Búsqueda junto a los buscadores de Oghma
En lugares como este el silencio se torna en algo denso que se puede palpar, sentir y manejar. Y, por tanto, se puede romper.
Ambas puertas se abrieron con no poco ruido, lo que atrajo miradas y ceños fruncidos entre los estudiosos y eruditos del templo de Oghma. Los típicos sonidos del puerto se colaron durante unos instantes en el santuario del atador: graznidos de gaviota, gritos de porteadores y marineros y crujir de la madera al ser agitada por voluntad de Shóndakul.
Aunque una de ellos ya esperaba dentro del templo, el grueso del grupo llegó acompañando al ruido. Pasos marcados por zapatos de tacón y el tintineo metálico de una armadura hicieron permanentes los ceños fruncidos, agravados por alguna voz subida de tono.
El buscador al que se dirigió el grupo era un hombre de muy avanzada edad. Hacía lustros que el pelo había abandonado gran parte de su cabeza, y las arrugas eran algo habitual en su rostro. La cabeza, aunque ejercitada por el continuo ejercicio de las labores de Oghma, comenzaba a fallar y a aludir asuntos para nada relacionado con la conversación que se estaba manteniendo.
La búsqueda de un mangual sumó al sacerdote del atador a la creciente lista de ceños fruncidos. "No son armas lo que aquí tratamos", dijo. Aunque al precisar la búsqueda su ceño se alzó notablemente, sustituyendo el enfado por interés y curiosidad. Con algo de ayuda, trepó por la escalera con sorprendente facilidad, sin duda acostumbrado a hacerlo durante años. Tras un rato de hojear libros y más libros, decidió escoger dos. Descendió por la escalera con idéntica habilidad y anunció a su audiencia tener localizados los datos que hallaban.
Uno de ellos interpretó que el sacerdote se desharía de los tomos rápidamente, y trató de cogerlos. El anciano opuso titánica resistencia a deshacerse de ellos, y hasta que otra de los componentes del grupo no ofreció una pequeña donación al templo no los soltó. El que trató de cogerlos también ofreció, a modo de ofrenda, un ejemplar para nutrir las estanterías del templo.
Los dos que entregaron las donaciones tomaron los libros y navegaron entre el ingente volumen de datos con sencillez, extrayendo los datos relevantes y centrándose en ello.
Una vez consiguió los datos que fue a buscar, la comitiva abandonó los salones de la Eterna Sabiduría. Pocos segundos después de cerrar las puertas, todo volvió a la normalidad: el ruido desapareció, el sacerdote regresó a sus tareas habituales, y el conocimiento volvió a ser la única cosa que los adeptos a Oghma mantenían en su cabeza.
Los ceños fruncidos perduraron.