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Skotos

Alas del Pegaso de Valrieth
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I.

Las calles de Náshkel, al anochecer, nunca llegaban a quedarse del todo en silencio. El viento descendía por la falda de la montaña y enfriaba las casas con obstinación, obligando a cerrar ventanas y postigos a cal y canto. Las gentes encendían lumbres para combatir el cambio de temperatura y, poco a poco, un suave olor a ceniza y leña quemada iba apoderándose de las calles. Bastaba con caminar unos minutos para recordar que, tras aquellas paredes, había vida. Hogares llenos de familias que buscaban dejar atrás, aunque solo fuese durante unas horas, los padecimientos del día; o quizá saborear en la intimidad algún éxito reciente.

No muy lejos de la hacienda de los Matanecrarios, en una calle apartada tras el cuartel, una pequeña casa, vieja pero bien mantenida, dejaba escapar luz por sus ventanas. Los haces temblaban ligeramente tras los cristales, aunque con una constancia demasiado perfecta para proceder de simples velas.

Dentro de la casa, una pequeña disputa.

- La puerta.

- ¿No puede quedarse abierta?


La pregunta llegó desde la cama, queda, formulada con un cuidado que parecía excesivo para algo tan sencillo. Gwenaëlle detuvo la mano sobre el pomo. No se volvió enseguida. Permaneció unos instantes frente a la madera, escuchando el crujido de la casa y el viento restregándose contra los postigos.

- Vais a pasar frío.

Hubo un pequeño silencio, incómodo.

- .... No importa.

La semielfa se giró, contuvo un suspiro y curvó los labios en una sonrisa paciente. Volvió a entrar en la habitación.

Era sencilla, aunque se había puesto un cuidado casi excesivo en hacerla acogedora. Las camas estaban bien preparadas, con mantas gruesas y telas de colores vivos. Varias estanterías habían sido llenadas con mudas limpias, ordenadas con una precisión casi absurda por tamaños, colores y días de la semana. Al fondo, un baúl de juguetes permanecía entreabierto. No estaba lleno hasta rebosar. Apenas contenía unas muñecas, algunos animales de madera, telas y pequeños objetos escogidos durante las últimas semanas.

La mano de un muñeco asomaba entre la tapa y el borde. Gwenaëlle recorrió la habitación, bordeando las camas y se inclinó para cerrar el baúl.

- Lo habéis dejado abierto.

- S-señora Gwen..


La voz la detuvo.

- N-no lo cierre.

Gwenaëlle parpadeó y giró lentamente la cabeza.

La niña estaba sentada sobre el colchón, con las piernas recogidas bajo la manta. Sus cabellos negro, corto y todavía algo desordenado, caían sobre la frente. A aquellas horas sus ojos oscuros parecían mayores. No era una niña especialmente expresiva y, desde que había llegado a Náshkel, Gwenaëlle había aprendido a distinguir en ella las diferencias entre el silencio tranquilo y aquel otro silencio que se producía cuando se formaba un nudo en el estómago.

La otra dormía en la cama contigua. Tenía el rostro hundido contra la almohada y una mano cerrada alrededor del borde de la manta. Demasiado quieta, pensó Gwenaëlle. Ella también había sido discreta cuando era pequeña y reconocía esos pequeños detalles, propios de quien busca hacerse invisible.​

​

Gwenaëlle retiró la mano sobre el baúl, muy lentamente. Recolocó con cuidado el juguete para que quedase exactamente como estaba y se apartó despacio, procurando que cada movimiento fuese visible. Gwyneth siguió a la semielfo con la mirada, en silencio.

- ¿Mejor así?

La niña asintió. Su expresión era difícil de leer. Había miedo, desde luego, pero también una expectación casi dolorosa. Como si todavía no terminase de decidir si podía confiar en que no había nada oculto tras esa concesión.

Su expresión era una mezcla entre miedo, tristeza y expectación. Pareció suavizarse.

Desde la cama contigua llegó la voz amortiguada de la otra. No estaba dormida, como sospechaba Gwenaëlle.

- Es que le da miedo la oscuridad.

La niña bajó la mirada. Gwenaëlle sonrió con dulzura y se sentó a su lado, en la cama. Ella no se movió. Ni tan siquiera cuando la semielfo colocó una mano sobre su mejilla, brindándole una caricia paciente. La reacción de la niña ante el contacto físico era siempre la misma: su primer instinto era ponerse en tensión, irguiendo la espalda y abriendo mucho los ojos. Era un reflejo aprendido, un instinto necesario para mostrarse inofensiva. Algo tan arraigado en su psique que ocurría antes incluso de que la niña tuviese tiempo de pensar.

Cada vez que Gwenaëlle lo veía sentía aquella misma punzada incómoda en el estómago. Un dolor difícil de nombrar, porque no era exactamente pena ni exactamente rabia. Quizás era culpa.

- Tranquila.

La niña parpadeó. La miró fijamente por unos instantes y pareció reparar entonces en su propia rigidez. Tragó saliva y comenzó a negar con la cabeza, avergonzada, anticipándose a la riña, como si hubiese hecho algo mal. Gwenaëlle, al verla, sintió como el nudo en su estómago, la punzada, se hundió más hondo.

- Querida... tranquila. No pasa nada. No te estoy riñiendo.

La niña asintió lentamente y se quedó quieta. Después, fue ella quien se movió. Se acercó despacio y apoyó la frente contra su pecho.

Gwenaëlle no dijo nada. No necesitaba hacerlo. Simplemente la envolvió con sus brazos. Permanecieron así, quietas, unos largos instantes, dejando que la calidez llenase el silencio, mientras el viento seguía golpeando los postigos y la luz azulada del pasillo entraba por la puerta que había quedado abierta.

El baúl también seguía abierto.

- Os traeré otra manta. Si no, pasaréis frío.

La niña asintió una vez más. Más relajada. Menos rígida. Gwenaëlle tomó aquella pequeña relajación como una concesión y se permitió otra. Se inclinó despacio y depositó un beso sobre su frente. La niña se quedó inmóvil momentáneamente, sorprendida más que incómoda, pero no se apartó.

- Buenas noches, Gwyneth.

La ayudó a recostarse y regresó poco después con otra manta, que extendió sobre ambas camas. La niña se dejó arropar sin decir nada y, solo cuando Gwenaëlle se incorporó, volvió a buscarla con la mirada.

- Buenas noches, señora Gwen.

Desde la cama contigua llegó una segunda voz, apagada contra la almohada.

- Buenas noches...

- Buenas noches, Aryse.

Gwenaëlle sonrió y respondió a ambas antes de encaminarse hacia la salida. Al llegar al umbral, volvió la vista atrás. La puerta seguía abierta, igual que el baúl, y desde donde estaba todavía podía verse la pequeña mano del muñeco sobresaliendo entre la madera, exactamente donde Gwyneth había querido dejarlo.

Apagó la luz principal de la habitación, dejando que la claridad tenue del pasillo se derramase sobre el suelo y alcanzase apenas los pies de las camas. Se quedó allí durante un momento, observando aquel cuadro sencillo y tratando de comprender por qué le parecía tan importante.

No había nada que resolver aquella noche. Ninguna palabra adecuada que fuese a cambiar de golpe lo que arrastraban consigo, ni ningún gesto capaz de borrar de una vez ciertos hábitos y temores. Solo quedaba dejar que la rutina se instaurase, y la fuerza de los hábitos trajese certidumbre.

Tenían todo el tiempo del mundo. Podían esperar.​
 
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Skotos

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II.

Las rutinas eran batallas ganadas al tiempo. Pequeños remansos de libertad en un mundo lleno de incertidumbres.

Cada rutina adquirida era para Gwenaëlle una muestra de normalidad, una conquista. Nadie que dudase de que el sol fuese a salir mañana se permitiría planificar demasiado lejos. La vida florecía con la certidumbre, y durante aquellos primeros meses, aquella nueva familia había aprendido a conocerse poco a poco.

Las primeras costumbres eran las más importantes.

Eventualmente las disputas sobre el frío cesaron. La puerta de la habitación dejó de necesitar permanecer completamente abierta. Bastó con dejarla entornada. Alguna noche, incluso, la encontró cerrada.

Eventualmente, incluso, comenzaron a apagar ellas mismas alguna de las luces del pasillo antes de dormir. Dejaron de pedir permiso para levantarse de la cama para ir a beber agua. Eran avances tan pequeños que habrían pasado inadvertidos para cualquiera que no estuviese pendiente de ellos. Demasiado banales para darles importancia. Pero precisamente para ella, lo eran. Gwenaëlle los atesoraba en silencio.

Era signo de recuperación. De avance. La rutina se imponía al miedo y lo apartaba en la memoria.

Pero ninguna progresión era lineal. Algunas costumbres tardaban en desaparecer.

De vez en cuando encontraba comida escondida. A veces no era más pedazo de pan bajo una almohada, una manzana envuelta en un paño y colocada en el fondo de un cajón, unas nueces entre dos mantas o algún trozo de queso que ya empezaba a endurecerse dentro de un bolsillo. Incluso un día, halló un alijo entero en un pequeño baúl bajo la cama. Nunca preguntaba por qué lo habían metido ahí. Normalmente se había limitado a retirarlo cuando comenzaba a estropearse, pero enseguida descubrió que aquello solo conseguía que apareciese otro escondite diferente. Así que empezó a dejarlo donde estaba siempre que no fuese a pudrirse, y alguna vez sustituyó discretamente lo que encontraba por algo fresco.
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No estaba segura de si era la decisión correcta. Pero intuía que dedicar sus mañanas a abrir cajones buscando reservas sería peor que permitir que unas pocas migas sobreviviesen debajo de una almohada.

Cuando se lo comentó a Sariel, esta suspiraba.

- Las estás mimando. Adquirirán malos hábitos.

Pero el reproche no pasaba de ahí. Ella tampoco estaba dispuesta a corregirlas demasiado. Al menos, no aún.

Con las tareas del hogar sucedía algo parecido. Las niñas hacían cosas sin pedir permiso, pero no precisamente las cosas que Gwenaëlle habría esperado de dos niñas de su edad. Eran pequeñas, de aproximadamente la misma edad; seis, quizás siete años a lo sumo.

Recogían platos antes de que nadie terminase de comer. Doblaban sus mantas con una precisión casi obsesiva y se apresuraban a guardar cualquier objeto que quedase fuera de lugar.

Una mañana, Gwenaëlle encontró a Gwyneth arrodillada junto a la mesa, frotando una mancha que apenas resultaba visible en el suelo. Se había arremangado y llevaba tanto tiempo insistiendo sobre el mismo punto que se había hecho daño en las manos, lacerándose. Gwenaëlle se quedó mirándola en silencio por unos instantes antes de quitarle con cuidado el trapo de las manos.

La niña se puso rígida de inmediato.

- S-se me cayó la leche. Estoy limpiándolo.

- Yo creo que ya está bien. No te preocupes.


Gwyneth no pareció convencida. Giró lentamente la cabeza, como quien todavía no confiaba del todo en que las palabras escuchadas fuesen ciertas. Gwenaëlle seguía mirándola con una sonrisa dulce, aunque triste. La niña no sostuvo demasiado tiempo su mirada y volvió los ojos hacia la supuesta mancha del suelo.

Gwenaëlle apoyó el trapo sobre la mesa y se acercó a una de las estanterías del salón.
​
- Entonces vamos a hacer una cosa.

Gwyneth levantó la mirada.

- Ven conmigo. Necesito decidir dónde poner estos libros y no me fío de mi criterio.

La niña frunció ligeramente el ceño, desconcertada.

- ¿Libros?

- Algunos tienen dibujos.


Aquello bastó para apartarla del suelo aquella vez.

A partir de entonces Gwenaëlle empezó a recurrir a estratagemas parecidas. Si encontraba a Aryse limpiando una mesa que ya estaba limpia, necesitaba de pronto ayuda para escoger unas flores. Si Gwyneth se empeñaba en ordenar la despensa por tercera vez, le pediría que le ayudase a ordenar unos pergaminos, debiendo leerse sus títulos.

Eran tareas inútiles en buena medida, y eso era precisamente lo importante.

Podían hacerse mal. Podían abandonarse. Y nadie las castigaría por ello.

Algunas veces las niñas parecían darse cuenta de la trampa y la miraban con una expresión vagamente ofendida. Gwenaëlle fingía no advertirlo.

Unos días más tarde llevó a Gwyneth al mercado.

No había nada especial que comprar. Pan, algunas verduras, carne para el guiso y un par de cosas que faltaban en casa. Aryse se había quedado con Sariel y Gwyneth había preguntado si podía acompañarla. Gwenaëlle aceptó, complacida de que la niña quisiese salir a la calle, y ambas salieron después del desayuno, abrigadas contra el frío.

El mercado de Náshkel estaba más concurrido de lo habitual. Los comerciantes habían comenzado a instalarse temprano. Gwyneth caminaba junto a ella, al principio en silencio, observando todo con suma atención. Primero, tomando su mano, muy pegada a ella. Pero poco a poco, empezó a separarse medio paso para acercarse a los puestos.

Tocó una tela después de pedir permiso. Se detuvo a mirar unas figurillas de madera. Preguntó para qué servía una herramienta que un herrero tenía expuesta y escuchó la explicación con una seriedad que hizo sonreír al hombre.

Gwenaëlle procuró no dirigir demasiado el paseo. Hasta que se detuvieron, notando un tirón en su mano.
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Gwyneth se había quedado detenida frente al puesto de un carnicero.

Había varias piezas colgadas de ganchos y otras dispuestas sobre una mesa de madera. El carnicero cortaba una paletilla mientras hablaba con otra clienta y apenas reparó en ellas.

Gwyneth miraba una de las piezas suspendidas.

- Mi mamá también tenía el pelo negro. Como tú.

Gwenaëlle la observó. La frase no parecía guardar relación alguna con lo que tenían delante.

- ¿Sí? ¿Tan bonito como el tuyo?

La niña asintió.

- Más largo que el mío.

Guardó silencio unos segundos. Seguía mirando el puesto. El cuchillo del carnicero golpeaba la tabla, una y otra vez. Separando los trozos. Rasgando la carne.

- Los amos se la comieron.

Gwenaëlle no respondió. Sintió un escalofrío helador; un extraño silencio, de pronto, enmudeció la plaza. El murmullo de los comerciantes, el roce de las botas, el golpeteo de los carros. Todo quedó extrañamente lejos. Después comprendió que el silencio no existía. Era solo ella.

Gwyneth siguió mirando como cortaban la carne.

No había cambiado su tono de voz. No había tristeza visible en su expresión; o al menos, no una que pudiese distinguirse con facilidad. Lo había dicho del mismo modo en que antes había explicado para qué servía una aguja o qué color prefería para una manta.

- Yo no lo vi.

Gwenaëlle apretó su mano con suavidad. Se arrodilló junto a ella y la acercó hacia sí, rodeándola con los brazos.

- Me lo dijeron.

Gwenaëlle sintió un peso en su pecho.

Su mente buscó respuestas. Algo que decirle. Alguna frase apropiada. Algo que una adulta debía decir cuando una niña compartía un recuerdo así. No encontró nada que pudiese servir para describir lo que sentía, ni nada que sonase a verdadero consuelo. ¿Qué palabras podían aliviar el dolor de un mundo capaz de permitir cosas así?

Gwyneth se volvió hacia ella.

- ¿Vamos a comprar carne?

La pregunta la tomó desprevenida.

- Sí.

La niña asintió.

Gwenaëlle pidió lo que necesitaban. Mientras el carnicero envolvía la pieza en papel, Gwyneth se entretuvo mirando unas salchichas colgadas al fondo. No volvió a hablar de su madre. Nunca volvería a mencionarla en un contexto similar.

Continuaron por el mercado.

Un poco después pasaron frente a un puesto de fruta. Gwyneth redujo el paso y miró las manzanas. Gwenaëlle la observó de reojo, todavía inquieta ante la posibilidad de alguna otra asociación inesperada. Intentó disimular aquella incertidumbre en su tono de voz.

- Puedes escoger una.

La niña alzó la vista.

- ¿Para ahora?

- Sí.

Gwyneth eligió una pequeña y roja. La sostuvo entre sus manos y antes de darle el primer mordisco, miró otra vez hacia Gwenaëlle.

- ¿También puedo coger una para Aryse?

La pregunta fue tan sencilla que a Gwenaëlle le costó unos segundos contestarla.

- Claro.

Compraron un cesto entero.

De regreso a casa, Gwyneth caminó a su lado con una manzana en una mano y la otra guardada cuidadosamente en un saquito.

No pasó nada más importante. Fue un día tranquilo.

Pero aquella noche, cuando Gwenaëlle pasó por la habitación para despedirse, se encontró la puerta cerrada.

No la abrió.​
 

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