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Lo que queda despues del fuego

Gainaxx

Enano con acento ruso
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6/6/26
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La noche ya había caído sobre las afueras de Athkatla cuando Gain estaba por entrar en el banco con el paso lento de quien no esperaba encontrar nada más que el camino a su haceres. Había ido a resolver asuntos simples, de esos que no dejan historia: guardar algunas monedas, revisar lo necesario, asegurarse de que sus pertenencias siguieran donde debían estar.

Pero en una ciudad como Athkatla, hasta los recados más sencillos podían torcerse.
Fue allí donde se reencontró con Kaelyra.

No hubo grandes saludos. Con ella rara vez las cosas empezaban de forma ordenada. Una mirada, unas palabras cruzadas, quizá una provocación dicha con demasiada naturalidad, y Gain terminó acompañándola hasta su campamento. No sabía con exactitud si había aceptado por curiosidad, por costumbre o porque Kaelyra tenía ese modo de arrastrar a los demás hacia sus planes sin parecer que lo intentaba.

El campamento estaba apartado lo suficiente para que el ruido de la ciudad no llegara con claridad. Solo quedaban el murmullo distante de la noche, el crujido de las ramas secas y el fuego encendido entre ambos.

Kaelyra se sentó sobre un tronco, cómoda, como si aquel lugar le perteneciera desde siempre. Gain, en cambio, eligió el suelo. Se acomodó cerca de las brasas, con los antebrazos apoyados sobre las rodillas, dejando que el calor le alcanzara las manos. No llevaba el yelmo. Sin él, su rostro parecía menos distante, aunque no por eso menos difícil de leer.

Durante un rato, el silencio fue suficiente.
Hasta que Kaelyra propuso contar historias.

Gain la miró con cierta desconfianza, como si aquella invitación escondiera alguna trampa pequeña. Tal vez la escondía. Con Kaelyra, incluso las cosas simples parecían tener doble filo. Aun así, después de unos segundos, aceptó. No lo hizo con entusiasmo ni con grandes gestos; simplemente removió una brasa con una rama corta y dejó que una vieja historia saliera de su memoria.

Contó la historia de una espada.

No era una leyenda gloriosa, aunque al principio sonaba como una. Habló de un mercader que llevó una hoja antigua a una fragua, asegurando que había pertenecido a un héroe. Decía que aquella espada había cruzado campos de batalla, defendido caravanas y acumulado hazañas suficientes para llenar la boca de cualquier trovador.

Pero cuando el herrero la tuvo delante, no vio ninguna grandeza.

Solo vio una hoja torcida, cansada, comida por el óxido y mal cuidada por manos que habían confiado demasiado en el peso de una historia. El mercader hablaba de honor, de linaje, de recuerdos. El herrero, en cambio, hablaba de acero. Y el acero, según Gain, no se volvía mejor porque alguien dijera cosas hermosas sobre él.

La espada no servía.
O al menos, no todavía.

El herrero la reparó de todos modos. La limpió, la enderezó y le devolvió el filo. No la transformó en una reliquia brillante ni en un arma digna de canciones. La convirtió en algo más simple y más útil: una espada capaz de cortar. Una hoja que, por fin, podía ganarse una historia verdadera en lugar de vivir de una prestada.

Gain terminó la historia mirando el fuego.

No parecía haberla contado para impresionar. Más bien parecía haber dejado sobre las brasas una forma torpe de explicar cómo veía el mundo. Las personas, como el metal, no valían por lo que decían haber sido. Valían por lo que quedaba de ellas después del calor, del golpe y del tiempo.

Kaelyra lo escuchó con una atención que no intentó disimular del todo.

Quizá por eso Gain sonrió apenas, más cómodo ahora que la historia había terminado. La tensión de la noche se había vuelto distinta. Menos pesada. Más cercana. Con esa confianza extraña que a veces aparece entre dos personas cuando el fuego es lo único que las separa, Gain soltó una broma seca. Algo sobre que, si ella quería hacerlo callar, tendría que usar un método más definitivo que una simple mirada.

Kaelyra respondió antes con el cuerpo que con la voz.

Se abalanzó sobre él con una rapidez limpia, como si de un rayo se tratase. Sus piernas se enredaron con las de Gain y, en un movimiento preciso, la daga apareció entre ambos. El filo tocó su garganta con la delicadeza suficiente para no herirlo y la intención suficiente para que el gesto no pareciera inocente.

El campamento pareció quedarse sin aire.
Gain no retrocedió.

Sintió el frío del acero contra la piel, la cercanía de Kaelyra, el peso exacto del instante. No era una amenaza torpe. No era un juego sin filo. Había demasiada práctica en esa mano, demasiada memoria en la forma en que sostenía la daga.

Pero Gain, quizá por necio, quizá porque ya había aprendido que mostrar miedo ante Kaelyra solo le daba más armas, dejó escapar una respiración lenta y respondió con calma.

Si aquello era su forma de pedir silencio, admitió, resultaba bastante convincente.

Kaelyra no mantuvo la hoja allí mucho más. Se apartó como si nada, como si no acabara de convertir una broma en un momento capaz de partir la noche en dos. Luego le entregó la daga y le pidió que la afilara.

Gain la recibió sin hacer preguntas.

Sostuvo la hoja cerca del fuego, inclinándola apenas para que la luz corriera por el metal. Vio las marcas pequeñas del uso, el desgaste del filo, las señales que un arma deja cuando ha acompañado a alguien más tiempo del que debería. No era una pieza descuidada. Al contrario: tenía ese aspecto de las cosas importantes, de los objetos que una persona conserva no solo porque sirven, sino porque significan algo.

Extendió un paño oscuro junto a sus cosas y colocó la daga sobre él. Luego abrió su bolsa de cuero y fue sacando sus herramientas una a una: una piedra de afilar gastada por los bordes, un frasco pequeño de aceite, una tira de cuero endurecido y una lima fina de mango corto. No había lujo en ninguna de ellas. Eran herramientas sencillas, de aprendiz, pero estaban limpias y ordenadas con un cuidado casi reverente.

Gain vertió unas gotas de aceite sobre la piedra y empezó a trabajar.

El sonido del acero contra la piedra llenó el espacio entre ambos. Era un ruido bajo, constante. Cada pasada seguía el mismo ángulo. Cada movimiento tenía una paciencia que contrastaba con la forma en que Kaelyra se movía por el mundo, como si la vida siempre estuviera a punto de morderle los talones.

Fue entonces cuando ella empezó a contar su propia historia.

No lo hizo como Gain.
Su voz cambió. La ligereza se volvió más fina, la burla menos firme. Habló de una edad demasiado temprana para ciertas cosas. Dieciséis años. Habló de caminos que no se eligen del todo, de decisiones que no parecen decisiones cuando una persona está demasiado cerca del miedo, y de una violencia que no siempre llega gritando.

No lo contó todo. O quizá sí, pero no con palabras completas.
Había huecos en su relato. Pausas donde la voz se endurecía. Frases que se detenían antes de tocar el sitio más oscuro. Gain no necesitó llenar esos espacios. Había silencios que decían más que cualquier detalle.

La piedra de afilar dejó de sonar.

Gain levantó la vista. Kaelyra seguía hablando, pero parecía estar en otro lugar, mirando una noche vieja que no había terminado de abandonarla.

—No tenés que seguir si esto te hace daño.

Pero ella siguió.

Y mientras hablaba, sus manos comenzaron a moverse sin que pareciera notarlo. Los dedos se apretaron entre sí. Las uñas buscaron piel. Primero fue casi nada. Luego, más fuerte.

Gain dejó la daga a un lado y se puso de pie.

No fue un gesto brusco, sino urgente. Cruzó la corta distancia entre ambos, se arrodilló frente a ella y tomó sus manos antes de que siguiera lastimándose. No apretó con fuerza. Solo las sostuvo, firmes, atrapando aquel temblor entre sus dedos ásperos.

—Basta.

Durante unos segundos, el mundo quedó reducido al fuego, a sus manos unidas y a una respiración que tardaba demasiado en encontrar ritmo.

Gain no sabía consolar con palabras hermosas. Solo sabía reconocer cuándo algo estaba a punto de quebrarse. Y en ese momento Kaelyra no parecía peligrosa ni burlona ni invencible. Parecía alguien que había pasado cosas desde demasiado joven.

Eso lo afectó más de lo que supo mostrar.

Kaelyra terminó ocultando el rostro, nerviosa, como si de pronto le avergonzara haber dejado ver una grieta. Gain no intentó apartarle las manos ni obligarla a mirarlo. Se quedó allí, cerca.

El silencio que siguió no fue cómodo.
Pero fue necesario.

Solo después de un rato, cuando la respiración de Kaelyra volvió a parecer suya, la tensión empezó a cambiar de forma. No desapareció. Algo así no desaparecía. Pero dejó de arder tan fuerte.

Entonces Kaelyra, fiel a esa manera suya de cubrir una herida con audacia, se quitó la bufanda.
Gain no estaba preparado para lo que vio.

Los tatuajes aparecieron bajo la luz del fuego como marcas de una historia que no había terminado de contarse. No parecían simples adornos. Las líneas recorrían su piel con una intención demasiado clara, demasiado íntima, como si allí hubiese otra parte de ella que rara vez dejaba ver.

Gain se quedó mirándolos más tiempo del que habría sido prudente.
Parpadeó una vez. Luego otra hasta que su primer comentario fue una broma al respecto.
La broma fue torpe, pero no cruel. Fue su manera de no quedarse completamente mudo.

Kaelyra, por supuesto, no dejó pasar la oportunidad. Poco a poco, la provocación volvió a su mirada, como una brasa que se niega a apagarse. Entre ambos comenzaron a cruzarse palabras más ligeras, aunque todavía cargadas de lo que había ocurrido antes. Algunas frases quedaron a medio decir. Otras se escondieron detrás de sonrisas pequeñas y silencios demasiado largos.

Había cosas que podían decirse junto al fuego.
Y otras que no.

La despedida llegó sin gran ceremonia. Kaelyra terminó retirándose hacia su tienda, y Gain se quedó un momento más junto a las brasas y la luz del dia, guardando sus herramientas con movimientos lentos.

Antes de marcharse, miró una última vez hacia la tienda.
Se despidió con un grito que solo ella podía escuchar.
Después tomó el camino de regreso hacia la herrería.
Gain caminó despacio.

Pensó en la espada de su historia. En la hoja torcida que necesitaba algo más que palabras bonitas para volver a cortar. Pensó también en Kaelyra. En sus manos temblando. En sus tatuajes bajo el fuego. En todo lo que había dicho y, sobre todo, en lo que no había podido decir.

El acero no mejoraba solo por tener una historia.
Pero algunas historias explicaban por qué una hoja llegaba tan dañada a la fragua.
Y aquella noche, mientras volvía solo hacia la herrería, Gain entendió algo que no supo poner en palabras.
No todas las piezas rotas pedían ser reparadas.
Algunas solo necesitaban que alguien las sostuviera con cuidado, aunque fuera un momento, antes de volver al fuego.
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