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Lirios dorados

Imperator Furiosa

Pasta dulce de Amanda
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Los jardines de La Jácara Elísea, aún tibios por los rescoldos de la cata, bordeaban el laberinto que se extendía como un murmullo de sombras y flores hacia el mar. Las últimas risas de los invitados a la Noche de los Lirios se apagaban entre las copas, como luciérnagas que sabían retirarse a tiempo. Talivia Ha'valen, que se había mantenido como una imperturbable matrona durante el transcurso del festejo, habló demasiado al final. Lo supo en cuanto notó la rigidez en los hombros de Sulion Suravar y el súbito silencio con el que este recogió su plato. La conversación entre los socios de la Casa Gáldrim, que hasta entonces había tenido el aroma de una sobremesa maliciosamente liviana, se tornó agria con un simple ademán. Fery, sin perder la sonrisa, se abanicó con ligereza mientras seguía con la mirada al semielfo, alejarse.

—Ya lo habéis hecho enfadar —comentó la sunita, con una mezcla de sorna y resignación.

—No le gusta que le recuerde sus correrías por Aguasprofundas, cuando era un joven libertino. Todo el mundo parece tener esa imagen de él, siempre tan envarado y correcto... ¿verdad?

Las cejas perfectamente delineadas de Fery se curvaron en un gesto de sorpresa.

—¿Sulion libertino? Cuesta creerlo.

—Vivió de joven. ¿Y qué más dará? Las enseñanzas más valiosas no son las que se obtienen en los libros, pero parece que no le gusta que se lo recuerde. Nuestro presente es nuestro pasado, y si no hubiéramos sido así, ahora no seríamos asá—
Talivia dobló el codo derecho e, inclinando la cabeza hacia atrás, fingió estar bebiendo de una botella de vino imaginaria. —Esto, ya sabéis. Y todo lo que lo acompaña. Pensiones de mala muerte, una mujer diferente cada día, mucha hambre, demasiados sueños.—Esbozó una sonrisa de medio lado —Si tanto os intriga, puede que él os cuente. Pero, por respeto, yo no hablaré más sobre sus fechorías de juventud si no es delante de él. Me gusta verlo rabiar.

Fery no comentó nada de inmediato. Su silencio era empático, no incómodo.

—A veces la vida nos pone a prueba —dijo al fin—. Y de ello salimos mejor persona.

—Nunca ha sido mala persona —
respondió Talivia, con una seriedad repentina, inusitada. Luego, con una voz más baja—: Pero no le digáis que yo lo he dicho.

Fery sonrió.

—No puedo mentir, pero sí guardar un secreto. Y por supuesto mantener mi palabra.

Talivia la observó, con su mirada de raposa calculadora, aquella que hacía honor al nombre con el que sus padres decidieron bautizarla: Talivia, la "Zorra Afortunada" de los elfos. Creía saber por dónde podría salirle una devota de Sune y rápidamente preparó un plan de contingencia, uno menos deshonesto que de costumbre. Porque, aunque no llamara a las cosas por su nombre, jamás había estado tan cerca de compartir con nadie la verdadera naturaleza de sus sentimientos.

—Es como mi hermano mellizo. Separados al nacer. Buscándonos toda una vida. Algún día, tal vez, dejemos de buscarnos. Quién sabe. —Alzó los ojos al cielo, como queriendo leer en las estrellas una respuesta—. Siento que cabalgo sobre una estrella fugaz.—Porque, después de todo, ¿acaso no era cierto? Tenía voluntad de sobra para tejer ambiciosos planes a largo plazo y, sin embargo, vivía su intimidad con la provisionalidad de una prórroga concedida por la catástrofe.

—Oh, amiga... sabed que si hay algo que se me da bien, es ofrecer consuelo —repuso Fery, su tono bajando, haciéndose íntimo—. Sé que no os agrada mi diosa, pero... sé escuchar por mí misma.

Sentada sobre la mesa del banquete, vacía ahora de invitados pero todavía sucia de los restos del festín, Talivia plegó los brazos sobre su pecho.

— No me tengáis en cuenta eso. He sido criada en el seno de una familia élfica. Me inculcaron que la belleza era una elfa de cabellos dorados. —Rió entre dientes.

—Hasta Sune nos habla de la belleza interior. No todo es el exterior.

—Lo sé. Pero yo no tengo corazón —
respondió Talivia, con una sonrisa socarrona—. Hay un cerebro en mi cabeza y otro en mi tórax. Amo con las meninges.

Fery la observó, y aunque no dijo nada, su mirada era una mano tendida en la sombra.

—Puede ser, amiga —dijo al fin—. Pero reconozco el dolor cuando lo veo.

Talivia dedicó una mirada de reojo a Fery y sus pómulos marmóreos de elfa se marcaron con un discreto rubor. Comprendió por fin hacia dónde quería dirigir la conversación la sunita y sintió que, por segunda vez en la velada, había hablado más de la cuenta. Lamentó también haber prejuzgado las intenciones de Fery, convencida de que quería actuar de frívola casamentera con ella. En verdad, nunca había reparado en lo profundamente hermosa que era su mirada, a pesar de todo el tiempo compartido con ella.

Las disculpas, mudas, llegaron envueltas en sinceridad.

—¿Mi dolor? No lo maquillo. Pero tampoco lo resalto. No creo que mi dolor tenga más valor que el de otros. Lo asumo. Ya pasará, como ha pasado tantas otras veces. Nos hemos ganado el derecho a estar un poco tristes y decepcionadas ¿no os parece?—de las profundidades del escote de su sencilla túnica de seda verde extrajo un cigarro, que fue recibido por sus labios con una mueca. —Pero sin aburrir a los demás.

—Estoy de acuerdo. Pero en ocasiones... va bien tener a alguien cerca.

—Hoy he podido canalizar esta marea de emociones, a mi modo, delante de toda esta gente.


Fery asintió.

—Por el cerebro de vuestro pecho, sí.

—Algo así, sí—
sonrió Talivia, apenas, una comisura levantada como una promesa de otra sonrisa—. Desde el juego. Desde el artificio. La carcajada es mi consuelo.

Sus ojos, de una cualidad melancólica, se posaron en los de Fery con una intensidad que no necesitaba explicación.

—Estaré contenta con ello si eso os hace sonreír, Talivia.

—El cerebro nos permite asimilar toda la fealdad que habita este mundo a través del humor. ¿Sabéis, Fery? Vos defendéis la belleza como un acto moral. Para mí el sentido del humor también es un acto moral. Dos cosas que a menudo son denostadas como frívolas pero requieren de una observación muy afinada del entorno.

—Puede que haga poco que nos conocemos, según a quién se pregunte, Talivia, pero sé reconocer un corazón bondadoso cuando lo veo... o más bien, cuando actúa de una forma u otra. Sea bajo el sentido del humor o no, os he visto hacer muchas cosas por los más necesitados.

—A veces también los desdeño. No soy tan dadivosa. ¿A cuántos hombres necesitados les he negado mis piernas abiertas? —
alzó las cejas, cargada de su ironía habitual.

Fery respondió con una sonrisa ladeada. Era una constante que Talivia Ha'valen desviara la conversación con cinismo cada vez que alguien se aproximaba a su alma. En su mundo, los únicos halagos aceptables eran los que ella misma se concedía.

—Seguro que a más que yo —y rió con ella, cómplice.

—Pero eso es porque tengo más años que vos. —Talivia volvió a alzar la vista al cielo, donde parecía habitar su nostalgia—. Quiero que algún día dejen de ser llamados "los necesitados". No creo en este bucle de donativos y caridad dependiente. Es una mala costumbre amniana. Ojalá algún día puedan ser dueños de sus destinos. Hay que facilitarles educación, herramientas, medios.

—Mea culpa —
dijo Fery, llevando la mano al pecho.

Talivia negó suavemente con la cabeza, consciente de sus propias rigideces morales y de lo inaccesible que era en ocasiones.

—Sé que a veces soy dura juzgando estos actos de caridad que no encierran más que buenas intenciones. Y os pido disculpas yo también por ello. Todavía he de aprender que mi lenguaje no es el único correcto.

Se permitieron un silencio reconfortante, más elocuente que muchas palabras. Talivia permanecía sentada sobre la mesa, y su mirada se extraviaba, de cuando en cuando, en el firmamento que comenzaba a pintarse con las luces titilantes de las estrellas. Allí arriba todo parecía en calma. Sobre la tierra, el infierno estaba a punto de desatarse.

—No sé de qué color ha salido vuestro lirio, la verdad —dijo Talivia, con una sonrisa que oscilaba entre el agotamiento y la socarronería—. Estaba demasiado ocupada sirviendo a todos estos estómagos insaciables que nos costearán parte de los gastos de reconstrucción de la frontera.

Fery, sin abandonar su gesto refinado, alzó una ceja y se llevó una mano al escote con una teatralidad encantadora.

—Dorado, querida —dijo, mostrándolo con aire triunfal.

—Ah, como el mío —musitó, arqueando las cejas—. El vuestro debió salir rojo, pardiez. Sune, Hanali Celanil, ya sabéis.

Se produjo otra pausa, una de esas respiraciones largas que preceden a una confidencia.

—El caso —continuó Talivia, con voz casi suave — es que mi gran secreto no es que una vez me fugara con un hombre dos siglos mayor que yo y cinco siglos más imbécil. Ni todos los secretos que me he visto obligada a encubrir durante tantos años. No.

Fery la miraba ya con atención plena, sabiendo distinguir, como las buenas sacerdotisas de la verdad, el momento en que las bromas se tiñen de otro matiz.

—Mi gran secreto es que, bajo toda esta carne que detesto... —Talivia señaló su propio cuerpo con un ademán seco— ... yace un espíritu que desea alzarse en vuelo, libre, hacia el firmamento.

Fery asintió lentamente.

—Creo entenderos.

—Llevo queriendo ser libre desde que tengo uso de razón. He forzado la libertad en múltiples ocasiones, arañándola, privándola del manto del sentido común. Con el tiempo, he aprendido a calibrar esta voracidad de mi ego. No sé si me ha llegado la madurez, pero ahora pienso más en las consecuencias de mis actos. Y eso, en realidad, no me ha vuelto más grave, sino más liviana. A veces siento que mis pies se despegan un poco del suelo porque mi carne pesa menos.


Hizo una pausa, y luego, como si mordiera las palabras:

—Pero este país, demonios, te agarra por los tobillos y no permite elevación alguna—sacudió la cabeza, contrariada.

Fery, que había escuchado en silencio, recordó las palabras de su mentor y las dejó caer como una caricia:

—Ya me lo dijo mi maestro... «No te aburrirás en Amn.»

La sonrisa que se dibujó en los labios de Talivia fue más nítida.

—Por cierto, Talivia... ¿Tenéis contactos en Cormyr?

La otra enarcó una ceja, socarrona, como quien detecta la verdadera razón de una pregunta.

—Todavía os carteáis con él, ¿verdad?

Fery no se molestó en negarlo.

—Le envié una última carta... por si moríamos en Imnescar. Pero no he obtenido respuesta. Y aquel oficial de las Fuerzas Armadas dijo que Cormyr también había sufrido un duro golpe.

Talivia guardó silencio un instante. Luego dijo:

—No he parado de pensar en todas esas cartas que llegaron a su destino cuando el corazón del remitente ya había dejado de latir.

Fery bajó la mirada, tocada por la imagen.

—No tengo contactos en Cormyr, me temo —añadió rápidamente Talivia—. Sí que tengo un buen amigo oriundo de allí, pero hace tiempo que no sé de él—desdeñó cualquier atisbo de preocupación por Cass Bellamy, la "Rana Demonio", con un gesto de la mano derecha —Suravar está en una situación similar a la vuestra. Su familia es de la Tierra de los Valles. Turmish, por lo que tengo entendido, ha sido arrasada.

—Estoy planteándome viajar allí unos días. Necesito... saber. Pero os avisaré.


Talivia volteó lentamente su cuerpo hacia Fery.

—Suravar me ha confiado que probablemente pida un favor al Pueblo Gentil. Ellos pueden obrar una magia para contactar con su familia. Tal vez vos podáis solicitarlo a vuestro clero. Eso os proporcionará la calma y templanza necesarias en estos momentos. Fery, si damos crédito a las palabras de aquel Teniente, y no tengo motivos para cuestionarlas, emprender un viaje de esa magnitud ahora es una locura.

Fery suspiró y asintió. Como si el realismo de Talivia hubiera logrado desmontar el frágil andamiaje de su impulso emocional.

—Atravesar un continente en guerra, Fery... pardiez, no es sensato. Y vos sois a menudo la voz de la cordura. Estas tierras van a necesitar de vuestra fortaleza y temple.

Talivia hizo una pausa, la miró de hito en hito. A ella también le acaba de sobrevenir un impulso emocional.

—Os voy a ofrecer algo a cambio.

Fery alzó las cejas, intrigada.

—Tengo una modesta cabaña al norte de Amn, casi en la frontera. No es nada lujosa, aunque la he ido revistiendo con todo tipo de comodidades a lo largo de los años. Hay lecturas para cubrir una vida entera, una bañera de patas, un diván frente a una chimenea... y el paraje que la protege es de una belleza sobrecogedora. Podéis llevaros allí a Brizaelinth, si así lo deseáis. Porque el acto del amor, para un sunita, es meditación. Descansad allí de todas las heridas que aún arrastramos, entrad en comunión con la Pelofuego. Y volved más fuerte que nunca.

Fery no supo qué responder al principio. Su sorpresa era genuina. Talivia, tan ceñuda y pragmática, le estaba abriendo las puertas de su lugar más privado, su santuario. Su sonrisa fue amplia, vulnerable.

—Es mi refugio espiritual —dijo Talivia con sencillez—. Os lo ofrezco.

Talivia calló un instante, no por pudor, sino por una suerte de desvío contemplativo. Como si el pensamiento, tras haber alcanzado su objetivo, se entretuviera ahora en la forma de decirlo. Luego, sin afectación, añadió:

—Se encuentra en el Bosque de Hojardiente. Paradójicamente, un bosque frío, de coníferas. Frente a la cabaña corre un riachuelo de aguas limpias—. Lo que se calló es que esa cabaña perdida había sido testigo y refugio de su amor por Sulion Suravar durante una década. Para ella el amor era un acto sagrado y lo sagrado siempre se cubre con el velo del misterio. —Pensadlo. Y cuando estéis preparada, dejadme una nota sobre la mesa de mi despacho —indicó Talivia, como si fuera un asunto administrativo más, una cuestión de agenda. Luego bajó la mirada por un instante, como si recordara de pronto que ese gesto de hospitalidad implicaba, de algún modo, el permiso de ser conocida.

Fery asintió en silencio, algo aturdida. Tal vez no por la invitación en sí —que era generosa, sí, pero también profundamente íntima— sino por el modo en que había sido formulada.

—Hablaré con Brizaelinth —afirmó Fery, con un leve gesto de resolución en el rostro, aunque aún titubeante.

Talivia se cruzó de brazos, observándola con una mezcla de ternura resignada y cierta picardía irónica.

—Mal debo de estar haciendo las cosas si antes me confiáis a mí vuestras intenciones suicidas que a vuestra amante. Ya no infundo temor como antes —dijo, pero lo que realmente pensaba quedó flotando entre las coníferas imaginadas y los lirios de aquella noche ceremonial.

—No es eso, amiga. Apenas hemos tenido tiempo de sentarnos, de hablar con calma —se excusó Fery. —Además —añadió, con media sonrisa— ¿qué hay de malo? Vos también podéis aconsejar. Hasta con ese cerebro que tenéis por corazón.

—Creo que os va a venir bien ese retiro.

—Creo que sí —
murmuró Fery, esta vez sin reservas. —Ella también lo necesita —musitó Fery, con una sombra de preocupación en la voz.

Durante unos segundos, ambas guardaron silencio, como si compartieran una plegaria sin nombre. El recuerdo de Imnescar, con sus cenizas aún tibias, seguía asomando entre palabra y palabra, como un espectro obstinado. Pero esta vez, no logró interrumpir la posibilidad del consuelo.

—Mirad a toda esta gente con la que hoy hemos compartido mesa —dijo entonces Talivia, con voz baja pero clara.—En qué ignorancia parecen encerrarse la mayoría. No creo que haya gran sabiduría en sus actos. La autonegación parece consustancial al alma amniana. —Pero antes de que el juicio se volviera sentencia, añadió el matiz —Sin embargo... podemos aprender algo de este “atrapa el momento”. La mente y el alma también necesitan espacio para el recreo. Siempre que uno no pierda la conexión con la realidad, claro. Por eso los elfos —y se incluía entre ellos—sabemos de la importancia de la meditación.

—Soy consciente. Por eso nunca quise agobiarla... —
empezó a decir Fery, refiriéndose a Brizaelinth, pero su voz se deshizo en un matiz de melancolía—. Somos de mundos muy distintos. Pero nos esforzamos por entendernos.

—“Conócete a ti mismo y comprenderás el mundo”, ya sabéis —
dijo Talivia, recitando la máxima con una naturalidad casi didáctica. —Tanto vos como ella practicáis la meditación. Por eso estoy segura de que casi siempre la comprendéis. Con una sola mirada.

—Lo comprendo —
asintió Fery. Y sonrió, pero fue una sonrisa triste, como si en ella hubiera más resignación que alivio. — Y me habéis otorgado un poco de paz y raciocinio con estas palabras.

Talivia resopló, como burlándose de sí misma.

—Manda cojones, la cosa —soltó, con esa retranca que le servía de escudo y ornamento a la vez.

Estiró las piernas y, como si fuera un espíritu de agua, la semielfa comenzó a deslizar su cuerpo por la mesa hasta tocar el suelo firme con los pies. Y entonces comenzó a alejarse, caminando hacia atrás, sin dar la espalda a Fery, como si no quisiera del todo abandonar aquel instante, un reflejo de intimidad verdadera que rara vez se daba.

—¿Sabíais que hay un observatorio astronómico en mitad del laberinto...? —preguntó, como quien comparte un secreto sin importancia.

—¿No? —respondió Fery, aún sonriente.

—Si logro llegar...

—Buena suerte, querida. Tened cuidado de no perderos.


Apretando el cigarro apagado entre los labios, Talivia alzó el dedo índice al cielo, en una pose casi teatral, mientras su silueta vaporosa se alejaba bajo el fulgor apagado de las lámparas mágicas. Con una sonrisa de camaleón se perdió entre las sombras. Tenía por delante mil pruebas y, como recompensa, poder rozar con la mirada una estrella fugaz.

Fery se quedó quieta unos segundos. Luego, simplemente, rio.​

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