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Lo que se cuenta de un kobold llamado Sniv

Rokhen

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I — El que llegó de noche


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Hay que decir, para empezar, que nadie en Athkatla esperaba a Sniv, y que él tampoco esperaba gran cosa de Athkatla. Llegó de noche, como llegan los de su clase, con un burro viejo y un zurrón, y se enteró el primer día de que en aquella ciudad los de su especie tienen un escalón asignado y que ese escalón es el último. Sedimento, lo llaman allí. Ni ciudadanía, ni paso franco, y a la calle de cualquier casa cerrada si al dueño se le antoja. No le sorprendió. En Murann tampoco valía nada.

Lo que sí le dolió, en la medida en que a él le duelen las cosas, fue averiguar dónde estaba el Salón de la Luna. Porque resulta que el templo de su señora se alza en el barrio noble, que es precisamente el sitio donde un kobold no entra; y así se dio el caso de que la única puerta del mundo que a Sniv le importaba era también la única que tenía guardias delante.

De modo que se quedó fuera y siguió haciendo lo suyo, que es lo que ha hecho siempre.


Capítulos
I — El que llegó de noche (este)
II — El cajón estaba alto
III — El hombre que se agachó
IV — Verdelinde
V — Lo que se deja como tiene que quedar
VI — Doce espadas a la espalda
VII — La piedra
 
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II — El cajón estaba alto


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La primera noche que se cuenta de él no empieza con un sermón ni con un milagro, sino con un kobold de setenta centímetros plantado ante un cajón de donativos que le quedaba por encima de la cabeza. Hubo una tos a su espalda. Sniv apartó la mano más rápido de lo que pretendía, porque sabía perfectamente cómo se ve eso, y se encontró con un hombre de cierta edad que resultó ser el obispo Dick Kars, de la fe de Ilmater, encargado del hospicio que está a las afueras. El cual, en lugar de llamar a la guardia, se ofreció a echar la bolsita por él. Sniv se la tendió con las dos manos y pidió que no dijera de quién venía.

De aquella conversación salieron tres cosas. La primera, que el obispo le miró las ropas y preguntó si era hombre de fe, y Sniv, que no sabe mentir ni le ve la utilidad, contestó que creía que sí pero que no estaba seguro de que contara. La segunda, un puñado de buñuelos de las hermanas de San Annur, que él miró un rato largo antes de preguntar si eso se comía. Y la tercera, un sitio donde dormir en el hospicio, a cambio de arreglar lo que estuviera roto, que es el único trato que Sniv entiende.

Aquella noche el obispo lo llamó hermano, delante de otros, y Sniv no supo qué hacer con esa palabra, así que la guardó como guarda todo lo demás.

Conviene señalar que aquel hospicio no era de su diosa, sino del Dios Llorón, y que a Sniv eso no le pareció un impedimento sino una casualidad afortunada, porque la gente de dentro estaba rota igual.
 

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II — El hombre que se agachó



Por aquellos días se cruzó con un hombre llamado Garrett de Thorolund, que soltó la carretilla y se acuclilló para quedar a su altura. Nadie había hecho eso todavía. Sniv dio un paso adelante sin darse cuenta, y acabó contándole lo del templo y lo de la ciudad alta. Garrett, que al parecer conocía a las sacerdotisas, dijo que hablaría con ellas. Y lo dijo en serio, que es lo raro.

Lo demás de aquellas semanas es un desfile de gente que le habló como se le habla a un animal doméstico. Lo llamaron mono, canijo, chiquitín, bonito y lagarto en camisón; y Sniv, que no se enfada nunca, se limitó a corregir el dato cada vez, separando las sílabas despacio, Ko-bold, en el mismo tono con el que habría explicado que un puntal está torcido.

Hubo quien aprendió. Declan Greimar, que solo conocía a los de su especie por los libros, le preguntó el nombre con una cortesía que Sniv no supo devolver. Blair le dio toquecitos en la cabeza y él se apartó un paso, más rápido de lo que pretendía. Y hubo un enano enmascarado tirado en el suelo, un druida llamado Kharmin Musgoverde, a quien dejó unas monedas sin pararse y que le respondió llamándole caimán canijo; y aun así acabaron casi en paz, porque Sniv no le llevó la contraria más allá de aclarar que caimán no era.
 

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IV — Verdelinde


Y una noche, en un campamento junto a Verdelinde, al borde del bosque y lejos de las murallas, se encontró con media ciudad a la vez: la elfa Loreliel Colmillo Plateado, Liam Draevar con sus hojas cortas y sus esferas de dudosa procedencia, el semielfo Sével Aseir Puestaluna, y un caballero llamado Kastan que, al oírle decir que rezaba a la Luna, se encogió de hombros y le dijo que entonces ya era de los suyos.

Sniv preguntó si así sin más, porque él creía que había que hacer algo primero. Le contestaron que no, que bastaba con querer ayudar a la gente.

Apareció también la semielfa Gwenaelle Shade, que le contó que Murann había sido un bastión de la fe antes de caer, y que ellos no solían creer en las casualidades. Hubo una invitación al Salón de la Luna. Quizás mañana, dijo ella.
 

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V — Lo que se deja como tiene que quedar


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Y están las noches del cementerio, que son las que menos cuenta y las que más dicen de él.

Porque Sniv baja allí solo, con la maza y poco más, y deshace a los que se levantan. Eso no tiene nada de particular; cualquiera con fe y un arma lo hace. Lo que no hace cualquiera es lo que viene después.

Cuando todo queda quieto, el kobold va recogiendo lo que ha quedado tirado y lo lleva a los lados del camino, uno por uno, y los deja colocados como si estuvieran descansando. Le lleva más tiempo que la pelea. Nadie se lo ha mandado y a nadie se lo ha explicado, y si se lo preguntaran diría probablemente que las cosas se dejan como tienen que quedar, que es lo que dice de todo.

Pero el que pasa por ese camino al amanecer ve una hilera de muertos bien puestos bajo la luz que se va, y no entiende qué ha ocurrido allí durante la noche.
 

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VI — Doce espadas a la espalda


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Salió también de escolta por los caminos, con un carruaje del Gremio y una compañía larga: Madeleine y Zahal, que iban por el Gremio, y detrás un revoltijo de gente que se había apuntado por su cuenta —el enano Thandrin Battlehammer, Kael Morvain, los medianos Lamb y Numina, Vera Comstock, Barabas, Oso Douglas, y algunos más cuyos nombres Sniv no retuvo, porque un kobold cuenta la gente por lo que hace y no por cómo se llama.

Allí pasó lo más extraño de todo. Cuando los kobolds de los montes cayeron, Sniv se agachó a curarlos uno por uno, con doce espadas todavía desenvainadas a su espalda y nadie entendiendo muy bien qué estaba ocurriendo; y mientras les cerraba las heridas les iba hablando en dracónico de una señora que vive en el cielo y no pide nada a cambio.

Nadie le había dicho que se pudiera hacer eso. Se le ocurrió a él.

Y a un mediano que salteaba en aquel camino le perdonó la vida y le prometió comida y ayuda siempre que dejara el bandidaje, lo cual, si uno lo piensa, es un trato tan bueno como el que le dieron a él.

Offtopic :
Gracias a @DM Guty por el rolecito de la escolta
 

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VII — La piedra


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De manera que a estas alturas Sniv tiene un sitio donde dormir, un burro, un obispo de otra fe que lo llama hermano, un hombre que gestiona lo suyo y un puñado de gente que ya sabe pronunciar su nombre. Sigue sin entrar en el templo, porque el templo está arriba y él está abajo. Sigue esperando a que alguien le diga si lo que hace cuenta o si está todo mal.

En el zurrón, envuelta en trapo, lleva todavía una lasca de piedra con una curva tallada y el arranque de algo que podría ser una estrella. No vale nada. Él sigue sin saber qué representa.

Pero va cada noche a mirar arriba, que es lo que lleva haciendo desde los nueve años, y hasta ahora siempre le han contestado.
 

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VIII — La cueva de la Reina Unicornio


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Hubo también una noche en que lo llamaron para algo que no era suyo.

Se juntaron en los llanos, fuera de la ciudad, una compañía de las que no se repiten: Zentakord, un druida de barba y cabellos morados; Douma Douglas, que cambiaba de forma; un encapuchado al que todos conocían y llamaban Boti, y del que Sniv no averiguó ni la raza; dos discípulos del dragón, uno pelirrojo que se llamaba Adrie y otro, Tyberos, que parecía servir al Señor de la Mañana; y Radix, que llegó montando un hipogrifo y volvió después con un lobo del tamaño de un caballo.

De camino pararon en una granja. Salió a atenderles una anciana que les habló con mucha amabilidad, y que dijo que a la cueva habían entrado lobos hacía tiempo y que desde entonces no había vuelto a salir ninguno. Siguieron andando. Por el camino les salieron unos bandidos con los ojos inyectados en sangre, y de esos no hubo mucho que hablar.

Lo de dentro fue otra cosa. Primero la oscuridad, que a Sniv no le molesta, y después los lobos, que estaban muertos y seguían andando. El kobold levantó el símbolo y los mandó a descansar; dos veces hizo falta, y a la segunda ya no quedó ninguno en pie.

Y luego llegaron al altar.

Era de la Reina Unicornio, la señora de las bestias que hablan, y de los suyos no quedaba allí nadie. Zentakord se arrodilló y oró, y una luz tenue cubrió la piedra. Entonces Sniv se puso a su lado, juntó las dos manos con la lasca dentro, agachó la cabeza y rezó también, a su manera, que no es la de nadie; y la luz volvió, y esta vez fue algo más fuerte.

Mientras tanto los demás habían encontrado lo que de verdad ensuciaba aquel sitio, que no eran los lobos sino unas sombras, y pelearon con ellas hasta acabarlas. Cuando cayó la última, lo que pesaba en el aire aflojó, y Sniv hizo entonces lo único que sabe hacer con un sitio roto: limpiarlo. Fue retirando lo que quedaba de aquella energía negra con los dones de su señora, despacio, como quien saca el limo de un conducto, hasta que la cueva quedó como tiene que quedar.

Antes de irse, Boti y Zentakord preguntaron a la naturaleza por si acaso. Y Sniv se arrodilló en el paso estrecho que hay antes del altar y trazó allí un glifo con luz abrasadora dentro, para quien vuelva con malas intenciones.

Tyberos dijo que aquello podía ser el indicio de algo más grande, y que mientras no se supiera la causa podría repetirse en otro sitio. Sniv no dijo nada a eso. Pero conviene señalar que, de todos los que estaban allí, él fue el único que dejó algo puesto para la próxima vez.

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Offtopic :
Gracias a @DM Elfina por el rolecillo
 
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