Y te lo repetiré mil veces más. Es algo que no debes olvidar nunca, sin importar adónde te lleve tu camino.
¿Y adónde me iba a llevar? Solo soy una artista itinerante.

Lindara suelta una risita divertida, mirando al elfo como si todo lo que dijera no fuera más que un montón de locuras y tonterías. Tras colgarse el laúd a la espalda con una cinta adornada, se coge a su brazo sin que el elfo se lo ofrezca siquiera. Aún así, con la paciencia y confianza de quien ya está acostumbrado a la presencia del otro, continúa caminando hacia el asentamiento con absoluta naturalidad.

Nadie es "solo" algo, Lindara. Un camino cambia con la misma facilidad que mutamos los seres vivos; la elfa que serás dentro de diez o cien años ni siquiera reconocerá a la joven que eres hoy. Nuestra existencia es como el viento y nosotros no somos más que torrentes de su brisa.
¡Soy una Brisa Errante! -La elfa sonríe, y el elfo responde con una ligera risa cargada de cariño, a pesar de sus palabras.
Errantes son tus flechas, y así van a seguir como no te empieces a tomar en serio nuestras clases de tiro. Venga, andando... Ya llegamos tarde para la cena.
Mamá Meldamiriel se va a poner furiosa.

Maestro y alumna se alejan entonces de vuelta al campamento de artistas, con una expresión exageradamente sombría ante la idea, como un juego secreto en el que ambos disfrutaran de dramatizar las mismas nimiedades mundanas.

II - De los secretos del tiro con arco y un arco de secretos.

Lalaith dispara mejor que tú, Lindara, y eso que creo que no ha tocado un arco en su vida. ¡Y si no te pones la brazalera que te regalé, te destrozarás el brazo!
¡Oh, pues estáis muy equivocado! La Abuela Meldamiriel no solo es la mejor trovadora de la Casa Meldamiriel, además es una experta tiradora -la voz de la elfa suena rebosante de orgullo, como si todo lo que representa Lalaith fuera lo que ella desea alcanzar en algún punto de su vida.
Ah, ¿de veras...? ¿Y cómo es que nunca le he visto disparar una sola flecha? Otra vez con tus mentiras...
¡Yo no miento nunca! No lo sé, simplemente dejó de hacerlo... -Musita, pensativa-. Supongo que, como vos, tiene sus motivos secretos -Libertad se ríe ante sus palabras, con sorna.
¿Y qué te hace pensar que yo tengo secretos?
Los dos hombres enormes que cuidan siempre vuestra caravana, para empezar... La cerradura mágica, para seguir...
...lo que solo indica que has intentado entrar sin mi consentimiento... -Reprime el elfo con la voz, pero Lindara hace caso omiso, desestimando la regañina al continuar hablando.
...esa reliquia que portáis con vos a todas partes y sobre la que no se me permite preguntar... Y el hecho de que lleváis años viajando con nosotros de un lugar a otro y todavía no habéis sido capaz de quitaros esa máscara en presencia de los demás. ¡Ni siquiera de mí! Y eso que claramente soy vuestra favorita.
Claramente...
Ahá, por lo tanto: secretos -La elfa se encoge de hombros, como si fuera evidente.

Tras colocarse los guantes para proteger las manos de la tensión de la cuerda, los pequeños y elegantes dedos se ayudan del punta-pala para montar adecuadamente el arma. Extrae una flecha del carcaj, acariciando las plumas antes de disparar, como una especie de ritual personal. Observa la trayectoria ladeando la cabeza y sonríe cuando el sordo sonido de la madera resquebrajándose indica que ha dado en el blanco.

¡Bravo! ¡Mucho mejor! -Libertad coloca las manos en sus hombros como gesto de apoyo- Por fin lo has entendido.
¡Ahá, ahora ya no necesitaré que nadie me proteja! Podré ser yo quien cuide de los demás.
Eso está bien, Lindara, pero... -El elfo sonríe bajo la máscara- Poco a poco. Ahora mismo estás arañando la superficie de tu aprendizaje. No dejes que tu heroísmo te lleve a una muerte prematura.
Pero vos decís que a veces uno debe hacer sacrificios por las cosas que son realmente importantes.
¿De dónde te has sacado eso...? -Pregunta, mirándole por el rabillo del ojo de manera inquisitiva. En los ojos de la elfa brilla un repentino sentimiento de culpa.
Os escuché hablando con Mamá Meldamiriel... Fue sin querer.
Sin querer... Ya... -Suspira-. No es lo mismo, Lindara; no es lo mismo en absoluto. Tú aún eres muy joven para comprenderlo, aunque quizá algún día, si tus pasos te llevan por la senda adecuada.
¿Y qué senda sería "la adecuada"?

Como única respuesta, Libertad acaricia el pelo de la elfa en un gesto cariñoso, como un padre lo haría con su hija, aunque solo hayan pasado unos años desde que se encontraran por primera vez.

Ya lo descubrirás, Lindara, y harás bien en prestar atención, pues ningún viento es favorable para quien no afronta su destino.

La joven bardo aún no lo sabía, pero aquella frase pronunciada tan despreocupadamente por los labios de su mentor terminaría por convertirse en la brújula de su vida.
 

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